miércoles, octubre 24, 2012

Mírame para saber que existo


─Déjame ver por dónde empiezo, ah, sí, ya, por la vez en que en lugar de pedirle un autógrafo a su escritor favorito le dijo que escribiera sólo su nombre porque quería verlo escrito con otra letra.
─No, no entendí.
─Sí, entendiste, no le gusta hacer entrevistas sino hacerse psicoanalizar por muchas personas.
maniquí femenino, con gafas oscuras en vitrina de centro comercial viendo a la gente pasar

Su día comienza temprano, a una hora obscena, la más oscura de la madrugada.

Después de levantarse despierta a su computador, revisa cuáles son las noticias más polémicas del momento y entre ellas elige el tema que dominará su columna semanal, una que consiguió metiéndose a escondidas a eventos sociales, por la que intoxicó tantas veces a su hígado.

Con las ideas brincándole en la cabeza, esas que intentó absorber con una lectura transversal de artículos de autoras y autores que comenzaron a escribir profesionalmente a máquina y no en computador, se mete a la ducha esperando que se le ocurra alguna frase genial para provocar muchas reacciones entre su público, ese que le regala piropos e insultos ─sobre todo insultos─ pero que todavía se resiste a pedirle autógrafos y fotos en su compañía. Siente la frustración, un minuto antes de cerrar la llave, cree injusto que ni siquiera en los eventos especializados, nadie le rinda culto como merece. ¿De qué sirven tantas imágenes, tantas palabras, tantos videos exponiéndose y contando particularidades de su vida si no llegan invitaciones para presentar programas de televisión, así sea en canales regionales?

Cierra los ojos y mete una vez más la cabeza bajo la ducha, imagina que el sonido del agua es el de los aplausos de un público formado por cientos, por miles.

Ahora está frente al espejo. Es el momento de darle sal a ese rostro tan insulso, tan común, tan mainstream. El corte que uno de sus amigos le regaló, por lástima y no porque crea en su fama, detalle que reprime con eficiencia, resalta su atractivo sexual sin restarle el aire intelectual que necesita para convertirse en una figura pública confiable. El truco de su peinado está en capturar la atención desde el comienzo pero sin distraer a sus oyentes del discurso mamerto, aprendido de memoria, que es la otra mitad de sus armas.


Ya es hora de almorzar. La mañana desapareció entre la selección de eventos para el próximo trimestre y el intercambio de favores que le asegurarán su asistencia a ellos. Pronto se sentará en un restaurante de moda al norte de Bogotá, con las gafas de sol y el reloj brillante bien puestos. Le gusta demostrar que es muy versátil, que siente comodidad con la ropa que compra en los tres, cuatro, cinco viajes que hace al exterior cada año como con la ropa que compra “en un chucito del Centro”, zona que nunca pisa pero que te suma un aire bohemio si la intercalas bien en frases que no incluyen las palabras museo, galería o exposición.

“Yo estoy para cosas grandes” es el mantra que guía sus actos, frase inconfesable que sólo pronuncia en compañía ─cuando la tiene─ mientras duerme. Es tan evidente su inanición por falta de reconocimiento que quienes se le acercan para compartir la noche confirman lo que ya se dice en su círculo “más íntimo”: “es muy amable, recibió una educación impecable” queriendo decir “todo el tiempo mide a los demás para saber qué puede sacar de ellos”. Sus relaciones más largas son esas que establece con quienes no tienen ningún interés en la fama, sin embargo por ese motivo acaban pues piensa “si no reta mi inteligencia ─símbolo─, ¿para qué sigo a su lado?”. A veces, muy escasas, al bajar la guardia y el codo, se queja de la soledad que ha construido con tanta maestría, más al otro día, cuando de nuevo tiene claro el libreto que ordena su vida, vuelve a concentrarse en lo que está de moda y escoge lo que levanta más comentarios, más opiniones para comprobar que existe.

fragmento de manuscrito del texto

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