miércoles, abril 27, 2016

¿Venecia o la cámara de aislamiento?

Europa lo tiene todo: lo bonito, lo feo, lo limpio, lo sucio (a veces demasiado), lo viejo (y qué bien lo cuidan) y lo maravilloso, por eso al venir aquí es muy fácil perderse, olvidar los objetivos y lo que importa. Esto último me pasó momentáneamente, por eso tuve que llamarme al orden a mí misma para no perder de vista mi rumbo.

Hace unos días Ingo y yo estábamos planeando la segunda mitad de mi viaje. Yo, ignorante de la geografía europea, no tenía ni idea de lo cerca que estaba de Budapest y de, sí, Venecia. Cuando tenía 13 años sufrí un enamoramiento intenso con el italiano, que me llevó a pedirle a mi mamá que me metiera a clases de italiano. Alguien me preguntó ¿para qué?,  y yo respondí lo que suelo decir “porque me gusta”. No necesito más razones. Me gusta hacer las cosas porque sí, por placer, por satisfacción propia así no haya una explicación para ello. Luego, no sé cómo ni cuándo, la vida suele mostrarme la razón debajo de mi “obsesión”. Pero no, todavía no voy a Italia.

Aunque la idea de quitarle el óxido a la gramática de mi italiano es encantadora no es lo que quiero ni lo que necesito en este momento. Suficiente he tenido con pensar y hablar todo el día en inglés, mientras intento aprender algo de alemán, como para irme ahora a reactivar mis conocimientos de otro idioma. Simplemente es demasiado para mí en este momento y no me interesa tener una intoxicación intelectual / emocional / Síndrome de Stendhal  o como prefieran llamarle, algo que seguramente sufriría si tuviera que ir a otro país del que conozco algo de su idioma, en el que tendría que pagar un platal por dormir en un cuarto de lo más peregrino o, peor todavía para mí, por dormir en uno compartido por gente de lo más olorosa. No señores, eso no es lo que quiero.

Aunque Venecia es Italia y es muy linda, no es mi sueño ni mi objetivo. Mi objetivo son los sueños. De haber ido a Italia habría ido a Rávena, pues allí C. G. Jung, uno de los maestros de lo onírico, tuvo una experiencia maravillosa en una iglesia chiquitita, pero Rávena no está tan cerca de Graz, así quedó descartada la bota.

Y entonces entra en escena el tanque de aislamiento.

Ingo o mejor conocido como Señor Solución (él solo se puso el apodo) después de que le dijera que lo que realmente quiero hacer es seguir enfocándome en lo onírico, en aprender más y en enseñar lo que sé me habló de este artefacto.

No recuerdo cómo o dónde volví a leer acerca de los tanques de aislamiento sensorial o tanques de flotación. Lo que sí sé es que cuando este concepto volvió a mi vida dije para mí “tengo que organizar un viaje a Estados Unidos para meterme a uno” y así lo dejé. Por lo que sabía sólo había aparatos de esos en ese país.

El tanque de aislamiento es una cápsula llena de agua con una concentración de sulfato de magnesio lo suficientemente alta como para poder acostarse dentro de él sin hundirse. Simula lo que le pasaría a uno en el Mar Muerto y ha sido usada con propósitos distintos. Yo, por supuesto, quería meterme en uno para explorar los estados intermedios entre la vigilia y el sueño. Ingo alguna vez tuvo esta experiencia, pero fue mucho antes de hacerse budista, comenzar a meditar y volverse vegano, por eso difícilmente podía contaminar mi percepción acerca del asunto. Además leerlo u oírlo no es lo mismo que vivirlo. Nunca lo será.

Los detalles de lo que pasó en mi primera flotación los publicaré en mi blog dedicado a fenómenos oníricos. Acá lo que quiero expresar es que aunque tener acceso a este aparato no fue barato –casi 50 euros− para mí valió totalmente la pena. El museo, porque el tanque está en el sótano del Museo de la Percepción, estaba a mi disposición. Fui la única visitante mientras floté y recorrí las dos salas que tiene, además la guía, una chica de la zona rural de Styria, me contó otro hecho fascinante de Graz: no todas las casas tienen baño.

Acá he entrado a cuatro casas y en tres de ellas he usado el baño. En ellas he confirmado que por una tendencia de construcción típica de los años 70, el baño donde uno se baña y el lavamanos comparten habitación, pero la parte faltante, la de los olores y los gestos, está en otro lado, en otra habitación. La guía me explicó que aquí hay casas tan viejas que fueron construidas sólo con sanitarios dentro de ellas, para el aseo personal se recurría a baños públicos, como el que antes funcionaba en el edificio donde hoy está el museo. Lo más curioso es que los tales baños siguen funcionando en un sector de un parque público. Algunas de esas casas sin baño todavía se pueden alquilar acá en Graz, son baratas por lo mismo y las personas que quieren ir a darse un baño de tina pueden pagar un euro por media hora en un baño público. La chica no recordaba cuánto se paga por una ducha pero creía que seguro era menos porque obviamente se gasta menos agua.

Yo lo que sé es que después de algo así como veinte días de bañarme con ducha tipo teléfono, teniendo que estar pendiente de no tirar agua fuera de la bañera, disfruté mucho las duchas que tomé antes y después de usar el tanque de flotación. Allí el artefacto estaba fijo en la pared, por lo que sólo me ocupé de limpiarme y disfrutar.

En resumen esta experiencia me hizo sentir otra vez que tengo razón, que cuando pensé en quedarme casi tres semanas en Graz pensé bien. Ahora lo que viene es ir a Hallstatt para seguir aprendiendo de la cultura celta y de cómo encarar la muerte con aire festivo; contemplar cuadros surreales pintados en pleno renacimiento y ver sin intermediarios un ícono milenario de la fertilidad en Viena; y visitar una biblioteca barroca, que parece sacada de un sueño, en Praga.

Perdí el rumbo por unos días pero ahora, aunque me lo proponga, ya no puedo perderme.

domingo, abril 24, 2016

Las ruinas del Castillo Göstinger, un lugar para las sincronicidades y las muertes

Uno de mis pasatiempos favoritos es cazar sincronicidades, esas coincidencias casi imposibles que parecen darse porque sí para sacarte de la rutina, para romper a patadas tus esquemas mentales. A veces creo que soy tan adicta a estas cosas que las busco sólo por la emoción, por la capacidad que tienen de darle a tu vida esa sensación de novela escrita por alguien más. Y en este caso la novela tiene algunas escenas en un castillo.

No soy muy amiga de las atracciones turísticas pero tampoco voy a negar que me gusta buscar guías y mapas para ubicarme en los lugares. Esta vez planeé poco este viaje y no me traje una colección de pequeños mapas digitales para llegar a los sitios que quería visitar. En Europa me he dejado llevar, he puesto en práctica mi intuición y así elegí las ruinas.

Antes ya me había sentido atraída a lugares como este. En Rio de Janeiro, por ejemplo, visité el Parque das Ruinas, que eran ruinas en serio, arregladitas y convertidas en un mirador. En ese lugar también había unos espacios para hacer eventos culturales pero nada más. El atractivo principal era la vista a la ciudad, pero en Europa las ruinas me sorprendieron.

Vine con la típica idea de ver castillos, mansiones, palacios y los vi, pero aunque las afueras de Schloss Eggenberg me conmovieron hasta las lágrimas y disfruté el recorrido por las habitaciones barrocas, no era lo que buscaba, no era mi lugar en Graz. No quiero ser malinterpretada. El Salón Planetario es absolutamente majestuoso y de algún modo entiendo que tengas que pagar 3000 euros para poder casarte allí, pero simplemente no era lo mío. Yo estaba buscando algo más.

El viernes pasado, con el tema de la compra de pasajes para la segunda mitad de mi viaje, tuve que ir a la Estación Principal. Terminado el trámite busqué un lugar para sentarme y guardar en un lugar seguro el papelito que hace las veces de pasabordo. Lo más cercano fue una banca en una de las paradas de bus que están cerca de la puerta. Organicé mis cosas, revisé las cuentas que siempre llevo cuando estoy viajando para no salirme del presupuesto y, sin ninguna idea fija en mente, revisé la guía turística que llevaba en mi mochila/morral. Entonces recordé las ruinas, pensé que aunque Ingo me había sugerido otros lugares ese podría ser un sitio interesante para ir. Revisé el nombre y el mapa. La información que daban no era mucha: tomar la línea 40 de buses para llegar allá pero no decían dónde. Justo cuando me preguntaba eso, ¿dónde tomar el bus?, miré a la derecha, al siguiente módulo de la parada. En el letrero que anuncia rutas y tiempo de espera estaba el nombre: Göstinger, me acerqué más y traté de adivinar la ruta. En el mismo letrero se anunciaba que el próximo bus saldría en un minuto, no lo pensé mucho más y cuando llegó me subí.

Ahora debo hacer una pausa para que se entienda cómo he navegado de un modo tan fluido en Berlín y en Graz. He leído –y ahora comprobado− que el nivel de consciencia de las ciudades depende del nivel de consciencia de sus habitantes. Esto, por supuesto, va amarrado a si esos habitantes tienen cubiertas o no sus necesidades básicas, a si sienten o no que deben luchar para conseguir lo mínimo para vivir, entonces como acá la pobreza es otra cosa y el estado asegura bastante más que en Latinoamérica la subsistencia de los ciudadanos, hay confianza. Básicamente para andar en transporte público se compra un papelito que da derecho a subir y bajar de buses, trenes de superficie y subterráneos durante unas horas, un día o varios días. Como yo he pasado al menos una semana en cada lugar he comprado el tiquete semanal porque me sale más barato y me permite moverme con bastante libertad. Lo que hay que hacer es meterlo en una máquina para que ponga el día y la hora en la que comienza a ser usado, luego uno se sube y se baja sin más de los aparatos estos, PERO no todo para aquí. Me han dicho que hay unos señores encargados de subirse a los vehículos a hacer revisiones sorpresa en las que les piden los tiquetes a las personas y si no los tienen los pueden multar, por lo que en tal caso tendrían que pagar 40 euros. Fin de la digresión y regreso a la historia inicial.

Intenté consultar la ruta a las Ruinas del Castillo Göstinger en el mapa pero fue inútil. Estaba en un lugar que no pudo ser incluido por estar alejado del centro histórico y porque la escala usada en el documento no daba para más. Pensé que lo más probable es que estuviese cerca del final de la ruta o que lo anunciaran por altavoz en inglés como hacen con los lugares más turísticos de Graz, pero lo segundo no pasó. Anunciaron sí todas las paradas, pues así funciona el sistema aquí, sin embargo tuve que adivinar dónde bajarme, cosa que no fue difícil porque leí las señales informativas que había en el camino. Me bajé y busqué la subida. La guía decía que eran 20 minutos a pie pero en el poste al lado del camino decía que era media hora. Como no sabía si la media hora era en carro o a pie me dispuse a caminar tan rápido y tan energéticamente como pude. No sé cuánto me demoré, recuerdo sí que paré 4, 5 veces para tomar aire y seguir. Agradecí infinitamente el hábito que he adoptado de caminar en las mañanas y seguí disfrutando el camino.

El castillo, que se veía muchísimo mejor de lo que esperaba, estaba a mi izquierda. A mi derecha había un indicador que decía había un altar o algo religioso en todo caso, hecho fácilmente explicable teniendo en cuenta que este país es súper católico, quizás tanto como Colombia, algo que también se nota en “Grüß Gott”, expresión usada para saludar formalmente en restaurantes, tiendas, etc., y que puede traducirse como “saludando a Dios” o “saludos a Dios”. El punto es que decidí ir primero a un pequeño mirador que estaba absolutamente desocupado. Al fin y al cabo era viernes poco después de mediodía y si la gente visita ese lugar lo hace sobre todo durante los fines de semana. Allí pude decir algo que es una realidad para mí en situaciones como esa “por esto es que viajo en temporada baja, para tener todo el lugar para mí”. Ahí vi hacia abajo la ciudad, los trenes yendo y viniendo y, por supuesto, los Alpes a lo lejos. Después de un rato allí fui a otro lugar.

A esto le llaman un castillo en ruinas. Hay que ver los que están "enteros" para entender el concepto.
Carreteras de Graz en primer plano y los Alpes muy al fondo.

Siguiendo otra señal y el sendero correspondiente encontré un altar, por llamarlo de alguna manera. Al frente de este había un par de bancas. Me senté en una a meditar un rato y luego fui por el plato fuerte: el castillo.

Lo recorrí despacio, sin prisas, como disfrutando un postre o un plato exquisito. Al llegar me desanimé porque vi demasiada gente, pronto descubrí que era un grupo escolar en una salida ídem. Busqué lo que en traducción directa sería una taberna, que no es tan feo como se oye, es simplemente un restaurante modesto con vistas espectaculares hacia la ciudad. Me senté un rato y observé. Pedí algo que luego supe era una gaseosa y después, justo en el momento en que pensaba “necesito un baño” miré a la derecha y ahí estaba, uno seco y que no olía nada rico, pero qué más da, era lo que necesitaba. Seguí caminando, recorriendo pasadizos al aire libre para luego entrar a la primera planta, que me llevaría a la capilla, diminuta, hermosa, encantadora, con escudos colgados a lado y lado. El sitio es absolutamente mágico. Ahí estuve unos minutos haciendo nada, viendo el altar desnudo y siendo.

Amor a primera vista.
Y a segunda también.
Vino el momento de subir a la torre. Algo que me sorprendió fue la señalización, austera pero completa. Hojas blancas con letras negras habían sido plastificadas para indicar en varios idiomas, incluso algunos asiáticos, el camino a la capilla y el que lleva a la torre. Y estaba allí, oyendo los pájaros, disfrutando la primavera, viendo Schlossberg (Monte del Castillo) a lo lejos y no queriendo estar en otro lugar.

Bajé y fui a recorrer otra zona que se veía desde la torre, con menos techos y muchas plantas. Las paredes hechas de rocas eran todo lo que necesitaba. No me interesaba estar en el lugar más famoso y más grande de Graz, para mí era suficiente con esas ruinas desconocidas y adorables.

De mi visita no hay mucho más para contar, me encaramé en un sitio para ver hacia abajo, vi un gato, otro sendero sin recorrer y me fui. Despacito, pensando algunos pasos más que otros y absolutamente dichosa por haber visitado un lugar así, tan poco resaltado en la guía. En casa me esperaban otras historias.

Ingo se sorprendió al saber que había llegado a ese lugar sin que él me diera indicaciones. Supongo que muy a menudo olvida que vengo de una ciudad monstruosamente grande que te prepara para moverte en ciudades europeas organizadas y que a tus ojos lucen como bonitos juguetes a escala real. Pasada la sorpresa me contó las sincronicidades de él con este sitio. Comienzan con el día en que nació.

En el hospital que su madre dio a luz había otra señora en la misma situación, esperando. Por casualidad Ingo y el otro niño nacieron el mismo día. Las madres se despidieron y no volvieron a saber nada la una de la otra hasta más o menos 20 años después.

La siguiente escena ocurriría en un restaurante cualquiera, elegido por una mujer hambrienta. El mesero, un chico amable y muy hablador, le hace un resumen de su vida, uno que incluye su fecha exacta de nacimiento. La mujer sorprendida, le cuenta que tiene un hijo que nació ese mismo día, ese hijo es Ingo y el mesero resulta ser el hijo de la otra mujer, aquella con la que alguna vez compartió habitación en un hospital. El vínculo está creado. Valentin e Ingo se llevan bien y de cuando en cuando se encuentran para hablar.

Un día Ingo decide visitar de nuevo las Ruinas del Castillo Göstinger, no ha ido allí desde que era un niño. Estando allí toma una foto del panorama con su celular y la sube a su página de facebook. Minutos más tarde Valentin comenta que ha estado allí, el mismo día y en el mismo lugar, también después de años de no visitarlo, por supuesto ha tomado una foto muy parecida, que de inmediato muestra a Ingo.

Y las muertes.

Resulta que ese lugar en el que se ven vistas tan bonitas de Graz y desde el cual se atisban los Alpes, que fue usado entre el siglo XI y el siglo XVIII  como lugar estratégico para la defensa de la ciudad, es también favorito de los suicidas, que, según me informa Ingo, juntos forman una de las estadísticas más altas de Europa Central. ¿Por qué será que alguna gente le gusta rodearse de sitios bellos para quitarse la vida? Me cuesta encontrar la respuesta porque yo ahí me sentí muy viva.

jueves, abril 21, 2016

Nada será como lo planeaste

La segunda historia que me llevó a Berlín y luego a Graz, Austria va así.

Llevaba yo un poco más de un año viviendo sola y ya había anidado tanto que comenzaba a temer lo peor: como el más clásico de los clichés, compraría mi primer gato, después otro y después otro hasta convertirme en la loca de los gatos para envejecer junto a ellos. Sabía por teoría y por experiencia que vivir sola no es lo mismo que vivir junto a uno mismo, sabía que lo segundo es solitud, sentirse completo, pleno y feliz sin la compañía de alguien más, peludo o no, sin embargo quería retarme.

Hace unos meses le dije a mi abuela Ana María que si uno quiere avanzar en la vida debe buscarse problemas. Ella me miró con cara de “eso no se oye bien” y en últimas tenía razón. Lo que realmente quería decir en ese momento es que si uno quiere crecer, en vez de juntar arrugas y canas, necesita plantearse desafíos y yo estaba lista para el siguiente.

Desde antes de mi viaje a Brasil, en abril de 2013, había hecho intentos tímidos de hospedar en mi casa a un completo extraño. La primera vez invité a un estadounidense de ascendencia latina pero al final encontró otro anfitrión y yo respiré aliviada. El siguiente intento fue con un brasilero radicado en Canadá desde los 90s. Su inglés era tan perfecto que al comienzo creí que era canadiense. Casi sin darme cuenta lo invité a mi casa un viernes o un sábado en la noche para tomar vino, pero aunque apareció en mi puerta con una botella entera, nos quedamos hasta la madrugada hablando y tomando té por un tratamiento odontológico que le impedía tomar alcohol. Además de sus consejos para prestar/rentar mi habitación extra con seguridad, me regaló la historia de su obsesión con los carros solares, que lo llevó a construir uno y a cruzar el Ártico a bordo de él. Luego de un par de encuentros con Marcelo escribí un artículo brevísimo resumiendo su historia para la revista en la que trabaja un amigo.

Todo eso estaba muy bien, pero la misión seguía sin cumplirse.

Para mi nuevo intento analicé el escenario tanto como pude. Llegué a la conclusión de que el mejor modo de invitar a un extraño a mi casa sería escogiéndolo yo, no a la inversa. Revisé en Couchsurfing la lista de personas que necesitaban alojamiento para las fechas venideras, luego me fijé en los que tenían más referencias positivas y escogí a un hombre, porque la mayoría de mis amigos lo son y me siento más segura con ellos que con las mujeres. A continuación envié el mensaje de pre-bienvenida.

El hombre que lo recibió agradecía mi invitación pero no la aceptaba de inmediato. Yo de nuevo respiraba aliviada pensando que al fin y al cabo había tenido una buena intención, que era lo que contaba, pero pensando también que una vez más podría aplazar la prueba que me había auto-impuesto. Básicamente su mensaje decía que ya tenía otra invitación para pasar unos días en Bogotá y que por lo tanto me dejaría saber más adelante, cuando la fecha de su llegada estuviera más cerca, si necesitaría o no mi habitación.

Las semanas pasaron, yo me olvidé un poco del asunto pero el asunto no se olvidó de nosotros.

La llegada del desconocido era inminente. Me había escrito diciéndome que sus planes de viaje habían cambiado un poco y que por lo tanto quería extender su estadía en Bogotá. Mi invitación le venía muy bien. En alguno de los mensajes que le envié le dije que sólo tenía una condición: quería conocerlo antes de que fuera a quedarse a mi casa. Para mis adentros pensaba “si lo conozco y me parece un maniático sexual / asesino serial le pago un par de noches en un hotel por pura cortesía pero ni muerta lo llevo a mi casa”. De dientes para afuera seguía cruzando los dedos para que su primer anfitrión se enamorara de él y no quisiera dejarlo salir de su casa, pero esto no pasó.

La primera prueba llegó. En Brasil no había tenido la mejor de las experiencias tratando de hablar en inglés y con aquello de que el portugués se parece tanto al español, apenas y me había hecho falta hablar todo el día en un idioma extranjero, por eso cuando tuve que atender su llamada en inglés comencé a sudar frío. Mientras escuchaba su acento teutón marcado me preguntaba si sería capaz de seguir adelante con mi prueba.

Nos citamos en el Museo del Oro. Allí conocí a Roberto, su primer anfitrión en Bogotá, y a su novia. Lo que más me llamó la atención fue que se veía muy distinto de su foto de perfil, se veía mejor y más amigable. Después de despedir a Roberto y a su novia, caminamos un poco por el centro y la carrera séptima hacia el norte. Al hablar con él me di cuenta de que me inspiraba confianza y de que sería capaz de dejarlo dormir en la habitación de huéspedes. Mi decisión estaba tomada pero él seguro sentía ansiedad porque estaba en algo parecido a una entrevista de trabajo. Luego de comer en (yo sé, es vergonzoso) mcdonalds cogimos un bus de transmilenio con el acuerdo explícito de que dentro de poco llegaría a mi casa para ser mi huésped. Ya no podía echarme para atrás.

La noche en que lo esperaba llovía a cántaros. Le ofrecí recogerlo en uno de los centros comerciales que están cerca de mi casa y aceptó. A la puerta llegué con un paraguas grande y mis botas de lluvia rosadas que de inmediato le gustaron. Caminamos por el parque que está entre mi casa y el centro comercial al tiempo que él se ofrecía a dejarse mojar por el agua de los charcos que los carros levantaban tanto como podían, al fin y al cabo él ya venía lavado de la casa de Roberto. Me preguntó si había agua caliente en mi casa y sí. El instinto maternal que me caracteriza me había empujado a ordenar tanto como pude la casa en general y en particular la habitación que él usaría: allí lo esperaban toallas y sábanas limpias para que descansara del recorrido que había hecho en transporte público con una mochila enorme sobre los hombros. Sin embargo no todo fue tan idílico.

Más o menos una semana después de que Ingo llegara a mi casa sufrí otro clásico: indigestión por emociones fuertes. Hasta hace poco siempre que alguien venía a dormir a mi casa la primera noche no dormía bien, incluso si iba a dormir mi mejor amigo. Mis bigotes de gata sensible me hacían percibir todo el tiempo que había algo raro en mi ambiente. Sólo después de dos o tres noches podía volver a dormir con normalidad y con él no fue la excepción. La acumulación de cambios, la modificación de hábitos y el verme forzada a hablar en inglés todo el tiempo hicieron que un día me levantara con náuseas y sin ganas de comer. Al menos esa vez no vomité.

Además de estar preocupada por mi salud me preocupaba que Ingo se quedara sin comer porque no podía acompañarlo al restaurante a pedir un plato vegetariano, pues él era vegetariano −ahora es vegano− y no hablaba ni pizca de español. Tras darse cuenta de la situación dijo que todo estaba bien, que ese día comería otras cosas que había comprado con antelación y más tarde me acompañó en mi visita al supermercado más cercano, cuando ya me sentí mejor para salir a la calle.

Y luego de cuatro noches…

El acuerdo inicial era que podría quedarse máximo cuatro noches, luego discutiríamos si podía extender su estadía o no. Habiendo visto que no íbamos a matarnos y que aunque no se bañaba a diario como la mayoría de los latinos –hasta que llegamos a Europa y adoptamos las costumbres locales− su compañía era agradable, acepté que se quedara una semana en total. Me parece que fue en ese lapso cuando los ladrones “lo bautizaron”. Ingo ya había decidido quedarse en Bogotá una temporada larga y estaba buscando una habitación para rentar. En una de sus visitas a La Candelaria, en plena hora pico y en un bus llenísimo de Transmilenio, hombres con manos de seda le sacaron el celular del bolsillo. Esa noche llegó alterado por el robo. Yo aunque preocupada por el tema estaba aliviada porque no había vivido un momento violento, como nos ha pasado a muchos bogotanos en circunstancias parecidas. Pensé que lo mejor era prepararle un té (como bien le enseñara a Sheldon Cooper su mamá) para que se sintiera mejor mientras él se encargaba de inhabilitar todas las contraseñas que habían quedado registradas en su teléfono. Esta experiencia además me llevó a hacerle una oferta no muy meditada, que me pagara a mí lo que iba a pagar en otro lugar, a él le interesó y yo entre la noche y el día pensé en una cifra. A la mañana siguiente rehuí el tema pero él insistió, dije un número y a él le pareció bien, con lo que comenzó una estadía de dos meses en los cuales lo acompañé a poner un denuncio de robo, pasó navidad con mi familia, hicimos un viaje corto y estuvo en la celebración de mi cumpleaños.

Varios meses después, durante los cuales lo recibí una noche más para que hiciera una escala larga antes de ir a Cuba, antes de finalizar su viaje por el mundo de casi tres años, vino su invitación. Me envió fotos de la que sería mi cama en su casa y en alguna charla por Skype me hizo un recorrido virtual por su apartamento. En ese punto todo era pura imaginación, sueños, ilusiones si se quiere. Yo quería venir a Europa pero no sabía cómo ni cuándo, sólo sabía que quería hacerlo.

Los detalles prosaicos, aunque existen y son muchísimos, ahora no vienen al caso. El punto acá es que estoy escribiendo esto en la cocina de su casa en Graz, Austria, una ciudad chiquita físicamente pero enorme culturalmente.

En Berlín me dijeron más de una vez que les parecía un error que planeara pasar tanto tiempo aquí pero lo cierto es que, como me pasó en Praia do Rosa, Brasil, confirmé otra vez que tenía razón. Anoche, mientras compraba pasajes para el resto de mi viaje, Ingo me dijo que he encajado tan bien aquí que parece que llevara años viviendo en este lugar. Yo sólo sé que hoy salí a caminar por el barrio y la primavera me trajo olores de infancia, olores de felicidad.

Muchas veces me siento en medio de un sueño, uno que no sé quién sueña. Intento quitarme los dedos para saber si es un sueño lúcido pero no lo logro, hago otras pruebas de realidad como recapitular despierta y nada, no pasa nada. No me queda más remedio que creer que es verdad, que esta es la realidad que debo vivir, la que debo abrazar en este preciso momento.


La vista desde la ventana a mi izquierda.

domingo, abril 10, 2016

Instrucciones para conocer al amor de su vida

Es bien sabido que Cupido es un dios caprichoso y juguetón, por eso para atrapar alguna de sus flechas y dirigirla en  el sentido deseado es necesario hacer algunas trampas. Lo primero será asegurarse de tener un día malo, preferiblemente de mierda, pues la vida sólo premia a quienes se arriesgan en serio y esas personas son las mismas que muchas veces se sienten derrotadas justo antes de recibir la recompensa, por lo tanto este procedimiento tendrá mejores resultados si se completa un día de esperanzas rotas o miedos abundantes.

Lo que sigue es ir a Berlín en los primeros días de la primavera, salir de casa sin abrigo y buscar la estación de tren Ostbahnhof, famosa por producir historias románticas del tipo Before Sunrise. Allí él o la interesada deberá esperar hasta que se haga de noche, ojalá en un momento en que el servicio de transporte público sea caótico e intermitente.  Luego, cuando el frío sea insoportable, deberá tomar el primer tren disponible para hacer tiempo y calentarse mientras es la hora de llegada de su tren definitivo, ese que lo llevará a su sucucho en las afueras de la ciudad.

Antes de abordar el vehículo conviene elegir a una pareja potencial en la plataforma, pero, contrario a lo que se creería, las sonrisas no son aconsejables. Si el extraño que luego será padre o madre de sus retoños le mira de vuelta, evite lucir afable o accesible, en cambio mírele como si fuera responsable de todas las desgracias de su día. A continuación entre al vagón vacío junto al personaje escogido. 

Asegúrese de elegir un lugar en que pueda verle la cara de frente, luego, con aire soberbio, busque en sus bolsillos o en su cartera el aparato sin batería que usa para escuchar música. Este detalle es de importancia suma. Es necesario que olvide cargar con energía su reproductor de mp3 o su teléfono celular, pues si está funcional la otra mitad de la historia podría echarse a perder.

Con el aparato de música en sus manos, proceda a ponerse los audífonos para hacer como que va a oír su canción favorita, esa que siempre logra levantarle el ánimo. Al comprobar que no podrá completar esta acción putee y haga un gesto de rabia para que el que será el amor de su vida pueda burlarse de usted. Acto seguido intente desenredar el cable de los audífonos con toda la torpeza de la que sea capaz, esto hará reaccionar a su futura pareja y entonces usted podrá lanzarle el accesorio exigiéndole que lo ponga en orden en lugar de hacerse el divertido. 

Las instrucciones siguientes deberán ser seguidas por la otra parte.

Con los audífonos en sus manos, palmee el lugar vacío a su lado para que el dueño o dueña del accesorio se siente allí. Advierto que quizás sienta repulsa, vergüenza o miedo, sea como fuere aguante la emoción que surja, pues este paso es imprescindible para el florecimiento del romance.
Cuando termine de desenredar el cable de los audífonos, entréguelos al dueño mientras le mira con cara de quierobesarteyamismo. Su contraparte sabrá que es momento de esquivar sus labios para refugiarse en su pecho, a lo que seguirá una fase de caricias tipo mascota que calmarán a la víctima de un día malo.

Llegada la calma será necesario dar besos dulces, inocentes e inolvidables, de preferencia durante el recorrido completo del tren, desde Ostbahnhof hasta el destino de cualquiera de los dos y de nuevo en dirección inversa. 

La charla llevará a una propuesta: caminar en medio de la noche a través del bosque oscuro para llegar donde vive uno de ustedes. El invitado, yendo en contra del sentido común, pero siguiendo su intuición, se adentrará en un camino largo y silencioso que llevará a una casa enorme, con patios, terrazas e innumerables habitaciones y que se alza en un punto donde la visión de venados y zorros es algo cotidiano. El camino, que debe recorrerse dando besos simultáneamente, se transformará en un evento bisagra, que marcará el fin de una etapa, el comienzo de otra y uno de los escenarios de una historia que de tanto ser contada ahora es leyenda urbana. 

sábado, abril 09, 2016

¿Me lo imaginé o realmente pasó?

Mexicana y colombiana van a mercado turco en Kreuzberg, Berlín. Llegan a puesto de té atendido por un hombre de Egipto, mientras están ahí aparecen dos alemanes, un danés y un turco. Uno de los alemanes habla con ellas en español y, junto al danés enloquece al saber que una de ellas es de Bogotá. Vivió allí y trabajó en un barrio desfavorecido. Habla con acento argentino porque aprendió español en Buenos Aires. Se despide en una mezcla de gestos alemanes y colombianos. Da la mano y luego un beso en la mejilla. La mexicana y la colombiana son invitadas a tomar té a la tienda del egipcio. Aceptan.

En la noche la colombiana habla con su casero, este le cuenta que la casa donde está durmiendo era la parte de servicio de una casa más grande, que conectaba con el edificio vecino. Según una leyenda urbana este inmueble, diseñado por un arquitecto teósofo alrededor de 1900, fue la residencia de una amante de Joseph Goebbels, ministro de propaganda durante el gobierno de Hitler. En ese entonces en las calles cercanas podían verse autos de militares esperando a que el político saliera.

martes, abril 05, 2016

Lo mejor es no esperar nada

La historia de cómo y cuándo llegué a Berlín empieza con otras dos. Ahora es momento de contar la primera.

Era 2005 o 2006 y yo me había fascinado con los blogs. Abrí uno tras otro para escribir de temáticas distintas. En uno de ellos, limpia-mente, publiqué un relato acerca del ritual que sigo para tender la cama. Meses más tarde, Diana, quien ahora me hospeda, lo encontró, lo leyó, le gustó y decidió buscar mi dirección de correo electrónico para decírmelo. En ese momento no lo sabía pero luego vendrían charlas por Skype hasta las tantas de la madrugada, confesiones acerca de novios y amantes y, por supuesto, promesas de conocernos un día donde la vida nos juntara. Promesas porque al final lo cumplimos, pero no como lo planeamos.

Había un plan y pasó lo de siempre, la vida hizo lo que quiso con él. Con Diana habíamos planeado vernos en el aeropuerto a mi llegada pero eso no pasó. Para comenzar llegué esperando el trámite engorroso de migración, el segundo, pues ya había hecho uno en Ámsterdan. Lo primero que me pareció extraño fue que me dejaran recoger mi maleta antes de ir a entrevistarme con el funcionario. La recogí de la banda en poco tiempo y crucé la primera barrera de seguridad y después… después estaba lista para salir a la calle a coger bus, metro o caminar, así, sin más. En Ámsterdam sólo me habían preguntado qué iba a hacer acá, si iba a quedarme con amigos y si podía mostrar mi tiquete de regreso. No quisieron ver mi seguro de viajes, cartas de invitación ni tarjetas de crédito. Sin más sellaron mi pasaporte. Ni siquiera marcaron la cantidad de días que puedo quedarme acá. Sin embargo las brujas me esperaban.

Mi última noche en Bogotá antes de viajar vi brujas en mis alucinaciones hipnagógicas. No eran brujas divertidas como yo sino el arquetipo típico del cuento de hadas. Sé que son mías, que hacen parte de mi identidad por lo tanto las abracé imaginariamente y me dormí confiando, pero despierta. Preparada para lo que vendría más adelante.

Después de desembarcar esperé a Diana durante más de una hora y mientras trataba de averiguar psíquicamente qué pasaba sólo me venía a la cabeza el nombre de Lina, una amiga que vive en NYC. Aquella vez también tuve que esperar para que me recogieran, así que pensé que algo le había pasado, pues claramente una amiga que te asesoró durante todo el proceso de organizar tu viaje, compró cobija nueva y calentó su casa para recibirte no te va a dejar plantada así, sin más. Ni en un cuento lo creerías. Simplemente sería inverosímil.

Esperé más y Diana no llegó. Al final le pedí por favor a un chico que llamara a su número pero no hubo respuesta. Me sugirió tomar un taxi y llegar a su casa sin más. Podía hacerlo pero quería evitar lo que al final pasó, que nos cruzáramos y las dos estuviéramos ansiosas durante horas. Salí, agarré un taxi y llegué a su casa, sólo para descubrir que me hacía falta el número del apartamento. Esperé una hora y media más, entretanto entendí porque un antiguo huésped decía que los alrededores de mi casa son ruidosos.  En ese tiempo vi pasar a algo así como 25, 30 personas. La calle era tan tranquila que ya había pensado que si iba a tomar un taxi hasta mi segunda referencia tendría que ser en una avenida que estaba a tres cuadras. En Berlín, así sea hora pico/punta los conductores no te estallan los tímpanos pitando, además a cada rato vez gente andando en bicicleta.

Aunque había planeado quedarme hasta las 20:00 esperando a las 19:30 comenzó a hacer frío. Durante ese rato le había echado un ojo a mi maleta sólo para descubrir que “la habían violado”, como dice Diana, una práctica que también por ella supe que es muy común y no, no es por ser colombiana, mexicana o en general latina, a su marido, europeo, le ha pasado lo mismo. Ya más tarde me encargaré de hacer el reclamo. Ahora sigo con cosas menos prosaicas.

Durante mi espera elegí no revisar mi maleta maltratada. Sólo me alteraría más y no resolvería nada en la calle. Me dediqué mejor a decir mantras y cuando fueron las 19:30 me fui a buscar un taxi. Me subí a uno conducido por un hombre de palestina. Un hombre muy amable, padre de cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres, y que no va a su país hace veinte. (Sí, mi poder de persuasión funciona en todas partes.) Salvo por un conductor de bus churrísimo que vi anoche, comienzo a pensar que los conductores profesionales son todos inmigrantes, pero quizás sean prejuicios de recién llegada.
El hombre me llevó a casa de Luis, mi huésped para otras noches según mi itinerario. Timbré en su casa y me abrió. Luego me diría que eso era muy raro, que él no abre la puerta así porque sí sin que lo llamen antes pero que algo sintió y que por eso abrió. Confundido pero cálido me dijo que me esperaba para dentro de un par de noches, que su última huésped acababa de irse pero que de todos modos podía quedarme si esperaba a que arreglara la habitación. Un poco confundida yo también, le expliqué lo que había pasado. La llamó a Diana y poco a poco todos comenzamos a desatar el nudo. Me parece que en ese punto varias personas, que conocen a Diana y que me conocen a mí comenzaron a dudar de nuestra salud mental, creyendo que ambas teníamos amigas imaginarias que nadie podía ver.

Diana fue a recogerme pero en el camino subió a un bus que nunca había usado y para colmo, cuando se alejaba del aeropuerto, descubrió eso, iba en la dirección contraria. Cuando llegó y no me encontró hizo lo que yo, fue a casa y envió a su marido a esperarme, sólo que ninguno contó con otro detalle importantísimo: en Berlín hay direcciones repetidas. Yo estaba en el número 17 de la calle correcta pero en otro barrio, o sea en dimensiones paralelas. Al final Diana me recogió en casa de Luis, hubo distribución salomónica de regalos y yo por un momento fui protagonista y testigo de mi vida: Diana hablaba con Luis como si se conocieran de toda la vida, pero el encuentro me tuvo a mí como motivo y yo veía sin ver, casi sin estar, como espía sabiendo eso, que era posible porque yo estaba ahí pero recordando que yo también soy un sueño. Un holograma.

Y hoy tampoco sé que va a pasar. Sólo sé que voy a seguir fluyendo, a seguir sintiendo esta ciudad onírica y a seguir teniendo la sensación de que estoy en casa.

La fachada del edificio donde NO me estoy quedando.