miércoles, abril 27, 2016

¿Venecia o la cámara de aislamiento?

Europa lo tiene todo: lo bonito, lo feo, lo limpio, lo sucio (a veces demasiado), lo viejo (y qué bien lo cuidan) y lo maravilloso, por eso al venir aquí es muy fácil perderse, olvidar los objetivos y lo que importa. Esto último me pasó momentáneamente, por eso tuve que llamarme al orden a mí misma para no perder de vista mi rumbo.

Hace unos días Ingo y yo estábamos planeando la segunda mitad de mi viaje. Yo, ignorante de la geografía europea, no tenía ni idea de lo cerca que estaba de Budapest y de, sí, Venecia. Cuando tenía 13 años sufrí un enamoramiento intenso con el italiano, que me llevó a pedirle a mi mamá que me metiera a clases de italiano. Alguien me preguntó ¿para qué?,  y yo respondí lo que suelo decir “porque me gusta”. No necesito más razones. Me gusta hacer las cosas porque sí, por placer, por satisfacción propia así no haya una explicación para ello. Luego, no sé cómo ni cuándo, la vida suele mostrarme la razón debajo de mi “obsesión”. Pero no, todavía no voy a Italia.

Aunque la idea de quitarle el óxido a la gramática de mi italiano es encantadora no es lo que quiero ni lo que necesito en este momento. Suficiente he tenido con pensar y hablar todo el día en inglés, mientras intento aprender algo de alemán, como para irme ahora a reactivar mis conocimientos de otro idioma. Simplemente es demasiado para mí en este momento y no me interesa tener una intoxicación intelectual / emocional / Síndrome de Stendhal  o como prefieran llamarle, algo que seguramente sufriría si tuviera que ir a otro país del que conozco algo de su idioma, en el que tendría que pagar un platal por dormir en un cuarto de lo más peregrino o, peor todavía para mí, por dormir en uno compartido por gente de lo más olorosa. No señores, eso no es lo que quiero.

Aunque Venecia es Italia y es muy linda, no es mi sueño ni mi objetivo. Mi objetivo son los sueños. De haber ido a Italia habría ido a Rávena, pues allí C. G. Jung, uno de los maestros de lo onírico, tuvo una experiencia maravillosa en una iglesia chiquitita, pero Rávena no está tan cerca de Graz, así quedó descartada la bota.

Y entonces entra en escena el tanque de aislamiento.

Ingo o mejor conocido como Señor Solución (él solo se puso el apodo) después de que le dijera que lo que realmente quiero hacer es seguir enfocándome en lo onírico, en aprender más y en enseñar lo que sé me habló de este artefacto.

No recuerdo cómo o dónde volví a leer acerca de los tanques de aislamiento sensorial o tanques de flotación. Lo que sí sé es que cuando este concepto volvió a mi vida dije para mí “tengo que organizar un viaje a Estados Unidos para meterme a uno” y así lo dejé. Por lo que sabía sólo había aparatos de esos en ese país.

El tanque de aislamiento es una cápsula llena de agua con una concentración de sulfato de magnesio lo suficientemente alta como para poder acostarse dentro de él sin hundirse. Simula lo que le pasaría a uno en el Mar Muerto y ha sido usada con propósitos distintos. Yo, por supuesto, quería meterme en uno para explorar los estados intermedios entre la vigilia y el sueño. Ingo alguna vez tuvo esta experiencia, pero fue mucho antes de hacerse budista, comenzar a meditar y volverse vegano, por eso difícilmente podía contaminar mi percepción acerca del asunto. Además leerlo u oírlo no es lo mismo que vivirlo. Nunca lo será.

Los detalles de lo que pasó en mi primera flotación los publicaré en mi blog dedicado a fenómenos oníricos. Acá lo que quiero expresar es que aunque tener acceso a este aparato no fue barato –casi 50 euros− para mí valió totalmente la pena. El museo, porque el tanque está en el sótano del Museo de la Percepción, estaba a mi disposición. Fui la única visitante mientras floté y recorrí las dos salas que tiene, además la guía, una chica de la zona rural de Styria, me contó otro hecho fascinante de Graz: no todas las casas tienen baño.

Acá he entrado a cuatro casas y en tres de ellas he usado el baño. En ellas he confirmado que por una tendencia de construcción típica de los años 70, el baño donde uno se baña y el lavamanos comparten habitación, pero la parte faltante, la de los olores y los gestos, está en otro lado, en otra habitación. La guía me explicó que aquí hay casas tan viejas que fueron construidas sólo con sanitarios dentro de ellas, para el aseo personal se recurría a baños públicos, como el que antes funcionaba en el edificio donde hoy está el museo. Lo más curioso es que los tales baños siguen funcionando en un sector de un parque público. Algunas de esas casas sin baño todavía se pueden alquilar acá en Graz, son baratas por lo mismo y las personas que quieren ir a darse un baño de tina pueden pagar un euro por media hora en un baño público. La chica no recordaba cuánto se paga por una ducha pero creía que seguro era menos porque obviamente se gasta menos agua.

Yo lo que sé es que después de algo así como veinte días de bañarme con ducha tipo teléfono, teniendo que estar pendiente de no tirar agua fuera de la bañera, disfruté mucho las duchas que tomé antes y después de usar el tanque de flotación. Allí el artefacto estaba fijo en la pared, por lo que sólo me ocupé de limpiarme y disfrutar.

En resumen esta experiencia me hizo sentir otra vez que tengo razón, que cuando pensé en quedarme casi tres semanas en Graz pensé bien. Ahora lo que viene es ir a Hallstatt para seguir aprendiendo de la cultura celta y de cómo encarar la muerte con aire festivo; contemplar cuadros surreales pintados en pleno renacimiento y ver sin intermediarios un ícono milenario de la fertilidad en Viena; y visitar una biblioteca barroca, que parece sacada de un sueño, en Praga.

Perdí el rumbo por unos días pero ahora, aunque me lo proponga, ya no puedo perderme.

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