jueves, abril 21, 2016

Nada será como lo planeaste

La segunda historia que me llevó a Berlín y luego a Graz, Austria va así.

Llevaba yo un poco más de un año viviendo sola y ya había anidado tanto que comenzaba a temer lo peor: como el más clásico de los clichés, compraría mi primer gato, después otro y después otro hasta convertirme en la loca de los gatos para envejecer junto a ellos. Sabía por teoría y por experiencia que vivir sola no es lo mismo que vivir junto a uno mismo, sabía que lo segundo es solitud, sentirse completo, pleno y feliz sin la compañía de alguien más, peludo o no, sin embargo quería retarme.

Hace unos meses le dije a mi abuela Ana María que si uno quiere avanzar en la vida debe buscarse problemas. Ella me miró con cara de “eso no se oye bien” y en últimas tenía razón. Lo que realmente quería decir en ese momento es que si uno quiere crecer, en vez de juntar arrugas y canas, necesita plantearse desafíos y yo estaba lista para el siguiente.

Desde antes de mi viaje a Brasil, en abril de 2013, había hecho intentos tímidos de hospedar en mi casa a un completo extraño. La primera vez invité a un estadounidense de ascendencia latina pero al final encontró otro anfitrión y yo respiré aliviada. El siguiente intento fue con un brasilero radicado en Canadá desde los 90s. Su inglés era tan perfecto que al comienzo creí que era canadiense. Casi sin darme cuenta lo invité a mi casa un viernes o un sábado en la noche para tomar vino, pero aunque apareció en mi puerta con una botella entera, nos quedamos hasta la madrugada hablando y tomando té por un tratamiento odontológico que le impedía tomar alcohol. Además de sus consejos para prestar/rentar mi habitación extra con seguridad, me regaló la historia de su obsesión con los carros solares, que lo llevó a construir uno y a cruzar el Ártico a bordo de él. Luego de un par de encuentros con Marcelo escribí un artículo brevísimo resumiendo su historia para la revista en la que trabaja un amigo.

Todo eso estaba muy bien, pero la misión seguía sin cumplirse.

Para mi nuevo intento analicé el escenario tanto como pude. Llegué a la conclusión de que el mejor modo de invitar a un extraño a mi casa sería escogiéndolo yo, no a la inversa. Revisé en Couchsurfing la lista de personas que necesitaban alojamiento para las fechas venideras, luego me fijé en los que tenían más referencias positivas y escogí a un hombre, porque la mayoría de mis amigos lo son y me siento más segura con ellos que con las mujeres. A continuación envié el mensaje de pre-bienvenida.

El hombre que lo recibió agradecía mi invitación pero no la aceptaba de inmediato. Yo de nuevo respiraba aliviada pensando que al fin y al cabo había tenido una buena intención, que era lo que contaba, pero pensando también que una vez más podría aplazar la prueba que me había auto-impuesto. Básicamente su mensaje decía que ya tenía otra invitación para pasar unos días en Bogotá y que por lo tanto me dejaría saber más adelante, cuando la fecha de su llegada estuviera más cerca, si necesitaría o no mi habitación.

Las semanas pasaron, yo me olvidé un poco del asunto pero el asunto no se olvidó de nosotros.

La llegada del desconocido era inminente. Me había escrito diciéndome que sus planes de viaje habían cambiado un poco y que por lo tanto quería extender su estadía en Bogotá. Mi invitación le venía muy bien. En alguno de los mensajes que le envié le dije que sólo tenía una condición: quería conocerlo antes de que fuera a quedarse a mi casa. Para mis adentros pensaba “si lo conozco y me parece un maniático sexual / asesino serial le pago un par de noches en un hotel por pura cortesía pero ni muerta lo llevo a mi casa”. De dientes para afuera seguía cruzando los dedos para que su primer anfitrión se enamorara de él y no quisiera dejarlo salir de su casa, pero esto no pasó.

La primera prueba llegó. En Brasil no había tenido la mejor de las experiencias tratando de hablar en inglés y con aquello de que el portugués se parece tanto al español, apenas y me había hecho falta hablar todo el día en un idioma extranjero, por eso cuando tuve que atender su llamada en inglés comencé a sudar frío. Mientras escuchaba su acento teutón marcado me preguntaba si sería capaz de seguir adelante con mi prueba.

Nos citamos en el Museo del Oro. Allí conocí a Roberto, su primer anfitrión en Bogotá, y a su novia. Lo que más me llamó la atención fue que se veía muy distinto de su foto de perfil, se veía mejor y más amigable. Después de despedir a Roberto y a su novia, caminamos un poco por el centro y la carrera séptima hacia el norte. Al hablar con él me di cuenta de que me inspiraba confianza y de que sería capaz de dejarlo dormir en la habitación de huéspedes. Mi decisión estaba tomada pero él seguro sentía ansiedad porque estaba en algo parecido a una entrevista de trabajo. Luego de comer en (yo sé, es vergonzoso) mcdonalds cogimos un bus de transmilenio con el acuerdo explícito de que dentro de poco llegaría a mi casa para ser mi huésped. Ya no podía echarme para atrás.

La noche en que lo esperaba llovía a cántaros. Le ofrecí recogerlo en uno de los centros comerciales que están cerca de mi casa y aceptó. A la puerta llegué con un paraguas grande y mis botas de lluvia rosadas que de inmediato le gustaron. Caminamos por el parque que está entre mi casa y el centro comercial al tiempo que él se ofrecía a dejarse mojar por el agua de los charcos que los carros levantaban tanto como podían, al fin y al cabo él ya venía lavado de la casa de Roberto. Me preguntó si había agua caliente en mi casa y sí. El instinto maternal que me caracteriza me había empujado a ordenar tanto como pude la casa en general y en particular la habitación que él usaría: allí lo esperaban toallas y sábanas limpias para que descansara del recorrido que había hecho en transporte público con una mochila enorme sobre los hombros. Sin embargo no todo fue tan idílico.

Más o menos una semana después de que Ingo llegara a mi casa sufrí otro clásico: indigestión por emociones fuertes. Hasta hace poco siempre que alguien venía a dormir a mi casa la primera noche no dormía bien, incluso si iba a dormir mi mejor amigo. Mis bigotes de gata sensible me hacían percibir todo el tiempo que había algo raro en mi ambiente. Sólo después de dos o tres noches podía volver a dormir con normalidad y con él no fue la excepción. La acumulación de cambios, la modificación de hábitos y el verme forzada a hablar en inglés todo el tiempo hicieron que un día me levantara con náuseas y sin ganas de comer. Al menos esa vez no vomité.

Además de estar preocupada por mi salud me preocupaba que Ingo se quedara sin comer porque no podía acompañarlo al restaurante a pedir un plato vegetariano, pues él era vegetariano −ahora es vegano− y no hablaba ni pizca de español. Tras darse cuenta de la situación dijo que todo estaba bien, que ese día comería otras cosas que había comprado con antelación y más tarde me acompañó en mi visita al supermercado más cercano, cuando ya me sentí mejor para salir a la calle.

Y luego de cuatro noches…

El acuerdo inicial era que podría quedarse máximo cuatro noches, luego discutiríamos si podía extender su estadía o no. Habiendo visto que no íbamos a matarnos y que aunque no se bañaba a diario como la mayoría de los latinos –hasta que llegamos a Europa y adoptamos las costumbres locales− su compañía era agradable, acepté que se quedara una semana en total. Me parece que fue en ese lapso cuando los ladrones “lo bautizaron”. Ingo ya había decidido quedarse en Bogotá una temporada larga y estaba buscando una habitación para rentar. En una de sus visitas a La Candelaria, en plena hora pico y en un bus llenísimo de Transmilenio, hombres con manos de seda le sacaron el celular del bolsillo. Esa noche llegó alterado por el robo. Yo aunque preocupada por el tema estaba aliviada porque no había vivido un momento violento, como nos ha pasado a muchos bogotanos en circunstancias parecidas. Pensé que lo mejor era prepararle un té (como bien le enseñara a Sheldon Cooper su mamá) para que se sintiera mejor mientras él se encargaba de inhabilitar todas las contraseñas que habían quedado registradas en su teléfono. Esta experiencia además me llevó a hacerle una oferta no muy meditada, que me pagara a mí lo que iba a pagar en otro lugar, a él le interesó y yo entre la noche y el día pensé en una cifra. A la mañana siguiente rehuí el tema pero él insistió, dije un número y a él le pareció bien, con lo que comenzó una estadía de dos meses en los cuales lo acompañé a poner un denuncio de robo, pasó navidad con mi familia, hicimos un viaje corto y estuvo en la celebración de mi cumpleaños.

Varios meses después, durante los cuales lo recibí una noche más para que hiciera una escala larga antes de ir a Cuba, antes de finalizar su viaje por el mundo de casi tres años, vino su invitación. Me envió fotos de la que sería mi cama en su casa y en alguna charla por Skype me hizo un recorrido virtual por su apartamento. En ese punto todo era pura imaginación, sueños, ilusiones si se quiere. Yo quería venir a Europa pero no sabía cómo ni cuándo, sólo sabía que quería hacerlo.

Los detalles prosaicos, aunque existen y son muchísimos, ahora no vienen al caso. El punto acá es que estoy escribiendo esto en la cocina de su casa en Graz, Austria, una ciudad chiquita físicamente pero enorme culturalmente.

En Berlín me dijeron más de una vez que les parecía un error que planeara pasar tanto tiempo aquí pero lo cierto es que, como me pasó en Praia do Rosa, Brasil, confirmé otra vez que tenía razón. Anoche, mientras compraba pasajes para el resto de mi viaje, Ingo me dijo que he encajado tan bien aquí que parece que llevara años viviendo en este lugar. Yo sólo sé que hoy salí a caminar por el barrio y la primavera me trajo olores de infancia, olores de felicidad.

Muchas veces me siento en medio de un sueño, uno que no sé quién sueña. Intento quitarme los dedos para saber si es un sueño lúcido pero no lo logro, hago otras pruebas de realidad como recapitular despierta y nada, no pasa nada. No me queda más remedio que creer que es verdad, que esta es la realidad que debo vivir, la que debo abrazar en este preciso momento.


La vista desde la ventana a mi izquierda.

0 comentarios: