jueves, mayo 09, 2013

El magneto y el láser


A Gustavo Fernández, uno de los autores de los podcasts que me gusta oír mientras limpio la casa, le he oído decir que la clave para lograr lo que se desea está en enfocarse. Él usa la metáfora de la energía del rayo láser comparada con la de una vela para explicar cómo la primera es capaz de atravesar prácticamente cualquier material, mientras que la segunda sirve para iluminar una habitación o causar un incendio. Claro, estará el que diga que un incendio también puede atravesar cualquier material, pero lo hace de un modo destructivo y el chiste está en atravesar un material sin acabar con él. Aunque este ejemplo me parece muy claro mientras viajaba se me ocurrió otra metáfora.

Mi palabra favorita cuando estoy de viaje es “sí”. Casi a todo respondo que sí, me dejo llevar de un modo que me hace sentir libre, de una forma que rara vez sigo en Bogotá, por eso cuando estoy de viaje me siento mejor, más auténtica, más yo. El ejemplo con el que comienzo a ilustrar el poder del “sí” sucedió entre Nueva York y Boston. 

La amiga que me alojaba y yo decidimos pasar un fin de semana en Boston al estilo mochilero. Empacar, llegar y buscar un hotel, sin reservas y esperando dar con un lugar no muy pulgoso. Cuando estábamos en los preparativos ella le contó de nuestro viaje a un amigo suyo, él le dijo que también iría a Boston ese fin de semana sólo que llegaría un día antes. Le preguntó a mi amiga si quería que cambiara su reserva para tener una habitación más grande, que luego nosotras podríamos compartir con él, pagando un poco por el beneficio. Ella me lo consultó y dije lo esperado “sí”. Más tarde él le pasó por sms la dirección del hotel y ella la buscó en Google.

─Nos vamos a quedar en el Sheraton.
─Mentira.
─En serio, nos vamos a quedar en el Sheraton.
─Mentira.
─Si, mira, esta es la dirección que Ryan me dio y es la del Sheraton.


Y así terminó nuestro intento de ser aguerridas y mochileras. No me quejo, tuvimos suerte y en parte tuvo que ver con mi tendencia a decir sí, aunque mi amiga se quejaba y me regañaba por comer perro caliente en la calle o entrar a almorzar a White Castle, cuando ella no estaba, obvio.

Este viaje no fue distinto en ese sentido. Dije “sí” cuantas veces pude y no me arrepiento. Probé sabores que no sé si repetiré, visité calles que quizás no vuelva a ver y me convertí en un magneto para las experiencias que quería vivir y los lugares que quería recorrer.

En la mañana salía a caminar con algún objetivo en mente y después todo comenzaba a organizarse, de modo que ocurría lo que necesitaba sin que me esforzara demasiado. Era como si un magneto atrajera una partícula de metal que llevaba adentro, pero por favor que nadie me malinterprete, no estoy hablando de la burda versión de la ley de la atracción que se publicó en el panfleto de el secreto, estoy hablando de una actitud proactiva, cultivada a punta de meditación, atenta y consciente para dirigirse hacia eso a lo que se quiere y muchas veces se necesita. Esto último demanda trabajo, práctica y sobre todo disciplina, por eso no aparece en los libros de autoayuda más vendidos, porque ya sabemos que la popularidad en estos días se la ganan las fórmulas instantáneas e indoloras.

Durante todo el viaje viví tantas “casualidades” que me parecía navegar en un mar de ellas. Un día, en una terminal de buses mientras esperaba el mío, me entretuve apuntando unas cuantas y evidentemente no pude acabar. A pesar de pequeños, molestos y caros contratiempos este viaje fue increíble y de momento no siento la necesidad de reescribir nada de lo que viví en el.



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