domingo, abril 24, 2016

Las ruinas del Castillo Göstinger, un lugar para las sincronicidades y las muertes

Uno de mis pasatiempos favoritos es cazar sincronicidades, esas coincidencias casi imposibles que parecen darse porque sí para sacarte de la rutina, para romper a patadas tus esquemas mentales. A veces creo que soy tan adicta a estas cosas que las busco sólo por la emoción, por la capacidad que tienen de darle a tu vida esa sensación de novela escrita por alguien más. Y en este caso la novela tiene algunas escenas en un castillo.

No soy muy amiga de las atracciones turísticas pero tampoco voy a negar que me gusta buscar guías y mapas para ubicarme en los lugares. Esta vez planeé poco este viaje y no me traje una colección de pequeños mapas digitales para llegar a los sitios que quería visitar. En Europa me he dejado llevar, he puesto en práctica mi intuición y así elegí las ruinas.

Antes ya me había sentido atraída a lugares como este. En Rio de Janeiro, por ejemplo, visité el Parque das Ruinas, que eran ruinas en serio, arregladitas y convertidas en un mirador. En ese lugar también había unos espacios para hacer eventos culturales pero nada más. El atractivo principal era la vista a la ciudad, pero en Europa las ruinas me sorprendieron.

Vine con la típica idea de ver castillos, mansiones, palacios y los vi, pero aunque las afueras de Schloss Eggenberg me conmovieron hasta las lágrimas y disfruté el recorrido por las habitaciones barrocas, no era lo que buscaba, no era mi lugar en Graz. No quiero ser malinterpretada. El Salón Planetario es absolutamente majestuoso y de algún modo entiendo que tengas que pagar 3000 euros para poder casarte allí, pero simplemente no era lo mío. Yo estaba buscando algo más.

El viernes pasado, con el tema de la compra de pasajes para la segunda mitad de mi viaje, tuve que ir a la Estación Principal. Terminado el trámite busqué un lugar para sentarme y guardar en un lugar seguro el papelito que hace las veces de pasabordo. Lo más cercano fue una banca en una de las paradas de bus que están cerca de la puerta. Organicé mis cosas, revisé las cuentas que siempre llevo cuando estoy viajando para no salirme del presupuesto y, sin ninguna idea fija en mente, revisé la guía turística que llevaba en mi mochila/morral. Entonces recordé las ruinas, pensé que aunque Ingo me había sugerido otros lugares ese podría ser un sitio interesante para ir. Revisé el nombre y el mapa. La información que daban no era mucha: tomar la línea 40 de buses para llegar allá pero no decían dónde. Justo cuando me preguntaba eso, ¿dónde tomar el bus?, miré a la derecha, al siguiente módulo de la parada. En el letrero que anuncia rutas y tiempo de espera estaba el nombre: Göstinger, me acerqué más y traté de adivinar la ruta. En el mismo letrero se anunciaba que el próximo bus saldría en un minuto, no lo pensé mucho más y cuando llegó me subí.

Ahora debo hacer una pausa para que se entienda cómo he navegado de un modo tan fluido en Berlín y en Graz. He leído –y ahora comprobado− que el nivel de consciencia de las ciudades depende del nivel de consciencia de sus habitantes. Esto, por supuesto, va amarrado a si esos habitantes tienen cubiertas o no sus necesidades básicas, a si sienten o no que deben luchar para conseguir lo mínimo para vivir, entonces como acá la pobreza es otra cosa y el estado asegura bastante más que en Latinoamérica la subsistencia de los ciudadanos, hay confianza. Básicamente para andar en transporte público se compra un papelito que da derecho a subir y bajar de buses, trenes de superficie y subterráneos durante unas horas, un día o varios días. Como yo he pasado al menos una semana en cada lugar he comprado el tiquete semanal porque me sale más barato y me permite moverme con bastante libertad. Lo que hay que hacer es meterlo en una máquina para que ponga el día y la hora en la que comienza a ser usado, luego uno se sube y se baja sin más de los aparatos estos, PERO no todo para aquí. Me han dicho que hay unos señores encargados de subirse a los vehículos a hacer revisiones sorpresa en las que les piden los tiquetes a las personas y si no los tienen los pueden multar, por lo que en tal caso tendrían que pagar 40 euros. Fin de la digresión y regreso a la historia inicial.

Intenté consultar la ruta a las Ruinas del Castillo Göstinger en el mapa pero fue inútil. Estaba en un lugar que no pudo ser incluido por estar alejado del centro histórico y porque la escala usada en el documento no daba para más. Pensé que lo más probable es que estuviese cerca del final de la ruta o que lo anunciaran por altavoz en inglés como hacen con los lugares más turísticos de Graz, pero lo segundo no pasó. Anunciaron sí todas las paradas, pues así funciona el sistema aquí, sin embargo tuve que adivinar dónde bajarme, cosa que no fue difícil porque leí las señales informativas que había en el camino. Me bajé y busqué la subida. La guía decía que eran 20 minutos a pie pero en el poste al lado del camino decía que era media hora. Como no sabía si la media hora era en carro o a pie me dispuse a caminar tan rápido y tan energéticamente como pude. No sé cuánto me demoré, recuerdo sí que paré 4, 5 veces para tomar aire y seguir. Agradecí infinitamente el hábito que he adoptado de caminar en las mañanas y seguí disfrutando el camino.

El castillo, que se veía muchísimo mejor de lo que esperaba, estaba a mi izquierda. A mi derecha había un indicador que decía había un altar o algo religioso en todo caso, hecho fácilmente explicable teniendo en cuenta que este país es súper católico, quizás tanto como Colombia, algo que también se nota en “Grüß Gott”, expresión usada para saludar formalmente en restaurantes, tiendas, etc., y que puede traducirse como “saludando a Dios” o “saludos a Dios”. El punto es que decidí ir primero a un pequeño mirador que estaba absolutamente desocupado. Al fin y al cabo era viernes poco después de mediodía y si la gente visita ese lugar lo hace sobre todo durante los fines de semana. Allí pude decir algo que es una realidad para mí en situaciones como esa “por esto es que viajo en temporada baja, para tener todo el lugar para mí”. Ahí vi hacia abajo la ciudad, los trenes yendo y viniendo y, por supuesto, los Alpes a lo lejos. Después de un rato allí fui a otro lugar.

A esto le llaman un castillo en ruinas. Hay que ver los que están "enteros" para entender el concepto.
Carreteras de Graz en primer plano y los Alpes muy al fondo.

Siguiendo otra señal y el sendero correspondiente encontré un altar, por llamarlo de alguna manera. Al frente de este había un par de bancas. Me senté en una a meditar un rato y luego fui por el plato fuerte: el castillo.

Lo recorrí despacio, sin prisas, como disfrutando un postre o un plato exquisito. Al llegar me desanimé porque vi demasiada gente, pronto descubrí que era un grupo escolar en una salida ídem. Busqué lo que en traducción directa sería una taberna, que no es tan feo como se oye, es simplemente un restaurante modesto con vistas espectaculares hacia la ciudad. Me senté un rato y observé. Pedí algo que luego supe era una gaseosa y después, justo en el momento en que pensaba “necesito un baño” miré a la derecha y ahí estaba, uno seco y que no olía nada rico, pero qué más da, era lo que necesitaba. Seguí caminando, recorriendo pasadizos al aire libre para luego entrar a la primera planta, que me llevaría a la capilla, diminuta, hermosa, encantadora, con escudos colgados a lado y lado. El sitio es absolutamente mágico. Ahí estuve unos minutos haciendo nada, viendo el altar desnudo y siendo.

Amor a primera vista.
Y a segunda también.
Vino el momento de subir a la torre. Algo que me sorprendió fue la señalización, austera pero completa. Hojas blancas con letras negras habían sido plastificadas para indicar en varios idiomas, incluso algunos asiáticos, el camino a la capilla y el que lleva a la torre. Y estaba allí, oyendo los pájaros, disfrutando la primavera, viendo Schlossberg (Monte del Castillo) a lo lejos y no queriendo estar en otro lugar.

Bajé y fui a recorrer otra zona que se veía desde la torre, con menos techos y muchas plantas. Las paredes hechas de rocas eran todo lo que necesitaba. No me interesaba estar en el lugar más famoso y más grande de Graz, para mí era suficiente con esas ruinas desconocidas y adorables.

De mi visita no hay mucho más para contar, me encaramé en un sitio para ver hacia abajo, vi un gato, otro sendero sin recorrer y me fui. Despacito, pensando algunos pasos más que otros y absolutamente dichosa por haber visitado un lugar así, tan poco resaltado en la guía. En casa me esperaban otras historias.

Ingo se sorprendió al saber que había llegado a ese lugar sin que él me diera indicaciones. Supongo que muy a menudo olvida que vengo de una ciudad monstruosamente grande que te prepara para moverte en ciudades europeas organizadas y que a tus ojos lucen como bonitos juguetes a escala real. Pasada la sorpresa me contó las sincronicidades de él con este sitio. Comienzan con el día en que nació.

En el hospital que su madre dio a luz había otra señora en la misma situación, esperando. Por casualidad Ingo y el otro niño nacieron el mismo día. Las madres se despidieron y no volvieron a saber nada la una de la otra hasta más o menos 20 años después.

La siguiente escena ocurriría en un restaurante cualquiera, elegido por una mujer hambrienta. El mesero, un chico amable y muy hablador, le hace un resumen de su vida, uno que incluye su fecha exacta de nacimiento. La mujer sorprendida, le cuenta que tiene un hijo que nació ese mismo día, ese hijo es Ingo y el mesero resulta ser el hijo de la otra mujer, aquella con la que alguna vez compartió habitación en un hospital. El vínculo está creado. Valentin e Ingo se llevan bien y de cuando en cuando se encuentran para hablar.

Un día Ingo decide visitar de nuevo las Ruinas del Castillo Göstinger, no ha ido allí desde que era un niño. Estando allí toma una foto del panorama con su celular y la sube a su página de facebook. Minutos más tarde Valentin comenta que ha estado allí, el mismo día y en el mismo lugar, también después de años de no visitarlo, por supuesto ha tomado una foto muy parecida, que de inmediato muestra a Ingo.

Y las muertes.

Resulta que ese lugar en el que se ven vistas tan bonitas de Graz y desde el cual se atisban los Alpes, que fue usado entre el siglo XI y el siglo XVIII  como lugar estratégico para la defensa de la ciudad, es también favorito de los suicidas, que, según me informa Ingo, juntos forman una de las estadísticas más altas de Europa Central. ¿Por qué será que alguna gente le gusta rodearse de sitios bellos para quitarse la vida? Me cuesta encontrar la respuesta porque yo ahí me sentí muy viva.

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