lunes, agosto 27, 2012

Error

lunes, agosto 20, 2012

Lluvia de corbatas

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viernes, agosto 17, 2012

Quiero vivir en un pueblo porque ya vivo en uno

Nací en una ciudad, una entidad que me vio crecer mientras ella misma se expandía hasta límites insostenibles. Hoy, y todos los días que faltan para la construcción de una avenida nueva, aquellos en los que estaré en su interior, fantaseo con la cristalización de ese pueblo mental en el que ya vivo.

Ella es perfecta: La ciudad es el lugar donde viven los sueños de quienes desean tener cuanto antes el último lanzamiento de su marca favorita, el producto no importa, lo que cuenta es que el estatus se puede comprar con plástico y si surge algún problema con este tipo de transacciones, tan elementales, la ciudad también tiene cientos de sucursales, equipadas con individuos debidamente entrenados para defender los interese corporativos pero si más que comprar lo que le interesa es cuidar o limpiar aquí también está la solución.

Todos los días llegan a la ciudad soñadores que esperan salir adelante trabajando decentemente en algo que no los deje con cayos y tierra en las manos, así, es muy fácil certificarse como guarda de seguridad para cuidar las cosas de esos que se creen de mejor familia pero que se quejan de su pobreza cada vez que detectan una oreja dispuesta; ahora si la recién llegada es una mujer además de aprender a usar un arma de fuego también puede buscarse un trabajo con cama adentro, uniforma y paseos diario en el parque más cercano.

Ella es un universo: La ciudad es un ser compuesto por galaxias separadas por años luz emocionales. Al que le gusta la cumbia nunca se lo verá mezclarse con el amante de la electrónica, al fin y al cabo son estrellas, no descubiertas, pero estrellas al fin que pueden escoger entre el nudo de almas que ofrece el universo metropolitano, no como en el pueblo donde todos son tan conocidos que hasta se sienten como familia. En la ciudad te puedes dar el lujo de ser nadie, el privilegio de juntarte solamente con los de la raza a la que has elegido pertenecer, los demás son bagazo.

Ella es abundancia: Comprar, cocinar, comer, tirar y no pensar. ¿Cocinar?, no, tampoco es requisito. Comprar, comer, tirar y no pensar. La ciudad es una cornucopia dibujada con líneas rojas, grises o naranjas, afiladas siempre, que exige ser alimentada con camiones, contenedores y frigoríficos traídos desde rincones que muchísimos de sus habitantes ni siquiera puede imaginar. Mangos verdes son arrancados de los palos para que señoras y señores los fumiguen con mezclas químicas que la mayoría que puede comprarlos prefiere desconocer, pues lo único que le importa es tener la posibilidad de escoger entre cinco frutas a la hora del desayuno, disponer de la pitaya o de la granadilla que le va a mover el estómago duro que le regaló el sedentarismo.

Ella es energía: La ciudad es una hechicera que mueve sus velos y altera el tiempo. Miras el calendario con modorra dominical para descubrir con el parpadeo siguiente que ya es jueves en la tarde. Entras a una estación subterránea y cuando terminas de bajar las escaleras ya han pasado diez minutos, no importa si corres, igual los perderás. Llegas a ese trabajo, a esa reunión tan importante, a ese espacio donde se habla del hipnotizador de moda, donde se socializa porque hay que vivir cuando se puede, pellizcándole raticos a la agenda, pero todo eso está bien, todo está muy bien, hay que mantener la atención en el aquí y en el ahora, en el estoy muy ocupado, no puedo atenderte, ni hablarte ni mirarte a los ojos en este momento, mejor dejémoslo para la próxima semana porque en el fondo creo que no tener tiempo para perder me hace muy valioso, me confirma que soy un individuo muy valioso para la sociedad, esta que apenas me descuide me reemplazará por alguien con un perfil sociodemográfico idéntico al mío. Miedo. Mejor sigo aparentando, sigo fingiendo que ella, la ciudad, no puede vivir sin mí para seguir evitando hacerme preguntas que sólo agravarán mi insomnio y que sumarán terror a mis pesadillas; de la valeriana no me hablen que ya el xanax apenas me hace cosquillas.

Tengo 400 años y estoy muerta. No existo, no debo plata, al menos no la suficiente para que una corporación comience a cobrarme a sangre y fuego la plata de mentiras que me prestó.

Las encuestadoras y las agencias de publicidad me miran con desconfianza porque las conozco desde adentro, entonces no saben qué hacer conmigo.

Los diseñadores de ropa hacen cosas lindísimas por las que pierdo el interés 3 días después de verlas exhibidas en la vitrina, por eso también cada vez compro menos.

La gente normal, la de bien, la que madruga para que su Dios la ayude me percibe como la psicópata que podría cuestionar, con su sola presencia, si lo que viene haciendo desde hace no sabe cuando es realmente útil.

Y no soy nadie, tengo 400 años y estoy muerta. No soy famosa ni quiero serlo, me derrito con la idea de vivir en un lugar donde no haya trancones ningún día de la semana, donde la gente no duerma una encima de otra dentro de edificios insalubres, donde las palabras huerta y patio sean tan corrientes como oficina y estrés, donde estar muerta financieramente sea un piropo, donde basura no orgánica sea sinónimo de manualidades bellas, donde se lean más libros y no existan las telenovelas, mejor todavía, donde producirlas sea un negocio malísimo, donde las rutinas estén llenas de almuerzos de tres horas con postre, aromática/té y compañía estimable incluidos, donde las tertulias sean tan apetecidas como salir a bailar la noche entera.

Pido una utopía, me la exijo, la vivo mientras medito y ya vivo de un modo que demasiados creen imposible y soy más feliz que todos ellos mientras descubro a diario que puedo seguir siéndolo porque todavía me hace falta deshacerme de muchísimas cosa que no necesito, porque ya soy muy rica.


miércoles, agosto 15, 2012

Entre el mate y el bidet




La línea naranja, curva, convexa, intensa, dibujada con perfección sobre un fondo azul oscuro se quedará sin explicación en pos del efecto mágico que precedió. No me interesa saber porqué sentí que cuando estaba por llegar a un país que nunca había pisado y que casi no había imaginado mi hogar me esperaba.


Hogar no es una palabra que se diga a la ligera, por lo menos yo no la uso así, apenas y si digo casa “mi casa” pero siempre con timidez y un poco de disgusto, entonces decir hogar…

Allá abajo se veían las casas bajitas, separadas, los patios inmensos, allá donde les dicen fondos y, un poco más arriba, en diagonal, la línea de mar, el borde marrón, el encaje blanco hecho de espuma. De esto no tengo foto, de la línea naranja, curva, convexa sobre el fondo azul oscuro sí, quizás sea porque tiendes a fotografiar, a registrar, a marcar eso que te parece extraño, poco común, en cambio eso que das por sentado, lo muy tuyo lo dejas pasar y yo estaba llegando a un hogar muy mío, a uno desconocido.


Tendría trece años y daba lástima. Estaba en un buen colegio pero los libros de espías y guerra me resultaban más entretenidos que el álgebra. Ese día me darían un diploma que se habían inventado para visibilizar a los invisibles, a esos que sólo subían a una tarima a recoger cables. A mí también me darían uno de esos pero yo ya me sentía demasiado chiquita como para ir a confirmarlo delante de todos, delante de un público que tampoco sabía quién era yo.
De la ceremonia sólo recuerdo que un chico, uno o dos años mayor que yo imitaba a la perfección ─eso creía─ el acento argentino, ahí algo se movió adentro mío, para siempre e inevitablemente.


Desde que comencé a soñar con conocer Buenos Aires creí que llegaría en avión y sola, sin embargo las entidades que me guionan la vida tenían otros planes, preámbulo incluido.


De Montevideo sabía poquísimo, la geografía no me daba para entender que tenía playa, de eso me enteré meses, semanas antes de llegar, tampoco tenía claro que allí, en el Uruguay había nacido Benedetti, además de Horacio Quiroga, el señor que había escrito los cuentos de la selva, a este lo recordaba como peruano, nunca como un costeño.


El frío y yo nos llevamos bien, nos gustamos, incluso en invierno, en ese único invierno austral que he vivido, a pesar de los sabañones y el aire caliente incapaz de inundar toda la casa, mi casa, mi hogar sin leña, mi sucucho.

Apenas salí del aeropuerto el viento con olor a hielo me saludó y sonreí, creo que sonreí; recordé los días de primavera fría que había vivido más al norte dos años atrás y me reconocí creciendo, cambiando de ese modo que sólo es posible cuando tienes puestos los pies en el camino y no en la estación, y claro, también sonreía por él, cómo no.


Europa y yo no nos conocemos, aún, hemos prometido encontrarnos alguna vez, mas mientras llega el momento la husmeo de lejos, la imagino.

Estar constantemente dentro de una película y el rumor leve de la ciudad es el recuerdo siguiente, las pastas frescas, los ravioli, mis favoritos desde la infancia, que allá se venden con la cotidianidad que acá se comen las frutas exóticas, fueron experiencias que también me punzaron el corazón.

Y las experiencias al continente viejito no dejarían de llegar, empero antes tenía que pasar por una más nativa. Me esperaba el sabor a humo proveniente de una montañita hecha de hojas verdes picadas.


Una mañana, no recuerdo bien si la siguiente a mi llegada, me animé a sorber a través de una bombilla clavada en un mate, una bebida algo caliente para mi gusto pero de un amargo interesante, quizás perfecto para hacer maridaje con el enamoramiento recién desempacado que estaba viviendo. Ahí comencé a tomarle el gusto a una costumbre indígena que ni siquiera el colonizador Rivera pudo erradicar, a pesar de la efectividad que probó con los charrúas.

Por delante estaba El Lobizón, su gramajo, cada temporada más escaso, el mareo de alcohol y emociones, el sabor de un viaje que como los buenos, como los muy intensos me cambiaría hondamente y para el resto de mi vida.

lunes, agosto 13, 2012

Señor insomnio


viernes, agosto 10, 2012

Soy una extraterrestre ─ VI




La exploración de formas de vida cubiertas de plumas y la toma involuntaria de muestras de tejido astral me ha tenido un poco ocupada, sin embargo pretendo cerrar esta serie hoy escribiendo acerca de mis preferencias de asentamiento, las palabras que me gusta custodiar y las drogas que elijo para acentuar mi consciencia.

Encuentro muy divertidos a los terrícolas cuando diplomáticamente (todavía no entiendo bien el significado y el uso de esta palabra) intentan adivinar mi edad. El hecho de que elija a diario el color cara lavada y el que dé prioridad al sueño y al tiempo necesario para deglutir bolas de luz parece confundirlos muchísimo, porque dibujan caras con bocas abiertas y cejas altas cada vez que les respondo en su lenguaje que todavía no llego a los cuarenta. Les oculto los siglos que realmente he vivido para evitarles reacciones más fuertes. Este punto podría parecer menor si no se consideraran las zonas donde suelo vivir, pero teniendo en cuenta que tienden a parecerse más a pueblos que a ambientes típicamente citadinos es relevante.

Así como en algunos lugares con cincuenta mil habitantes, o menos, se puede identificar claramente un área comercial en los suburbios colombianos pasa lo mismo. Aunque hacen parte de una división metropolitana sus costumbres, entre las que se puede contar el hábito de llamar a los congéneres “vecina/o” para propiciar una cercanía falsa y, si se puede, averiguar más de la vida ajena (ignoro con qué fin), recuerdan las escenas cotidianas de las provincias, esas que están departamento bien adentro, muchas abandonadas por jóvenes con hambre de emoción e independencia, mismas que son buscadas por personas mayores, cansadas de completar actividades por obligación y nunca por placer. De los suburbios, solitarios, durante los días hábiles, al menos en sus calles, y repletos los fines de semana se dice que están hechos para las familias y que la gente soltera en busca de diversión poco tiene que hacer en ellos, características que los convierten en sucuchos aceptables para estancias de mediana extensión.

Debido a que sus niveles de ruido son menores a los de lugares más céntricos y sabiendo que a ningún empresario deseoso de plata y fama inmediatas se le ocurriría construir un cine monstruosamente grande para competir con el del centro comercial de la zona, ni intentaría instalar un bar glamouroso cerca de donde las familias paseas coches para bebés y perros, estos predios suelen mantener el carácter de seductores marginados, ya que los imitadores compulsivos de los ricos y famosos siempre preferirán gastar en antros que con sólo mencionarlos provocan rubores verdes en las mejillas ajenas. Definitivamente nada se me ha perdido en un bar que tiene una cola de gente afuera esperando para entrar y hasta donde he podido revisar mis aletas, tentáculos y branquias no me pasa nada si veo una película en una pantalla chica, ni siquiera si carece de 3d o hd.

Ahora, a propósito de las palabras raras las encuentro atractivas y útiles pues me permiten desarrollar conceptos que se quedarían a medias si sólo me limitara a hacerlo con las más populares y comunes. Hace poco, por ejemplo, volvieron a llamarme decimonónica y se me iluminaron las aletitas, es que cuando me dicen cosas tan bonitas no puedo evitarlo, soy como un caleidoscopio vagaroso que experimenta emociones inenarrables cuando recrea lo mejor de su cosmogonía propia, y no es para menos, en ese siglo yo era una muchachita. Pero bueno querido lector, mi idea no es sacarlo corriendo, ya bastante meritorio es el hecho de que haya llegado hasta acá, por lo tanto mejor comienzo a concluir explicando un poco cómo soy capaz de mantener un estado mental que muchos podrían llamar taciturno y la clave es la meditación, o al menos así le dicen acá.

Cuando todavía no me habían salido las antenas me gustaba pensar hacia atrás, no se trataba de ver todo como si fuese una película en reversa sino de descubrir cuál era la ruta de mis pensamientos. A veces daba una vuelta por Andrómeda y decidía hacer una pausa entre mis ideas, entonces desandaba el sendero que me llevaba a percibir una estrella enana como algo único, notaba que había desayunado el único hongo que quedaba en casa y que antes de eso había juntado polvo estelar suficiente para la tarea de artes que tenía pendiente, más atrás estaba el jarrón miniatura que mi mamá me había dado para recogerlo; decenas de años más tarde aprendí que esa era una de las millones de formas que existen para acentuar la consciencia, que usadas constantemente y con disciplina te enseñan a reconocer lo esencia.

En este presente que vivo la meditación es para mí una forma de fabricar karma chips que luego puedo usar en momentos difíciles, como cuando mi nave transportadora se daña y me impide salir tan a menudo como quisiera del huso horario en el que estoy. Otros de los beneficios de esta magia sin la generación inagotable de paciencia, muy útil cuando se debe lidiar con gente, esos sujetos que disfrutan siendo usados por la matriz y que patalean cada vez que les sacuden el holograma, aunque sea apenas con un pequeño zarandeo.

Esto es todo, me voy porque me llaman desde la nave nodriza.

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lunes, agosto 06, 2012

Anti-ritual

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jueves, agosto 02, 2012

Escalera corporativa


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