martes, mayo 12, 2015

Mi mapa de Porto Alegre

Mi segunda exploración de la ciudad, por mi cuenta y sin muchas indicaciones tuvo ires y venires que al final me sirvieron. Soy de esas personas que todavía viaja sin GPS y que a veces se arriesga a salir sin mapa, ni siquiera de papel, para encontrar las escenas que diferencian una ciudad de otra.


Este día caminé por el centro sin ningún objetivo claro, un lugar lleno de comercio y de gente matándose por encontrar un lugar en un bus urbano – no sé qué diablos hacían todos a las tres y media de la tarde de un día de semana. Sin proponérmelo encontré la Plaza Matriz, el Teatro San Pedro, una iglesia y un viaducto muy al estilo romano, pero con toda la personalidad de Latinoamérica, con señora de la calle incluida. Por un momento, con mucha ingenuidad, pensé que una montaña de bultos era el equipaje de un huésped que se estaba alojando en un hotel vecino, cuando me acerqué más me di cuenta de que lo que había visto era un carrito de supermercado con todas las pertenencias de esta mujer.


Después de animarme a tomar unas fotos en una zona poco elegante y que, excepto por el hotel, no parecía estar arreglada para recibir turistas, regresé al área del Mercado Público. Luego de dar varias vueltas infructuosas buscando la ruta D43 y viendo cómo se escapaba la luz del día, entré de nuevo al edificio para orientarme.

La Rua Siqueira Campos me serviría de guía. Necesitaba salir por el arco que está al frente del mercado, caminar hacia la izquierda y ver un edificio con muchos buses al frente para reconocer la parada de varias rutas, entre ellas la que lleva el letrero de Universitaria.

Después de subir y pagarle dos reales con 85 centavos al cobrador, anduve por más o menos 15, 20 minutos, la verdad no le presté mucha atención a cuánto demoró el trayecto, además cuando viajo se me cambia bastante la percepción del tiempo. Esta vez iba sentada a la derecha del ómnibus, por lo que cuando me supe en la Avenida Aranha y vi una extensión considerable de árboles y pasto me levanté para buscar la parada. Esta es una de las conductas divertidas de los viajes, cuando quieres dejar de lado las certezas te obligas a confiar en tus instintos, que siempre están ahí, en tu interior, pero que sólo surgen cuando dejas de reprimirlos.


En el Parque de la Redención caminé por los recantos o recodos, no recuerdo bien cómo les dicen en portugués, que arman un lugar lleno de gente local y perros, pero lindo porque tiene mucho espacio para que todos la pasen bien sin molestarse unos a otros. Al menos así es en días laborales. Alguien me dijo que la dinámica durante los fines de semana es distinta. Los domingos, creo, es el día en el que los artesanos y los comerciantes montan una feria con productos que al parecer mejoran con cada año.

Saliendo del parque recorrí el barrio Bom Fim, en donde hay un café tranquilito y acogedor, perfecto para refugiarse de la hora pico, que puede ser tan apabullante y molesta como en cualquier ciudad grande. En esta caminata nueva también me llamó la atención ver que el Colegio Militar tenía apariencia de museo.

Más tarde, cuando los buses dejaban de rugir con tanta frecuencia, y había dado tantas vueltas que no sabía dónde estaba, le pregunté a la mesera que me atendió en el café cómo podía volver al Mercado. Le presté tanta atención como pude a su respuesta, la agradecí y salí a la calle a intentar trasladar a letras lo que había oído mientras lo recordaba, finalmente entendí lo que me había dicho. Desandar lo andado sería posible si tomaba un ómnibus que dijera Menino Deus, Plaza Matriz o Mercado, rutas que me llevarían a la estación de metro que había sido mi punto de partida, ese desde el que comencé a trazar un mapa con mis pies, uno que no está impreso en ninguna parte y que tampoco puedes encontrar en internet.

23 de abril de 2013

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