viernes, agosto 10, 2012

Soy una extraterrestre ─ VI




La exploración de formas de vida cubiertas de plumas y la toma involuntaria de muestras de tejido astral me ha tenido un poco ocupada, sin embargo pretendo cerrar esta serie hoy escribiendo acerca de mis preferencias de asentamiento, las palabras que me gusta custodiar y las drogas que elijo para acentuar mi consciencia.

Encuentro muy divertidos a los terrícolas cuando diplomáticamente (todavía no entiendo bien el significado y el uso de esta palabra) intentan adivinar mi edad. El hecho de que elija a diario el color cara lavada y el que dé prioridad al sueño y al tiempo necesario para deglutir bolas de luz parece confundirlos muchísimo, porque dibujan caras con bocas abiertas y cejas altas cada vez que les respondo en su lenguaje que todavía no llego a los cuarenta. Les oculto los siglos que realmente he vivido para evitarles reacciones más fuertes. Este punto podría parecer menor si no se consideraran las zonas donde suelo vivir, pero teniendo en cuenta que tienden a parecerse más a pueblos que a ambientes típicamente citadinos es relevante.

Así como en algunos lugares con cincuenta mil habitantes, o menos, se puede identificar claramente un área comercial en los suburbios colombianos pasa lo mismo. Aunque hacen parte de una división metropolitana sus costumbres, entre las que se puede contar el hábito de llamar a los congéneres “vecina/o” para propiciar una cercanía falsa y, si se puede, averiguar más de la vida ajena (ignoro con qué fin), recuerdan las escenas cotidianas de las provincias, esas que están departamento bien adentro, muchas abandonadas por jóvenes con hambre de emoción e independencia, mismas que son buscadas por personas mayores, cansadas de completar actividades por obligación y nunca por placer. De los suburbios, solitarios, durante los días hábiles, al menos en sus calles, y repletos los fines de semana se dice que están hechos para las familias y que la gente soltera en busca de diversión poco tiene que hacer en ellos, características que los convierten en sucuchos aceptables para estancias de mediana extensión.

Debido a que sus niveles de ruido son menores a los de lugares más céntricos y sabiendo que a ningún empresario deseoso de plata y fama inmediatas se le ocurriría construir un cine monstruosamente grande para competir con el del centro comercial de la zona, ni intentaría instalar un bar glamouroso cerca de donde las familias paseas coches para bebés y perros, estos predios suelen mantener el carácter de seductores marginados, ya que los imitadores compulsivos de los ricos y famosos siempre preferirán gastar en antros que con sólo mencionarlos provocan rubores verdes en las mejillas ajenas. Definitivamente nada se me ha perdido en un bar que tiene una cola de gente afuera esperando para entrar y hasta donde he podido revisar mis aletas, tentáculos y branquias no me pasa nada si veo una película en una pantalla chica, ni siquiera si carece de 3d o hd.

Ahora, a propósito de las palabras raras las encuentro atractivas y útiles pues me permiten desarrollar conceptos que se quedarían a medias si sólo me limitara a hacerlo con las más populares y comunes. Hace poco, por ejemplo, volvieron a llamarme decimonónica y se me iluminaron las aletitas, es que cuando me dicen cosas tan bonitas no puedo evitarlo, soy como un caleidoscopio vagaroso que experimenta emociones inenarrables cuando recrea lo mejor de su cosmogonía propia, y no es para menos, en ese siglo yo era una muchachita. Pero bueno querido lector, mi idea no es sacarlo corriendo, ya bastante meritorio es el hecho de que haya llegado hasta acá, por lo tanto mejor comienzo a concluir explicando un poco cómo soy capaz de mantener un estado mental que muchos podrían llamar taciturno y la clave es la meditación, o al menos así le dicen acá.

Cuando todavía no me habían salido las antenas me gustaba pensar hacia atrás, no se trataba de ver todo como si fuese una película en reversa sino de descubrir cuál era la ruta de mis pensamientos. A veces daba una vuelta por Andrómeda y decidía hacer una pausa entre mis ideas, entonces desandaba el sendero que me llevaba a percibir una estrella enana como algo único, notaba que había desayunado el único hongo que quedaba en casa y que antes de eso había juntado polvo estelar suficiente para la tarea de artes que tenía pendiente, más atrás estaba el jarrón miniatura que mi mamá me había dado para recogerlo; decenas de años más tarde aprendí que esa era una de las millones de formas que existen para acentuar la consciencia, que usadas constantemente y con disciplina te enseñan a reconocer lo esencia.

En este presente que vivo la meditación es para mí una forma de fabricar karma chips que luego puedo usar en momentos difíciles, como cuando mi nave transportadora se daña y me impide salir tan a menudo como quisiera del huso horario en el que estoy. Otros de los beneficios de esta magia sin la generación inagotable de paciencia, muy útil cuando se debe lidiar con gente, esos sujetos que disfrutan siendo usados por la matriz y que patalean cada vez que les sacuden el holograma, aunque sea apenas con un pequeño zarandeo.

Esto es todo, me voy porque me llaman desde la nave nodriza.

Artículo relacionado:

0 comentarios: