miércoles, mayo 20, 2015

Compasión al alza, envidia a la baja

–¿Sabes quién se fue a Grecia?
–No, ¿quién?
–Una de tus amigas, Sofía.
–¿A vivir o de vacaciones?
–De vacaciones.
–Pues qué bueno.
–¿Qué bueno?, ¿no vas a decir nada más?, ¿no te da envidia?
–¿Por qué tendría que darme envidia?
–¡Huy, pero cómo has madurado! Pues a mí sí me da envidia.
–¿Y qué ganas con eso? Yo ya entendí que es mejor alegrarse por las cosas buenas que les pasan a los demás. Ojalá le sirva para crecer, ojalá que Grecia pase por ella y no sólo ella pase por Grecia.
Uno de los libros que mejor me ha explicado conceptos que oí por primera vez en ambientes budistas o espirituales en general fue It’s not you: 27 (wrong) reasons you’re single de Sara Eckel. La descripción de la compasión que encontré ahí me pareció dulce y fascinante. 

¿Recuerdas lo que sentiste alguna vez mientras contemplabas una escena natural majestuosa?, ¿puedes recrear esa sensación de querer comerte a un cachorrito precioso? pues eso es muy parecido a la compasión. Sara lo pone en términos de la alegría suave y tibia que experimentas al ver un atardecer, alegría que puedes trasladar a otros ámbitos y a otras situaciones, incluso a aquellas que no te queda más remedio que vivir junto a gente que te gusta poco o nada, como los vecinos de arriba que viven en el ruido. Sin embargo nada es tan sencillo como parece, y eso incluye a la compasión.

Desde que me propuse desarrollar esta cualidad me han pasado cosas extrañas, una de ellas es que he dejado de envidiar. Todavía lo hago pero mucho menos que antes.
A través de la meditación, entendida como estar con la mente presente en cada momento y no tanto como estar sentada en flor de loto sobre un tapete mientras recito mantras, he comenzado a comprender la inutilidad de la envidia. Cuando alguien más hace lo que yo quiero pero creo que no puedo y lo envidio en realidad lo que estoy haciendo es malgastar energía en una ilusión.

Sí, Sofía fue a Grecia, se hizo muchas selfies con las ruinas y el mar azulísimo de fondo ¿y? Ese no es el viaje que yo deseo, no es el viaje que yo quiero hacer. Mientras algunos sueñan con ir a Grecia para tomarse fotos para subirlas a facebook yo lo hago con sitios que no salen en la guía de Lonely Planet y con actividades que a la mayoría le provocaría bostezos. A mí francamente me chupa un huevo la foto cliché al lado de la columna doria, jónica o como se llame.

Cuando viajo y, en general, cuando vivo, o sea todos los días, lo hago para acumular experiencias, para aprender, no para llenar el disco duro de mi computador con fotos. 

No sé si algún día iré a Grecia, pero sé que me gustaría, así como sé que me gustaría meditar en un asclepeion, aunque la sola idea me dé un poco de miedo. Me gustaría estar ahí, entonces sí sentada en flor de loto mientras percibo el lugar e intento robarme algún secreto de su historia. Así las cosas me vuelvo a preguntar: ¿de qué sirve envidiar?

Quizás sea útil para quienes necesitan confirmar que son importantes por lo que compran y por lo que aparentan, aquellos que cuando los demás no los envidian ni los elogian se sienten débiles y temerosos frente a preguntas que parecen venir de la nada del tipo ¿lo que tengo es suficiente y valioso de verdad?

Me alegré por Sofía como me seguiré alegrando por los triunfos ajenos conseguidos con honestidad y esfuerzo. Sé que si crecen los demás crezco yo y acepto el reto consiguiente: si quiero estar cerca de personas grandes yo también debo serlo, acepto que la única envidia que vale es la que está emparentada con la admiración, esa que me hace decir “la odio, la odio porque quiero ser tan buena como ella”, la que siento cuando alguien excepcional me hace recordar que todavía me falta mucho para alcanzar su nivel.

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