miércoles, abril 11, 2012

Las equivocaciones de Lorenzo


Lorenzo entró a su casa, un apartamento pequeño con las paredes pintadas de gris y afiches con fotografías a blanco y negro colgando de ellas. Era de noche y uno de sus deseos se haría realidad dentro de poco.

Los amigos más antiguos que tenía eran de la época del colegio, alguno también le había quedado de la universidad pero, aunque les tenía mucho cariño, cada vez los veía menos. Que nunca le hubiese gustado el fútbol era un pecado que le habían perdonado después de recibir golpes variados, en cada centímetro de sus piernas, durante los partidos que improvisaban. Al final el trabajo un poco gay de tomar fotos y comprar las bebidas lo había integrado en el grupo con Fernando y Miguel en la lista de los más cercanos, pero en esa época en que el deporte ya no era un obstáculo y sus historias juntos comenzaban a tener alguna longitud, la soledad se vestía de otro color.

Lorenzo ya estaba en ese punto en que la mayoría de los hombres de su edad que conocía comenzaban a casarse y hasta a tener hijos, si tenían un afán escondido difícil de explicar. Primero se burlaba de aquellos que se metían voluntariamente en esa “cárcel”, luego se sintió como un machista bruto y después, cuando pasaba el guayabo emocional, cambió su repertorio hacia la imposibilidad que tendrían de comprar juguetes para ellos por comprárselos a sus hijos. Lorenzo no disfrutaba burlándose de los demás, sólo quería mantener la atención lejos de él, lejos de su soltería aparente, usaba esa táctica para ocultarse bajo el manto de las costumbres predominantes.

Fue hasta la cocina, abrió la nevera y sacó una cerveza. Dejando un rastro de gotas frías en el suelo, caminó de nuevo hasta la ventana de la sala y la abrió para dejar pasar el aire tibio que había dejado un día caluroso. “Qué difícil es imaginar lo lleno que está el mundo cuando se ve la calle así.” Nada, ni hojas movidas por el viento, hacía ruido. Lorenzo sintió vértigo de soledad, vivir en un tercer piso no era suficiente para sentir del otro, sin embargo esa incomodidad brevísima lo animó a apurar media botella de un sorbo. Dentro de siete horas debería estar bajo la ducha preparándose para ir a trabajar, para ir a ese lugar que no era el mismo desde la renuncia de Irene.

Se quitó la camiseta y el pantalón de dril, estiró un poco las cobijas de su cama gigante y deshecha, se cubrió y apagó la luz, luego estiró el brazo izquierdo para buscar a tientas, sobre la mesa de noche, el control remoto; sintonizó el televisor en un canal que pasaba videos musicales de los ochenta y lo programó para que se apagara dentro de media hora. El silencio sólo era su enemigo cuando extrañaba a Irene de ese modo furioso e insano.

A veces pensaba en Cecilia y la máquina de dar discursos que tenía en la cabeza. Su última novia podía sostener monólogos ininterrumpidos de tres horas o más. Comenzaba en la mañana, cuando se levantaba temprano antes de encontrarse con sus amigas en la tarde y sólo se callaba cuando se iba. Era experta en inundaciones a base de ruido. Al irse parecía dejar el eco. A Lorenzo no le gustaba reconocerlo pero algunas noches la había buscado para tener sexo intentando que se callara. En unas ocasiones funcionó pero en otras había sentido mareo al oír todas las instrucciones que insistía en darle para que la complaciera, tal vez ahí se había dado cuenta de que ya no la quería.

A Lorenzo le gustaba el silencio de Irene, la paz, la tranquilidad que sentía al hablar con ella. Cuando la conoció tuvo que darle la razón a Miguel, “todas las buenas están ocupadas”, le parecía exagerado, además él nunca había tenido ese problema y Miguel, buena gente y todo, era de esos con anhelos afeminados de matrimonio para ya e hijos para inmediatamente después.

El sueño no llegaba y le estaba dando demasiado tiempo para pensar. Ver una película de acción un domingo en la noche no había sido buena idea, tomar cerveza tampoco. Lorenzo tuvo que ir a orinar cuando el televisor le anunciaba que dentro de cinco minutos se apagaría.

Sí, había pasado demasiado tiempo, generalmente diez minutos después de programar el aparato cuadrado ya estaba teniendo suaves sacudidas antes de entrar en el terreno de los sueños, eso también lo había descubierto con Cecilia. A ella le gustaban las mismas series que a Irene, pero además le gustaba mantenerlo despierto a punta de codazos y pellizcos. Apenas lo sentía brincar, cuando el sueño lo estaba venciendo, lo despertaba para no quedarse hablando sola, era una tortura que soportaba para tener sexo mediocre. Poco después de alejarse de ella, la narradora eterna, tuvo problemas para dormir. En cuanto sentía una sacudida se despertaba y abría los ojos bien grandes. Sentía frustración cuando comprobaba que estaba solo y que nadie lo molestaría por dormirse en medio de un beso o una pelea.

Mientras el líquido tibio salía de él miró la puerta y el sempiterno hilo verde que había quedado amarrado a la perilla, recordándole el intento fallido de Cecilia para darle ambiente festivo a su casa, alguna Navidad. Él quiso deshacerse del adornito tan pronto como pudo; había sentido ese acto decorativo como una ofensa máxima, la declaración de guerra a su soltería exquisita. Necesitaba volver a salir con sus amigos sin avisarle a nadie, ir a ver películas después del trabajo sin pensar que alguien se preocuparía por su tardanza o por la ausencia de llamadas comunicando sus planes. Sí, realmente estaba harto de esa convivencia precipitada, estaba.

Treinta y cinco años no era una edad para sentirse viejo o quizás sí, al menos pesadez podía sentir. Seis horas, Lorenzo maldijo, seis horas para despertarse e irse a trabajar y no ver a Irene. Quiso llamarla, escribirle, buscarla para poder sentirla de alguna manera, pero no era cierto que comenzara a tallarle el llegar todos los días a una casa vacía sin expectativas de compañía, sin la esperanza de encontrarse con silencios cómodos y programados. No, no quería casarse, al menos no todavía, antes necesitaba quitarse la contaminación cerebral, lavarse todas las ideas nocivas que tenía acerca del matrimonio, mas era claro que se estaba hartando de estar solo.

Al salir del baño su insomnio se había declarado. Fue hasta el estudio para buscar el programa del ciclo de cine al que estaba yendo, despertó a su máquina y tecleó algunas palabras. Pensó en que las películas francesas siempre le habían parecido melosas y complicadas, luego se acordó de Irene, de que para tener tema de conversación con ella vio una inspirada en la vida de Edith Piaf; no, mentira, era mentira que necesitara ver esa película para tener de qué hablar con Irene, con ella todo era fácil, todo menos ella, primero con Eliseo, ahora con sus millones de planes para ser quien quería ser. Lorenzo no entendía, para él ella era suficiente, era más que suficiente, así la quería, hasta la música de la tal Piaf había terminado gustándole. Sí, quizás la invitaría a ver una película francesa, así no le gustara iría sólo para poder verla sonreír, ¡puta!, sí, estaba enamorado o algo así. Mejor sería que se fuera a dormir, o a la cama que en todo cualquier caso sería más interesante si ella lo esperara ahí.

Dejó durmiendo al computador, “aproveche ya que usted sí puede”, volvió a su cuarto y encendió de nuevo el televisor, With or without you estaba en la pantalla, lo intentó de nuevo: menú; dormir; 30 minutos, “como si fuera tan fácil programar la cabeza para que se duerma”. Volvió a sus fantasías, recordó la primera cita que tuvo con Irene, cuando casi la besó en la Catedral de Sal y en lo mucho que la había deseado después de que eso no pasara, también recordó lo molesto que se había sentido luego de que sus comentarios a todo grito, mientras ella hablaba por celular con su ahora ex, no desencadenaran ninguna discusión, “y bueno, viene a ser cierto eso de que el tiempo todo lo equilibra”. En una sacudida imperceptible de su pierna derecha se quedó profundamente dormido.

Lorenzo no lo sabe pero durante horas protagonizó junto, dentro y sobre Irene superproducciones pornográficas muy importantes. Él sólo recuerda que cuando observaba desde arriba el sabor delicioso de sus redondeces el despertador comenzó a sonar; en su sueño apareció un celular negro con una pantalla titilando en azul. Sin dejar de acariciarla, que estaba acercando la boca a la cremallera de su pantalón, intentó rechazar la llamada de Cecilia, que además de inoportuna parecía ser una bruja con poderes mágicos que le impedían ignorarla. Para cuando abrió los ojos, todavía con el recuerdo de los senos de Irene pegado a sus párpados, entendió que eran las seis de la mañana, momento de prepararse para ir a trabajar y no verla.

lunes, abril 02, 2012

Los accidentes no existen


Porque naces distinta haces elecciones diferentes, porque naces distinta sientes que no perteneces a algunos lugares y por la misma razón comprendes que los accidentes no existen, comprendes que decides encontrarte con pedazos de emociones cada tanto.

Ivoox, esa fuente inagotable de programas de radio de sitios diversos me contó de un festival de cine que se lleva a cabo en la red. Sedienta de contenidos pensados, sublimes, destilados comencé a husmear en los alrededores del Primer Festival en Internet de Cine Iberoamericano. Vi un par, una bastante modesta, otra con producción impecable y buen ritmo, la última una obra que parece durar dos horas, no por el tedio inspirado, sino por todos los acontecimientos comprimidos en poco más de hora y media.

La banda sonora me recordó aquella que Phillip Glass compusiera para Las Horas y la historia… sí, ante las historias soy débil, más si como la de Miguel, Santiago y Mariela me dibuja un nudo en la garganta, un nudo seco que me muestra la labor del artista, la resistencia del pueblo y la pureza del mar, ese que nos hiere a los seres terrenales sólo una vez porque no necesita hacerlo más.

Las películas estarán disponibles hasta el 16 de abril, después no sé a qué limbo irán a parar, pero si antes de despedirse nos dejan sensaciones como la que estoy experimentando justo ahora, habrán hecho su trabajo y no se les podrá pedir más.