miércoles, mayo 18, 2016

Un deslizamiento en el tiempo

Dejé de entender, al menos desde hace unas semanas. Mi viaje me ha servido para analizar menos y para dejarme llevar más, incluso ahora que he regresado a un ambiente conocido. Las experiencias que viví allá, al otro lado del Atlántico, me siguen afectando y yo gozo ese efecto. Las historias recientes se juntan con las viejas para que comience a entender los para-qués. Los porqués quizás nunca los descubra, o quizás sólo lo haga la próxima vez que muera.

Va la historia reciente.

Con toda esta movida de mi investigación onírica y de que me siento como un estanque que recibe agua que ya no puede contener, le planteé a Ingo la posibilidad de dar una charla para compartir lo que sé con otras personas. Me asustaba la idea de tener que contarlo en inglés pero estaba dispuesto a hacerlo. Él habló con una mujer que trabaja en un centro holístico en Graz, que si bien creyó que la idea de hacer esto era interesante, dos semanas antes de la fecha que habíamos elegido conjuntamente para hacerlo, canceló la charla. A su juicio no había tiempo suficiente para preparar todo de modo adecuado. Ingo, descorazonado, me dio la noticia mala. Yo con el subidón de endorfinas que tenía no me preocupé y seguí fluyendo. Ya tendría ocasión de compartir lo que sé. Y la tendría mucho antes de lo que creía.

Una noche, me parece que la del día en que conocí al Robert alemán, Luis, mi anfitrión, me invitó a una comida que había organizado con amigos en su casa. En la sala también estaba Ana Lucía, su hija mayor: mitad colombiana, mitad argentina pero que piensa en alemán. Luis, después de darme un plato de pasta, me dijo “y a ver si encontrás alguien que te hable en español”. Sentada en el sofá junto a Ana Lucía oía a los demás hablar en alemán. Creo que fue entonces cuando aprendí que una expresión que para mí suena “asó” significa “ajá”, por lo que es usada para afirmar algo de un modo informal. Luego sospeché algo más.

Cuando empiezo a aprender un idioma me gusta averiguar cuáles son y cómo suenan las palabras que me interesan, por ejemplo sueño, lechuza, libélula, tetera, etc. De la conversación que oí entre Ana Lucía y un amigo teutón de Luis creí entender que hablaban de sueños, pero pronto descarté la idea, sería demasiada coincidencia que estando yo ahí estuvieran hablando de eso. Y otra vez estaba equivocada.

El alemán se fue temprano y nos dejó a puros latinos en la sala, en esas condiciones el español volvió a ser el idioma predominante. Ana Lucía me contó que estaba preparando un trabajo para la escuela, el tema: los sueños. No sé cuál de las dos estaba más contenta, si yo por poder compartir lo que sé o ella por tener al lado a alguien metidísima en el tema dispuesta a darle una mano.

Hablé como cotorra. Saqué mis cristales didácticos, esos que dejo tocar y ver a los demás para que aprendan, a diferencia de los míos privados y para uso personal. Le expliqué lo que se puede lograr con cada uno de ellos. Estábamos fascinadas. Yo sentía que la vida me estaba poniendo en el lugar que debía para dar lo que me había enseñado. Luego fue la hora de ir a dormir de Ana Lucía, Luis la envió a su habitación y los “adultos” nos quedamos hablando hasta más tarde. Me cuesta escribir la palabra adulto cuando gozo tanto como una niña.

Darío, uno de los amigos de Luis, había estado prestando atención a lo que le decía a Ana Lucía. Quería saber más y yo quería contarle. De improviso esa comida se convirtió en una tertulia más, una de esas por las que he tenido que esforzarme para organizar en Bogotá. Encontrar a personas dispuestas a leer libros, comentarlos y compartir experiencias más allá del ámbito recreativo en torno a los sueños no ha sido fácil, por eso mi sorpresa. Allá estaba yo con otros dos hijos únicos hablando de momentos bisagra.

No sé de dónde saqué el término o si me lo inventé, lo que recuerdo es que lo definí nuevamente. Son esas épocas, esos tránsitos entre cambios vitales que le dan a los días que vives un cariz mágico, místico, eléctrico tal vez. Son un anuncio claro, casi sólido, de que esa rutina querida que transitabas hace poco va a transformarse de un modo radical.

Para colmo o para dicha, esto lo sabré después, K. ya había aparecido, ese hombre que se cruza en mi camino porque “asó” cuando estoy cambiando, cuando estoy creciendo.  Desde Bogotá me había enviado un mensaje diciéndome que le gustaría volver a verme, que le gustaba saber de mí, justo como –después me lo recordaría él—aquella vez en la que había comenzado a adentrarme en la magia natural.

Hablé y hablé. Ellos me escucharon y me escucharon. Con Darío hicimos planes que se concretaron y otros que no. Me mostraría un cementerio en Berlín y yo le enviaría el libro del que tanto hablé (Realidad daimónica de Patrick Harpur), ese que ahora cada vez que retomo parece hablarme y hacer referencia a los planes que tengo para este momento. Esa noche me fui a dormir muy sorprendida, muy satisfecha y agradecida, aunque muy seguramente me dormí antes de poder decir “gracias vida, gracias universo por tantos regalos”. En Europa el egrégoro de darlo todo por sentado se apoderó un poco de mí y andaba yo creyendo que cosas así le pasan a todos los mortales todos los días, cuando bien sé que no es así.

Ahora voy con la historia vieja.

Perdía yo el tiempo entre 1999 y 2002 con un compañero de la universidad que nunca me pararía bolas en serio. En lugar de mejorar mi inglés o de leer más libros, suspiraba por él y llenaba páginas y más páginas de cuadernos registrando cuándo, cómo y dónde me saludaba. Así me hice presita fácil de una mujer bastante singular.

Nunca me gustaron los trabajos en grupo pero eran un mal necesario, por eso alguna vez me junté con Adriana para hacer uno. En mi curso ya había rumores de que era inestable emocionalmente a pesar de su brillo intelectual, pero yo, que a veces estudiaba para los parciales/exámenes un día antes de que ocurrieran, no por disciplina sino por despiste puro, no tenía idea de nada. Inocente fui un día a su casa, un día que sin proponérmelo me enteraría de lo que hablaban.

La primera parte de la tarde almorzamos, halagó mi color de esmalte de uñas y me sacó información acerca del tonto que me quitaba la tranquilidad y el sueño. Luego, en el segundo piso de una casa amplísima y bien distribuida, intentamos comenzar a trabajar en el tema indicado, pero no con mucho empeño.

No recuerdo bien en qué orden ocurrieron las cosas, sólo sé que en su habitación sentí casi de modo físico cómo intentaba meterse en mi cabeza para leer mis pensamientos. Yo hacía un esfuerzo enorme para no permitírselo pero no lo lograba todo el tiempo. Ella por un momento se quedó viendo un punto en el vacío y tratando de llevarme al estado de ensimismamiento que alcanzó en segundos. Yo me resistía. Cuando se dio por vencida me dijo que ese momento había sido muy significativo, que en él se había decidido si seguiríamos siendo amigas o no de ahí en adelante. En ese punto tuve dudas serias de su salud mental y de los exámenes de ingreso que hacían en la universidad para elegir a los alumnos que querían cursar la carrera de psicología. Le llevé la idea con eso de ser amigas y a pesar de lo que había pasado me quedé un rato más. Ella se levantó y se paró al frente de una biblioteca grande y nutrida, desde ahí me animó a elegir al azar un libro y a abrirlo en cualquier página. Agarré uno oscuro y lo abrí en una sección de mapas. Ella se rió y dijo que cuando su psicólogo le había pedido que hiciera el mismo ejercicio le había pasado algo similar. Como antes no había podido manipularme por la fuerza esta vez lo intentó con dulzura. Me dijo que la interpretación de ese acto era que el mundo era mío, que podía hacer lo que quisiera en la vida y que por eso le daba lástima que me desgastara tanto prestándole atención a alguien que pasaba de mí. Ese día incluso llamé a ese alguien para decirle lo que él y el resto de mis compañeros ya sabían. Después de muchas horas y de demasiada confusión quería irme de ahí. Después de ese episodio ni siquiera quería pasar cerca de su barrio, por eso usaba una ruta alterna, más larga y menos práctica, cada vez que quería visitar el centro comercial que me gustaba frecuentar en esa época. Pero ese no fue el único momento raro que viví con Adriana.

No sé si fue ese mismo día u otro que conocí a su mejor amigo. Me parece que se llamaba Camilo.
A mí se me había metido en la cabeza la idea de jugar rol en un espacio real. Estaba haciendo averiguaciones para ir a una finca/casa de campo, usar disfraces y crear reglas para el juego. Durante los preparativos hubo varios contratiempos, pero yo, en lugar de entender que indicaban que eso no pasaría, insistí. La visita a Camilo estaba relacionada con este empeño mío.

Tan dispuesta estaba a seguir con mi plan que ya había escrito descripciones de los personajes que usaríamos durante el juego. Yo estaba en la fase de elegir el reparto de jugadores y fantaseaba con que el tipo que me gustaba hiciera parte de él, pero no sería el único hombre. Adriana había sugerido invitar a su amigo y yo había aceptado. Le había mostrado las descripciones de los personajes pero ella no había hecho ningún comentario especial, pero esto cambiaría en presencia de Camilo.

Llegamos a una casa típica, por decirlo de alguna manera. Adriana usó el carro familiar para ir allí. Recuerdo haber recorrido parcialmente la casa de Camilo. Vi que jugaba o le gustaba el golf, una sala para ver televisión y la sala de la casa. Lo primero que más me llamó la atención en ese vistazo inicial fue un adolescente, hermano de Camilo, durmiendo en el sofá de la sala de televisión con el aparato encendido a un volumen demasiado alto. Pensé que quizás estaría enfermo o algo así porque yo no podría dormir en esas condiciones: un espacio abierto a las visitas y con tanto ruido de fondo.

Luego la conversación se desarrolló sobre todo en la habitación del amigo de Adriana. Ahí comenzó lo raro. Cada vez que me situaba en la entrada, en el portal, sentía que estaba sacando información de otro tiempo, del futuro para ser más exacta. Sentía que alguien o algo me susurraba un canto de sirena: “hagas lo que hagas, seas lo que fueres, serás feliz”. El mensaje, aunque positivo, era inquietante. ¿De dónde venía esa voz?, ¿quién la emitía?, ¿era voz o telepatía venida de no se sabe cuándo? El mensaje que prometía un futuro feliz me alteraba más de lo que me tranquilizaba y yo no era la única que se sentía así.

Por consenso decidimos movernos a la sala principal. Si mal no recuerdo estaba junto a la sala de televisión pero desde ahí ya no se sentía el ruido del aparato ni entraba la luz natural que se colaba por la marquesina del recinto anexo. La sala, por el contrario, era oscura y anticuada. No soy experta en muebles, pero si me apuran para pedirme una explicación de cómo eran, diré que eran tipo Luis XVI.

Finalizados los preámbulos, saqué mi cuaderno y comencé a leer la descripción del personaje que había elegido para Camilo. Al ser yo la directora del proyecto tenía autoridad para decirles a los participantes el papel que quería que desempeñaran.

La cara de Camilo ganó rigidez. La sonrisa amable que tenía antes despareció y su rostro dio paso a un gesto de ensimismamiento. Adriana nos observaba con sonrisa burlona. Al final se rió abiertamente. Eso era lo que ella quería, quería ver la reacción de él ante mis palabras. Ella sabía de antemano qué efecto tendrían en él pero no nos había dicho nada para comprobarlo con gusto, sin contaminación.

Justo ahora recuerdo que alguno de los dos hizo un comentario acerca de mi inteligencia, me parece que Camilo dijo que si no fuera inteligente seguramente Adriana no habría querido que fuera amiga suya. Él estaba incómodo, era evidente. Sin conocerlo, sin saber siquiera que existía había descrito su personalidad y luego había llegado con la descripción de un papel que quería que representara pero que para él era su día a día.

Si digo que el ambiente se enrareció no alcanzo a describirlo. Estuvimos un rato largo tratando de despedirnos, de seguir con las cosas que teníamos que hacer ese día. Adriana tenía que tomar una clase de tenis más tarde y yo quería ir a mi casa para ocuparme de otros temas de la universidad, sin embargo no lográbamos separarnos. Aparte de Camilo, que había hablado de la sorpresa que había sido verse reflejado en mis palabras, ninguno mencionaba nada más. Entonces me animé a señalar lo obvio.

Sonreímos con ansiedad, con nerviosismo, como si descubriéramos de repente que alguien nos espiaba, que alguien estaba dirigiendo cada paso que dábamos. Sentimos alivio. Ellos estuvieron de acuerdo en que era mejor hablar, en que esa rareza que había en el ambiente no podía quedarse innombrada. Finalmente pudimos irnos de la casa del amigo de Adriana. Ella me acercaría a mi casa.

No sé porqué subí al carro con ella si ya me sentía insegura, tan intranquila. Ella conducía de un modo correcto pero alterado. Es difícil de explicar. Yo temía que en cualquier momento produjera un accidente por gusto puro. Llegamos a la avenida en la que yo tenía que bajar pero decidimos seguir.

Ahora estábamos más cerca del lugar donde ella tomaría su clase. Unas cuadras antes de llegar le dije que estaba bien, que podía dejarme ahí pues había una ruta de bus que me llevaría a casa. Acercó el carro al andén y me bajé. Ya lejos de ella sentía una mezcla de alivio y tensión. Alivio porque ese momento raro y extendido había terminado oficialmente. Tensión porque sabía que tenía que alejarme de ella pero, tonta de mí, le había prestado el cuaderno donde había escrito las descripciones de los personajes.

En los días que siguieron supe más de lo que se decía acerca de ella. Ya había intentado trabajar con otros compañeros y al final el resultado era el mismo. En una ocasión tres chicas habían ido a su casa y la sensación de alivio al salir se había repetido. Ni ellas ni yo nos explicábamos cómo yo había soportado sola tanta tensión cerca de ella. Supongo que en parte el aire con el que quiso inflar mi ego, cuando me dijo que me veía en el futuro como una figura exitosa, había ayudado a que me quedara. Sea como fuere recuerdo que la evité y sólo seguí en contacto con ella hasta que me devolvió el cuaderno que me pertenecía. Me parece que el siguiente semestre dejó la universidad.

Sólo volví a saber de ella un par de años después, cuando una de las tres chicas que también visitaron su casa, me contó que se la había cruzado en su lugar de práctica profesional. Curiosamente había estado pensando en ella poco antes de verla. A ambas nos pareció más que una coincidencia, por la misma razón evitábamos hablar de ella y yo he pensado más de una vez si debía o no escribir esta historia. Antes había hecho borradores pero al final no llegaba a nada. No sé porqué hoy decidí escribirla para publicarla. Tal vez porque tenga conexión con otro comentario que oí en esa época y con otra sincronicidad que ocurrió hoy.

Va primer el comentario.

¿En dónde se ve dentro de 10 años?, pregunta popular en entrevistas de trabajo y consultas de terapeutas. Pregunta que me hizo otro compañero de universidad hace más de 10 años. No pensé mucho en la respuesta y de inmediato le dije:

−Me veo viajando en tren, sola, con un diario de viajes en las manos, parecido a los de Indiana Jones.
−Usted quiere ser rica ¿cierto?
−No sé, no he pensado en eso, sólo he pensado en viajar..
−Es que para vivir viajando se necesita mucha plata.

No sé a qué lugar nos llevó la conversación, pero ahora sé que hacer lo que uno se propone no es un tema de plata sino de certezas. Certeza de saber lo que no se quiere, certeza de saber lo que se desea, y de reconocer lo que es negociable y lo que no.

Mucho antes de comenzar a estudiar la carrera de la que al final me gradué, jugaba con papelitos mientras imaginaba cómo sería mi vida cuando fuera grande. Con papel cuadriculado dibujé y recorté documentos entre los que incluí, con certeza total, un pasaporte. En ese momento mi profesión era lo de menos, no así la actividad. Quería viajar, tanto como fuera posible y el asunto de la plata no me preocupaba. Hoy puedo decir que he viajado a donde he querido, puedo decir que volveré a Europa, no sé cómo ni cuándo ni a qué lugares pero sé que Adriana y ese canto de sirenas extraño tenían razón.

Muchas cosas que no tenían sentido hoy dejaron de ser jeroglíficos, y ya no me asustan. Hoy 18 de mayo de 2016, hoy que “por accidente” escuché un programa de radio viejo que habla de los deslizamientos en el tiempo, uno que menciona un incidente que involucra un día como hoy hace 49 años (el 18 de mayo de 1967), no soy tan inocente ni tan miedosa como antes. Hoy no sólo me gusta encarar lo raro y misterioso. Hoy lo busco activamente.

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