miércoles, agosto 15, 2012

Entre el mate y el bidet




La línea naranja, curva, convexa, intensa, dibujada con perfección sobre un fondo azul oscuro se quedará sin explicación en pos del efecto mágico que precedió. No me interesa saber porqué sentí que cuando estaba por llegar a un país que nunca había pisado y que casi no había imaginado mi hogar me esperaba.


Hogar no es una palabra que se diga a la ligera, por lo menos yo no la uso así, apenas y si digo casa “mi casa” pero siempre con timidez y un poco de disgusto, entonces decir hogar…

Allá abajo se veían las casas bajitas, separadas, los patios inmensos, allá donde les dicen fondos y, un poco más arriba, en diagonal, la línea de mar, el borde marrón, el encaje blanco hecho de espuma. De esto no tengo foto, de la línea naranja, curva, convexa sobre el fondo azul oscuro sí, quizás sea porque tiendes a fotografiar, a registrar, a marcar eso que te parece extraño, poco común, en cambio eso que das por sentado, lo muy tuyo lo dejas pasar y yo estaba llegando a un hogar muy mío, a uno desconocido.


Tendría trece años y daba lástima. Estaba en un buen colegio pero los libros de espías y guerra me resultaban más entretenidos que el álgebra. Ese día me darían un diploma que se habían inventado para visibilizar a los invisibles, a esos que sólo subían a una tarima a recoger cables. A mí también me darían uno de esos pero yo ya me sentía demasiado chiquita como para ir a confirmarlo delante de todos, delante de un público que tampoco sabía quién era yo.
De la ceremonia sólo recuerdo que un chico, uno o dos años mayor que yo imitaba a la perfección ─eso creía─ el acento argentino, ahí algo se movió adentro mío, para siempre e inevitablemente.


Desde que comencé a soñar con conocer Buenos Aires creí que llegaría en avión y sola, sin embargo las entidades que me guionan la vida tenían otros planes, preámbulo incluido.


De Montevideo sabía poquísimo, la geografía no me daba para entender que tenía playa, de eso me enteré meses, semanas antes de llegar, tampoco tenía claro que allí, en el Uruguay había nacido Benedetti, además de Horacio Quiroga, el señor que había escrito los cuentos de la selva, a este lo recordaba como peruano, nunca como un costeño.


El frío y yo nos llevamos bien, nos gustamos, incluso en invierno, en ese único invierno austral que he vivido, a pesar de los sabañones y el aire caliente incapaz de inundar toda la casa, mi casa, mi hogar sin leña, mi sucucho.

Apenas salí del aeropuerto el viento con olor a hielo me saludó y sonreí, creo que sonreí; recordé los días de primavera fría que había vivido más al norte dos años atrás y me reconocí creciendo, cambiando de ese modo que sólo es posible cuando tienes puestos los pies en el camino y no en la estación, y claro, también sonreía por él, cómo no.


Europa y yo no nos conocemos, aún, hemos prometido encontrarnos alguna vez, mas mientras llega el momento la husmeo de lejos, la imagino.

Estar constantemente dentro de una película y el rumor leve de la ciudad es el recuerdo siguiente, las pastas frescas, los ravioli, mis favoritos desde la infancia, que allá se venden con la cotidianidad que acá se comen las frutas exóticas, fueron experiencias que también me punzaron el corazón.

Y las experiencias al continente viejito no dejarían de llegar, empero antes tenía que pasar por una más nativa. Me esperaba el sabor a humo proveniente de una montañita hecha de hojas verdes picadas.


Una mañana, no recuerdo bien si la siguiente a mi llegada, me animé a sorber a través de una bombilla clavada en un mate, una bebida algo caliente para mi gusto pero de un amargo interesante, quizás perfecto para hacer maridaje con el enamoramiento recién desempacado que estaba viviendo. Ahí comencé a tomarle el gusto a una costumbre indígena que ni siquiera el colonizador Rivera pudo erradicar, a pesar de la efectividad que probó con los charrúas.

Por delante estaba El Lobizón, su gramajo, cada temporada más escaso, el mareo de alcohol y emociones, el sabor de un viaje que como los buenos, como los muy intensos me cambiaría hondamente y para el resto de mi vida.

0 comentarios: