jueves, junio 07, 2012

En donde los sueños y la muerte se tocan


“De repente, murió: que es cuando un hombre llega entero, pronto de sus propias profundidades. Se pasó para el lado claro. La gente muere para probar que vivió. Pero ¿qué es el pormenor de ausencia? Las personas no mueren. Quedan encantadas...”*

Así interrumpió Victoria su relato antes de preguntarme si había pensado en cómo los sueños y la muerte se tocan.

No, no había pensado en eso hasta anoche, cuando ella lo mencionó. Aprender a interpretar sueños a veces, muchas veces es frustrante.

He estado revisando viajes nocturnos pasados y después de oír esas palabras es que entiendo más. Ya van dos noches que sueño con un cementerio, estoy ahí recorriendo las calles formadas por las manzanas de tumbas, intento mantener el ánimo callado, reflexivo pero las oleadas de turistas le dan tanto movimiento al lugar que no puedo evitar contagiarme. Más adelante estoy caminando al lado de una montaña, bajita, la ruta está hecha con arena muy amarilla, al lado hay una escalera metálica; ahora estoy a la cabeza del grupo, les aviso que más allá el recorrido es peligroso, el camino no está terminado, miro hacia abajo, el vacío me recuerda el vértigo.

Vértigo. No sólo los sueños y la muerte se tocan, los sueños también se tocan entre sí y se explican unos a otros. Esto cada vez lo entiendo mejor.

En mi otro sueño estoy encima de un edificio hecho de tumbas, no estoy sola, otra vez hay turistas, todos son extranjeros, queremos bajar de allí pero la escalera de emergencias, metálica, está rota, tenemos que buscar otra salida, luego aparece un helicóptero en el cielo, le hacemos señas para que nos rescate, funciona, suelta una escalera, otra, flexible y hecha de cuerdas, que nos sacará volando a todos, uno por uno, de ese sitio al que llegamos gracias a nuestros antepasados.

“Las personas no mueren. Quedan encantadas...”

Victoria tenía razón, cuando pensaba que iba a morirme me solté y el vacío no fue tan pavoroso como lo había imaginado, tal vez saltar en paracaídas sea como viajar en tren, pero al revés. En un tren en hora pico el aire se llena de gente, en cambio al volar, la gente se llena de aire, se convierte en aire. En un instante ya estoy en el sueño siguiente.

Entro a la habitación de unos tíos, es más pequeña que en la otra realidad pero igual de acogedora, no se sí la puerta puede abrirse completamente antes de encontrarse con la cama, me detengo, observo el espacio donde tendría que estar la puerta, en lugar de ella está una cortina de tela. No necesitan nada más para proteger su privacidad, confían en los demás.

La habitación ya no lo es más, es un tren y yo estoy sentada en la última fila, entonces me doy cuenta, por los rostros de quienes entran, de que estoy en Tokio, la ciudad me parece muy familiar, tal vez porque se parece a Nueva York. Más tarde estoy en una calle. Le digo a mi guía que quiero ir a tomarles fotos a los grafitis, él me mira sin entender, le explico que la última vez que estuve en su ciudad sólo pude tomar fotos borrosas de edificios, esta vez quiero experimentar algo auténtico, algo con más detalles.

Sensación. Recuerdo con alegría la falta de miedo frente al hecho de estar en un país en donde todos hablan un idioma que no conozco, recuerdo también en ese momento que vengo de San Pablo en donde tampoco me asustó el hecho de no hablar portugués, creo que este viaje nocturno está a punto de convertirse en un sueño lúcido porque me siento todopoderosa.


*Cuento inspirado en fragmentos de este discurso.

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