viernes, agosto 30, 2013

Juana Pérez, la que escribe

Estoy sentada en un salón de clases, llevo puesto un delantal celeste y una profesora me dice que cuatro grados más abajo hay alguien que lleva mi nombre. Una de las ¿10, 12? mujeres con las que comparto habitación durante una convivencia es rubia, nació en Chita, Boyacá y se llama Johanna Pérez. Estoy en un pasillo de la universidad, viendo una cartelera y leo: Facultad de Administración de Empresas, Johanna Pérez. Recibo un correo de una tal Johanna Pérez, venezolana, quiere contactar a todas las Johannas Pérez del mundo que están en Internet. ¿Para qué? No lo sé.

Soy Juana Pérez, literalmente ─Juana en alemán se escribe Johanna─ y sin embargo no me canso de señalar homónimas, cuando las encuentro, sobre todo si se dedican a profesiones que me parecen interesantes, al punto que puedo imaginarme ejerciéndolas.

Un par de ejemplos:
publicidad callejera, pegada a un posto, de terapias reiki en bogotá
Durante un tiempo, brevísimo, también fui terapeuta reiki.
volante promocionando oráculos del teatro de los sentidos

De cuando en cuando me gusta consultar el tarot y, aunque el teatro en general me produce vergüenza ajena, producciones como esta me causan mucha curiosidad.
Quizás por eso, porque siento dificultad cuando debo vincularme a un nombre y a un apellido, porque sé que dos palabras o más no describen a una persona, es que las emociones profundas se ausentan cuando veo mi nombre impreso en un papel suave y brillante, mas hay algo que debo reconocer.

Hace algo así como tres meses ocurrió otro de esos hechos que me obligan suavemente a encontrar la perspectiva. En el 2005 abrí un blog que se llamaba Revista H E R A, porque desde adolescente, cuando leía las revistas Tú y Cosmopolitan fantaseaba con ser la que escribía los tests para saber si tu chico te engaña o si eres muy exigente a la hora de buscar pareja. Me parecían divertidos y a mí siempre me ha gustado lo que divierte, lo que entretiene, porque sí, sin mucha reflexión trascendental. Años después, tantos que parecen muchos, escribo para una revista. Para otra.

La primera vez que lo hice fue en un medio usado por una empresa para autopromocionarse. Cuando vi mi nombre en negro sobre blanco, de nuevo sin el Vásquez, no sentí nada, como tampoco lo sentí luego posando frente al teatro protagonista de la nota que me habían encargado, aunque estaba en uno de mis países favoritos, uno con el que también había soñado en la adolescencia. Y hoy algunas ausencias siguen siendo las mismas.

Mi segundo apellido sigue sin aparecer en la contraportada de la revista en la que trabajo ahora, una de circulación nacional y a la que llegué sin haber estudiado periodismo y con apellidos de legión.

fragmento de contraportada edición 249 revista habitar
Hace tres meses me emocioné, cuando me dijeron que el trabajo era mío. Hoy ya quiero más y cuando veo que todavía no ha pasado un año desde que escribí, para H E R A, cómo un blog puede conseguirte trabajos interesantes, compruebo una vez más que las horas que mejor he perdido son aquellas que he pasado escribiendo.