miércoles, mayo 25, 2016

Sincronicidades cotidianas

Sigo leyendo el libro Realidad Daimónica de Patrick Harpur y es como si me espiara. Cada vez que lo abro para leer un poco más, para aprender un poco más me sorprende. Confirma lo que me pasa y porqué busco lo que busco, como un personaje de novela persiguiendo su destino.

Ayer tuve una muestra más de cómo si le abres la puerta a los hechos misteriosos, estos entran en bandada y sin pedir permiso.

Fui a comprar pan y pagué con un billete grande. Como de costumbre me hicieron esperar mientras un empleado iba a otro negocio a buscar cambio. Me senté en una silla cercana y de espaldas a un televisor encendido mientras esperaba que el trámite se completara. Un niño veía distraído la pantalla, luego las palabras “todavía no sabemos nada del asesino de las cartas de tarot” llamaron mi atención.

De forma automática busqué la imagen para saber de qué se trataba el programa, era Kommissar Rex o Comisario Rex, una serie austríaca. Luego el niño que veía televisión se aburrió y siguió buscando algo que le interesara más. Yo, con las vueltas de mi compra, me fui memorizando la frase para buscar el episodio al llegar a casa.

Me senté a almorzar y busqué el programa. Lo encontré en alemán y en español. Para no perder el hábito y lo ya ganado en un idioma nuevo lo reproduje en alemán. La “coincidencia” me pareció demasiado graciosa como para dejarla pasar. Le comenté lo que había pasado a Robert el imperial que estaba conectado en ese momento. Su respuesta fue rápida “me encantó la serie cuando salió, por eso tengo un tatuaje de Rex”, se tomó una foto y me la mandó. El tatuaje es realmente bueno.

Divertida, paso a comentarle lo ocurrido a Diana, mi amiga en Berlín. Para abrir la conversación menciono una frase que es una especie de clave entre nosotras “Diana, yo también veo ovnis”, ella confundida responde “¿cómo?, ¿dónde?”, le cuento lo que acaba de pasar con mi amigo y ella intrigada vuelve a preguntarme “¿pero qué pasó con los ovnis?”, le recuerdo la vez que usó esa frase, haciendo referencia a la incredulidad de sus amigas cuando les relata historias que sólo le pueden pasar a ella en Berlín y se ríe. Me explica que justo en el momento en el que entró mi mensaje estaba viendo un programa de televisión acerca de ovnis, por eso estaba con actitud de “Johanna me espía, ¿dónde están las cámaras?”, yo no puedo más que reír, con fuerza, sin pausa, con hipo.

miércoles, mayo 18, 2016

Un deslizamiento en el tiempo

Dejé de entender, al menos desde hace unas semanas. Mi viaje me ha servido para analizar menos y para dejarme llevar más, incluso ahora que he regresado a un ambiente conocido. Las experiencias que viví allá, al otro lado del Atlántico, me siguen afectando y yo gozo ese efecto. Las historias recientes se juntan con las viejas para que comience a entender los para-qués. Los porqués quizás nunca los descubra, o quizás sólo lo haga la próxima vez que muera.

Va la historia reciente.

Con toda esta movida de mi investigación onírica y de que me siento como un estanque que recibe agua que ya no puede contener, le planteé a Ingo la posibilidad de dar una charla para compartir lo que sé con otras personas. Me asustaba la idea de tener que contarlo en inglés pero estaba dispuesto a hacerlo. Él habló con una mujer que trabaja en un centro holístico en Graz, que si bien creyó que la idea de hacer esto era interesante, dos semanas antes de la fecha que habíamos elegido conjuntamente para hacerlo, canceló la charla. A su juicio no había tiempo suficiente para preparar todo de modo adecuado. Ingo, descorazonado, me dio la noticia mala. Yo con el subidón de endorfinas que tenía no me preocupé y seguí fluyendo. Ya tendría ocasión de compartir lo que sé. Y la tendría mucho antes de lo que creía.

Una noche, me parece que la del día en que conocí al Robert alemán, Luis, mi anfitrión, me invitó a una comida que había organizado con amigos en su casa. En la sala también estaba Ana Lucía, su hija mayor: mitad colombiana, mitad argentina pero que piensa en alemán. Luis, después de darme un plato de pasta, me dijo “y a ver si encontrás alguien que te hable en español”. Sentada en el sofá junto a Ana Lucía oía a los demás hablar en alemán. Creo que fue entonces cuando aprendí que una expresión que para mí suena “asó” significa “ajá”, por lo que es usada para afirmar algo de un modo informal. Luego sospeché algo más.

Cuando empiezo a aprender un idioma me gusta averiguar cuáles son y cómo suenan las palabras que me interesan, por ejemplo sueño, lechuza, libélula, tetera, etc. De la conversación que oí entre Ana Lucía y un amigo teutón de Luis creí entender que hablaban de sueños, pero pronto descarté la idea, sería demasiada coincidencia que estando yo ahí estuvieran hablando de eso. Y otra vez estaba equivocada.

El alemán se fue temprano y nos dejó a puros latinos en la sala, en esas condiciones el español volvió a ser el idioma predominante. Ana Lucía me contó que estaba preparando un trabajo para la escuela, el tema: los sueños. No sé cuál de las dos estaba más contenta, si yo por poder compartir lo que sé o ella por tener al lado a alguien metidísima en el tema dispuesta a darle una mano.

Hablé como cotorra. Saqué mis cristales didácticos, esos que dejo tocar y ver a los demás para que aprendan, a diferencia de los míos privados y para uso personal. Le expliqué lo que se puede lograr con cada uno de ellos. Estábamos fascinadas. Yo sentía que la vida me estaba poniendo en el lugar que debía para dar lo que me había enseñado. Luego fue la hora de ir a dormir de Ana Lucía, Luis la envió a su habitación y los “adultos” nos quedamos hablando hasta más tarde. Me cuesta escribir la palabra adulto cuando gozo tanto como una niña.

Darío, uno de los amigos de Luis, había estado prestando atención a lo que le decía a Ana Lucía. Quería saber más y yo quería contarle. De improviso esa comida se convirtió en una tertulia más, una de esas por las que he tenido que esforzarme para organizar en Bogotá. Encontrar a personas dispuestas a leer libros, comentarlos y compartir experiencias más allá del ámbito recreativo en torno a los sueños no ha sido fácil, por eso mi sorpresa. Allá estaba yo con otros dos hijos únicos hablando de momentos bisagra.

No sé de dónde saqué el término o si me lo inventé, lo que recuerdo es que lo definí nuevamente. Son esas épocas, esos tránsitos entre cambios vitales que le dan a los días que vives un cariz mágico, místico, eléctrico tal vez. Son un anuncio claro, casi sólido, de que esa rutina querida que transitabas hace poco va a transformarse de un modo radical.

Para colmo o para dicha, esto lo sabré después, K. ya había aparecido, ese hombre que se cruza en mi camino porque “asó” cuando estoy cambiando, cuando estoy creciendo.  Desde Bogotá me había enviado un mensaje diciéndome que le gustaría volver a verme, que le gustaba saber de mí, justo como –después me lo recordaría él—aquella vez en la que había comenzado a adentrarme en la magia natural.

Hablé y hablé. Ellos me escucharon y me escucharon. Con Darío hicimos planes que se concretaron y otros que no. Me mostraría un cementerio en Berlín y yo le enviaría el libro del que tanto hablé (Realidad daimónica de Patrick Harpur), ese que ahora cada vez que retomo parece hablarme y hacer referencia a los planes que tengo para este momento. Esa noche me fui a dormir muy sorprendida, muy satisfecha y agradecida, aunque muy seguramente me dormí antes de poder decir “gracias vida, gracias universo por tantos regalos”. En Europa el egrégoro de darlo todo por sentado se apoderó un poco de mí y andaba yo creyendo que cosas así le pasan a todos los mortales todos los días, cuando bien sé que no es así.

Ahora voy con la historia vieja.

Perdía yo el tiempo entre 1999 y 2002 con un compañero de la universidad que nunca me pararía bolas en serio. En lugar de mejorar mi inglés o de leer más libros, suspiraba por él y llenaba páginas y más páginas de cuadernos registrando cuándo, cómo y dónde me saludaba. Así me hice presita fácil de una mujer bastante singular.

Nunca me gustaron los trabajos en grupo pero eran un mal necesario, por eso alguna vez me junté con Adriana para hacer uno. En mi curso ya había rumores de que era inestable emocionalmente a pesar de su brillo intelectual, pero yo, que a veces estudiaba para los parciales/exámenes un día antes de que ocurrieran, no por disciplina sino por despiste puro, no tenía idea de nada. Inocente fui un día a su casa, un día que sin proponérmelo me enteraría de lo que hablaban.

La primera parte de la tarde almorzamos, halagó mi color de esmalte de uñas y me sacó información acerca del tonto que me quitaba la tranquilidad y el sueño. Luego, en el segundo piso de una casa amplísima y bien distribuida, intentamos comenzar a trabajar en el tema indicado, pero no con mucho empeño.

No recuerdo bien en qué orden ocurrieron las cosas, sólo sé que en su habitación sentí casi de modo físico cómo intentaba meterse en mi cabeza para leer mis pensamientos. Yo hacía un esfuerzo enorme para no permitírselo pero no lo lograba todo el tiempo. Ella por un momento se quedó viendo un punto en el vacío y tratando de llevarme al estado de ensimismamiento que alcanzó en segundos. Yo me resistía. Cuando se dio por vencida me dijo que ese momento había sido muy significativo, que en él se había decidido si seguiríamos siendo amigas o no de ahí en adelante. En ese punto tuve dudas serias de su salud mental y de los exámenes de ingreso que hacían en la universidad para elegir a los alumnos que querían cursar la carrera de psicología. Le llevé la idea con eso de ser amigas y a pesar de lo que había pasado me quedé un rato más. Ella se levantó y se paró al frente de una biblioteca grande y nutrida, desde ahí me animó a elegir al azar un libro y a abrirlo en cualquier página. Agarré uno oscuro y lo abrí en una sección de mapas. Ella se rió y dijo que cuando su psicólogo le había pedido que hiciera el mismo ejercicio le había pasado algo similar. Como antes no había podido manipularme por la fuerza esta vez lo intentó con dulzura. Me dijo que la interpretación de ese acto era que el mundo era mío, que podía hacer lo que quisiera en la vida y que por eso le daba lástima que me desgastara tanto prestándole atención a alguien que pasaba de mí. Ese día incluso llamé a ese alguien para decirle lo que él y el resto de mis compañeros ya sabían. Después de muchas horas y de demasiada confusión quería irme de ahí. Después de ese episodio ni siquiera quería pasar cerca de su barrio, por eso usaba una ruta alterna, más larga y menos práctica, cada vez que quería visitar el centro comercial que me gustaba frecuentar en esa época. Pero ese no fue el único momento raro que viví con Adriana.

No sé si fue ese mismo día u otro que conocí a su mejor amigo. Me parece que se llamaba Camilo.
A mí se me había metido en la cabeza la idea de jugar rol en un espacio real. Estaba haciendo averiguaciones para ir a una finca/casa de campo, usar disfraces y crear reglas para el juego. Durante los preparativos hubo varios contratiempos, pero yo, en lugar de entender que indicaban que eso no pasaría, insistí. La visita a Camilo estaba relacionada con este empeño mío.

Tan dispuesta estaba a seguir con mi plan que ya había escrito descripciones de los personajes que usaríamos durante el juego. Yo estaba en la fase de elegir el reparto de jugadores y fantaseaba con que el tipo que me gustaba hiciera parte de él, pero no sería el único hombre. Adriana había sugerido invitar a su amigo y yo había aceptado. Le había mostrado las descripciones de los personajes pero ella no había hecho ningún comentario especial, pero esto cambiaría en presencia de Camilo.

Llegamos a una casa típica, por decirlo de alguna manera. Adriana usó el carro familiar para ir allí. Recuerdo haber recorrido parcialmente la casa de Camilo. Vi que jugaba o le gustaba el golf, una sala para ver televisión y la sala de la casa. Lo primero que más me llamó la atención en ese vistazo inicial fue un adolescente, hermano de Camilo, durmiendo en el sofá de la sala de televisión con el aparato encendido a un volumen demasiado alto. Pensé que quizás estaría enfermo o algo así porque yo no podría dormir en esas condiciones: un espacio abierto a las visitas y con tanto ruido de fondo.

Luego la conversación se desarrolló sobre todo en la habitación del amigo de Adriana. Ahí comenzó lo raro. Cada vez que me situaba en la entrada, en el portal, sentía que estaba sacando información de otro tiempo, del futuro para ser más exacta. Sentía que alguien o algo me susurraba un canto de sirena: “hagas lo que hagas, seas lo que fueres, serás feliz”. El mensaje, aunque positivo, era inquietante. ¿De dónde venía esa voz?, ¿quién la emitía?, ¿era voz o telepatía venida de no se sabe cuándo? El mensaje que prometía un futuro feliz me alteraba más de lo que me tranquilizaba y yo no era la única que se sentía así.

Por consenso decidimos movernos a la sala principal. Si mal no recuerdo estaba junto a la sala de televisión pero desde ahí ya no se sentía el ruido del aparato ni entraba la luz natural que se colaba por la marquesina del recinto anexo. La sala, por el contrario, era oscura y anticuada. No soy experta en muebles, pero si me apuran para pedirme una explicación de cómo eran, diré que eran tipo Luis XVI.

Finalizados los preámbulos, saqué mi cuaderno y comencé a leer la descripción del personaje que había elegido para Camilo. Al ser yo la directora del proyecto tenía autoridad para decirles a los participantes el papel que quería que desempeñaran.

La cara de Camilo ganó rigidez. La sonrisa amable que tenía antes despareció y su rostro dio paso a un gesto de ensimismamiento. Adriana nos observaba con sonrisa burlona. Al final se rió abiertamente. Eso era lo que ella quería, quería ver la reacción de él ante mis palabras. Ella sabía de antemano qué efecto tendrían en él pero no nos había dicho nada para comprobarlo con gusto, sin contaminación.

Justo ahora recuerdo que alguno de los dos hizo un comentario acerca de mi inteligencia, me parece que Camilo dijo que si no fuera inteligente seguramente Adriana no habría querido que fuera amiga suya. Él estaba incómodo, era evidente. Sin conocerlo, sin saber siquiera que existía había descrito su personalidad y luego había llegado con la descripción de un papel que quería que representara pero que para él era su día a día.

Si digo que el ambiente se enrareció no alcanzo a describirlo. Estuvimos un rato largo tratando de despedirnos, de seguir con las cosas que teníamos que hacer ese día. Adriana tenía que tomar una clase de tenis más tarde y yo quería ir a mi casa para ocuparme de otros temas de la universidad, sin embargo no lográbamos separarnos. Aparte de Camilo, que había hablado de la sorpresa que había sido verse reflejado en mis palabras, ninguno mencionaba nada más. Entonces me animé a señalar lo obvio.

Sonreímos con ansiedad, con nerviosismo, como si descubriéramos de repente que alguien nos espiaba, que alguien estaba dirigiendo cada paso que dábamos. Sentimos alivio. Ellos estuvieron de acuerdo en que era mejor hablar, en que esa rareza que había en el ambiente no podía quedarse innombrada. Finalmente pudimos irnos de la casa del amigo de Adriana. Ella me acercaría a mi casa.

No sé porqué subí al carro con ella si ya me sentía insegura, tan intranquila. Ella conducía de un modo correcto pero alterado. Es difícil de explicar. Yo temía que en cualquier momento produjera un accidente por gusto puro. Llegamos a la avenida en la que yo tenía que bajar pero decidimos seguir.

Ahora estábamos más cerca del lugar donde ella tomaría su clase. Unas cuadras antes de llegar le dije que estaba bien, que podía dejarme ahí pues había una ruta de bus que me llevaría a casa. Acercó el carro al andén y me bajé. Ya lejos de ella sentía una mezcla de alivio y tensión. Alivio porque ese momento raro y extendido había terminado oficialmente. Tensión porque sabía que tenía que alejarme de ella pero, tonta de mí, le había prestado el cuaderno donde había escrito las descripciones de los personajes.

En los días que siguieron supe más de lo que se decía acerca de ella. Ya había intentado trabajar con otros compañeros y al final el resultado era el mismo. En una ocasión tres chicas habían ido a su casa y la sensación de alivio al salir se había repetido. Ni ellas ni yo nos explicábamos cómo yo había soportado sola tanta tensión cerca de ella. Supongo que en parte el aire con el que quiso inflar mi ego, cuando me dijo que me veía en el futuro como una figura exitosa, había ayudado a que me quedara. Sea como fuere recuerdo que la evité y sólo seguí en contacto con ella hasta que me devolvió el cuaderno que me pertenecía. Me parece que el siguiente semestre dejó la universidad.

Sólo volví a saber de ella un par de años después, cuando una de las tres chicas que también visitaron su casa, me contó que se la había cruzado en su lugar de práctica profesional. Curiosamente había estado pensando en ella poco antes de verla. A ambas nos pareció más que una coincidencia, por la misma razón evitábamos hablar de ella y yo he pensado más de una vez si debía o no escribir esta historia. Antes había hecho borradores pero al final no llegaba a nada. No sé porqué hoy decidí escribirla para publicarla. Tal vez porque tenga conexión con otro comentario que oí en esa época y con otra sincronicidad que ocurrió hoy.

Va primer el comentario.

¿En dónde se ve dentro de 10 años?, pregunta popular en entrevistas de trabajo y consultas de terapeutas. Pregunta que me hizo otro compañero de universidad hace más de 10 años. No pensé mucho en la respuesta y de inmediato le dije:

−Me veo viajando en tren, sola, con un diario de viajes en las manos, parecido a los de Indiana Jones.
−Usted quiere ser rica ¿cierto?
−No sé, no he pensado en eso, sólo he pensado en viajar..
−Es que para vivir viajando se necesita mucha plata.

No sé a qué lugar nos llevó la conversación, pero ahora sé que hacer lo que uno se propone no es un tema de plata sino de certezas. Certeza de saber lo que no se quiere, certeza de saber lo que se desea, y de reconocer lo que es negociable y lo que no.

Mucho antes de comenzar a estudiar la carrera de la que al final me gradué, jugaba con papelitos mientras imaginaba cómo sería mi vida cuando fuera grande. Con papel cuadriculado dibujé y recorté documentos entre los que incluí, con certeza total, un pasaporte. En ese momento mi profesión era lo de menos, no así la actividad. Quería viajar, tanto como fuera posible y el asunto de la plata no me preocupaba. Hoy puedo decir que he viajado a donde he querido, puedo decir que volveré a Europa, no sé cómo ni cuándo ni a qué lugares pero sé que Adriana y ese canto de sirenas extraño tenían razón.

Muchas cosas que no tenían sentido hoy dejaron de ser jeroglíficos, y ya no me asustan. Hoy 18 de mayo de 2016, hoy que “por accidente” escuché un programa de radio viejo que habla de los deslizamientos en el tiempo, uno que menciona un incidente que involucra un día como hoy hace 49 años (el 18 de mayo de 1967), no soy tan inocente ni tan miedosa como antes. Hoy no sólo me gusta encarar lo raro y misterioso. Hoy lo busco activamente.

domingo, mayo 15, 2016

Robertos, los sueños, la alquimia y mi camino

Desde antes de decidir a dónde iría esta vez sabía que quería algo distinto, quería ir a enseñar, y si no podía, ir a aprender. Por un rato ya tuve suficiente de ir a un lugar sólo para conocer, para oler aromas distintos y para maravillarme con las estatuas de turno. Ahora lo que quiero, definiendo ahora como un tiempo grande y siempre presente, es tener los ojos muy abiertos, los sentidos muy despiertos para que todo me penetre, para deshacerme de todo lo que no necesito y me hace sentir pesada. Esta vez la aventura, como ya saben algunos, comenzó con un nombre. Pero también había otro.

Ya conté que cuando esperaba a Diana en Tegel, el aeropuerto de Berlín al que llegué, un nombre me cruzaba la cabeza de modo incesante: Lina, lo que me llevó a presentir que algo no estaba saliendo bien, pero al mismo tiempo, mientras intentaba arrancarle pistas al futuro, otro nombre venía y no quería irse: Roberto.

Al comienzo no entendía nada. Roberto se llama el amigo de Ingo que lo recibió por primera vez en Bogotá, pero en ese momento no lo recordé. Roberto se llamaba mi profesor más querido en mis años últimos de secundaria, ese que me alimentaba el intelecto con retos en inglés y libros escogidos cuidadosamente para mí. Roberto se llamaba el padre de la familia que me abrió su casa en Rio de Janeiro. Luego, cuando conocí a Luis, el argentino amoroso que me hospedó en Berlín y que en mi última noche volvió a recibirme “por amistad” y sin cobrarme un euro, creí entender el porqué del Roberto. Creí, pero creí mal. El aura de Luis me recordaba al Roberto brasilero, por eso en alguna ocasión lo llamé erróneamente de ese modo, luego recalibré y ya lo llamaba por su nombre todo el tiempo. Pero ¿dónde queda este asunto de Roberto?

Diana me había dicho que no necesitaría usar páginas de internet para conocer gente en Berlín, que allá todo el mundo habla con todo el mundo en las calles y en los trenes, y sí, tenía razón. Yo misma la vi preguntarle a un par de desconocidos dónde habían comprado una tarjeta con caligrafía atractiva en un tren, sin preámbulos y sobre todo sin miedo. Los hombres al bajarse se despidieron de nosotras como si fuese una cosa de todos los días. Todo muy bien pero no soy de hacerle caso a nadie, sólo a veces a mi odontóloga.

Usé un par de páginas para contactar gente en Berlín y en Graz. En las demás ciudades, como estaría tan poco tiempo y quería pasarlo sólo conmigo, no intenté contactar a nadie, y justo en estas ciudades se develó el misterio de Roberto.

En Berlín conocí a un hombre que hasta hace 6 años era un pueblerino. Tiene 49 y, después de nacer en un pueblo de alrededor de 1200 habitantes en Alemania Oriental, y luego de mudarse a otro de algo así como 6000 habitantes, se hartó de la gente que a las 6 de la tarde cierra la puerta de su casa para sentarse a ver televisión. Él quería más y por eso se fue a Berlín.

Nos citamos al frente del Palacio de Charlottenburgo. Yo quería ver la colección del museo pero él no quería pagar la entrada porque 13 euros (creo que eso costaba) le parecían demasiado. Me frustré y por eso lo juzgué mal y pronto. Tampoco había ayudado que a los 5 minutos de conocerlo me hubiese dicho que estaba en una relación poliamorosa, por lo que tenía una novia fuera de Berlín, otra en la ciudad y además asistía a fiestas para ver a quién más podía conocer. Estaba en negociaciones con otra mujer dedicada a dar masajes eróticos, que recientemente le había dado uno de 4 horas, hecho que lo llevaba a creer que estaba enamorada de él, y cuando iba por la calle veía con interés a las mujeres que pasaban. No, en lo absoluto ayudaron estos detalles, sin embargo la ventaja de tener las metas claras es que por más que la parte burlona de la magia intente confundirte tú no te pierdes y yo no lo hice.

Robert, como se llama este hombre que se denominaba Lobo Estepario en el sitio donde lo contacté, donde no tenía modo de saber cuál era su nombre real, me invitó a almorzar, algo que no tenía sentido para mí porque ya lo había hecho una hora antes. En cambio le propuse que se quedara almorzando en un restaurante vegetariano (de un tiempo para acá todos los hombres que conozco son vegetarianos) mientras yo iba caminando a mi alojamiento, total estaba cerca, para buscar más abrigo porque no me había preparado bien para el clima de ese día. Aceptó y al llegar chateé con Diana. Ella sugirió dejarlo plantado pero yo, que últimamente me he propuesto honrar mi palabra, así sea difícil, no me sentía bien con esa idea. Volví dispuesta a ir al Ángel de la Victoria con o sin él. Le diría lo que quería hacer, si se unía o no era asunto ajeno. Y así lo hice.

Cuando llegué ya estaba terminando. Mientras comía había buscado el origen de mi apodo –Latiaran—y mis rasgos de personalidad, basado en mi signo astrológico. Le comuniqué mis planes en tono de orden y él quiso acompañarme en mi caminata. Para entonces su inglés oxidado ya le permitía expresarse con un poco más de fluidez.

Caminamos por Heerstraße en línea recta hacia el ángel dorado que se veía desde lo lejos. Él cojeaba pero parecía no molestarle. Por prudencia preferí no preguntar el origen de la lesión. Robert me contó que se dedicaba a limpiar vidrios y que así había intentado pagarle el masaje erótico a la mujer que había conocido recientemente. Cada tanto mencionaba sus aventuras amorosas y ante mi falta de preguntas prefirió interrogarme él:

—¿Te molesta que te haya dicho que estoy en una relación poliamorosa?
—¿Por qué tendría que molestarme?
—No sé, a algunas personas les molesta.
—Eso es tu asunto, no el mío. Yo sé lo que quiero, no es eso, además bastante entretenida estoy con mi investigación acerca de sueños.

Así quedó cerrado el tema y nos dedicamos a hablar de otras cosas. Tomé fotos. Entramos a un local en donde vendían teteras y tazas bonitas. Él se avergonzó por un águila que había en la fachada de un edificio recordando el nazismo. Tomé más fotos y finalmente comenzó a hablarme de lo que me interesaba.

Robert nació en una región de Alemania que fue un asentamiento romano importante. Allí se celebraban ritos mágicos y, por supuesto, es un lugar al que me gustaría ir alguna vez. En el museo que exhibe la historia del pilar sobre el que está puesto el Ángel de la Victoria se menciona este santuario antiguo pero por falta de tiempo no pude investigar más al respecto.

Robert también me contó que un amigo suyo que había ido a Rapa Nui había tenido los sueños más extraños de su vida estando allí. Yo estaba fascinada. Conozco a tres personas que han estado allí, uno es Ingo, que aunque no recuerda los sueños que tuvo estando allí, sí recuerda que el ambiente era absolutamente onírico. Mi viaje no estaba ni por la mitad pero ya apuntaba al siguiente destino.

Otro dato que me dio este hombre fue acerca de un grupo musical llamado Tangerine Dream. Por él supe que el fundador murió hace poco. Era un hombre renacentista por lo que también pintaba. Hacía poco Robert había limpiado las ventanas de la galería donde se exhibían algunas de sus pinturas. En días sucesivos me envió la información para que pudiera investigar más acerca de él.

Con este Robert no pasó mucho más. Pagó mi entrada para subir al balcón del ángel, me “invitó” el bus (si tienes una tarjeta de transporte público para todo el año puedes viajar con un acompañante las veces que quieras), me contó que cuando se siente triste le gusta ir a lugares turísticos para ayudar a turistas perdidos, así se siente mejor después de orientarlos, y me ayudó a llegar a una estación desde la que pudiera llegar a casa.

Ahora voy con el Roberto imperial.

Ingo iba y venía. Diligencias y más diligencias. Honraba su palabra de recibirme en su casa pero no tenía mucho tiempo para mostrarme la ciudad y acompañarme en mis recorridos. Yo aceptaba la situación y gozaba cada paso que daba por mi cuenta, por eso acepté que si quería conocer a alguien nuevo también tendría que hacerlo por mí misma.

Luego de un encuentro fallido, en el que llegué al lugar indicado pero en el que me equivoqué de puerta, me puse de acuerdo con Robert para salir. Su apodo estaba en alemán así que no sabía qué significaba. Cuando lo busqué después de conocerlo supe que era algo así como “Lo que sea”. Me llamó la atención su gusto por dos series de televisión que quiero ver, viejas, ya terminadas pero que tienen un no sé qué. La primera es Six feet under, vi el final y lloré como tonta. De la segunda, Twin Peaks, oí algo pero estaba muy chica para engancharme con ella. Además de la banda sonora no sabía mucho más, pero ahora que estoy tan metida en el tema de los sueños y que la supe tan onírica, obviamente está en mi lista. Ese fue el punto de partida para  la conversación.

El sitio de encuentro fue el mismo y de nuevo cometí el error del día anterior: elegí la puerta que no era, sin embargo Robert, su nombre lo supe después de agregarlo a facebook, intuyó que algo así había ocurrido. Yo ya me había hecho a la idea de que no llegaría y me puse a ver folletos de museos para, al irme, ensayar la ruta que me llevaría al museo de la percepción al día siguiente, en dónde pasaría por la experiencia del tanque de aislamiento, pero justo cuando estaba usando mis habilidades espaciales para leer mapas, apareció.

Él, con la cortesía teutona, se disculpó mil veces por la tardanza, había pasado casi media hora desde la hora pactada. Le dije que todo estaba bien, que la avergonzada debía ser yo pero ni eso lo calmó.
Con este Robert charlamos mucho, hubo más empatía que con el anterior, por eso nos vimos más de una vez, sin embargo aquí quiero concentrarme en cómo sus sugerencias me llevaron a los lugares que necesitaba visitar en Praga.

Mientras caminábamos por la parte más antigua de Graz, le dije que el estar tan segura de mi investigación acerca del mundo onírico no siempre ha sido fácil. A veces me encuentro con personas que creen que pierdo el tiempo y, por más aprecio que les tenga, prefiero alejarme de ellas porque estoy segura de lo que estoy haciendo. Tras esta afirmación me contó algo que no tenía modo de predecir: su tesis de maestría había sido acerca de la evolución de las lápidas, elección que también le costó algunas amistades.

El Robert “imperial”, le digo así porque su madre es húngara y por lo tanto desciende del Imperio Austro-Húngaro, es un baúl lleno de tesoros. Su investigación lo llevó a descubrir secretos, historias y datos que valoro profundamente. Por él supe del museo alquímico en Praga, ese lugar que busqué durante horas y que sólo encontré cuando ya había perdido la esperanza de verlo ese día. A él también le debo los datos de los cementerios que valía la pena visitar, especialmente Vyserhad, y el de la iglesia decorada con huesos humanos, a la que no pude ir por falta de tiempo y de carro con chofer.

A mi regreso mi abuela bromeó con eso de que había estado “solita y sin que nadie me diera la mano”. Al terminar la frase las dos nos miramos cómplices y reímos con fuerza. Nunca estoy sola, siempre alguien me lleva de la mano, una mano invisible y sutil que me marca el camino, que me indica cada paso, al menos cuando soy capaz de deshacerme de los prejuicios y de interpretar las señales de un modo indicado.

jueves, mayo 12, 2016

Sorda como el sapo

Hay una fábula que cuenta cómo un sapo trepa y trepa sin oír las voces y los consejos bienintencionados de otros animales que le dicen que eso no le corresponde. Él simplemente sigue su camino sin oír la opinión ajena, así llega a su meta. Yo también soy un poco como el sapo sordo.

En 2013 cuando fui a Brasil mis amigos brasileros me preguntaron más de una vez ¿qué iba a hacer a Praia de Rosa?, según ellos allí no había nada interesante y uno de ellos incluso me convenció para que visitara Paraty, un lugar lindo pero con una onda demasiado turística para mi gusto. En cambio cuando llegué a Rosa supe de inmediato que era lo mío. Con este viaje que acabo de hacer pasó algo similar. Mis amigos latinos en Berlín no entendían qué quería hacer en Graz, Austria, Diana incluso me dijo que en su opinión pasar tanto tiempo allí era un error. Ella, que al menos por un rato ya encontró su lugar en el mundo, cree que Berlín tiene algo para ofrecer a todos, sin embargo yo no estoy del todo de acuerdo. Berlín es más silenciosa que Bogotá y ya eso ante mis ojos suma millones de puntos, pero no deja de ser una ciudad grande. Aunque la hora pico / punto sea mucho más suave que en otros lugares del mundo sigue siendo una ciudad y yo ya no estoy para eso.

Graz fue un accidente, un accidente hermoso. La atmósfera mediterránea que se vive allí, la nutrida oferta cultural y, sobre todo, la posibilidad de hacer caminatas en medio de la naturaleza después de un viaje de media hora en tranvía la hacen una de mis ciudades favoritas. Por fortuna no es enorme, por lo que no sientes que te ataca y te succiona a cada paso, pero tampoco es un pueblo grande en el que todos se creen con el derecho de meter la nariz en tu vida.

No sé si la visitaré de nuevo, sólo sé que en una ciudad así quiero vivir en el futuro cercano. Ahora puedo volver a decir que oír mi voz y hacer como el sapo sordo al final me hace bien.

miércoles, mayo 11, 2016

Praga puede ser una pesadilla

En mi segundo día de paseos por Praga, ese en el que ya no perdía el rumbo cada vez que doblaba la esquina, fui a la Catedral de San Vito, San Wenceslao y San Adalberto. Simplemente es magnífica. Desde lejos se ve la torre, detrás del castillo y ya adentro del edificio, cuando no es tan fácil divisar sus torres, queda uno metido en una plaza que da entrada a las oficinas del gobierno y, después de atravesar un marco, se llega a una plaza mucho más pequeña pero que obliga a levantar la vista para ver la obra que tardó seis siglos en completarse.

Nunca he estado en Barcelona pero imagino que la sensación que se tiene al ver la inacabada Sagrada Familia de Gaudí es la misma. Los pensamientos se detienen y la razón sale de la habitación. Yo en ese punto ya no me ocupaba mucho de entender, simplemente me dejaba llevar, sentía y ya, así no rompía el encanto, dejaba que la experiencia me atravesara completa. Y sí, algunas fotos tomé y pero también hice labores de chismosa.

De nuevo, después de muchos días (días benditos) en los que no escuchaba el acento colombiano y escasamente oía algo de español, ahí estaba. Una chica bajita, un poco rechoncha, calzada con sandalias y en apariencia segura de sí misma, discutía algo con un hombre que luego descubrí español. Ella hablaba de capillas, catedrales y basílicas, él le llevaba la contraria en casi todo lo que decía. El hombre se me antojó atractivo. La explicación que le di a la situación fue que quizás eran compañeros de clase en algún un postgrado en historia que ambos estaban cursando en la ciudad de las cien torres. Fingiendo que observaba la catedral me arrimé para saber más de la situación. Si podía aprender algo más escuchando y sin pagar un euro me venía muy bien, sin embargo luego entendería que no todo era tan idílico, sobre todo para la chica colombiana.

El hombre se alejó de ella, que se quedó en ese lugar esperándolo, yo chismosa / curiosa caminé detrás de él para saber a dónde iba y me encontré con una sorpresa agradable: iba al baño y yo necesitaba uno. Pagué las 5 coronas que me permitían el acceso, hice la fila, hice lo mío y fui a buscar la puerta lateral de la basílica para verla por dentro. No esperaba volver a ver a la colombiana y al español pero ahí estaban, en el vestíbulo. Como no me interesaba pagar más para ir más cerca del altar me quedé escuchando lo que decían. La chica habló de cómo el rosetón de la entrada simbolizaba los ocho días de la creación, pues a diferencia de la versión más extendida que dice todo el universo se creó en 7 días, en ésta se incluía la creación de los ángeles. El vitral realmente es bellísimo, o sea todo lo contrario de como el español trató a la que entonces descubrí como aspirante a guía turística.

No pude oír todo lo que decían porque toda la gente reunida hablando en idiomas distintos no me dejaba seguir el hilo completo de la conversación, pero con lo que escuché pude armar la historia. Ella, a mis ojos, estaba muy bien preparada pero su jefe no estaba para nada satisfecho. No sólo no estaba de acuerdo con las historias que había elegido para contar a un público potencial, que le parecían “un coñazo de aburridas”, sino que cuestionaba hasta las palabras que usaba. Ella intentó explicarle que en Colombia se les dice nichos a los espacios abiertos que hay en los laterales de las iglesias, esos en los que se ilustra la vida de los santos con pinturas o esculturas, pero ni con eso estaba satisfecho.

Me fui, no tenía nada más para ver ahí, pero me quedé pensando en la chica, que seguramente lloraría en la noche, en el baño o en la cama cuando nadie la escuchara ni la viera. Es muy probable que nunca vuelva a verla en toda mi vida pero no por eso dejé de desearle que consiguiera lo que desea, no porque sea colombiana sino porque creo que nadie debe ser tratado de ese modo.

El español al final perdió todo el atractivo que en un primer momento tuvo para mí. ¿De qué te sirve una cara linda, una pinta agradable si eliges usar tu energía para tratar de un modo miserable a quienes están en una posición vulnerable ante ti?

Jueves, 5 de mayo de 2016