jueves, diciembre 26, 2013

Produciendo un cuento de hadas

interior capilla decorada palomas papel y bisutería
Licuc - BY - NC - SA
Entre julio y agosto de este año tomé un curso de crónica periodística dictado por Alberto Salcedo Ramos. El resultado fue, además de una experiencia muy divertida que incluyó una conversación privada con mi heroína Leila Guerriero, una crónica acerca de un grupo de hombres gay que organiza bodas.

Después de intentar vender la historia a algunos medios y de que ninguno mostrara interés real en ella, decidí publicarla aquí, porque no me interesa dejarla en la sombra sólo para alimentar mi ego y creer a solas lo buena que soy, por lo tanto si quieren leer el resultado final y ver las fotos que tomé mientras hacía el trabajo de campo pueden hacer clic sobre los enlaces.


jueves, diciembre 19, 2013

Popular no es sinónimo de bueno

Por insistencia de un amigo brazuca decidí ir a Paraty, una población cercana a Rio muy visitada por los locales y que según la UNESCO es “el conjunto más perfecto de la arquitectura colonial del todo el país”*, aspecto que influyó en su declaración como patrimonio histórico y artístico a nivel nacional que tiene la esperanza de recibir el título de Patrimonio de la Humanidad. Como mi lema era visitar la playa todas las veces que pudiera y recorrer varios lugares del sur de Brasil incluí este destino en mi lista pero aunque no la pasé mal, porque siempre sé arreglármelas para sacarle provecho a la situación, difícilmente volvería. Voy a explicar porqué.

paraty, brasil en un fin de semana de abril de 2013
Licuc - CC-BY-NC

canal en paraty, brasil
Licuc - CC-BY-NC

Licuc - CC-BY-NC

la playa pontal en Paraty, Brasil
Licuc - CC-BY-NC

Empezamos bien

Para alojarme elegí la pousada Sonho Meu ─Posada Sueño Mío− que está a tres cuadras de la rodoviaria, lo que es ideal teniendo en cuenta que muchas calles están adoquinadas y mover maletas de rueditas por ellas no es fácil. Si bien se pueden encontrar habitaciones libres sin reservar suelen estar lejos de la terminal de buses, es decir a 15, 20 minutos caminando, que aunque no parecen mucho se complican cuando uno va cargando algo pesado, por eso creo que fue mejor llegar sabiendo que tenía una camita esperándome y cerquita de la rodoviaria, más teniendo en cuenta que llegué de noche, tras hora y media extra de viaje por tierra. A pesar de que la empresa decía que el viaje tardaría 2 horas y media tardó 4, en parte por el tráfico de fin de semana. Paraty es un destino muy popular entre los brasileros, yo sólo oí a algunos argentinos, personas hablando inglés y a una señora hablando en italiano, todos los demás eran brazucas. He aquí una razón más para familiarizarse con el idioma. A mí por ejemplo me hablaban siempre en portugués, quizás les parecía compatriota.

¿Alguna sugerencia para la cena?

La noche que llegué comí en la Pizzería Altas Horas. El servicio se demoró mucho, incluso una pareja que estaba cerca de mí se desesperó y se fue temprano porque para colmo les equivocaron el pedido. A mí no me fue mal, la media pizza que pedí era de masa delgadita y suave, justo para la noche, entretanto esperaba veía la novela de la temporada, Salve Jorge, una superproducción local. Lo que dicen acerca de los brasileros y su pasión por las telenovelas no es mentira. Sin importar su nivel educativo o su profesión el país se hipnotiza frente al televisor cuando comienza la del horario central.

Atrapada en el circuito artificial

Después de husmear un poco los planes que ofrecían las empresas turísticas para visitar las atracciones cercanas me antojé de ir a Trindade, una piscina natural que se veía preciosa, pero como soy tan bicha rara el cupo para ese tour no se completó, por eso a última hora tuve que ir en una de las escunas o yates que te pasean por la bahía, mientras la gente bebía y oía música a un volumen que les impedía pensar. No estuvo mal pero habría preferido el otro paseo que era visitando, además de playa, un alambique de cachaza. Al día siguiente debía ir a Sao Paulo y por eso no pude quedarme para hacer ese paseo, así no me quedó más remedio que cambiar de tour a última hora porque la empresa (Estrelha da Manha) no hacía devoluciones de plata. La tercera opción era ir de tour por las cascadas cercanas, pero como ya lo dije mi propósito en este viaje era ver mar, no ríos. En general se puede ver todo lo que hay alrededor en 5 días, pero si te quedas durante 3 te haces una idea bastante buena de cómo es Paraty: un lugar diseñado para entretener a quienes quieren escapar de la ciudad durante un fin de semana pero sin renunciar al glamur, las comodidades y el estruendo que viven de lunes a viernes.

brasileros viajando en escuna
Licuc

Sí, yo sé que Paraty tiene muchos atractivos históricos, sus calles son perfectas para imaginar escenas de otros tiempos, pero para mí estar entre grupos grandes de gente comprando y gastando me impide entrar en el estado mental que necesito para descubrir el encanto de los lugares. Quizás si hubiese ido entre semana todo habría sido distinto. 

*Tomado de un folletoo turístico que me dieron en Paraty.

bolsa plástica del supermercado carlao en paraty brasil

bolsa plástica del supermercado carlao en paraty brasil
Este lugar, como otros destinos turísticos respetables, es bastante caro. Una de las formas de ahorrar es comprando comida en el supermercado y sin dudas Carlao es una muy buena alternativa.
Artículos relacionados:
Moverse en Brasil sin quebrarse

miércoles, noviembre 27, 2013

Un capítulo vivo de la historia del arte en Colombia

El mundo de los medios de comunicación tampoco es ideal. Si trabajas en él debes aceptar con mucha frecuencia que tus artículos sean modificados por editores, directores, diseñadores, etc. para que se ajusten a las exigencias del medio, al gusto de los lectores, a los espacios dedicados a los anunciantes y la lista me queda incompleta.
A continuación el artículo que escribí después de entrevistar a Eduardo Serrano, el primer curador de arte ─oficial− de Colombia tal como lo envié, es decir no como circula hoy con la edición de este mes de la revista Habitar.

Algunas personas intentan elegir entre palabras e imágenes y otras encuentran un tercer camino. Este es justamente el caso de Eduardo Serrano, que a través de las letras llegó a la crítica artística al tiempo que hizo parte de la creación de universo nuevo en Colombia.


Conocido por ser el primer curador del Museo de Arte Moderno de Bogotá, Eduardo Serrano deja ver entre líneas que su sendero ha sido tejido por inclinaciones propias y por las sugerencias ajenas. 

En principio este experto en arte soñaba con ser un escritor de literatura y publicaba en medios importantes del país, por ello sentía que necesitaba aprender más del oficio, sin embargo, paralelamente comenzó a interesarse en el arte “desde antes de irme a Estados Unidos; yo escribía cuentos y les pedía las ilustraciones a artistas como Enrique Grau… y así me fui involucrando con el mundo de ellos”.

Esa predisposición hacia las expresiones artísticas lo preparó, tal vez a un nivel subconsciente, para dar el siguiente paso que lo cambiaría de modo definitivo.

Estando listo para matricularse en la Universidad de Nueva York encontró un obstáculo: el programa de literatura que le interesaba sólo podía ser cursado por angloparlantes nativos. Su frustración ante la noticia fue tan evidente. El decano de la facultad, quizás buscando calmarlo, le dijo “mire, estudie antropología que eso le sirve para todo lo que usted quiera hacer”. Eduardo siguió este consejo e incluyó un énfasis en historia del arte, lo que sería la entrada a todo un universo nuevo.

Por ser estudiante extranjero recibía gratis entradas para asistir a funciones de ópera y para ir aprendiendo, a través de experiencias sencillas, cómo era el mundo del arte. En ese entonces “en el Museo de Arte Moderno de Nueva York ayudaba a organizar filas, a vender boletas, nada intelectual ni nada importante”. Al terminar esta etapa de formación llegó el momento de volver a Colombia.

Lecciones y enseñanzas nuevas
Al inicio de la década del setenta Eduardo Serrano hacía parte del grupo pionero que inauguraba las primeras galerías de arte de Bogotá, entre ellas Belarca, abierta por Alonso Garcés, la cual dirigió durante un tiempo. En esa época también escribía para varios medios, atreviéndose a decir lo que otros ni siquiera pensaban.

En uno de sus artículos criticó fuertemente a Gloria Zea, directora del Museo de Arte Moderno de Bogotá en ese entonces, por una exposición que había llevado a Argentina. Zea dejó que la crítica pasara a un segundo plano, entendió que lo mejor que podía hacer era invitar a Serrano a trabajar con ella para aprovechar todo su conocimiento y poder construir cultura desde el mismo lado.

Lo mejor de Colombia para el mundo
Después de publicar varios libros y de haber curado las exposiciones y la colección permanente del MAMBO durante veinte años, en 1999 Eduardo Serrano fue nombrado Director de Asuntos Culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores, para que mostrara fuera de Colombia lo mejor y más original del arte nacional. 

En este cargo tuvo tanto éxito que en el gobierno siguiente continuó con su misión pero desde el Ministerio de Cultura, hasta que llegó el momento de su pensión, mas no del retiro. La experiencia acumulada en torno a múltiples expresiones estéticas lo convenció de que para vivir de un modo natural el arte es más necesaria la sensibilidad que la intelectualidad exquisita. 

Definiciones caprichosas
Acerca de los motivos que llevan a una persona a recopilar objetos hechos por artesanos refinados o por pintores de trayectoria larga se puede decir mucho, pero nunca en términos absolutos, ya que “en el arte no hay métricas, todo es cuestión de conjeturas, de opiniones y de subjetividad; lo que te gusta a ti depende mucho de tu experiencia personal”, por eso Serrano reconoce como válidas motivaciones de todo tipo que sirven de punto de partida para formar una colección.

Dejando a un lado absolutismos y creencias erróneas recomienda hacerlo por gusto pero sin desdeñar la asesoría de un curador con experiencia, ya que “es un puente entre el artista y el público”, alguien que sabe reconocer los gustos de una persona, que le presenta alternativas para satisfacer su fascinación y que  le da consejos acerca de cómo debe disponer y cuidar las obras adquiridas.

Eduardo Serrano además recuerda que el arte no es sólo contemporáneo sino que es tan antiguo como la cultura misma, y que para entenderlo es necesario aprender de antropología y de historia del arte, disciplinas que ayudan a ampliar la sensibilidad y a adquirir parte de la experticia que lo caracteriza, esa que lo ayuda a diferenciar una obra con éxito efímero de aquella que tiene la fuerza suficiente para llegar a ser un nuevo clásico.

viernes, octubre 11, 2013

Moverse en Brasil sin quebrarse

Uno de los retos de viajar dentro de Brasil es no salirse del presupuesto. El hospedaje en hoteles, el transporte y la comida a la carta pueden ser tan costosos como en Europa. Lo que sigue es un relato de cómo ahorrar un poco usando buses y metro en São Paulo y en Río de Janeiro.

interior estación metro rio


Los taxis en Brasil son obscenamente caros, en Río pueden cobrar algo así como US$ 0,50 por minuto, por eso es mejor andar ligero de equipaje para poder moverse por todas partes y utilizar lo menos posible este servicio. Al llegar y al salir de Sao Paulo es mejor hacerlo en horas valle. A las horas pico se le sale lo salvaje a la gente y difícilmente encontrarás un alma en estado de bondad para que te deje pasar con tu abultada maleta. Ya no hablemos de que te dé indicaciones. Si tienes experiencia de vida en otra ciudad enorme como México o Buenos Aires, allí te será muy valiosa. Haber usado otros metros también suma puntos, así no cuestionarás la importancia de saber en qué dirección debes ir antes de pasar un torniquete. Si ignoras este hecho es muy posible que debas regresar, pagar otro pasaje y comenzar el periplo de nuevo, pero quizás desde un sitio que está más lejos de ese que quieres alcanzar.

De Copacabana a la Rodoviaria de Río de Janeiro

Para ir de Copacabana a la rodoviaria sirven las rutas 126, 127 y 128 (pasaje R$ 3,10 = US$1,5)* que pasan en la avenida Nossa Sra. De Copacabana. En la misma avenida, a la altura de la Rúa do Perú, por ejemplo, también pasan unos buses azules con un letrero que dice Rodoviaria. Son una opción más cómoda para viajeros, en parte porque no tienen torniquete a la entrada y porque los conductores están acostumbrados –o preparados─ para lidiar con turistas confundidos. Aunque el pasaje sale casi por el doble comparado con los otros, vale la pena tomarlos. Te dejan al frente de la terminal de buses y te evitas mini crisis durante las que te convences de que no volverás a encontrar tu lugar en el mundo.

Para ir de Copacabana a la rodoviaria tomé la opción barata, la de los buses urbanos normales, no tanto por tacañería sino porque quería verle la cara auténtica a Río. Para completar este trayecto hay que ir hasta el final de la ruta (en los 126, 127 y 128) que es en un galpón, luego se camina hacia la derecha, se cruza una calle y al doblar de nuevo a la derecha aparece la terminal de buses.

Interior de la terminal de buses de Río de Janeiro.

Consejos extra: 


El metro de Río es perfecto para principiantes, no tiene interconexiones porque sus líneas son paralelas. Los buses ya son otra historia, es mejor tomarlos después de escuchar los consejos de los cariocas (naturales de Río de Janeiro).
Para viajar por tierra es muy importante saber cuál es la línea o la empresa que se usará. Con ese dato se puede preguntar en información dónde está la taquilla (bilheteria) para comprar el pasaje.


*Este precio es de abril de 2013.
La maleta es un diseño de Aha-Soft

miércoles, septiembre 25, 2013

Lo más peligroso es el miedo

[Escrito algún día de febrero o de marzo de 2013, cuando viajar a Brasil era una idea y no parte de mi pasado.]

Obvio que da miedo inventarse un viaje sola a ese país que desde hace años se las arregla para aparecer una y otra vez en tu recuerdo. Claro que no es fácil ahorrar, hacer presupuestos y juntar el valor necesario para hacer los preparativos de un sueño que te inspira y te aterra a la vez. Sin embargo siempre hay algo peor: reconocer a los 76 años que dejaste de vivir lo que querías, lo que tu corazón te rogaba que hicieras, dejarlo porque tuviste miedo de lo que los demás pudiesen pensar, tu madrecita santa incluida.

Esta vida mía es eso: mía, mía, no tuya, por eso me largo para Brasil en abril, me voy a seguirla viviendo porque no espero que nadie más lo haga por mí.

lunes, septiembre 23, 2013

Domingos en la tarde y lunes en la mañana

“El día que te pesen los pies para ir al trabajo cámbiate de trabajo” dijo el entrevistado, “sabio consejo el que le dio su jefe”, respondí yo durante esa entrevista que estaba haciendo por trabajo. Y ayer, que era domingo volví a pensar en el hastío de los domingos en la tarde y de los lunes en la mañana. Una sensación tan común como triste.

Alguna experiencia tengo con ella, más teniendo en cuenta que soy un desastre cuando tengo que trabajar en algo que no me gusta, pero lo cierto es que otras son las sensaciones que tengo frescas.

En la época en que comencé a hacer entrevistas de investigación de mercados me levantaba emocionada todos los días, esperando escuchar con mucha atención lo que tendrían para decir las personas. Cinco años más tarde sentía mucha curiosidad por saber cómo se administraba la presencia de una marca en redes sociales; menos de seis meses más tarde entendía que la publicidad es como la Estatua de la Libertad, desde afuera se ve muy linda, pero cuando la ves por dentro y descubres todos los cables y las varillas que la sostienen y le dan forma el encanto se derrumba.

Corriendo con suerte, esa fortuna que me acompaña todos los días de la vida, vino otro cambio que me llevó a aprender de periodismo (y otro tanto de publicidad). Ahora estoy en un punto que si bien no siento es ideal tampoco es miserable, uno que me sirve para ver con incredulidad cómo tanta gente sigue amarrada durante años a trabajos que odia o no soporta.

Sé que alguna vez sentí esa aversión al día siguiente, al comienzo de la semana, pero llevo tanto tiempo dedicándome, y cada vez con más intensidad, a oficios y temas que me gustan que me parece incomprensible que tantos sigan alimentando a la máquina mundial a través de trabajos vacíos que completan para compran el pantalón, el perfume, el teléfono que no necesitan pero que los hará pertenecer al grupo social que discrimina al que no tiene, ese mismo que se evaporará cuando se le pida ayuda para encontrar un nuevo trabajo que inspirará pereza los domingos en la tarde y los lunes en la mañana.

Bendita la hora en la que decidí dedicarme a lo que me gusta porque así trabajo sin culpas un sábado en la tarde o declaro domingo un día que tiene cara de miércoles, bendita también porque desde ese momento comencé a entender que la vida es ya y no más tarde, por eso no ando pensando en lo que haré después de pensionarme. No me interesa retirarme porque a mí no se me cansan las ganas de escribir, leer y viajar, sino todo lo contrario.

viernes, agosto 30, 2013

Juana Pérez, la que escribe

Estoy sentada en un salón de clases, llevo puesto un delantal celeste y una profesora me dice que cuatro grados más abajo hay alguien que lleva mi nombre. Una de las ¿10, 12? mujeres con las que comparto habitación durante una convivencia es rubia, nació en Chita, Boyacá y se llama Johanna Pérez. Estoy en un pasillo de la universidad, viendo una cartelera y leo: Facultad de Administración de Empresas, Johanna Pérez. Recibo un correo de una tal Johanna Pérez, venezolana, quiere contactar a todas las Johannas Pérez del mundo que están en Internet. ¿Para qué? No lo sé.

Soy Juana Pérez, literalmente ─Juana en alemán se escribe Johanna─ y sin embargo no me canso de señalar homónimas, cuando las encuentro, sobre todo si se dedican a profesiones que me parecen interesantes, al punto que puedo imaginarme ejerciéndolas.

Un par de ejemplos:
publicidad callejera, pegada a un posto, de terapias reiki en bogotá
Durante un tiempo, brevísimo, también fui terapeuta reiki.
volante promocionando oráculos del teatro de los sentidos

De cuando en cuando me gusta consultar el tarot y, aunque el teatro en general me produce vergüenza ajena, producciones como esta me causan mucha curiosidad.
Quizás por eso, porque siento dificultad cuando debo vincularme a un nombre y a un apellido, porque sé que dos palabras o más no describen a una persona, es que las emociones profundas se ausentan cuando veo mi nombre impreso en un papel suave y brillante, mas hay algo que debo reconocer.

Hace algo así como tres meses ocurrió otro de esos hechos que me obligan suavemente a encontrar la perspectiva. En el 2005 abrí un blog que se llamaba Revista H E R A, porque desde adolescente, cuando leía las revistas Tú y Cosmopolitan fantaseaba con ser la que escribía los tests para saber si tu chico te engaña o si eres muy exigente a la hora de buscar pareja. Me parecían divertidos y a mí siempre me ha gustado lo que divierte, lo que entretiene, porque sí, sin mucha reflexión trascendental. Años después, tantos que parecen muchos, escribo para una revista. Para otra.

La primera vez que lo hice fue en un medio usado por una empresa para autopromocionarse. Cuando vi mi nombre en negro sobre blanco, de nuevo sin el Vásquez, no sentí nada, como tampoco lo sentí luego posando frente al teatro protagonista de la nota que me habían encargado, aunque estaba en uno de mis países favoritos, uno con el que también había soñado en la adolescencia. Y hoy algunas ausencias siguen siendo las mismas.

Mi segundo apellido sigue sin aparecer en la contraportada de la revista en la que trabajo ahora, una de circulación nacional y a la que llegué sin haber estudiado periodismo y con apellidos de legión.

fragmento de contraportada edición 249 revista habitar
Hace tres meses me emocioné, cuando me dijeron que el trabajo era mío. Hoy ya quiero más y cuando veo que todavía no ha pasado un año desde que escribí, para H E R A, cómo un blog puede conseguirte trabajos interesantes, compruebo una vez más que las horas que mejor he perdido son aquellas que he pasado escribiendo.

lunes, julio 29, 2013

São Paulo y sus tentáculos hechos de gente

Los sitios que tienen alguna influencia oriental –Uruguay incluido─ o que directamente están ubicados en el continente asiático me inspiran mucha curiosidad, por eso me llamaba tanto la atención visitar Liberdade, el barrio japonés de São Paulo.

calle de liberdade sao paulo brasil barrio japonés

Antes de estar en esta ciudad tenía mucho miedo. La veía como un monstruo inmanejable, caliente, incontrolable y sin ningún orden. En gran parte es así, pero también me ayudó a comprender para qué nací en Bogotá: por haber nacido y crecido aquí ahora tengo lo que se necesita para moverme sin aspavientos en grandes moles de cemento, y sin más que mi propia compañía.

São Paulo sí es un monstruo con tentáculos que se mueven todo el tiempo y que siempre tienen gente encima, el perfil además es el de una Tokio incrustada en Latinoamérica. Mírese a donde se mire los edificios, lindos, viejos, sucios, improvisados, grises, azules no dejan de aparecer, por eso es muy fácil sentirse asfixiado en este lugar, sin embargo para ser justa debo reconocer que los brasileros incluso allí me trataron bien.

En una ocasión, cuando iba al Terminal Rodoviário do Tietê, usando el metro, no encontré escaleras eléctricas para bajar un tramo. Ahí, mientras batallaba un poco con mi no tan grande ni tan pequeña maleta, apareció una señora, de la mano de una niña de 4, 5 años preguntándome si quería ayuda. La acepté y la mujer, para el colmo de la amabilidad pretendía que cargáramos la maleta incluso cuando apareció la anhelada escalera eléctrica, ya ahí le di las gracias y le dije que era suficiente.

Disfrázate de local


Las ciudades grandes dan la posibilidad de mezclarse con los residentes gracias a esa impersonalidad que las domina. A diferencia de los pueblos, en donde si insultas a alguien para el otro día ya lo sabe hasta el alcalde, en una ciudad de dimensiones insalubres, vestirte con unos jeans, una camiseta y unos zapatos deportivos te hace ver como cualquier otro dígito. Si a eso le sumas un par de mapas de sectores clave guardados en la galería de fotos de tu celular, para consultarlos cada tanto en la calle, sin ser tan idiota como para descuidar tu teléfono y dejar que te lo roben de un manotazo, estarás bien. En general nada dice tan claramente “soy turista” como un sujeto parado en el medio de una plaza con su enorme mapa quebrado en 8 ó 16 viendo dónde está y para dónde va.

Una vez hechos estos preparativos puedes lanzarte al sitio que más te plazca, que para este relato será Liberdade.

El barrio de los faroles rojos


Liberdade es el barrio que alberga más japoneses fuera de su país de origen. Los habitantes son descendientes, e incluso algunos inmigrantes originales, de las distintas oleadas que llegaron al país, desde el siglo XIX, para trabajar en el campo y, con el tiempo, fundar negocios de otros tipos.

productos asiáticos en un suoermercado en liberdade sao paulo brasil

Llegar allí es muy fácil porque las estaciones de metro Liberdade y São Joaquim están dentro de la zona, así que uno no necesita lidiar con rutas de buses urbanos y sus giros desconocidos para poderle tomar fotos y más fotos a las lamparitas rojas que le dan ese aspecto tan particular.

Ahora lo que cada quien haga allí o cuánto se demore depende del gusto. Yo que por esta época atravieso un enamoramiento serio con el té y su cultura pasé horas enteras explorando tiendas y recorriendo calles. Al final no encontré ninguna casa especializada ─quizás exista pero a pesar de haberle preguntado a alguna persona que trabajaba en la zona no tenía mucha idea  del asunto. Mis compras terminaron (por fortuna) con algunas variedades que encontré en los supermercados, importadas para el consumo frecuente de los habitantes locales. Sin embargo encontré también una pastelería de la que leí en un artículo de la revista Travesías.

Después de haber hecho lo mismo en Buenos Aires, es decir, luego de pasar toda una tarde haciendo compras, caminando y sacando muchas fotos dentro de un barrio oriental, creo que lo mejor es cerrar el día con un té caliente mientras disfruto los dolorcitos de los músculos cansados y veo la muerte de la hora pico. Cuando estoy de vacaciones lo último que me interesa es mezclar miles de sensaciones nuevas, frescas, con la baraúnda que se forma en las bocas de los metros o a las puertas de los buses. Por eso recomiendo mucho Itiriki. En ella encontré vacías varias de las canastillas de bizcochos, sin embargo luego apareció una de las empleadas llenándolas con tentaciones recién horneadas, listas para poner a prueba a los más decididos. Las mesas del segundo piso se llenan hacia las seis de la tarde con gente que entra sin pausa a este sitio ubicado a dos cuadras y media de la Estación Liberdade.

En cuanto a los otros lugares mencionados en la guía de Travesías lo mejor es no hacerse muchas ilusiones. Dos de los restaurantes nombrados allí estaban en direcciones que correspondían a rejas cerradas, cubiertas con pintura vieja, enmarcadas por paredes sucias y dentro de cuadras donde la mayor actividad tenía que ver con camiones cargando o descargando mercancía. El Museo de la Inmigración Japonesa, en cambio, está en funcionamiento pero como queriendo llevarle la contraria al estereotipo del turista oriental: dentro de él está prohibido tomar fotos.

músicos callejeros tocando cordófono tambor y shenai en liberdade sao paulo brasil


El Centro Histórico

centro historico de sao paulo

Un plan alternativo o complementario, según se lo quiera ver, es visitar el Centro Histórico de São Paulo. Cuando estuve en Liberdade decidí hacer dos recorridos en uno, por eso caminé un poco por lugares como la Plaza Sé, una de las sedes de los tribunales, otra de la Alcaldía y hasta por el Teatro Municipal. Quise ir al Edificio Martinelli y a un mirador que estaba cerca, pero como suele ocurrir a la vida le dio por escribirme el guión y yo me dejé llevar, por eso terminé metida en Sebopédia, una librería de viejo en donde hay librero, un señor de lo más amable que me mostró un par de libros de Clarice Lispector y que me dejó vagabundear a vontade entre los estantes.

Entrada a Livraria Sebopédia, Rúa Libero Badaró, 100
viaduto do cha placa

puesto ambulante de orishas yorubas no viaduto do cha

Más tarde descubrí O viaduto do Chá, que podría traducirse como la Avenida del té, una calle en la que, si quieres sentarte en un consultorio improvisado, te leen los caracoles, las cartas y hasta te encomiendan a Yemanjá, una de las deidades en las que creen los practicantes de la religión Yoruba.

Más fama que realidad


No, ninguno de mis miedos se confirmó al estar en São Paulo, sería una cretina si me quejara.

Para tener una experiencia positiva en esta ciudad recomiendo buscar la orientación de uno o más locales para navegar en su mar de cemento. Si no se cuenta con esta ayuda la experiencia en la ciudad más grande de Latinoamérica no será tan agradable, o por lo menos tan poco agresiva como podría esperarse.

lunes, junio 03, 2013

Consejos para elegir hoteles en ciudades desconocidas

Si no tienes idea de qué parte de la ciudad es mejor para quedarte busca cerca de hoteles grandes, generalmente se ubican en lugares de fácil acceso y seguros, pero recuerda que hay excepciones.
Vista del centro de Sao Paulo

Usa servicios como despegar.com, booking.com u hoteles.com para encontrar habitaciones en lugares más pequeños en donde no hay tanta oferta de bed & breakfast. Al leer las críticas opta por los que tienen puntuación de 8 puntos para arriba.
Patio interior en posada de Paraty, RJ, Brasil
Cuando revises los testimonios de otros viajeros recuerda filtrarlos por tipo de viaje, yo por ejemplo, aunque viajé sola me guiaba por lo que decía la gente mayor. No iba en plan de ir a bares y el descanso de alta calidad es muy importante para mí, cosas que también valora la gente mayor.
Vista interior de la confitería Las Violetas en Buenos Aires, Argentina

Otro dato que aprendí durante mi último viaje es que para conseguir mejores precios se puede contactar al hotel, pues las páginas que mencioné cobran una comisión por el servicio, sin embargo a mí me dejaba tranquila saber que booking (el intermediario que elegí) ofrecía garantías al pagar con tarjeta de crédito.
Vista nocturna del Edificio Kavanagh, Buenos Aires

jueves, mayo 23, 2013

Cómo viajar a Brasil sin enloquecer

[Escrito entre abril y mayo de 2013.]

Aunque todavía estoy de viaje puedo decir que los preparativos que hice antes de llegar acá estuvieron bien pensados. Teniendo en cuenta que fui mi propio conejillo de indias, pues jugué a la agente de viajes y a la valiente (o “descriteriada” según como se mire) viajera solitaria si cometía −cometí─ un error nadie más que yo iba −voy a pagarlo.

pintura de la bandera de brasil
Pintura expuesta en el museo del Fuerte de Caxias en Río de Janeiro
Aguas de marzo y aguas de abril

Hay una canción que canta Carlos Antonio Jobim que dice “son las aguas de marzo cerrando el verano y la promesa de vida…”, frase que resume bien el tema del clima. Si se viaja en abril y no se tiene la actitud adecuada para lidiar con la lluvia lo mejor es cambiar los planes y pensar en visitar este país en octubre. Dicen que en esa época el sol reluce, pero al ser temporada baja no hay que tolerar a la patota de turistas en cosecha que recorren las calles.

A mí me gusta la lluvia, incluso si no voy para mi casa. Ya saben eso que dicen muchos “ay sí, a mí me gusta la lluvia pero sólo cuando voy para mi casa porque sé que al llegar puedo cambiarme”. No, a mí me gusta en serio, tampoco al punto de salir a mojarme cada vez que llueve pero sí para encontrarle los puntos positivos, por ejemplo que te obliga a adaptarte rápido, a hacer planes sobre el camino y porque espanta a los ladrones, especialmente si tienes que ir a un sitio muy concurrido. 
Vista interior del Museo Nal. De Bellas Artes de Río


Retrato de la Princesa Isabel de Brasil
En Río me llovió y no lloré. Cuando eso pasó me fui a ver las exposiciones del Museo Nacional de Bellas Artes (entrada gratis) y a aprender un poquito de historia brasilera en el Paso Imperial (entrada también gratis). Allá, por ejemplo supe del papel que jugó la Princesa Isabel en la abolición de la esclavitud en Brasil. Quizás de allí, de esta figura, a las mujeres brasileras les venga esa actitud de “me como el mundo y si no le gusta pues se aguanta porque igual voy a hacerlo”.

Auditorio del Paso Imperial

Vista desde la parte posterior del Paso Imperial en Río

Patio del Paso Imperial


En Colombia no es posible comprar tiquetes TAM por internet

Otra de las situaciones que es recomendable tener en cuenta al viajar a Brasil desde Colombia es que TAM (una de las que ofrece tarifas más bajas) tiene problemas para aceptar pagos con tarjeta de crédito a través de su plataforma virtual, cuando se generan desde fuera de Brasil. Para conseguir los que necesitaba tuve que ir al aeropuerto El Dorado a comprarlos en una oficina de LAN. Evita la oficina de esta aerolínea que está cerca el Centro Andino en Bogotá. Allá sólo ofrecen más inconvenientes y no muchas soluciones. 

Aunque absurdo es cierto que comprarlos personalmente es más caro que hacerlo por internet, sin embargo no quedan muchas opciones por el tema de la tarjeta de crédito. Si buscas tiquetes multi-destinos el sobrecosto es menor, pues lo cobran por tiquete y no por trayecto.

Siempre que sea posible, olvídate de los hoteles


Cuando comencé a planear mi viaje a Brasil sufrí un shock inicial: el hospedaje es carísimo. De un modo inocente creí que viajar en toda Suramérica era más barato que hacerlo en Europa, pero luego de consultar los hoteles más guerreros, pues acepto que la opción del hostel no es para todo el mundo y yo hago parte de esa fracción “exigente”, me incliné por una alternativa que sólo había visto en la pantalla.

Airbnb es una red que conecta a viajeros en busca de alojamiento con habitantes de ciudades dispuestos a ofrecer una cama, a veces también desayuno, a cambio de un pago razonable. Nunca antes la había usado, no había oído referencias directas de nadie que hubiese experimentado este servicio pero igual me animé a probarlo. 

Al final resultó ser una opción atractiva, más económica que muchos hoteles además te ayuda a sumergirte en la cultura local. Tus anfitriones – o por lo menos los míos—estarán muy dispuestos a darte consejos y recomendaciones para que hagas el tipo de turismo que buscas de un modo efectivo y seguro. En mi caso la llegada a Sao Paulo, la ciudad que más recelo me generaba, fue fenomenal gracias a las indicaciones de mi anfitrión, sus mensajes acogedores de bienvenida y la maravilla de StreetView de Google. ¿Ya dije que además suelen darte llaves de la casa para que entres y salgas a tu antojo?



miércoles, mayo 15, 2013

Una de las caras no tan famosas de Río

Comienza aquí: Y el peligro en Río, ¿qué?

En uno de sus ensayos Leila Guerriero cuenta cómo discute con un taxista para poder ir al lugar que ella quiere. El hombre, orgulloso de los atractivos turísticos de México, D.F. hace todo lo posible por esconderle la cara fea de su ciudad, pero ella, firme y terca le dice que no, que quiere ver el carácter real de ese lugar. A mí a esa altura ya me pasaba algo parecido.

El primer día un amigo que vive allí me había dado las indicaciones necesarias para andar sin miedo pero sin exponerme de más en el centro de la ciudad, por eso hacia el final del viaje no me parecía una experiencia terrorífica probar una ruta nueva. Así, con esa confianza ganada, busqué la que me servía para ir a Santa Teresa, con más exactitud a un lugar desde el cual pudiese caminar hasta el Parque das Ruínas, uno de esos sitios que no se resaltan mucho, quizás porque la entrada es gratis, tal vez porque su encanto yace en las sensaciones sutiles o de pronto porque para llegar allá hay que hacer ejercicio. El camino es todo en subida.

Medio disfrazada de carioca, es decir con una piel ya no tan blanca, vestida de jeans y camiseta de tiritas, hice que mi cabeza llena de curiosidad siguiera, en el mapa dobladito y algo roto, el recorrido del bus, hasta la Plaza París. Ahí me bajé y busqué un sitio para comer. Quería entrar a un restaurante donde sirvieran buffet libre, pero teniendo en cuenta que eran casi las tres de la tarde, y en este tipo de  restaurantes sólo hay servicio hasta las tres, tres y media me decidí por Severyna.  

Lampião servido en Severyna


Pagué alrededor de 24 reales, propina incluida por un Lampião, es decir tutú nordestino, macaxeira cozida, carne seca desfiada y una limonada, que en castellano traduce un puré de fríjoles/porotos, yuca hervida y carne desmechada con trozos grandes de cebolla cabezona. Según entendí el sitio está especializado en cocina típica del norte del país. No sé si estaba preparado de forma fidedigna o no. Para mi paladar la carne estaba muy salada, pero en general he descubierto que en Brasil, Argentina y Uruguay se tiende a buscar sabores más intensos al comer, comparados con los que se encuentran en Colombia, salvo por las bebidas embotelladas y las galletas dulces, que en muchos lugares cada día saben más a azúcar que a otra cosa.

Cada vez más cerca de Parque das Ruínas 

Saliendo de allí, recordando que para las seis de la tarde la oscuridad estaría cerrada por ser otoño, apreté el paso para seguir buscando el parque que me interesaba. Llegar es fácil teniendo en cuenta que las opciones para tomar calles alternas o hacer giros se reducen en la medida que se sube, además unos 200 metros antes de llegar hay una placa que indica en qué dirección se debe caminar, o manejar, según el medio de transporte que se esté usando.

En el camino vi hombres haciendo mantenimiento de algo. Tenían sobretodos y planillas, estaban de pie al lado de un camión, pero yo estaba más pendiente de ubicar gente extraña porque sabía que no estaba en la zona turística promedio con policías bien uniformados. Miraba hacia todos lados, sacaba la cámara, tomaba fotos con la función de enfoque automático activada y seguía. Cada tanto pasaba alguna persona que me miraba con cara de “¡está loca!” y sí, luego otro nativo me confirmó que esa zona tiene fama bien ganada de ser peligrosa. 
En un museo cercano había obras de Matisse, Picasso y creo que hasta de Dalí, que luego fueron robadas, pero bueno, no hay nada tan dulce como la ignorancia, más cuando te mantiene lejos de hordas de turistas que buscan desesperadamente darle un toque de sabor a sus vidas. En esa zona hasta los carros son escasos.

Al final de una calle cerrada –Rua Murtinho Nobre─ estaba el museo. Eran las cuatro pasadas y yo había pasado por el frente de la puerta del parque sin verla. Un camión, otro grupo de trabajadores y una entrada angosta me habían disuadido de entrar. Creí que estaría cerrado y seguí caminando, observando los árboles, que seguían tirando flores al suelo, a pesar de lo entrado del otoño, y las lindas fachadas de casas coloniales. En algunas de ellas funcionan atelieres de arquitectos y demás. Entonces a lo lejos oí ese ruido.

fachada cerca al parque das ruínas

puerta de atelier de arquitectura cerca al parque das ruínas en río de janeiro


Ta, ta, tá… tá, tá… Doce, catorce veces sonó ese ruido y yo pensé “ah, deben ser martillos hidráulicos, al fin y al cabo Río es una sola obra con el tema del mundial y los olímpicos”. Sí, cómo no. Más tarde, creo que ya en la noche o tal vez al otro día comprendí. Cerca de Santa Teresa hay morros y en esos lugares generalmente hay favelas, por lo tanto es muy probable que ese sonido fuera el de disparos. 
Según me dijeron la favela de Santa Teresa no está pacificada, a diferencia de Rocinha, pero me pregunto yo: si la favela Rocinha está en paz, ¿por qué no suben más los precios del metro cuadrado en los alrededores, donde hay condominios para clase media, si al fin y al cabo está al lado de Leblon, es decir el sector más caro de Río? ¿Será que alguien sospecha que quedaron armas en la favela?

Desisitiendo de entrar al museo ─Museu Chácara do Céu─ porque ya bastante ejercicio había hecho con un pie lastimado dos semanas atrás más otro en recuperación, regresé dispuesta a buscarle la puerta al Parque das Ruínas. 

Caminé despacito, viendo bien dónde podría estar la puerta y cuando la encontré entré rápido, como si la entrada a ese lugar no fuese gratuita. Luego comenzaron las sensaciones. 

letrero parque das ruínas en río de janeiro

Me acerqué a la baranda de una de las terrazas para ver por primera vez una vista que pocos buscan. Ahí, de pie sobre una banca de cemento estaba un carioca tomando fotos. Imité su gesto y me subí a la que estaba a la izquierda para tomar las mías. En un punto el hombre de piel oscura, mas no negro, me dijo algo así como:

─Mora-se no Rio e não conhece nada. Eu nunca tinha vindo aqui.

Su sonrisa amplia me hacía creer que ese día estaba agradeciéndole a su trabajo el haberlo llevado allí. Él era uno de los hombres que estaban junto al camión cuando había pasado de largo la primera vez. Según entendí estaban organizando un escenario para un evento cercano.


interior parque das ruínas

vista desde parque das ruínas

Lo que antes fue un espacio dedicado a las fiestas y a las expresiones culturales hoy vuelve a serlo tras la intervención de un par de arquitectos, que tuvieron el reto de modificar una estructura, con el fin de garantizar la seguridad de sus visitantes, pero sin perder la esencia histórica que hay en ella. A mí me gustó el resultado. Ver cómo se mezclan el verde, el naranja y el gris; disfrutar de vistas espectaculares sin el sonsonete odioso de los carros pasando y oír el viento, cuando llega, sin que traiga en él frases como “no, más para allá que todavía no sale tu cabeza, no más, más” es algo que siempre valoro. Casi pude entender porque Heitor Villa Lobos le compuso una pieza a Laurinda Santos Lobo, encargada de organizar las fiestas que se hacían allí hace años.
vista interior de parque das ruínas

Visitar lugares como este, que en el camino de regreso me regalan encuentros con arbustos de jazmín estrellado y cansancios benditos, me deja la satisfacción de haberme apropiado de lugares y experiencias que me enriquecen de un modo inusual y poco evidente. Al Parque das Ruínas sí volvería.


viernes, mayo 10, 2013

Y el peligro en Río, ¿qué?

A mí también me dijeron que tenía que tener mucho cuidado al estar en Río. Me advirtieron de todos los peligros que se corren en una ciudad llena de pobreza mezclada con riqueza épica. Yo también vi películas como Ciudad de Dios, Cidade dos homens y Tropa Elite, y claro también oí tiros estando en Río, aunque sólo me di cuenta al rato.



No sentí nada especial cuando visité la Estatua de la Libertad y me pasó lo mismo cuando fui a ver el Cristo Redentor. Creo que fui a ambos lugares sólo para poder borrarlos de la lista, pero difícilmente volvería a alguno de ellos. El ambiente que se respira es el de un jardín de infantes lleno de turistas berrinchudos que no saben ni siquiera la dirección del hotel donde se hospedan.

Sí, los monumentos son bonitos, sí, la vista es espectacular, sí, dan para tomar fotos excelentes, pero a la mayoría de la gente que los visita lo único que le importa es salir bien en la foto para poder subirla luego a la red social de moda. Quienes van a esos sitios difícilmente se paran a leer qué hazañas de la ingeniería fueron necesarias para construir esos símbolos o a identificar desde lo alto los lugares que recorrieron en lo bajo. Su objetivo principal es decir “estuve allí y por lo tanto ahora sé mucho de cultura [inserte aquí la nacionalidad de su preferencia]”. No, yo tampoco recuerdo cuál es el nombre del cura que fregó y fregó hasta que logró la escultura del Cristo Redentor, pero sí les puedo decir otras cosas. Las manos están hechas a semejanza de las de una mujer y la modelo vestida de novia que posaba para la sesión de fotos tenía sandalias, no tacones.


Siento que pagué demasiado ─46 reales─ para subir a un mirador, proyectado por un portugués con mucha visión de negocios. Habría preferido subir en un tranvía más auténtico si no hubiesen muerto cinco personas en un accidente que ocurrió en el aparato, pero era lo que había y yo tenía que seguir.

Después de bajar del Corcovado, intenté decidir a dónde ir para seguir conociendo la Ciudad Maravillosa sin caer de nuevo en un cliché intoxicante y lleno de turistas.

De pie, a la sombra de una parada de ómnibus vi cómo un hombre flaco y de bigote –que escupía cada tanto con naturalidad total— les explicaba a señas a los turistas cuál ruta iba para Copacabana y cuál no, escena que me recordó que no estaba perdida y que lo mío no era irme a hacer turismo de guía. Luego pensé en ella.

Sigue aquí: Una de las caras no tan famosas de Río

jueves, mayo 09, 2013

El magneto y el láser


A Gustavo Fernández, uno de los autores de los podcasts que me gusta oír mientras limpio la casa, le he oído decir que la clave para lograr lo que se desea está en enfocarse. Él usa la metáfora de la energía del rayo láser comparada con la de una vela para explicar cómo la primera es capaz de atravesar prácticamente cualquier material, mientras que la segunda sirve para iluminar una habitación o causar un incendio. Claro, estará el que diga que un incendio también puede atravesar cualquier material, pero lo hace de un modo destructivo y el chiste está en atravesar un material sin acabar con él. Aunque este ejemplo me parece muy claro mientras viajaba se me ocurrió otra metáfora.

Mi palabra favorita cuando estoy de viaje es “sí”. Casi a todo respondo que sí, me dejo llevar de un modo que me hace sentir libre, de una forma que rara vez sigo en Bogotá, por eso cuando estoy de viaje me siento mejor, más auténtica, más yo. El ejemplo con el que comienzo a ilustrar el poder del “sí” sucedió entre Nueva York y Boston. 

La amiga que me alojaba y yo decidimos pasar un fin de semana en Boston al estilo mochilero. Empacar, llegar y buscar un hotel, sin reservas y esperando dar con un lugar no muy pulgoso. Cuando estábamos en los preparativos ella le contó de nuestro viaje a un amigo suyo, él le dijo que también iría a Boston ese fin de semana sólo que llegaría un día antes. Le preguntó a mi amiga si quería que cambiara su reserva para tener una habitación más grande, que luego nosotras podríamos compartir con él, pagando un poco por el beneficio. Ella me lo consultó y dije lo esperado “sí”. Más tarde él le pasó por sms la dirección del hotel y ella la buscó en Google.

─Nos vamos a quedar en el Sheraton.
─Mentira.
─En serio, nos vamos a quedar en el Sheraton.
─Mentira.
─Si, mira, esta es la dirección que Ryan me dio y es la del Sheraton.


Y así terminó nuestro intento de ser aguerridas y mochileras. No me quejo, tuvimos suerte y en parte tuvo que ver con mi tendencia a decir sí, aunque mi amiga se quejaba y me regañaba por comer perro caliente en la calle o entrar a almorzar a White Castle, cuando ella no estaba, obvio.

Este viaje no fue distinto en ese sentido. Dije “sí” cuantas veces pude y no me arrepiento. Probé sabores que no sé si repetiré, visité calles que quizás no vuelva a ver y me convertí en un magneto para las experiencias que quería vivir y los lugares que quería recorrer.

En la mañana salía a caminar con algún objetivo en mente y después todo comenzaba a organizarse, de modo que ocurría lo que necesitaba sin que me esforzara demasiado. Era como si un magneto atrajera una partícula de metal que llevaba adentro, pero por favor que nadie me malinterprete, no estoy hablando de la burda versión de la ley de la atracción que se publicó en el panfleto de el secreto, estoy hablando de una actitud proactiva, cultivada a punta de meditación, atenta y consciente para dirigirse hacia eso a lo que se quiere y muchas veces se necesita. Esto último demanda trabajo, práctica y sobre todo disciplina, por eso no aparece en los libros de autoayuda más vendidos, porque ya sabemos que la popularidad en estos días se la ganan las fórmulas instantáneas e indoloras.

Durante todo el viaje viví tantas “casualidades” que me parecía navegar en un mar de ellas. Un día, en una terminal de buses mientras esperaba el mío, me entretuve apuntando unas cuantas y evidentemente no pude acabar. A pesar de pequeños, molestos y caros contratiempos este viaje fue increíble y de momento no siento la necesidad de reescribir nada de lo que viví en el.



miércoles, mayo 08, 2013

A conocer


─Pero usted fue allá ¿por trabajo, de vacaciones o porque tiene familia, amigos…?
─Fui a conocer.

No me pregunten cómo porque no sé dar respuestas exactas. 

Cuando me preguntan ¿cómo hago lo que hago, cómo logro mezclar varias veces la diversión y el trabajo? la respuesta con frecuencia es “no sé”. En esos momentos soy como ese tipo al que le preguntan ¿dónde queda el restaurante? y responde “puro al frente de la iglesia” cuando en realidad queda en diagonal, un poco más allá, no en la esquina sino doblando. 

Sólo sé mirar, observar, por eso, en parte, me gusta tomar tantas fotos, así luego no haga nada con ellas, así luego no las edite, ni las publique ni las remire, sólo a veces cuando me da por hacerme un poco de daño.

Hacer fotografías te obliga a mirar, a encuadrar, a sustraer, a concentrarte, a enfocarte, a dibujar con la mirada, a organizar todo de un modo distinto, uno que cuenta, que relata, por eso detesto a esos turistas infantiles que sacan fotos a lo loco sólo para decir “ahí estuve”, cuando en realidad nunca estuvieron. Sólo llevaron un saco de carne y huesos a un lugar donde siempre estuvieron pensando en la envidia que le darían a Ricardo, el tipo de la oficina, cuando se enterara de que no había visto la estatua, el monumento o la ola que ellos sí vieron, que ellos sí visitaron. 



No, yo no tomo fotografías para que la gente diga “ah sí, muy bien, ahí estuvo, es mejor que nosotros” no, yo tomo fotografías para ver el mundo de otro modo, para pensar, para escuchar, para sentir, para revelarme eso que casi nunca es evidente, ni para mí ni para los otros.