viernes, junio 22, 2012

Soy una extraterrestre – II

Al final parece que soy menos extraterrestre de lo que creía. Comienzo a dominar ese ardid que los publicistas llaman campaña de expectativa.

Mejor dejo de lado la práctica de técnicas efectivas de manipulación y empiezo a hablar de mis actitudes extraterrestres frente a perros y escritores.

Entiendo bien, o al menos eso quiero creer, que pertenecen a dos grupos distintos, aunque muchas veces relacionados, así que hablaré primero de los peludos y luego de los frecuentemente fumadores.

Los animalitos variopintos suelen ser usados, en mi experiencia inmediata y más reciente, como objetos decorativos tanto a nivel visual como sonoro. Es muy común ver figuras grises, blancas y cafés acicaladas cuidadosamente para imitar a los habitantes de zoológicos, por lo que con facilidad se pueden ver cuadrúpedos dentro de balcones, cada vez más de moda y apetecidos por las reminiscencias de patio que evocan, de un metro por cincuenta centímetros, imitando los elegantes pasos de un león enjaulado. 

Los perros más buscados para lograr este efecto son aquellos denominados “de raza”, por los que se pagan varias cuotas de tarjetas de crédito, algo que no sé describir bien porque tiendo a relacionarlo con los niños muriéndose de hambre en el África que mi mamá mencionaba cuando no quería tomarme la sopa. Volviendo a los perros, esos que no pueden ser exhibidos en balcones glamurosos son sometidos a otros tratamientos con el fin de que puedan cumplir su función decorativa: restricción del ejercicio físico.

Tampoco comprendo cómo a pesar de que en muchas casas hay más televisores que libros, con acceso a tantos canales del mundo, muchas personas ─por favor discúlpenme si estoy usando mal el término─ televidentes de El encantador de perros insisten en aplicar de modo inverso todos sus consejos, así, encierran a sus mascotas durante todo el día, cuando no las sacan entre ladridos desgarrados para que le den la vuelta a la manzana y tengan la oportunidad de darle al mundo el regalito alargado, cilíndrico y marrón que candorosamente dejan abandonado a mitad de la cuadra más concurrida.

La mejor conclusión a la que he podido llegar es que siguen este ritual para, en los lugares céntricos de la ciudad, enmascarar el ruido de la avenida cercana que les provee una ruta fácil al trabajo, y en los suburbios para acallar pensamientos que los cuestionan por haber decidido tener hijos cuanto ni siquiera se habían dado cuenta de la existencia de otras alternativas innovadoras y fascinantes con profundidad suficiente para darles sentido a sus vidas.

Ya no me parece buena idea exponerles hoy también mis observaciones acerca de los escritores, mejor lo dejo para mañana.



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