jueves, abril 17, 2014

Perdí la inocencia antes que la virginidad leyendo a Gabriel García Márquez

A los once, a los doce o a los diez leía, leía de un modo enfermizo, imparable y, sobre todo, insupervisable. 

Después de haber conocido el vicio en la biblioteca del colegio donde estudié la primaria nunca me detuve. Saqueé la biblioteca que se usaba en mi casa, luego rescataba libros cuando alguno de mis tíos amenazaba con botar ejemplares y finalmente, cuando no encontraba nada que me atrajera, ahorraba plata y compraba los que quería en la librería – que para mí era mágica—del supermercado Colsubsidio de la 26 en Bogotá, y en todos esos lugares estaban sus libros.

En mi casa estuvo Hojarasca pero nunca logré conectar con él, en el colegio me hicieron leer El coronel no tiene quien le escriba y Relato de un náufrago, y ya con la curiosidad tomada compré La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada. Creo que el título me llamó la atención porque no podía concebir una abuela desalmada. En ese entonces tenía a las dos vivas y si bien una siempre me ha querido muchísimo, la otra nunca me trató mal. Y así, con ese poder entre manos compré un libro que me haría ver todo de otro modo.

Mi inocencia se fue al ritmo que pasaba las páginas de esa historia. Dejé de ser tan niña y tan confiada con cada párrafo que recorría, sin saber que el cambio apenas comenzaba.

Muchos años pasaron antes de que leyera Cien años de soledad (y no me gustara), y otros tantos para que lograra convertirme en periodista después de que, siguiendo su ejemplo aunque sin saberlo, escribiera cientos de hojas de diarios personales haciendo crónicas de lo que veía y de lo que sentía.

Aprendí mucho leyendo a Gabriel García Márquez, y como sé que lo volveré a leer me alegra que no se haya muerto, porque una vez escribes algo que te representa, algo a la altura de tu potencial y de tu disciplina nunca mueres.