jueves, enero 05, 2012

No todo puede ser New York: Boston - 9


Michael vive entre hadas

Era domingo cuando Lina y yo empacamos, después de discutir quién se llevaría la crema y quién el champú con olor a mandarina incluidos en el conjunto de aseo personal proporcionado por el hotel. Todavía hacía frío cuando ella y Ryan se abrazaron despidiéndose antes de que él tomara su bus de regreso a Nueva York.

Brunch, esa es otra palabra que me gusta y que sólo se materializa cuando estás en su presencia.

Si te levantas tarde y quieres ahorrar plata en Boston, tu mejor opción es visitar un salón donde sirven brunches. Esa cruza entre desayuno y almuerzo es magnífica para cualquier goloso. Jugo de naranja, huevos mezclados con espinacas u otro vegetal, pan en cantidades abundantes, mermeladas, mantequilla, todo lo que un organismo hambriento y con resaca necesita y desea. Después de un brunch sólo a eso de las cuatro de la tarde recuerdas que comer es una necesidad natural.

Caminar, de nuevo. Newbury es la calle turística que te lleva a esa tienda irreal. Vas buscando un modo de acelerar la digestión cuando la arquitectura británica te hace creer que en todas esas casas perfectamente conservadas vive un hada, sin embargo vez gente de lo más normal saliendo, cada tanto, de ellas. Luego es que ocurre la revelación.

Una niña hecha completamente de yeso, con su mirada perdida en una dimensión paralela, con sus alas orgullosas en alto yace junto al camino que te conduce a esa casa donde sí viven las hadas, así, en plural.

Michael es un hombre de rasgos italianos y candor femenino. Quizás sea así porque desde hace años vive entre diosas: estrellas de rock, protagonistas de cuentos infantiles o turistas trasnochadas que llegan a mostrarle páginas en Internet, donde se pueden ver imágenes exquisitas, lo han impregnado con una esencia tan fuerte como dulce que se aleja de lo empalagoso. Las colecciona. Nos colecciona. La tienda que administra Michael es un rincón que merece repeticiones, una esquina a la que se desea volver sin haberla dejado.

A él tendría que agradecerle la confianza que me inspiró para hablar en una lengua extranjera sin preocuparme por los tropiezos típicos del aprendizaje. Y ya que estoy también podría darle las gracias por las fotos y el abrazo.

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