martes, abril 05, 2016

Lo mejor es no esperar nada

La historia de cómo y cuándo llegué a Berlín empieza con otras dos. Ahora es momento de contar la primera.

Era 2005 o 2006 y yo me había fascinado con los blogs. Abrí uno tras otro para escribir de temáticas distintas. En uno de ellos, limpia-mente, publiqué un relato acerca del ritual que sigo para tender la cama. Meses más tarde, Diana, quien ahora me hospeda, lo encontró, lo leyó, le gustó y decidió buscar mi dirección de correo electrónico para decírmelo. En ese momento no lo sabía pero luego vendrían charlas por Skype hasta las tantas de la madrugada, confesiones acerca de novios y amantes y, por supuesto, promesas de conocernos un día donde la vida nos juntara. Promesas porque al final lo cumplimos, pero no como lo planeamos.

Había un plan y pasó lo de siempre, la vida hizo lo que quiso con él. Con Diana habíamos planeado vernos en el aeropuerto a mi llegada pero eso no pasó. Para comenzar llegué esperando el trámite engorroso de migración, el segundo, pues ya había hecho uno en Ámsterdan. Lo primero que me pareció extraño fue que me dejaran recoger mi maleta antes de ir a entrevistarme con el funcionario. La recogí de la banda en poco tiempo y crucé la primera barrera de seguridad y después… después estaba lista para salir a la calle a coger bus, metro o caminar, así, sin más. En Ámsterdam sólo me habían preguntado qué iba a hacer acá, si iba a quedarme con amigos y si podía mostrar mi tiquete de regreso. No quisieron ver mi seguro de viajes, cartas de invitación ni tarjetas de crédito. Sin más sellaron mi pasaporte. Ni siquiera marcaron la cantidad de días que puedo quedarme acá. Sin embargo las brujas me esperaban.

Mi última noche en Bogotá antes de viajar vi brujas en mis alucinaciones hipnagógicas. No eran brujas divertidas como yo sino el arquetipo típico del cuento de hadas. Sé que son mías, que hacen parte de mi identidad por lo tanto las abracé imaginariamente y me dormí confiando, pero despierta. Preparada para lo que vendría más adelante.

Después de desembarcar esperé a Diana durante más de una hora y mientras trataba de averiguar psíquicamente qué pasaba sólo me venía a la cabeza el nombre de Lina, una amiga que vive en NYC. Aquella vez también tuve que esperar para que me recogieran, así que pensé que algo le había pasado, pues claramente una amiga que te asesoró durante todo el proceso de organizar tu viaje, compró cobija nueva y calentó su casa para recibirte no te va a dejar plantada así, sin más. Ni en un cuento lo creerías. Simplemente sería inverosímil.

Esperé más y Diana no llegó. Al final le pedí por favor a un chico que llamara a su número pero no hubo respuesta. Me sugirió tomar un taxi y llegar a su casa sin más. Podía hacerlo pero quería evitar lo que al final pasó, que nos cruzáramos y las dos estuviéramos ansiosas durante horas. Salí, agarré un taxi y llegué a su casa, sólo para descubrir que me hacía falta el número del apartamento. Esperé una hora y media más, entretanto entendí porque un antiguo huésped decía que los alrededores de mi casa son ruidosos.  En ese tiempo vi pasar a algo así como 25, 30 personas. La calle era tan tranquila que ya había pensado que si iba a tomar un taxi hasta mi segunda referencia tendría que ser en una avenida que estaba a tres cuadras. En Berlín, así sea hora pico/punta los conductores no te estallan los tímpanos pitando, además a cada rato vez gente andando en bicicleta.

Aunque había planeado quedarme hasta las 20:00 esperando a las 19:30 comenzó a hacer frío. Durante ese rato le había echado un ojo a mi maleta sólo para descubrir que “la habían violado”, como dice Diana, una práctica que también por ella supe que es muy común y no, no es por ser colombiana, mexicana o en general latina, a su marido, europeo, le ha pasado lo mismo. Ya más tarde me encargaré de hacer el reclamo. Ahora sigo con cosas menos prosaicas.

Durante mi espera elegí no revisar mi maleta maltratada. Sólo me alteraría más y no resolvería nada en la calle. Me dediqué mejor a decir mantras y cuando fueron las 19:30 me fui a buscar un taxi. Me subí a uno conducido por un hombre de palestina. Un hombre muy amable, padre de cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres, y que no va a su país hace veinte. (Sí, mi poder de persuasión funciona en todas partes.) Salvo por un conductor de bus churrísimo que vi anoche, comienzo a pensar que los conductores profesionales son todos inmigrantes, pero quizás sean prejuicios de recién llegada.
El hombre me llevó a casa de Luis, mi huésped para otras noches según mi itinerario. Timbré en su casa y me abrió. Luego me diría que eso era muy raro, que él no abre la puerta así porque sí sin que lo llamen antes pero que algo sintió y que por eso abrió. Confundido pero cálido me dijo que me esperaba para dentro de un par de noches, que su última huésped acababa de irse pero que de todos modos podía quedarme si esperaba a que arreglara la habitación. Un poco confundida yo también, le expliqué lo que había pasado. La llamó a Diana y poco a poco todos comenzamos a desatar el nudo. Me parece que en ese punto varias personas, que conocen a Diana y que me conocen a mí comenzaron a dudar de nuestra salud mental, creyendo que ambas teníamos amigas imaginarias que nadie podía ver.

Diana fue a recogerme pero en el camino subió a un bus que nunca había usado y para colmo, cuando se alejaba del aeropuerto, descubrió eso, iba en la dirección contraria. Cuando llegó y no me encontró hizo lo que yo, fue a casa y envió a su marido a esperarme, sólo que ninguno contó con otro detalle importantísimo: en Berlín hay direcciones repetidas. Yo estaba en el número 17 de la calle correcta pero en otro barrio, o sea en dimensiones paralelas. Al final Diana me recogió en casa de Luis, hubo distribución salomónica de regalos y yo por un momento fui protagonista y testigo de mi vida: Diana hablaba con Luis como si se conocieran de toda la vida, pero el encuentro me tuvo a mí como motivo y yo veía sin ver, casi sin estar, como espía sabiendo eso, que era posible porque yo estaba ahí pero recordando que yo también soy un sueño. Un holograma.

Y hoy tampoco sé que va a pasar. Sólo sé que voy a seguir fluyendo, a seguir sintiendo esta ciudad onírica y a seguir teniendo la sensación de que estoy en casa.

La fachada del edificio donde NO me estoy quedando.


3 comentarios:

Andrés Meza Escallón dijo...

¿Lo de las direcciones repetidas es porque antes de la caída del Muro eran dos Berlín independientes? En todo caso, qué bueno que funcionó el plan B.

Johanna Pérez Vásquez dijo...

Acabo de preguntarle a Diana y dice que sí, que es por eso. Gracias por ser lector fiel. :)

Maria Cristina Pérez dijo...

Que buenos saber que aunque parezca inquietante el comienzo se torno al final agradable y amigable para todos. Ahora que el universo se confabule para que todo salga super... en adelante.