domingo, mayo 15, 2016

Robertos, los sueños, la alquimia y mi camino

Desde antes de decidir a dónde iría esta vez sabía que quería algo distinto, quería ir a enseñar, y si no podía, ir a aprender. Por un rato ya tuve suficiente de ir a un lugar sólo para conocer, para oler aromas distintos y para maravillarme con las estatuas de turno. Ahora lo que quiero, definiendo ahora como un tiempo grande y siempre presente, es tener los ojos muy abiertos, los sentidos muy despiertos para que todo me penetre, para deshacerme de todo lo que no necesito y me hace sentir pesada. Esta vez la aventura, como ya saben algunos, comenzó con un nombre. Pero también había otro.

Ya conté que cuando esperaba a Diana en Tegel, el aeropuerto de Berlín al que llegué, un nombre me cruzaba la cabeza de modo incesante: Lina, lo que me llevó a presentir que algo no estaba saliendo bien, pero al mismo tiempo, mientras intentaba arrancarle pistas al futuro, otro nombre venía y no quería irse: Roberto.

Al comienzo no entendía nada. Roberto se llama el amigo de Ingo que lo recibió por primera vez en Bogotá, pero en ese momento no lo recordé. Roberto se llamaba mi profesor más querido en mis años últimos de secundaria, ese que me alimentaba el intelecto con retos en inglés y libros escogidos cuidadosamente para mí. Roberto se llamaba el padre de la familia que me abrió su casa en Rio de Janeiro. Luego, cuando conocí a Luis, el argentino amoroso que me hospedó en Berlín y que en mi última noche volvió a recibirme “por amistad” y sin cobrarme un euro, creí entender el porqué del Roberto. Creí, pero creí mal. El aura de Luis me recordaba al Roberto brasilero, por eso en alguna ocasión lo llamé erróneamente de ese modo, luego recalibré y ya lo llamaba por su nombre todo el tiempo. Pero ¿dónde queda este asunto de Roberto?

Diana me había dicho que no necesitaría usar páginas de internet para conocer gente en Berlín, que allá todo el mundo habla con todo el mundo en las calles y en los trenes, y sí, tenía razón. Yo misma la vi preguntarle a un par de desconocidos dónde habían comprado una tarjeta con caligrafía atractiva en un tren, sin preámbulos y sobre todo sin miedo. Los hombres al bajarse se despidieron de nosotras como si fuese una cosa de todos los días. Todo muy bien pero no soy de hacerle caso a nadie, sólo a veces a mi odontóloga.

Usé un par de páginas para contactar gente en Berlín y en Graz. En las demás ciudades, como estaría tan poco tiempo y quería pasarlo sólo conmigo, no intenté contactar a nadie, y justo en estas ciudades se develó el misterio de Roberto.

En Berlín conocí a un hombre que hasta hace 6 años era un pueblerino. Tiene 49 y, después de nacer en un pueblo de alrededor de 1200 habitantes en Alemania Oriental, y luego de mudarse a otro de algo así como 6000 habitantes, se hartó de la gente que a las 6 de la tarde cierra la puerta de su casa para sentarse a ver televisión. Él quería más y por eso se fue a Berlín.

Nos citamos al frente del Palacio de Charlottenburgo. Yo quería ver la colección del museo pero él no quería pagar la entrada porque 13 euros (creo que eso costaba) le parecían demasiado. Me frustré y por eso lo juzgué mal y pronto. Tampoco había ayudado que a los 5 minutos de conocerlo me hubiese dicho que estaba en una relación poliamorosa, por lo que tenía una novia fuera de Berlín, otra en la ciudad y además asistía a fiestas para ver a quién más podía conocer. Estaba en negociaciones con otra mujer dedicada a dar masajes eróticos, que recientemente le había dado uno de 4 horas, hecho que lo llevaba a creer que estaba enamorada de él, y cuando iba por la calle veía con interés a las mujeres que pasaban. No, en lo absoluto ayudaron estos detalles, sin embargo la ventaja de tener las metas claras es que por más que la parte burlona de la magia intente confundirte tú no te pierdes y yo no lo hice.

Robert, como se llama este hombre que se denominaba Lobo Estepario en el sitio donde lo contacté, donde no tenía modo de saber cuál era su nombre real, me invitó a almorzar, algo que no tenía sentido para mí porque ya lo había hecho una hora antes. En cambio le propuse que se quedara almorzando en un restaurante vegetariano (de un tiempo para acá todos los hombres que conozco son vegetarianos) mientras yo iba caminando a mi alojamiento, total estaba cerca, para buscar más abrigo porque no me había preparado bien para el clima de ese día. Aceptó y al llegar chateé con Diana. Ella sugirió dejarlo plantado pero yo, que últimamente me he propuesto honrar mi palabra, así sea difícil, no me sentía bien con esa idea. Volví dispuesta a ir al Ángel de la Victoria con o sin él. Le diría lo que quería hacer, si se unía o no era asunto ajeno. Y así lo hice.

Cuando llegué ya estaba terminando. Mientras comía había buscado el origen de mi apodo –Latiaran—y mis rasgos de personalidad, basado en mi signo astrológico. Le comuniqué mis planes en tono de orden y él quiso acompañarme en mi caminata. Para entonces su inglés oxidado ya le permitía expresarse con un poco más de fluidez.

Caminamos por Heerstraße en línea recta hacia el ángel dorado que se veía desde lo lejos. Él cojeaba pero parecía no molestarle. Por prudencia preferí no preguntar el origen de la lesión. Robert me contó que se dedicaba a limpiar vidrios y que así había intentado pagarle el masaje erótico a la mujer que había conocido recientemente. Cada tanto mencionaba sus aventuras amorosas y ante mi falta de preguntas prefirió interrogarme él:

—¿Te molesta que te haya dicho que estoy en una relación poliamorosa?
—¿Por qué tendría que molestarme?
—No sé, a algunas personas les molesta.
—Eso es tu asunto, no el mío. Yo sé lo que quiero, no es eso, además bastante entretenida estoy con mi investigación acerca de sueños.

Así quedó cerrado el tema y nos dedicamos a hablar de otras cosas. Tomé fotos. Entramos a un local en donde vendían teteras y tazas bonitas. Él se avergonzó por un águila que había en la fachada de un edificio recordando el nazismo. Tomé más fotos y finalmente comenzó a hablarme de lo que me interesaba.

Robert nació en una región de Alemania que fue un asentamiento romano importante. Allí se celebraban ritos mágicos y, por supuesto, es un lugar al que me gustaría ir alguna vez. En el museo que exhibe la historia del pilar sobre el que está puesto el Ángel de la Victoria se menciona este santuario antiguo pero por falta de tiempo no pude investigar más al respecto.

Robert también me contó que un amigo suyo que había ido a Rapa Nui había tenido los sueños más extraños de su vida estando allí. Yo estaba fascinada. Conozco a tres personas que han estado allí, uno es Ingo, que aunque no recuerda los sueños que tuvo estando allí, sí recuerda que el ambiente era absolutamente onírico. Mi viaje no estaba ni por la mitad pero ya apuntaba al siguiente destino.

Otro dato que me dio este hombre fue acerca de un grupo musical llamado Tangerine Dream. Por él supe que el fundador murió hace poco. Era un hombre renacentista por lo que también pintaba. Hacía poco Robert había limpiado las ventanas de la galería donde se exhibían algunas de sus pinturas. En días sucesivos me envió la información para que pudiera investigar más acerca de él.

Con este Robert no pasó mucho más. Pagó mi entrada para subir al balcón del ángel, me “invitó” el bus (si tienes una tarjeta de transporte público para todo el año puedes viajar con un acompañante las veces que quieras), me contó que cuando se siente triste le gusta ir a lugares turísticos para ayudar a turistas perdidos, así se siente mejor después de orientarlos, y me ayudó a llegar a una estación desde la que pudiera llegar a casa.

Ahora voy con el Roberto imperial.

Ingo iba y venía. Diligencias y más diligencias. Honraba su palabra de recibirme en su casa pero no tenía mucho tiempo para mostrarme la ciudad y acompañarme en mis recorridos. Yo aceptaba la situación y gozaba cada paso que daba por mi cuenta, por eso acepté que si quería conocer a alguien nuevo también tendría que hacerlo por mí misma.

Luego de un encuentro fallido, en el que llegué al lugar indicado pero en el que me equivoqué de puerta, me puse de acuerdo con Robert para salir. Su apodo estaba en alemán así que no sabía qué significaba. Cuando lo busqué después de conocerlo supe que era algo así como “Lo que sea”. Me llamó la atención su gusto por dos series de televisión que quiero ver, viejas, ya terminadas pero que tienen un no sé qué. La primera es Six feet under, vi el final y lloré como tonta. De la segunda, Twin Peaks, oí algo pero estaba muy chica para engancharme con ella. Además de la banda sonora no sabía mucho más, pero ahora que estoy tan metida en el tema de los sueños y que la supe tan onírica, obviamente está en mi lista. Ese fue el punto de partida para  la conversación.

El sitio de encuentro fue el mismo y de nuevo cometí el error del día anterior: elegí la puerta que no era, sin embargo Robert, su nombre lo supe después de agregarlo a facebook, intuyó que algo así había ocurrido. Yo ya me había hecho a la idea de que no llegaría y me puse a ver folletos de museos para, al irme, ensayar la ruta que me llevaría al museo de la percepción al día siguiente, en dónde pasaría por la experiencia del tanque de aislamiento, pero justo cuando estaba usando mis habilidades espaciales para leer mapas, apareció.

Él, con la cortesía teutona, se disculpó mil veces por la tardanza, había pasado casi media hora desde la hora pactada. Le dije que todo estaba bien, que la avergonzada debía ser yo pero ni eso lo calmó.
Con este Robert charlamos mucho, hubo más empatía que con el anterior, por eso nos vimos más de una vez, sin embargo aquí quiero concentrarme en cómo sus sugerencias me llevaron a los lugares que necesitaba visitar en Praga.

Mientras caminábamos por la parte más antigua de Graz, le dije que el estar tan segura de mi investigación acerca del mundo onírico no siempre ha sido fácil. A veces me encuentro con personas que creen que pierdo el tiempo y, por más aprecio que les tenga, prefiero alejarme de ellas porque estoy segura de lo que estoy haciendo. Tras esta afirmación me contó algo que no tenía modo de predecir: su tesis de maestría había sido acerca de la evolución de las lápidas, elección que también le costó algunas amistades.

El Robert “imperial”, le digo así porque su madre es húngara y por lo tanto desciende del Imperio Austro-Húngaro, es un baúl lleno de tesoros. Su investigación lo llevó a descubrir secretos, historias y datos que valoro profundamente. Por él supe del museo alquímico en Praga, ese lugar que busqué durante horas y que sólo encontré cuando ya había perdido la esperanza de verlo ese día. A él también le debo los datos de los cementerios que valía la pena visitar, especialmente Vyserhad, y el de la iglesia decorada con huesos humanos, a la que no pude ir por falta de tiempo y de carro con chofer.

A mi regreso mi abuela bromeó con eso de que había estado “solita y sin que nadie me diera la mano”. Al terminar la frase las dos nos miramos cómplices y reímos con fuerza. Nunca estoy sola, siempre alguien me lleva de la mano, una mano invisible y sutil que me marca el camino, que me indica cada paso, al menos cuando soy capaz de deshacerme de los prejuicios y de interpretar las señales de un modo indicado.

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