lunes, octubre 12, 2015

Que alguien me aleje de los mercados brasileros, por favor

En Bogotá, donde vivo, rara vez voy a un mercado. Acá les decimos plazas, a secas, y no tengo mucha necesidad de ir a ellas. Lo que necesito lo consigo en verdulerías cercanas, excepto cuando me atacan las ganas de hacer experimentos culinarios muy particulares, de ahí que no me inspiraran mucha curiosidad, hasta ahora.

Para mí las plazas eran esos lugares a donde van las familias grandes a comprar la fruta y la verdura de toda la semana. Eran para aquellos que quieren ahorrar, tienen carro en el que pueden llevar la compra y además tienen muchas manos para llevar los paquetes a casa, así no haya ascensor, pero yo, que vivo sola, que si compro dos promociones de papel higiénico no puedo llevar nada más, porque no tengo manos suficientes para cargar tantas bolsas ¿qué diablos tendría que hacer en una plaza de mercado?

Una de las cosas que más me gustan de los viajes es que te abren la cabeza de par en par, sin concesiones y con rotundidad, eso si te atreves a salir de los circuitos marcados por las alcaldías y las agencias de viajes, eso si intentas mezclarte con los locales y husmear en sus rituales cotidianos. Gracias a todo esto, que bien o mal hago, descubrí que los mercados son un peligro para mí.

El bicho de la culinaria me picó hace años, pero sólo desde que volví a tener una cocina para mí dejo que cada tanto renueve su veneno. Junto a mi interés por la cultura del té está la de condimentar las comidas usando especias, evitando la sal y prefiriendo “las” pimientas. Ahí ya va un cambio.

Aunque Colombia ha recibido varias oleadas de inmigración, comenzando con los españoles, pasaron los turcos, los libaneses y demás, y ahora llegan los venezolanos aburridos de su régimen político; lo cierto es que este país no ha recibido una influencia europea importante, de ahí que los lugares para encontrar quesos y fiambre maduro sean escasos y sus precios altos. Por la misma razón los condimentos exóticos sólo son comunes en ciertos círculos y en la mayoría de casas clase media y baja están ausentes en la comida de todos los días. Todo esto hace que enloquezca cuando llegue a lugares como Curitiba o São Paulo, donde las tiendas de condimentos parecen boticas en las que parece ser posible encontrar montones de polvos mágicos. Cuando visito una de ellas quiero llevarme todo, además me anima el hecho de que las cosas sean tan económicas.

Tanto el mercado municipal de São Paulo como el mercado público de Porto Alegre están ubicados en zonas populares. En las calles cercanas hay una mezcla de edificios viejos, muy bien conservados, con otros dedicados al comercio, en donde la arquitectura es menos relevante, pero en los que sabe uno puede conseguir prácticamente lo que se le ocurra. Se ven almacenes de telas, adornos, lanas, aparatos eléctricos de todo tipo, decoración y la lista sigue. Y ve pobreza, eso es innegable. Un mercado que está inmerso en un ambiente así ofrece variedad, pero también tiene que ofrecerla a precios razonables, pagables para que el negocio siga y esto es lo que pasa en estos lugares.
Ya puedo decir que uno de mis planes favoritos es comprar 100 grs. de maní japonés con sabor a cebolla o a pimienta roja, a poco más de US$ 0, 50 para comérmelo mientras curioseo, tomo fotos (pero sin pasarme de boba para evitar que me roben) y pruebo lo que me ofrecen.

En São Paulo aunque presentí que quisieron distraerme para sacarme algo no pasó nada, más bien fue un lugar para seguir explorando. Probé gratis dos tipos de pitahayas (Stenocereus queretaroensis) que no conocía: una blanca dulce y otra colorada ácida, compré un condimento árabe y supe que mi mentecita aún es muy estrecha porque hay más tipos de pimienta de los que podía imaginar. También probé el mounstrito que es el sanduiche de mortadela, que por supuesto no pude terminar, aunque fui expresamente a comerlo como desayuno. 

Visitar los mercados de São Paulo, Porto Alegre y Curitiba me enseñó, como sólo puede hacerlo la experiencia, que las galerías y cuadros mejores no siempre están en museos o sitios dedicados específicamente al arte. Lo que para el habitante local puede ser insulso y aburrido para mí, cuando estoy en la sintonía apropiada, es una oportunidad para desafiar mis paradigmas y deformar mis esquemas, justo el tipo de cambios a los que me gusta someterme cuando viajo.







Libros y revistas de segunda, otra razón para amar un mercado brasilero.


Un dato que puede ser útil: En el mercado de São Paulo hay una opción de sánduche de mortadela de 100 grs., muy apropiada para quien quiere darle un mordisco a los platos locales, pero que no está interesado en probar el original con provolone caliente y mostaza.
Abril de 2013

viernes, agosto 07, 2015

El metro más feo que he visto

Claro que no soy la persona que más metros ha visto y usado en su vida – a la fecha Nueva York, Medellín, Buenos Aires, Río de Janeiro, San Pablo – apenas estoy en eso, en lo de ganar experiencia, pero puedo decir que de los que he visto el de Porto Alegre es el más feo de todos. 

Llegué a Porto Alegre de noche, necesitando un mapa para ubicarme y saber dónde estaba, para saber en qué estación debía bajar pero no encontré nada. No había mapa y el letrero de la estación –Rodoviaria— apenas estaba en la entrada, adentro tampoco encontré un mapa de la ruta, por lo tanto tuve que preguntarle a una señora si el próximo servicio pararía donde necesitaba. Dijo que sí y yo esperé.

Subí a un tren con zozobra, ansiosa. Adentro tampoco había un mapa, quizás existía alguno en otro vagón, pero en ese no, para colmo como llegué un sábado a la noche el servicio que va cantando las paradas estaba desactivado. Al final subí a tres trenes distintos, de un lado a otro y con maletas intentando descubrir cuál era la dirección y la estación donde me esperaban. El hecho de que los nombres de las estaciones estén ubicados para que los vea el peatón que camina por la plataforma y no el pasajero que está dentro del tren tampoco hizo fáciles las cosas.

Al llegar a la ciudad sentí hostilidad, sin embargo debo decir también que a diferencia de otros metros, cuyas líneas corren, en su mayoría, bajo el suelo, el de Porto alegre te da la opción de ver por la ventana y conocer un poco su perfil.

Ahora, los buses son otra historia, son espaciosos, más nuevos y más limpios que el metro. Pasan constantemente y te dan muchas opciones para conocer la ciudad por tu cuenta. El punto está en saber usar Google Maps y los recursos que proporciona la prefeitura de la ciudad.

Abril de 2013

La tarjeta que se usa en el SIM (Sistema Integrado Metropolitano de Porto Alegre.

No encontré mapas en el metro de Porto Alegre pero sí este anuncio de una casa de orishas que promete resolver todos tus problemas.

miércoles, mayo 20, 2015

Compasión al alza, envidia a la baja

–¿Sabes quién se fue a Grecia?
–No, ¿quién?
–Una de tus amigas, Sofía.
–¿A vivir o de vacaciones?
–De vacaciones.
–Pues qué bueno.
–¿Qué bueno?, ¿no vas a decir nada más?, ¿no te da envidia?
–¿Por qué tendría que darme envidia?
–¡Huy, pero cómo has madurado! Pues a mí sí me da envidia.
–¿Y qué ganas con eso? Yo ya entendí que es mejor alegrarse por las cosas buenas que les pasan a los demás. Ojalá le sirva para crecer, ojalá que Grecia pase por ella y no sólo ella pase por Grecia.
Uno de los libros que mejor me ha explicado conceptos que oí por primera vez en ambientes budistas o espirituales en general fue It’s not you: 27 (wrong) reasons you’re single de Sara Eckel. La descripción de la compasión que encontré ahí me pareció dulce y fascinante. 

¿Recuerdas lo que sentiste alguna vez mientras contemplabas una escena natural majestuosa?, ¿puedes recrear esa sensación de querer comerte a un cachorrito precioso? pues eso es muy parecido a la compasión. Sara lo pone en términos de la alegría suave y tibia que experimentas al ver un atardecer, alegría que puedes trasladar a otros ámbitos y a otras situaciones, incluso a aquellas que no te queda más remedio que vivir junto a gente que te gusta poco o nada, como los vecinos de arriba que viven en el ruido. Sin embargo nada es tan sencillo como parece, y eso incluye a la compasión.

Desde que me propuse desarrollar esta cualidad me han pasado cosas extrañas, una de ellas es que he dejado de envidiar. Todavía lo hago pero mucho menos que antes.
A través de la meditación, entendida como estar con la mente presente en cada momento y no tanto como estar sentada en flor de loto sobre un tapete mientras recito mantras, he comenzado a comprender la inutilidad de la envidia. Cuando alguien más hace lo que yo quiero pero creo que no puedo y lo envidio en realidad lo que estoy haciendo es malgastar energía en una ilusión.

Sí, Sofía fue a Grecia, se hizo muchas selfies con las ruinas y el mar azulísimo de fondo ¿y? Ese no es el viaje que yo deseo, no es el viaje que yo quiero hacer. Mientras algunos sueñan con ir a Grecia para tomarse fotos para subirlas a facebook yo lo hago con sitios que no salen en la guía de Lonely Planet y con actividades que a la mayoría le provocaría bostezos. A mí francamente me chupa un huevo la foto cliché al lado de la columna doria, jónica o como se llame.

Cuando viajo y, en general, cuando vivo, o sea todos los días, lo hago para acumular experiencias, para aprender, no para llenar el disco duro de mi computador con fotos. 

No sé si algún día iré a Grecia, pero sé que me gustaría, así como sé que me gustaría meditar en un asclepeion, aunque la sola idea me dé un poco de miedo. Me gustaría estar ahí, entonces sí sentada en flor de loto mientras percibo el lugar e intento robarme algún secreto de su historia. Así las cosas me vuelvo a preguntar: ¿de qué sirve envidiar?

Quizás sea útil para quienes necesitan confirmar que son importantes por lo que compran y por lo que aparentan, aquellos que cuando los demás no los envidian ni los elogian se sienten débiles y temerosos frente a preguntas que parecen venir de la nada del tipo ¿lo que tengo es suficiente y valioso de verdad?

Me alegré por Sofía como me seguiré alegrando por los triunfos ajenos conseguidos con honestidad y esfuerzo. Sé que si crecen los demás crezco yo y acepto el reto consiguiente: si quiero estar cerca de personas grandes yo también debo serlo, acepto que la única envidia que vale es la que está emparentada con la admiración, esa que me hace decir “la odio, la odio porque quiero ser tan buena como ella”, la que siento cuando alguien excepcional me hace recordar que todavía me falta mucho para alcanzar su nivel.

martes, mayo 12, 2015

Mi mapa de Porto Alegre

Mi segunda exploración de la ciudad, por mi cuenta y sin muchas indicaciones tuvo ires y venires que al final me sirvieron. Soy de esas personas que todavía viaja sin GPS y que a veces se arriesga a salir sin mapa, ni siquiera de papel, para encontrar las escenas que diferencian una ciudad de otra.


Este día caminé por el centro sin ningún objetivo claro, un lugar lleno de comercio y de gente matándose por encontrar un lugar en un bus urbano – no sé qué diablos hacían todos a las tres y media de la tarde de un día de semana. Sin proponérmelo encontré la Plaza Matriz, el Teatro San Pedro, una iglesia y un viaducto muy al estilo romano, pero con toda la personalidad de Latinoamérica, con señora de la calle incluida. Por un momento, con mucha ingenuidad, pensé que una montaña de bultos era el equipaje de un huésped que se estaba alojando en un hotel vecino, cuando me acerqué más me di cuenta de que lo que había visto era un carrito de supermercado con todas las pertenencias de esta mujer.


Después de animarme a tomar unas fotos en una zona poco elegante y que, excepto por el hotel, no parecía estar arreglada para recibir turistas, regresé al área del Mercado Público. Luego de dar varias vueltas infructuosas buscando la ruta D43 y viendo cómo se escapaba la luz del día, entré de nuevo al edificio para orientarme.

La Rua Siqueira Campos me serviría de guía. Necesitaba salir por el arco que está al frente del mercado, caminar hacia la izquierda y ver un edificio con muchos buses al frente para reconocer la parada de varias rutas, entre ellas la que lleva el letrero de Universitaria.

Después de subir y pagarle dos reales con 85 centavos al cobrador, anduve por más o menos 15, 20 minutos, la verdad no le presté mucha atención a cuánto demoró el trayecto, además cuando viajo se me cambia bastante la percepción del tiempo. Esta vez iba sentada a la derecha del ómnibus, por lo que cuando me supe en la Avenida Aranha y vi una extensión considerable de árboles y pasto me levanté para buscar la parada. Esta es una de las conductas divertidas de los viajes, cuando quieres dejar de lado las certezas te obligas a confiar en tus instintos, que siempre están ahí, en tu interior, pero que sólo surgen cuando dejas de reprimirlos.


En el Parque de la Redención caminé por los recantos o recodos, no recuerdo bien cómo les dicen en portugués, que arman un lugar lleno de gente local y perros, pero lindo porque tiene mucho espacio para que todos la pasen bien sin molestarse unos a otros. Al menos así es en días laborales. Alguien me dijo que la dinámica durante los fines de semana es distinta. Los domingos, creo, es el día en el que los artesanos y los comerciantes montan una feria con productos que al parecer mejoran con cada año.

Saliendo del parque recorrí el barrio Bom Fim, en donde hay un café tranquilito y acogedor, perfecto para refugiarse de la hora pico, que puede ser tan apabullante y molesta como en cualquier ciudad grande. En esta caminata nueva también me llamó la atención ver que el Colegio Militar tenía apariencia de museo.

Más tarde, cuando los buses dejaban de rugir con tanta frecuencia, y había dado tantas vueltas que no sabía dónde estaba, le pregunté a la mesera que me atendió en el café cómo podía volver al Mercado. Le presté tanta atención como pude a su respuesta, la agradecí y salí a la calle a intentar trasladar a letras lo que había oído mientras lo recordaba, finalmente entendí lo que me había dicho. Desandar lo andado sería posible si tomaba un ómnibus que dijera Menino Deus, Plaza Matriz o Mercado, rutas que me llevarían a la estación de metro que había sido mi punto de partida, ese desde el que comencé a trazar un mapa con mis pies, uno que no está impreso en ninguna parte y que tampoco puedes encontrar en internet.

23 de abril de 2013

viernes, mayo 01, 2015

Praia de Rosa: Escenas de temporada baja

Quien nunca ha viajado solo no sabe lo acompañado que es. A veces la lucha es por tener tiempo para sí misma, para estar en silencio, para que la única banda sonora sea la de los sonidos del ambiente y no la conversación dulce y bienintencionada de un nativo que quiere hacer más agradable tu estadía. 

Viajar a un lugar chico, a uno donde vive poca gente es también entender con suavidad porqué a la gente le gusta tanto la temporada alta, bueno, eso cuando el lugar que visitas es turístico. 

Viajar en temporada baja es comenzar a comprender porqué todo es tan caro: cuando viajas estás dispuesto a pagar precios exorbitantes por comida, medicinas genéricas y todo lo demás con la excusa de “esto es sólo de vez en cuando”, pero cuando tienes que soportar esos precios todos los días, todo el año, sí o sí, el encanto se esfuma, se va rápido, del mismo modo en que los papelitos y los pedacitos de metal se escapan de tus manos cuando pagas galletitas, castañas y bebidas a 4, 5 dólares intentando disimular el hambre. 

Te acompañan los perros, te acompaña la gente, te acompañan los insectos y hasta se vuelve imposible perderte subiendo a un bus del que desconoces su ruta porque el cobrador sabe para dónde vas y por eso te avisa cuando pierdes la parada.

Conocer un lugar turístico en temporada baja es como ver a una vedette justo después de haberse levantado, la agarras sin maquillaje, sin las prótesis varias, al natural, o al menos tan natural como puede ser. Hoy los negocios de Praia de Rosa están opacos y mudos, con la mercancía que no se precisa encerrada en cajas que todavía huelen a China, mientras la luz auténtica se refleja en algunos mosaicos y arrulla las siestas múltiples que toman los perros.

19 de abril de 2013

Ella me acompañó toda una tarde.
Él me mordió el pelo y me acompañó a desayunar en San Pablo.
Una de las razones por las que viajo en temporada baja.



Cuando llega la noche puedes comer medio aguacate mutante.





miércoles, abril 22, 2015

Los vestiditos



Alguna vez le oí decir a un asesor de imagen que si uno iba a comprar un vestido de baño tenía que hacerlo en Río de Janeiro. A su juicio sólo valía la pena gastar plata allá en atuendos de playa porque los diseñadores locales son alucinantes. Luego, de los cariocas oí comentarios como “si lleva un bikini grande es turista” y sí. En la playa se ve a mujeres con chiritos que parecen pura lencería para noches de pasión incontrolable. Triángulos de tela diminuta que más que incitar a la imaginación proponen un juego de “una los puntos”, sin embargo no entiendo porque se dice tan poco de los vestidos de diario, los de salir a la calle.

Las cariocas, tengan la forma que tengan se visten con telas de diseños hermosos. Rayas, flores, figuras abstractas, no importa la talla ni la edad, se envuelven con dibujos que no he visto en ningún otro lado. Me parece hermosa esa actitud de “vamos a adornarnos”. En Sao Paulo no he visto mucho. Apenas llevo unas horas, pero en un lugarcito donde venden comida árabe de muerte lenta, entraron dos mujeres y una ya parecía una muñeca. Llevaba un vestido lindo, con la naturalidad que las bogotanas nos metemos en pantalones que deforman el cuerpo. 

¿Por qué carajos nos ponemos tan pocos vestidos? Si hasta nos tratan mejor cuando llevamos falda, casi, casi como si estuviésemos embarazadas.

8 de abril de 2013