viernes, mayo 03, 2013

Antes del comienzo

Voy a comenzar con una metáfora escatológica. 

¿Recuerdas esa vez en la que sentías que tus intestinos estaban a punto de reventar? Esa en la que el pensamiento más sexy y maravilloso incluía la visión de un baño amplio, lleno de rollos de papel higiénico, un lavamanos con agua fría y caliente y jaboncitos hermosos, además de toallas limpias para la limpieza posterior? Creo que en tu visión también había un bidet, era todo hermoso, todo perfecto y te morías, casi literalmente, de ganas por usarlo. En tu cabeza sólo había un pensamiento, ese: quiero cagar apoteósicamente, sin demoras, con tiempo, sin apuros, a mis anchas; pero algo se  interponía entre tu deseo urgente y el maravilloso baño privado. Después, cuando lo lograste todo fue mágico, perfecto, un alivio enorme en el que sentías ganas de comerte a besos a tu cólon por haberte concedido el milagro de resistir hasta la llegada al templo de  los desahogos. Un poco así me siento.

No, no voy a hablar de los colores, texturas y aromas de mis deposiciones, eso sería, además de desagradable, innecesario. La escena de más arriba sólo la usé para describir cómo siento mi cabeza, mejor, para describir cómo me siento. Estoy agotada pero feliz, adolorida pero esperanzada, con menos plata pero más rica, más grande, más madura y de toda esa mezcla surge la necesidad de escribir sin parar, de irlo publicando y de no preocuparme por si alguien lo lee entero o por si despierto, sin buscarlo, la envidia de algún resentido. 

En algún punto, entre la partida y la llegada, perdí muchos miedos y no estoy interesada en recuperarlos.

Viajar sola a un país desconocido, a uno que había acariciado con la imaginación y con los relatos de personajes cercanos es una experiencia mística, pero no al estilo de los monasterios, en donde debes despertar con la primera luz del sol, comer poco y evitar las bebidas alcohólicas, aunque un poco de todo eso también hubo. Viajar sola es probar las lágrimas de la angustia al no saber lo que viene, al inflar demonios hasta extensiones estúpidas y al final, cuando les ves la cara, descubrir que en el fondo no eres tan fuerte como pensabas: es comprobar que eres más fuerte de lo que pensabas.

Sabía, desde que fui a Nueva York hace 4 años que los viajes te cambian. Que esos compartimentos bonitos, arregladitos y ordenados que llevas en la cabeza sufren cambios irreversibles cuando te expones a una cultura nueva y a todo lo que eso implica. Sabía que un viaje, grande, sin la mediación de agencias de turismo, sin preconceptos estrechos y rígidos, te cambia la visión que tenías del mundo con consecuencias que difícilmente puedes prever. Lo sabía e igual lo hice.

No sé en qué momento se me metió en la cabeza la idea de que tenía que ir allí. No sé si fue cuando supe que el papá de mi mejor amiga había estudiado uno de sus posgrados allí, si fue cuando conocí por primera vez a un extranjero por internet, que resultó ser carioca, o si tuvo que ver mi exitosa gestión al expatriar a un ex a ese lugar, pero con cada paso que daba en el camino más claro se hacía que necesitaba ir.

0 comentarios: