viernes, mayo 10, 2013

Y el peligro en Río, ¿qué?

A mí también me dijeron que tenía que tener mucho cuidado al estar en Río. Me advirtieron de todos los peligros que se corren en una ciudad llena de pobreza mezclada con riqueza épica. Yo también vi películas como Ciudad de Dios, Cidade dos homens y Tropa Elite, y claro también oí tiros estando en Río, aunque sólo me di cuenta al rato.



No sentí nada especial cuando visité la Estatua de la Libertad y me pasó lo mismo cuando fui a ver el Cristo Redentor. Creo que fui a ambos lugares sólo para poder borrarlos de la lista, pero difícilmente volvería a alguno de ellos. El ambiente que se respira es el de un jardín de infantes lleno de turistas berrinchudos que no saben ni siquiera la dirección del hotel donde se hospedan.

Sí, los monumentos son bonitos, sí, la vista es espectacular, sí, dan para tomar fotos excelentes, pero a la mayoría de la gente que los visita lo único que le importa es salir bien en la foto para poder subirla luego a la red social de moda. Quienes van a esos sitios difícilmente se paran a leer qué hazañas de la ingeniería fueron necesarias para construir esos símbolos o a identificar desde lo alto los lugares que recorrieron en lo bajo. Su objetivo principal es decir “estuve allí y por lo tanto ahora sé mucho de cultura [inserte aquí la nacionalidad de su preferencia]”. No, yo tampoco recuerdo cuál es el nombre del cura que fregó y fregó hasta que logró la escultura del Cristo Redentor, pero sí les puedo decir otras cosas. Las manos están hechas a semejanza de las de una mujer y la modelo vestida de novia que posaba para la sesión de fotos tenía sandalias, no tacones.


Siento que pagué demasiado ─46 reales─ para subir a un mirador, proyectado por un portugués con mucha visión de negocios. Habría preferido subir en un tranvía más auténtico si no hubiesen muerto cinco personas en un accidente que ocurrió en el aparato, pero era lo que había y yo tenía que seguir.

Después de bajar del Corcovado, intenté decidir a dónde ir para seguir conociendo la Ciudad Maravillosa sin caer de nuevo en un cliché intoxicante y lleno de turistas.

De pie, a la sombra de una parada de ómnibus vi cómo un hombre flaco y de bigote –que escupía cada tanto con naturalidad total— les explicaba a señas a los turistas cuál ruta iba para Copacabana y cuál no, escena que me recordó que no estaba perdida y que lo mío no era irme a hacer turismo de guía. Luego pensé en ella.

Sigue aquí: Una de las caras no tan famosas de Río

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