viernes, junio 29, 2012

Soy una extraterrestre – V: Soy del planeta Freeter y vengo en paz



De los mismos creadores, supongo, de las tribus urbanas grunge, emo, gótica y hikikomori surgió la freeter, que sí se baña todos los días porque no tiene nada que ver con los creeters aunque riman y se pronuncian parecido.

A partir de un corto de la película Tokyo! descubrí que a pesar de resultarme muy atractivo el estilo de vida hikikomori mi forma de ser era incompatible con él. Aunque disfruto muchísimo mis encierros monacales escribiendo, riéndome a carcajadas bastante audibles mientras leo un libro, el monstrito ese de las mil letras, y haciendo experimentos culinarios que sólo mis aletas gustativas tienen la fortuna de probar, entendí que asumir el encierro permanente y el estatus indefinido de mantenida me impedirían untarme de otras culturas ─además no tengo lo necesario para llevar ad infinitum una vida célibe─, por eso no me quedó más remedio que buscarme algún oficio que me dejara viajar más de dos semanas cada vuelta al sol, me reservara energía creativa para mis proyectos espaciales y respetara mi concepción galáctica de diversión, por lo tanto habiendo descartado la opción de ser una mecánica de cerebros atormentados tuve que aumentar la potencia de mis antenas para evadir exitosamente los cubículos y las galletitas de papel gris.

No puedo afirmar que he resuelto el problema de cómo intercambiar ilusiones por bocadillos deliciosos, no tengo un dispositivo andromédico complicadísomo que me permite alelar a los hombres que vienen todos los meses sin falta a averiguar cuántas veces he abierto la llave del agua, pero en cambio sí puedo decir que mis días responde más a mi voluntad naranja o violeta que al humo marchito proveniente de robots ruidosos y tosedores que caminan sobre ruedas.

Los habitantes del planeta Freeter evitamos usar corbatas porque nos estrangulan la creatividad, además encontramos peligrosos los códigos de vestimenta formal que aconsejan la compra de medias veladas, vestidos de paño y zapatos incómodos porque estos objetos usados simultáneamente y durante mucho tiempo forman costras espongiformes que succionan la flexibilidad frente al cambio. Esta opinión que nos caracteriza suele ser descubierta durante una entrevista con una mujer que nos pide que hagamos dibujitos dentro de ocho cuadrados y que disimula mal la sorpresa cuando le decimos que dentro de cinco años esperamos vivir en el campo al lado de una montaña. 

Lo cierto es que al crecer los freeters aprendemos que ahorrar es buena idea, no porque les creamos a los banqueros, sino porque al hacerlo podemos vivir en el sistema solar que más nos guste, elevarnos con nuestras ondas cerebrales y ver 250 películas más que aquellos que van 50 semanas al año a edificios brillantes llenitos de salas de reuniones que se usan para gastar vida a cada rato.

A veces se dice que los freeters somos muertos de hambre y que estamos cavando fosas comunes para nuestro futuro. Todo eso es verdad. Tenemos hambre de mundo y de formas de vida distintas, por algo insistimos en vivir entre humanos, además con nuestra reticencia hacia los trabajos estables le preparamos la cama eterna a la costumbre de creer en cuentos de fantasía sin cuestionarlos, historias que usan términos como lucha antidrogas, guerra a la pobreza y aumento del consumo para salvar la economía (y de paso a los bancos). Los freeters hace rato comenzamos a entender que al sistema no se lo combate, ni mucho menos se lo modifica, gastando fuera del trabajo todos los minutos del horario del almuerzo sino evadiendo los centros comerciales todos los fines de semana, ignorando las fechas que dicta la publicidad de cada país para celebrar la existencia de seres especiales y apagando el televisor cuando empieza a decir mentiras y a tratarnos como idiotas. 

La próxima vez les hablaré de cómo los extraterrestres somos ricos a la luz de todos sin que la gente lo note. Hasta la próxima rotación.

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