martes, enero 31, 2012

Ninfa disfrazada


0
En un lago, de aguas tan claras, en el que podía verse sin esfuerzo la danza de los animales en el fondo,  una figura alargada salía de un huevo gris. 

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Sobre el verde vivo del musgo una ninfa disfrazada de lombriz usaba sus manos pequeñas para alcanzar frutas transparentes que la alimentarían. 

Algunos renacuajos nadando cerca la miraban con una mezcla de sorpresa y miedo. A ellos también les gustaban esas redondeces incoloras, pero nunca habían visto a alguien de otra especie que las disfrutara tanto.

2
Una tarde de nubes grises un renacuajo valiente se acercó a la ninfa disfrazada de lombriz para preguntarle por sus gustos raros a la hora de comer.

Ella, después de mirarlo un momento, le contestó:

─ Quiero ser distinta y fuerte.

─ ¿Cómo es eso?

─ No sé, pero seguro voy a ser diferente de como soy ahora.

─ ¿Y te vas a comer todas las frutas que hay en el lago?

─… no, porque si me las como entonces ¿ustedes qué comerían?

3
El sol jugaba a pintar de naranja las plantas que rodeaban al lago cuando la ninfa disfrazada de lombriz sintió que algo comenzaba a crecerle en el lomo.

─ Ay no alcanzo, no alcanzo.

─ ¿Qué te pasa en la espalda?, preguntó el renacuajo valiente.

─ Algo me pica, acá atrás y no sé qué es.

─ Muévete así, contra esta piedra áspera, para que se te pase.

La ninfa disfrazada de lombriz le hizo caso al renacuajo valiente. Se frotó, se movió, se agitó y la comezón siguió, dormida pero siguió.

El renacuajo valiente se quedó mirándola, deseando tener patas más grandes para poder ayudarla, sin embargo sólo podía intentar imitar la paciencia de los caracoles.

4
La luz de la luna discutía con los primeros rayos de sol acerca de cuál debía iluminar la hoja flotante donde vivía el caracol paciente. Él no se daba cuenta de nada, estaba muy ocupado limpiando su casa.

La noche anterior había estado practicando los nuevos pasos de baile que le había enseñado su vecina la rana amarilla. Una de las lecciones más importantes era dejar siempre el suelo brillante, entre más liso estuviera más fácil sería girar sobre él. Al caracol paciente le gustaba tanto bailar que por eso se olvidaba de lo aburrido que era limpiar.  

5
La jorobita de cuatro puntas que crecía sobre la espalda de la ninfa disfrazada de lombriz no paraba de crecer. El renacuajo valiente también había cambiado. Sus patas ya tenían formas más definidas y, como sus primos y hermanos, comía frutas verdes y coloradas además de las transparentes.

─ Renacuajo tengo miedo.

─ ¿Miedo de qué?

─ De que esto que tengo en la espalda un día no me deje nadar ni comer.

─ ¿Realmente crees que eso pueda pasar?

─ No sé…

─ Prueba esto ninfa.

─ Pero no es transparente.

─ Ya sé, pero es delicioso, además mira, mis primos, mis hermanos, yo, todos comemos de estas frutas y de las verdes y cada día nos parecemos más a las ranas doradas.

La ninfa disfrazada de lombriz, con la jorobita de cuatro puntas sobre su espalda, probó lo que el renacuajo valiente le ofrecía y se sintió más fuerte. Eso que le crecía sin parar ya no le pesaba tanto.

6
El caracol paciente limpiaba el piso de su casa flotante cuando el griterío de renacuajos y ranas adultas lo asustó. Fue a dar al musgo donde vivía la ninfa disfrazada de lombriz.

Ella, más asustada todavía, le preguntó qué era y qué hacía ahí. Él, hablándole como caminaba, despacito pero con gracia, le explicó:

─ Limpiaba… después de bailar… las ranas y los renacuajos… gritaban felices… me asusté… y aquí vine… a dar.

─ Pero ¿qué eres tú?

─ Soy un caracol… paciente… y tú eres una libélula… muy bonita.

7
Libélula. Era la primera vez que la ninfa disfrazada de lombriz escuchaba esa palabra y no entendía nada. Decidió seguir interrogando al caracol paciente:

─ ¿Qué es libélula?

─ Tú.

─ ¿Yo? No, que ¿qué es libélula?

─ Tú… Eso que tienes en la espalda.. no es una jorobita… no son puntas… son alas… te están creciendo las alas.

─ ¿Alas? ¿volar? ¿saltar?

─ No… volar. Saltar y bailar es para las ranas… y los renacuajos. Volar es para las libélulas… y las lechuzas.

8
El atardecer pintó las nubes de violeta cuando la libélula, antes ninfa disfrazada de lombriz, sintió sus alas secas, fuertes y listas para ser probadas. Extendidas horizontalmente a lado y lado de su cuerpo la llevarían a todos los árboles de alcaparras que quisiera visitar.

En el momento que se preparaba para levantar el vuelo una lechuza le gritó desde el aire:

─ En esta dimensión tampoco estarás sola.

Con ese sonido la libélula dejó el suelo por primera vez.


viernes, enero 06, 2012

No todo puede ser New York: Boston - 10

Viene de aquí.

Carrera turística

En nuestra memoria reciente estaban los elfos y los gnomos cuando llegamos al parque Boston Common. Algunas personas acercaban sus dedos desnudos a las ardillas para alimentarlas con maní y nueces. Nosotras aprovechábamos el espectáculo gratuito para fotografiarles. ¿A las ardillas o a los turistas? Ya no recuerdo.

Harvard, MIT, casas de estudiantes, iglesia, viento helado soplando, se hace tarde.

Un fin de semana es demasiado corto para llevarse una impresión completa de Boston. Tal vez los vasos desechables y biodegradables, hechos a base de maíz, los microcafés de diez dólares, los señores de barbas blancas bailando en el Boston Common, el agua que una vez supo a té y los barcos que navegan en ella sean mejores postales del temperamento de esta ciudad, yo sólo sé que estoy muy dispuesta a repetir el placer de visitarla.

jueves, enero 05, 2012

No todo puede ser New York: Boston - 9


Michael vive entre hadas

Era domingo cuando Lina y yo empacamos, después de discutir quién se llevaría la crema y quién el champú con olor a mandarina incluidos en el conjunto de aseo personal proporcionado por el hotel. Todavía hacía frío cuando ella y Ryan se abrazaron despidiéndose antes de que él tomara su bus de regreso a Nueva York.

Brunch, esa es otra palabra que me gusta y que sólo se materializa cuando estás en su presencia.

Si te levantas tarde y quieres ahorrar plata en Boston, tu mejor opción es visitar un salón donde sirven brunches. Esa cruza entre desayuno y almuerzo es magnífica para cualquier goloso. Jugo de naranja, huevos mezclados con espinacas u otro vegetal, pan en cantidades abundantes, mermeladas, mantequilla, todo lo que un organismo hambriento y con resaca necesita y desea. Después de un brunch sólo a eso de las cuatro de la tarde recuerdas que comer es una necesidad natural.

Caminar, de nuevo. Newbury es la calle turística que te lleva a esa tienda irreal. Vas buscando un modo de acelerar la digestión cuando la arquitectura británica te hace creer que en todas esas casas perfectamente conservadas vive un hada, sin embargo vez gente de lo más normal saliendo, cada tanto, de ellas. Luego es que ocurre la revelación.

Una niña hecha completamente de yeso, con su mirada perdida en una dimensión paralela, con sus alas orgullosas en alto yace junto al camino que te conduce a esa casa donde sí viven las hadas, así, en plural.

Michael es un hombre de rasgos italianos y candor femenino. Quizás sea así porque desde hace años vive entre diosas: estrellas de rock, protagonistas de cuentos infantiles o turistas trasnochadas que llegan a mostrarle páginas en Internet, donde se pueden ver imágenes exquisitas, lo han impregnado con una esencia tan fuerte como dulce que se aleja de lo empalagoso. Las colecciona. Nos colecciona. La tienda que administra Michael es un rincón que merece repeticiones, una esquina a la que se desea volver sin haberla dejado.

A él tendría que agradecerle la confianza que me inspiró para hablar en una lengua extranjera sin preocuparme por los tropiezos típicos del aprendizaje. Y ya que estoy también podría darle las gracias por las fotos y el abrazo.

miércoles, enero 04, 2012

No todo puede ser New York: Boston - 8

Viene de aquí.

Tipsy, I like that word

No saber nunca qué peinado usar, ni mucho menos qué maquillaje o qué atuendo llevar parecen ser mi firma cuando debo poner en práctica mis habilidades sociales, por eso sólo me lavé los dientes y esperé a que Lina completara su ritual previo a la salida.

“Yes” era la sílaba mágica que tenía que pronunciar para ir de un lugar a otro, por ejemplo del hotel a la casa de Philippe. 

Caminamos. En Boston caminábamos de noche sin preocuparnos por las distancias pues a casi todos los lugares era posible llegar usando un par de zapatos cómodos. No sabía qué esperar, más bien no esperaba nada cuando salió este muchacho de sonrisa amplia y modales depurados. Era lindo, mucho, a Lina y a mí nos gustó al verlo. No sé cuándo se nos unió otra persona, mujer, y tampoco recuerdo cómo llegamos al primero de los bares donde varios estudiantes veían en pantallas gigantes un partido de algún deporte de equipo.

Ryan me preguntó qué quería tomar y protestó cuando respondí “a soda”. Yo, tan arisca con los licores, cambié de opinión para tomar un Cuba Libre. Ese ambiente, esa rumba tan puritana, me gustaba por eso sentí que algo no encajaba cuando tuve que apurarme para abandonar sobre una mesa el vaso de trago aún lleno. Íbamos a otro bar.

Aves pequeñas de maíz inflado como pasabocas y cerveza con una rodaja de naranja eran los objetos que se veían sobre la mesa. Las frases, las carcajadas y recibir cambio de un billete de cincuenta dólares, que creías perdido en la siguiente ronda, ilustran sólo parcialmente la diversión que se hace posible cuando te sientes tan nativa en suelo extranjero.

Volver al hogar, al temporal, al calentito y limpio, volver a pie para que el viento frío y delicado te devuelva un poco la lucidez que perdiste con tanto gusto. Aprender el significado de la palabra “tipsy” en el camino, con la experiencia viva y risueña.

martes, enero 03, 2012

No todo puede ser New York: Boston - 7

Viene de aquí.

Y entonces vino el frío

Tener tiempo para perderte a propósito y luego encontrarte hace parte de las vacaciones, no importa si te vas durante quince días o sólo te escapas el fin de semana. Entonces jugamos a seguir la punta de nuestros pies y a admirar el metro de Boston con sus vagones brillantes, impecables, llenos de sillas acojinadas y adornados con guías vivos uniformados elegantemente.

Ya en el campus de Harvard comprobamos que la magia se pierde cuando estás bajo la lluvia insistente, mientras el frío constante te acecha y pasas cerca de un grupo que toca música andina en alguna esquina. Los zapatos mojados te recuerdan que a esa universidad rimbombante también la afectan las leyes de la física. La irritabilidad de las manos desensibilizadas te devuelve la consciencia de lo maravillosas que son las siestas.

De regreso en esa cama doble, mullida y vestida de blanco, nos sumergimos en sueños profundos, aparentemente ausentes de imágenes surrealistas, preparándonos para lo que sería el recorrido nocturno.

lunes, enero 02, 2012

No todo puede ser New York: Boston - 6

Viene de aquí.

MIT, Cheers, Quincy Market

En algún punto le había dicho a Lina que seguramente Ryan tenía amigas que estudiaran en Harvard o al menos en el MIT, esas universidades que desde el sur parecen irreales, inalcanzables e incluso inasibles y sí, tuve razón. 

Más tarde cuando hablábamos en el tren y cruzábamos el agua llena de barcos, él nos contaba de ellas, de sus amigas con apariencia nórdica que estudiaban en la famosa institución identificada por tres letras. Las vimos por única vez en el mercado de nombre esquivo y hablamos con ellas cinco minutos a lo sumo. La diferencia entre turistas – ¿o viajeros? – y residentes es de carácter temporal: mientras los primeros recorren precipitados los lugares que creen importantes, los segundos andan por ahí como si tuvieran la vida entera para dedicar un día entero a cada monumento. A las amigas de Ryan no les atraía la idea de vagar por los pasillos flanqueados de puestos de comida dulce y salada, siempre limpios y ordenados, así que identificaron el sitio donde querían comprar sus alimentos, entretanto me sorprendía la posibilidad de probar un sándwich de langosta.

Hambre, creo que teníamos mucha hambre porque recuerdo que pronto nos sentamos a comer en alguna barra en ese sábado que había convocado a tanta gente en ese espacio. Luego vinieron algunas fotos con ángulos rebuscados y sonrisas verdaderas.

Ahí estaba la réplica de ese bar, ese al que no entré, ese igual a donde se grababa Cheers, un sitcom gringo que tal vez vi un par de veces siendo niña; lo supe por la cantidad de clichés ambulantes que se detenían con sus gestos refritos para ser fotografiados digitalmente. Sin embargo lo que más me sorprendió fue la honestidad, o lo que me pareció honestidad.

Ese mapita que Ryan nos había dado y que nos serviría para ubicarnos mientras él estaba con sus amigas de colores claros, permanecía solitario en un estante de una tienda de recuerdos que visitamos con Lina, una en la que sí hicimos compras, compras que nos hicieron olvidar su presencia hasta que decidimos que no queríamos una foto en Cheers. Desandamos los pasos previos y volvimos ansiosas para comprobar que nadie lo había tocado, como nadie toca los lápices que dejas en las mesas de la Biblioteca Pública de Nueva York cuando te levantas para ir al baño.

Sigue aquí.