viernes, agosto 17, 2012

Quiero vivir en un pueblo porque ya vivo en uno

Nací en una ciudad, una entidad que me vio crecer mientras ella misma se expandía hasta límites insostenibles. Hoy, y todos los días que faltan para la construcción de una avenida nueva, aquellos en los que estaré en su interior, fantaseo con la cristalización de ese pueblo mental en el que ya vivo.

Ella es perfecta: La ciudad es el lugar donde viven los sueños de quienes desean tener cuanto antes el último lanzamiento de su marca favorita, el producto no importa, lo que cuenta es que el estatus se puede comprar con plástico y si surge algún problema con este tipo de transacciones, tan elementales, la ciudad también tiene cientos de sucursales, equipadas con individuos debidamente entrenados para defender los interese corporativos pero si más que comprar lo que le interesa es cuidar o limpiar aquí también está la solución.

Todos los días llegan a la ciudad soñadores que esperan salir adelante trabajando decentemente en algo que no los deje con cayos y tierra en las manos, así, es muy fácil certificarse como guarda de seguridad para cuidar las cosas de esos que se creen de mejor familia pero que se quejan de su pobreza cada vez que detectan una oreja dispuesta; ahora si la recién llegada es una mujer además de aprender a usar un arma de fuego también puede buscarse un trabajo con cama adentro, uniforma y paseos diario en el parque más cercano.

Ella es un universo: La ciudad es un ser compuesto por galaxias separadas por años luz emocionales. Al que le gusta la cumbia nunca se lo verá mezclarse con el amante de la electrónica, al fin y al cabo son estrellas, no descubiertas, pero estrellas al fin que pueden escoger entre el nudo de almas que ofrece el universo metropolitano, no como en el pueblo donde todos son tan conocidos que hasta se sienten como familia. En la ciudad te puedes dar el lujo de ser nadie, el privilegio de juntarte solamente con los de la raza a la que has elegido pertenecer, los demás son bagazo.

Ella es abundancia: Comprar, cocinar, comer, tirar y no pensar. ¿Cocinar?, no, tampoco es requisito. Comprar, comer, tirar y no pensar. La ciudad es una cornucopia dibujada con líneas rojas, grises o naranjas, afiladas siempre, que exige ser alimentada con camiones, contenedores y frigoríficos traídos desde rincones que muchísimos de sus habitantes ni siquiera puede imaginar. Mangos verdes son arrancados de los palos para que señoras y señores los fumiguen con mezclas químicas que la mayoría que puede comprarlos prefiere desconocer, pues lo único que le importa es tener la posibilidad de escoger entre cinco frutas a la hora del desayuno, disponer de la pitaya o de la granadilla que le va a mover el estómago duro que le regaló el sedentarismo.

Ella es energía: La ciudad es una hechicera que mueve sus velos y altera el tiempo. Miras el calendario con modorra dominical para descubrir con el parpadeo siguiente que ya es jueves en la tarde. Entras a una estación subterránea y cuando terminas de bajar las escaleras ya han pasado diez minutos, no importa si corres, igual los perderás. Llegas a ese trabajo, a esa reunión tan importante, a ese espacio donde se habla del hipnotizador de moda, donde se socializa porque hay que vivir cuando se puede, pellizcándole raticos a la agenda, pero todo eso está bien, todo está muy bien, hay que mantener la atención en el aquí y en el ahora, en el estoy muy ocupado, no puedo atenderte, ni hablarte ni mirarte a los ojos en este momento, mejor dejémoslo para la próxima semana porque en el fondo creo que no tener tiempo para perder me hace muy valioso, me confirma que soy un individuo muy valioso para la sociedad, esta que apenas me descuide me reemplazará por alguien con un perfil sociodemográfico idéntico al mío. Miedo. Mejor sigo aparentando, sigo fingiendo que ella, la ciudad, no puede vivir sin mí para seguir evitando hacerme preguntas que sólo agravarán mi insomnio y que sumarán terror a mis pesadillas; de la valeriana no me hablen que ya el xanax apenas me hace cosquillas.

Tengo 400 años y estoy muerta. No existo, no debo plata, al menos no la suficiente para que una corporación comience a cobrarme a sangre y fuego la plata de mentiras que me prestó.

Las encuestadoras y las agencias de publicidad me miran con desconfianza porque las conozco desde adentro, entonces no saben qué hacer conmigo.

Los diseñadores de ropa hacen cosas lindísimas por las que pierdo el interés 3 días después de verlas exhibidas en la vitrina, por eso también cada vez compro menos.

La gente normal, la de bien, la que madruga para que su Dios la ayude me percibe como la psicópata que podría cuestionar, con su sola presencia, si lo que viene haciendo desde hace no sabe cuando es realmente útil.

Y no soy nadie, tengo 400 años y estoy muerta. No soy famosa ni quiero serlo, me derrito con la idea de vivir en un lugar donde no haya trancones ningún día de la semana, donde la gente no duerma una encima de otra dentro de edificios insalubres, donde las palabras huerta y patio sean tan corrientes como oficina y estrés, donde estar muerta financieramente sea un piropo, donde basura no orgánica sea sinónimo de manualidades bellas, donde se lean más libros y no existan las telenovelas, mejor todavía, donde producirlas sea un negocio malísimo, donde las rutinas estén llenas de almuerzos de tres horas con postre, aromática/té y compañía estimable incluidos, donde las tertulias sean tan apetecidas como salir a bailar la noche entera.

Pido una utopía, me la exijo, la vivo mientras medito y ya vivo de un modo que demasiados creen imposible y soy más feliz que todos ellos mientras descubro a diario que puedo seguir siéndolo porque todavía me hace falta deshacerme de muchísimas cosa que no necesito, porque ya soy muy rica.


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