jueves, mayo 23, 2013

Cómo viajar a Brasil sin enloquecer

[Escrito entre abril y mayo de 2013.]

Aunque todavía estoy de viaje puedo decir que los preparativos que hice antes de llegar acá estuvieron bien pensados. Teniendo en cuenta que fui mi propio conejillo de indias, pues jugué a la agente de viajes y a la valiente (o “descriteriada” según como se mire) viajera solitaria si cometía −cometí─ un error nadie más que yo iba −voy a pagarlo.

pintura de la bandera de brasil
Pintura expuesta en el museo del Fuerte de Caxias en Río de Janeiro
Aguas de marzo y aguas de abril

Hay una canción que canta Carlos Antonio Jobim que dice “son las aguas de marzo cerrando el verano y la promesa de vida…”, frase que resume bien el tema del clima. Si se viaja en abril y no se tiene la actitud adecuada para lidiar con la lluvia lo mejor es cambiar los planes y pensar en visitar este país en octubre. Dicen que en esa época el sol reluce, pero al ser temporada baja no hay que tolerar a la patota de turistas en cosecha que recorren las calles.

A mí me gusta la lluvia, incluso si no voy para mi casa. Ya saben eso que dicen muchos “ay sí, a mí me gusta la lluvia pero sólo cuando voy para mi casa porque sé que al llegar puedo cambiarme”. No, a mí me gusta en serio, tampoco al punto de salir a mojarme cada vez que llueve pero sí para encontrarle los puntos positivos, por ejemplo que te obliga a adaptarte rápido, a hacer planes sobre el camino y porque espanta a los ladrones, especialmente si tienes que ir a un sitio muy concurrido. 
Vista interior del Museo Nal. De Bellas Artes de Río


Retrato de la Princesa Isabel de Brasil
En Río me llovió y no lloré. Cuando eso pasó me fui a ver las exposiciones del Museo Nacional de Bellas Artes (entrada gratis) y a aprender un poquito de historia brasilera en el Paso Imperial (entrada también gratis). Allá, por ejemplo supe del papel que jugó la Princesa Isabel en la abolición de la esclavitud en Brasil. Quizás de allí, de esta figura, a las mujeres brasileras les venga esa actitud de “me como el mundo y si no le gusta pues se aguanta porque igual voy a hacerlo”.

Auditorio del Paso Imperial

Vista desde la parte posterior del Paso Imperial en Río

Patio del Paso Imperial


En Colombia no es posible comprar tiquetes TAM por internet

Otra de las situaciones que es recomendable tener en cuenta al viajar a Brasil desde Colombia es que TAM (una de las que ofrece tarifas más bajas) tiene problemas para aceptar pagos con tarjeta de crédito a través de su plataforma virtual, cuando se generan desde fuera de Brasil. Para conseguir los que necesitaba tuve que ir al aeropuerto El Dorado a comprarlos en una oficina de LAN. Evita la oficina de esta aerolínea que está cerca el Centro Andino en Bogotá. Allá sólo ofrecen más inconvenientes y no muchas soluciones. 

Aunque absurdo es cierto que comprarlos personalmente es más caro que hacerlo por internet, sin embargo no quedan muchas opciones por el tema de la tarjeta de crédito. Si buscas tiquetes multi-destinos el sobrecosto es menor, pues lo cobran por tiquete y no por trayecto.

Siempre que sea posible, olvídate de los hoteles


Cuando comencé a planear mi viaje a Brasil sufrí un shock inicial: el hospedaje es carísimo. De un modo inocente creí que viajar en toda Suramérica era más barato que hacerlo en Europa, pero luego de consultar los hoteles más guerreros, pues acepto que la opción del hostel no es para todo el mundo y yo hago parte de esa fracción “exigente”, me incliné por una alternativa que sólo había visto en la pantalla.

Airbnb es una red que conecta a viajeros en busca de alojamiento con habitantes de ciudades dispuestos a ofrecer una cama, a veces también desayuno, a cambio de un pago razonable. Nunca antes la había usado, no había oído referencias directas de nadie que hubiese experimentado este servicio pero igual me animé a probarlo. 

Al final resultó ser una opción atractiva, más económica que muchos hoteles además te ayuda a sumergirte en la cultura local. Tus anfitriones – o por lo menos los míos—estarán muy dispuestos a darte consejos y recomendaciones para que hagas el tipo de turismo que buscas de un modo efectivo y seguro. En mi caso la llegada a Sao Paulo, la ciudad que más recelo me generaba, fue fenomenal gracias a las indicaciones de mi anfitrión, sus mensajes acogedores de bienvenida y la maravilla de StreetView de Google. ¿Ya dije que además suelen darte llaves de la casa para que entres y salgas a tu antojo?



miércoles, mayo 15, 2013

Una de las caras no tan famosas de Río

Comienza aquí: Y el peligro en Río, ¿qué?

En uno de sus ensayos Leila Guerriero cuenta cómo discute con un taxista para poder ir al lugar que ella quiere. El hombre, orgulloso de los atractivos turísticos de México, D.F. hace todo lo posible por esconderle la cara fea de su ciudad, pero ella, firme y terca le dice que no, que quiere ver el carácter real de ese lugar. A mí a esa altura ya me pasaba algo parecido.

El primer día un amigo que vive allí me había dado las indicaciones necesarias para andar sin miedo pero sin exponerme de más en el centro de la ciudad, por eso hacia el final del viaje no me parecía una experiencia terrorífica probar una ruta nueva. Así, con esa confianza ganada, busqué la que me servía para ir a Santa Teresa, con más exactitud a un lugar desde el cual pudiese caminar hasta el Parque das Ruínas, uno de esos sitios que no se resaltan mucho, quizás porque la entrada es gratis, tal vez porque su encanto yace en las sensaciones sutiles o de pronto porque para llegar allá hay que hacer ejercicio. El camino es todo en subida.

Medio disfrazada de carioca, es decir con una piel ya no tan blanca, vestida de jeans y camiseta de tiritas, hice que mi cabeza llena de curiosidad siguiera, en el mapa dobladito y algo roto, el recorrido del bus, hasta la Plaza París. Ahí me bajé y busqué un sitio para comer. Quería entrar a un restaurante donde sirvieran buffet libre, pero teniendo en cuenta que eran casi las tres de la tarde, y en este tipo de  restaurantes sólo hay servicio hasta las tres, tres y media me decidí por Severyna.  

Lampião servido en Severyna


Pagué alrededor de 24 reales, propina incluida por un Lampião, es decir tutú nordestino, macaxeira cozida, carne seca desfiada y una limonada, que en castellano traduce un puré de fríjoles/porotos, yuca hervida y carne desmechada con trozos grandes de cebolla cabezona. Según entendí el sitio está especializado en cocina típica del norte del país. No sé si estaba preparado de forma fidedigna o no. Para mi paladar la carne estaba muy salada, pero en general he descubierto que en Brasil, Argentina y Uruguay se tiende a buscar sabores más intensos al comer, comparados con los que se encuentran en Colombia, salvo por las bebidas embotelladas y las galletas dulces, que en muchos lugares cada día saben más a azúcar que a otra cosa.

Cada vez más cerca de Parque das Ruínas 

Saliendo de allí, recordando que para las seis de la tarde la oscuridad estaría cerrada por ser otoño, apreté el paso para seguir buscando el parque que me interesaba. Llegar es fácil teniendo en cuenta que las opciones para tomar calles alternas o hacer giros se reducen en la medida que se sube, además unos 200 metros antes de llegar hay una placa que indica en qué dirección se debe caminar, o manejar, según el medio de transporte que se esté usando.

En el camino vi hombres haciendo mantenimiento de algo. Tenían sobretodos y planillas, estaban de pie al lado de un camión, pero yo estaba más pendiente de ubicar gente extraña porque sabía que no estaba en la zona turística promedio con policías bien uniformados. Miraba hacia todos lados, sacaba la cámara, tomaba fotos con la función de enfoque automático activada y seguía. Cada tanto pasaba alguna persona que me miraba con cara de “¡está loca!” y sí, luego otro nativo me confirmó que esa zona tiene fama bien ganada de ser peligrosa. 
En un museo cercano había obras de Matisse, Picasso y creo que hasta de Dalí, que luego fueron robadas, pero bueno, no hay nada tan dulce como la ignorancia, más cuando te mantiene lejos de hordas de turistas que buscan desesperadamente darle un toque de sabor a sus vidas. En esa zona hasta los carros son escasos.

Al final de una calle cerrada –Rua Murtinho Nobre─ estaba el museo. Eran las cuatro pasadas y yo había pasado por el frente de la puerta del parque sin verla. Un camión, otro grupo de trabajadores y una entrada angosta me habían disuadido de entrar. Creí que estaría cerrado y seguí caminando, observando los árboles, que seguían tirando flores al suelo, a pesar de lo entrado del otoño, y las lindas fachadas de casas coloniales. En algunas de ellas funcionan atelieres de arquitectos y demás. Entonces a lo lejos oí ese ruido.

fachada cerca al parque das ruínas

puerta de atelier de arquitectura cerca al parque das ruínas en río de janeiro


Ta, ta, tá… tá, tá… Doce, catorce veces sonó ese ruido y yo pensé “ah, deben ser martillos hidráulicos, al fin y al cabo Río es una sola obra con el tema del mundial y los olímpicos”. Sí, cómo no. Más tarde, creo que ya en la noche o tal vez al otro día comprendí. Cerca de Santa Teresa hay morros y en esos lugares generalmente hay favelas, por lo tanto es muy probable que ese sonido fuera el de disparos. 
Según me dijeron la favela de Santa Teresa no está pacificada, a diferencia de Rocinha, pero me pregunto yo: si la favela Rocinha está en paz, ¿por qué no suben más los precios del metro cuadrado en los alrededores, donde hay condominios para clase media, si al fin y al cabo está al lado de Leblon, es decir el sector más caro de Río? ¿Será que alguien sospecha que quedaron armas en la favela?

Desisitiendo de entrar al museo ─Museu Chácara do Céu─ porque ya bastante ejercicio había hecho con un pie lastimado dos semanas atrás más otro en recuperación, regresé dispuesta a buscarle la puerta al Parque das Ruínas. 

Caminé despacito, viendo bien dónde podría estar la puerta y cuando la encontré entré rápido, como si la entrada a ese lugar no fuese gratuita. Luego comenzaron las sensaciones. 

letrero parque das ruínas en río de janeiro

Me acerqué a la baranda de una de las terrazas para ver por primera vez una vista que pocos buscan. Ahí, de pie sobre una banca de cemento estaba un carioca tomando fotos. Imité su gesto y me subí a la que estaba a la izquierda para tomar las mías. En un punto el hombre de piel oscura, mas no negro, me dijo algo así como:

─Mora-se no Rio e não conhece nada. Eu nunca tinha vindo aqui.

Su sonrisa amplia me hacía creer que ese día estaba agradeciéndole a su trabajo el haberlo llevado allí. Él era uno de los hombres que estaban junto al camión cuando había pasado de largo la primera vez. Según entendí estaban organizando un escenario para un evento cercano.


interior parque das ruínas

vista desde parque das ruínas

Lo que antes fue un espacio dedicado a las fiestas y a las expresiones culturales hoy vuelve a serlo tras la intervención de un par de arquitectos, que tuvieron el reto de modificar una estructura, con el fin de garantizar la seguridad de sus visitantes, pero sin perder la esencia histórica que hay en ella. A mí me gustó el resultado. Ver cómo se mezclan el verde, el naranja y el gris; disfrutar de vistas espectaculares sin el sonsonete odioso de los carros pasando y oír el viento, cuando llega, sin que traiga en él frases como “no, más para allá que todavía no sale tu cabeza, no más, más” es algo que siempre valoro. Casi pude entender porque Heitor Villa Lobos le compuso una pieza a Laurinda Santos Lobo, encargada de organizar las fiestas que se hacían allí hace años.
vista interior de parque das ruínas

Visitar lugares como este, que en el camino de regreso me regalan encuentros con arbustos de jazmín estrellado y cansancios benditos, me deja la satisfacción de haberme apropiado de lugares y experiencias que me enriquecen de un modo inusual y poco evidente. Al Parque das Ruínas sí volvería.


viernes, mayo 10, 2013

Y el peligro en Río, ¿qué?

A mí también me dijeron que tenía que tener mucho cuidado al estar en Río. Me advirtieron de todos los peligros que se corren en una ciudad llena de pobreza mezclada con riqueza épica. Yo también vi películas como Ciudad de Dios, Cidade dos homens y Tropa Elite, y claro también oí tiros estando en Río, aunque sólo me di cuenta al rato.



No sentí nada especial cuando visité la Estatua de la Libertad y me pasó lo mismo cuando fui a ver el Cristo Redentor. Creo que fui a ambos lugares sólo para poder borrarlos de la lista, pero difícilmente volvería a alguno de ellos. El ambiente que se respira es el de un jardín de infantes lleno de turistas berrinchudos que no saben ni siquiera la dirección del hotel donde se hospedan.

Sí, los monumentos son bonitos, sí, la vista es espectacular, sí, dan para tomar fotos excelentes, pero a la mayoría de la gente que los visita lo único que le importa es salir bien en la foto para poder subirla luego a la red social de moda. Quienes van a esos sitios difícilmente se paran a leer qué hazañas de la ingeniería fueron necesarias para construir esos símbolos o a identificar desde lo alto los lugares que recorrieron en lo bajo. Su objetivo principal es decir “estuve allí y por lo tanto ahora sé mucho de cultura [inserte aquí la nacionalidad de su preferencia]”. No, yo tampoco recuerdo cuál es el nombre del cura que fregó y fregó hasta que logró la escultura del Cristo Redentor, pero sí les puedo decir otras cosas. Las manos están hechas a semejanza de las de una mujer y la modelo vestida de novia que posaba para la sesión de fotos tenía sandalias, no tacones.


Siento que pagué demasiado ─46 reales─ para subir a un mirador, proyectado por un portugués con mucha visión de negocios. Habría preferido subir en un tranvía más auténtico si no hubiesen muerto cinco personas en un accidente que ocurrió en el aparato, pero era lo que había y yo tenía que seguir.

Después de bajar del Corcovado, intenté decidir a dónde ir para seguir conociendo la Ciudad Maravillosa sin caer de nuevo en un cliché intoxicante y lleno de turistas.

De pie, a la sombra de una parada de ómnibus vi cómo un hombre flaco y de bigote –que escupía cada tanto con naturalidad total— les explicaba a señas a los turistas cuál ruta iba para Copacabana y cuál no, escena que me recordó que no estaba perdida y que lo mío no era irme a hacer turismo de guía. Luego pensé en ella.

Sigue aquí: Una de las caras no tan famosas de Río

jueves, mayo 09, 2013

El magneto y el láser


A Gustavo Fernández, uno de los autores de los podcasts que me gusta oír mientras limpio la casa, le he oído decir que la clave para lograr lo que se desea está en enfocarse. Él usa la metáfora de la energía del rayo láser comparada con la de una vela para explicar cómo la primera es capaz de atravesar prácticamente cualquier material, mientras que la segunda sirve para iluminar una habitación o causar un incendio. Claro, estará el que diga que un incendio también puede atravesar cualquier material, pero lo hace de un modo destructivo y el chiste está en atravesar un material sin acabar con él. Aunque este ejemplo me parece muy claro mientras viajaba se me ocurrió otra metáfora.

Mi palabra favorita cuando estoy de viaje es “sí”. Casi a todo respondo que sí, me dejo llevar de un modo que me hace sentir libre, de una forma que rara vez sigo en Bogotá, por eso cuando estoy de viaje me siento mejor, más auténtica, más yo. El ejemplo con el que comienzo a ilustrar el poder del “sí” sucedió entre Nueva York y Boston. 

La amiga que me alojaba y yo decidimos pasar un fin de semana en Boston al estilo mochilero. Empacar, llegar y buscar un hotel, sin reservas y esperando dar con un lugar no muy pulgoso. Cuando estábamos en los preparativos ella le contó de nuestro viaje a un amigo suyo, él le dijo que también iría a Boston ese fin de semana sólo que llegaría un día antes. Le preguntó a mi amiga si quería que cambiara su reserva para tener una habitación más grande, que luego nosotras podríamos compartir con él, pagando un poco por el beneficio. Ella me lo consultó y dije lo esperado “sí”. Más tarde él le pasó por sms la dirección del hotel y ella la buscó en Google.

─Nos vamos a quedar en el Sheraton.
─Mentira.
─En serio, nos vamos a quedar en el Sheraton.
─Mentira.
─Si, mira, esta es la dirección que Ryan me dio y es la del Sheraton.


Y así terminó nuestro intento de ser aguerridas y mochileras. No me quejo, tuvimos suerte y en parte tuvo que ver con mi tendencia a decir sí, aunque mi amiga se quejaba y me regañaba por comer perro caliente en la calle o entrar a almorzar a White Castle, cuando ella no estaba, obvio.

Este viaje no fue distinto en ese sentido. Dije “sí” cuantas veces pude y no me arrepiento. Probé sabores que no sé si repetiré, visité calles que quizás no vuelva a ver y me convertí en un magneto para las experiencias que quería vivir y los lugares que quería recorrer.

En la mañana salía a caminar con algún objetivo en mente y después todo comenzaba a organizarse, de modo que ocurría lo que necesitaba sin que me esforzara demasiado. Era como si un magneto atrajera una partícula de metal que llevaba adentro, pero por favor que nadie me malinterprete, no estoy hablando de la burda versión de la ley de la atracción que se publicó en el panfleto de el secreto, estoy hablando de una actitud proactiva, cultivada a punta de meditación, atenta y consciente para dirigirse hacia eso a lo que se quiere y muchas veces se necesita. Esto último demanda trabajo, práctica y sobre todo disciplina, por eso no aparece en los libros de autoayuda más vendidos, porque ya sabemos que la popularidad en estos días se la ganan las fórmulas instantáneas e indoloras.

Durante todo el viaje viví tantas “casualidades” que me parecía navegar en un mar de ellas. Un día, en una terminal de buses mientras esperaba el mío, me entretuve apuntando unas cuantas y evidentemente no pude acabar. A pesar de pequeños, molestos y caros contratiempos este viaje fue increíble y de momento no siento la necesidad de reescribir nada de lo que viví en el.



miércoles, mayo 08, 2013

A conocer


─Pero usted fue allá ¿por trabajo, de vacaciones o porque tiene familia, amigos…?
─Fui a conocer.

No me pregunten cómo porque no sé dar respuestas exactas. 

Cuando me preguntan ¿cómo hago lo que hago, cómo logro mezclar varias veces la diversión y el trabajo? la respuesta con frecuencia es “no sé”. En esos momentos soy como ese tipo al que le preguntan ¿dónde queda el restaurante? y responde “puro al frente de la iglesia” cuando en realidad queda en diagonal, un poco más allá, no en la esquina sino doblando. 

Sólo sé mirar, observar, por eso, en parte, me gusta tomar tantas fotos, así luego no haga nada con ellas, así luego no las edite, ni las publique ni las remire, sólo a veces cuando me da por hacerme un poco de daño.

Hacer fotografías te obliga a mirar, a encuadrar, a sustraer, a concentrarte, a enfocarte, a dibujar con la mirada, a organizar todo de un modo distinto, uno que cuenta, que relata, por eso detesto a esos turistas infantiles que sacan fotos a lo loco sólo para decir “ahí estuve”, cuando en realidad nunca estuvieron. Sólo llevaron un saco de carne y huesos a un lugar donde siempre estuvieron pensando en la envidia que le darían a Ricardo, el tipo de la oficina, cuando se enterara de que no había visto la estatua, el monumento o la ola que ellos sí vieron, que ellos sí visitaron. 



No, yo no tomo fotografías para que la gente diga “ah sí, muy bien, ahí estuvo, es mejor que nosotros” no, yo tomo fotografías para ver el mundo de otro modo, para pensar, para escuchar, para sentir, para revelarme eso que casi nunca es evidente, ni para mí ni para los otros.


martes, mayo 07, 2013

¿Cómo vamos a viajar?


─¿Cómo vamos a viajar?
─No sé, sólo sé que vamos a viajar.

Hay una anécdota que Alejandro Jodorowsky cuenta en uno de sus libros en la que una de sus ex - esposas le dice que quiere viajar sabiendo que no será posible porque no tienen la plata necesaria para hacerlo. Él la reta y le dice que eso no importa, que elija, que diga a dónde le gustaría ir, ella le responde “Grecia”  y él le responde algo así como “Muy bien, vamos a ir a Grecia”. 

Semanas, días después todo comienza a ordenarse para que puedan ir a Grecia trabajando con una compañía de teatro que hará una gira por ese país. Este viaje mío fue un poco así. 

Luego de encontrar un sucucho donde pudiese comer 3 días seguidos lo mismo si no tengo ganas de variar el menú, uno donde las visitas son escasas y siguen mi ley cuando vienen, sentí que ya no podía más, que la ciudad, que el país se me hacía pequeño y por eso tenía que salir. Todo comenzó a acomodarse de un modo surreal aunque perfecto para que yo pudiera ir a una ciudad que me daba miedo, a esa que le dicen la capital del sexo casual, esa que sirvió de escenario para Orquídea Salvaje, una de las películas que, en parte, fue la responsable de quitarme la inocencia a eso de los once años. 

lunes, mayo 06, 2013

Si quieres escribir y no puedes hacerlo entonces necesitas viajar

Este no era mi caso. No sé qué es eso del temor a la hoja en blanco, quizás porque hablo en demasía. Me basta con pensar que el papel es otro par de orejas dispuestas a escucharme para que al sentarme a escribir desaparezcan las posibles preocupaciones de qué decir. Mis miedos suelen ser otros. ¿Sonaré convincente? ¿Me gané el derecho a decir esto? ¿Le haré bien o mal a alguien al escribir su historia?, pero eso de ”quiero escribir pero no puedo” no me describe.

Hace varias semanas, no sé cuantas porque con el miedo creo que también se me fue un poco la noción del tiempo, un amigo me preguntó qué hacer ante la imposibilidad de escribir. Dijo algo acerca de cómo, según él, puedo darle algunos consejos con cierta autoridad ahora que vivo de escribir. 

Su comentario me hizo reír para adentro pero no hizo que me sintiera mejor que alguien ni más exitosa, sólo me hizo gracia ver dónde estoy después de creer y de sentir durante tanto tiempo que eso de querer vivir de escribir era una locura, un acto temible, imposible, algo que seguro yo nunca lograría. Un momento después de mi carcajada interior le dije: viaja, no importa a donde, simplemente viaja, porque cuando viajas el mundo, la vida se ve de otro modo. Tú cambias, todo cambia y del cambio siempre surge algo, siempre hay una opinión, siempre hay algo para decir, así sea sólo “no quiero que las cosas cambien, quiero que todo siga igual”.


viernes, mayo 03, 2013

Antes del comienzo

Voy a comenzar con una metáfora escatológica. 

¿Recuerdas esa vez en la que sentías que tus intestinos estaban a punto de reventar? Esa en la que el pensamiento más sexy y maravilloso incluía la visión de un baño amplio, lleno de rollos de papel higiénico, un lavamanos con agua fría y caliente y jaboncitos hermosos, además de toallas limpias para la limpieza posterior? Creo que en tu visión también había un bidet, era todo hermoso, todo perfecto y te morías, casi literalmente, de ganas por usarlo. En tu cabeza sólo había un pensamiento, ese: quiero cagar apoteósicamente, sin demoras, con tiempo, sin apuros, a mis anchas; pero algo se  interponía entre tu deseo urgente y el maravilloso baño privado. Después, cuando lo lograste todo fue mágico, perfecto, un alivio enorme en el que sentías ganas de comerte a besos a tu cólon por haberte concedido el milagro de resistir hasta la llegada al templo de  los desahogos. Un poco así me siento.

No, no voy a hablar de los colores, texturas y aromas de mis deposiciones, eso sería, además de desagradable, innecesario. La escena de más arriba sólo la usé para describir cómo siento mi cabeza, mejor, para describir cómo me siento. Estoy agotada pero feliz, adolorida pero esperanzada, con menos plata pero más rica, más grande, más madura y de toda esa mezcla surge la necesidad de escribir sin parar, de irlo publicando y de no preocuparme por si alguien lo lee entero o por si despierto, sin buscarlo, la envidia de algún resentido. 

En algún punto, entre la partida y la llegada, perdí muchos miedos y no estoy interesada en recuperarlos.

Viajar sola a un país desconocido, a uno que había acariciado con la imaginación y con los relatos de personajes cercanos es una experiencia mística, pero no al estilo de los monasterios, en donde debes despertar con la primera luz del sol, comer poco y evitar las bebidas alcohólicas, aunque un poco de todo eso también hubo. Viajar sola es probar las lágrimas de la angustia al no saber lo que viene, al inflar demonios hasta extensiones estúpidas y al final, cuando les ves la cara, descubrir que en el fondo no eres tan fuerte como pensabas: es comprobar que eres más fuerte de lo que pensabas.

Sabía, desde que fui a Nueva York hace 4 años que los viajes te cambian. Que esos compartimentos bonitos, arregladitos y ordenados que llevas en la cabeza sufren cambios irreversibles cuando te expones a una cultura nueva y a todo lo que eso implica. Sabía que un viaje, grande, sin la mediación de agencias de turismo, sin preconceptos estrechos y rígidos, te cambia la visión que tenías del mundo con consecuencias que difícilmente puedes prever. Lo sabía e igual lo hice.

No sé en qué momento se me metió en la cabeza la idea de que tenía que ir allí. No sé si fue cuando supe que el papá de mi mejor amiga había estudiado uno de sus posgrados allí, si fue cuando conocí por primera vez a un extranjero por internet, que resultó ser carioca, o si tuvo que ver mi exitosa gestión al expatriar a un ex a ese lugar, pero con cada paso que daba en el camino más claro se hacía que necesitaba ir.