miércoles, mayo 15, 2013

Una de las caras no tan famosas de Río

Comienza aquí: Y el peligro en Río, ¿qué?

En uno de sus ensayos Leila Guerriero cuenta cómo discute con un taxista para poder ir al lugar que ella quiere. El hombre, orgulloso de los atractivos turísticos de México, D.F. hace todo lo posible por esconderle la cara fea de su ciudad, pero ella, firme y terca le dice que no, que quiere ver el carácter real de ese lugar. A mí a esa altura ya me pasaba algo parecido.

El primer día un amigo que vive allí me había dado las indicaciones necesarias para andar sin miedo pero sin exponerme de más en el centro de la ciudad, por eso hacia el final del viaje no me parecía una experiencia terrorífica probar una ruta nueva. Así, con esa confianza ganada, busqué la que me servía para ir a Santa Teresa, con más exactitud a un lugar desde el cual pudiese caminar hasta el Parque das Ruínas, uno de esos sitios que no se resaltan mucho, quizás porque la entrada es gratis, tal vez porque su encanto yace en las sensaciones sutiles o de pronto porque para llegar allá hay que hacer ejercicio. El camino es todo en subida.

Medio disfrazada de carioca, es decir con una piel ya no tan blanca, vestida de jeans y camiseta de tiritas, hice que mi cabeza llena de curiosidad siguiera, en el mapa dobladito y algo roto, el recorrido del bus, hasta la Plaza París. Ahí me bajé y busqué un sitio para comer. Quería entrar a un restaurante donde sirvieran buffet libre, pero teniendo en cuenta que eran casi las tres de la tarde, y en este tipo de  restaurantes sólo hay servicio hasta las tres, tres y media me decidí por Severyna.  

Lampião servido en Severyna


Pagué alrededor de 24 reales, propina incluida por un Lampião, es decir tutú nordestino, macaxeira cozida, carne seca desfiada y una limonada, que en castellano traduce un puré de fríjoles/porotos, yuca hervida y carne desmechada con trozos grandes de cebolla cabezona. Según entendí el sitio está especializado en cocina típica del norte del país. No sé si estaba preparado de forma fidedigna o no. Para mi paladar la carne estaba muy salada, pero en general he descubierto que en Brasil, Argentina y Uruguay se tiende a buscar sabores más intensos al comer, comparados con los que se encuentran en Colombia, salvo por las bebidas embotelladas y las galletas dulces, que en muchos lugares cada día saben más a azúcar que a otra cosa.

Cada vez más cerca de Parque das Ruínas 

Saliendo de allí, recordando que para las seis de la tarde la oscuridad estaría cerrada por ser otoño, apreté el paso para seguir buscando el parque que me interesaba. Llegar es fácil teniendo en cuenta que las opciones para tomar calles alternas o hacer giros se reducen en la medida que se sube, además unos 200 metros antes de llegar hay una placa que indica en qué dirección se debe caminar, o manejar, según el medio de transporte que se esté usando.

En el camino vi hombres haciendo mantenimiento de algo. Tenían sobretodos y planillas, estaban de pie al lado de un camión, pero yo estaba más pendiente de ubicar gente extraña porque sabía que no estaba en la zona turística promedio con policías bien uniformados. Miraba hacia todos lados, sacaba la cámara, tomaba fotos con la función de enfoque automático activada y seguía. Cada tanto pasaba alguna persona que me miraba con cara de “¡está loca!” y sí, luego otro nativo me confirmó que esa zona tiene fama bien ganada de ser peligrosa. 
En un museo cercano había obras de Matisse, Picasso y creo que hasta de Dalí, que luego fueron robadas, pero bueno, no hay nada tan dulce como la ignorancia, más cuando te mantiene lejos de hordas de turistas que buscan desesperadamente darle un toque de sabor a sus vidas. En esa zona hasta los carros son escasos.

Al final de una calle cerrada –Rua Murtinho Nobre─ estaba el museo. Eran las cuatro pasadas y yo había pasado por el frente de la puerta del parque sin verla. Un camión, otro grupo de trabajadores y una entrada angosta me habían disuadido de entrar. Creí que estaría cerrado y seguí caminando, observando los árboles, que seguían tirando flores al suelo, a pesar de lo entrado del otoño, y las lindas fachadas de casas coloniales. En algunas de ellas funcionan atelieres de arquitectos y demás. Entonces a lo lejos oí ese ruido.

fachada cerca al parque das ruínas

puerta de atelier de arquitectura cerca al parque das ruínas en río de janeiro


Ta, ta, tá… tá, tá… Doce, catorce veces sonó ese ruido y yo pensé “ah, deben ser martillos hidráulicos, al fin y al cabo Río es una sola obra con el tema del mundial y los olímpicos”. Sí, cómo no. Más tarde, creo que ya en la noche o tal vez al otro día comprendí. Cerca de Santa Teresa hay morros y en esos lugares generalmente hay favelas, por lo tanto es muy probable que ese sonido fuera el de disparos. 
Según me dijeron la favela de Santa Teresa no está pacificada, a diferencia de Rocinha, pero me pregunto yo: si la favela Rocinha está en paz, ¿por qué no suben más los precios del metro cuadrado en los alrededores, donde hay condominios para clase media, si al fin y al cabo está al lado de Leblon, es decir el sector más caro de Río? ¿Será que alguien sospecha que quedaron armas en la favela?

Desisitiendo de entrar al museo ─Museu Chácara do Céu─ porque ya bastante ejercicio había hecho con un pie lastimado dos semanas atrás más otro en recuperación, regresé dispuesta a buscarle la puerta al Parque das Ruínas. 

Caminé despacito, viendo bien dónde podría estar la puerta y cuando la encontré entré rápido, como si la entrada a ese lugar no fuese gratuita. Luego comenzaron las sensaciones. 

letrero parque das ruínas en río de janeiro

Me acerqué a la baranda de una de las terrazas para ver por primera vez una vista que pocos buscan. Ahí, de pie sobre una banca de cemento estaba un carioca tomando fotos. Imité su gesto y me subí a la que estaba a la izquierda para tomar las mías. En un punto el hombre de piel oscura, mas no negro, me dijo algo así como:

─Mora-se no Rio e não conhece nada. Eu nunca tinha vindo aqui.

Su sonrisa amplia me hacía creer que ese día estaba agradeciéndole a su trabajo el haberlo llevado allí. Él era uno de los hombres que estaban junto al camión cuando había pasado de largo la primera vez. Según entendí estaban organizando un escenario para un evento cercano.


interior parque das ruínas

vista desde parque das ruínas

Lo que antes fue un espacio dedicado a las fiestas y a las expresiones culturales hoy vuelve a serlo tras la intervención de un par de arquitectos, que tuvieron el reto de modificar una estructura, con el fin de garantizar la seguridad de sus visitantes, pero sin perder la esencia histórica que hay en ella. A mí me gustó el resultado. Ver cómo se mezclan el verde, el naranja y el gris; disfrutar de vistas espectaculares sin el sonsonete odioso de los carros pasando y oír el viento, cuando llega, sin que traiga en él frases como “no, más para allá que todavía no sale tu cabeza, no más, más” es algo que siempre valoro. Casi pude entender porque Heitor Villa Lobos le compuso una pieza a Laurinda Santos Lobo, encargada de organizar las fiestas que se hacían allí hace años.
vista interior de parque das ruínas

Visitar lugares como este, que en el camino de regreso me regalan encuentros con arbustos de jazmín estrellado y cansancios benditos, me deja la satisfacción de haberme apropiado de lugares y experiencias que me enriquecen de un modo inusual y poco evidente. Al Parque das Ruínas sí volvería.


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