viernes, septiembre 02, 2016

Capítulo uno

Irene aún no lo sabe pero en un par de semanas, cuando se confiese una vez más con su diario, escribirá las siguientes palabras:

No. Nada. Ninguno. Nadie. Palabras que se van a vivir a las respuestas de los rendidos, de los adaptados, palabras que se metieron en las mías sin que me diera cuenta y sin que me resistiera. Palabras que sólo aparecieron cuando me vi (o mejor, cuando me oí) rodeada de ruido en la esquina de Venezuela y Santiago.

Hace dos semanas volví de vacaciones, volví de disfrutar el ardor en la piel porque es otra forma de sentirme viva y colorida. Y ahora que volví a la oficina, a mi escritorio, al supuesto trabajo de mis sueños es como si esta vida no me perteneciera, como si no fuera mía.

Me pongo los audífonos para oír música, para irla llevando, para entretenerme sin molestar pero después ni me acuerdo de elegir una canción, me quedo viendo al vacío a través de la pantalla del computador. Luego comienzan las incomodidades: comezón en el cuero cabelludo, dolor en un codo, náuseas antes de almorzar y lo único que me tranquiliza, lo único que me transmite resignación es que eso no puede ser, que no estoy embarazada porque ya me lo dijo el médico y, por ende, que debe haber algo más. Que no todo puede ser acostumbrarse al trabajo que tanto deseé para dos, tres años después sentir rabia cada vez que el despertador suena el lunes en la mañana.
No. Nada. Esto no puede ser todo, pero si no es esto entonces ¿qué es?

***



Ay, mi dedito, se queja Irene mientras sostiene el teléfono con la cabeza y un hombro.

¿Qué te pasó?, le responde Anaís desde su casa.

Nada, es sólo que me tropecé con la maleta.

¿Todavía no la has desarmado?

No, pero ya me había acostumbrado a tenerla ahí, no me estorbaba ni nada. Ay, me duele.

Irene, volvimos hace más de una semana. Sabes que lo último que me interesa es sonar maternal, pero sería bueno que la guardaras, ¿no te parece?

No sé.

¿Quieres que te repita mi teoría acerca del “no sé”?

No, gracias, me la sé de memoria, cuando alguien dice “no sé” en realidad sabe pero lo que sabe no le gusta.

Exacto.

Pero no Anaís, no sé, no sé nada esta vez.

Mentirosa.

Bueno, mejor cuelgo y me voy a pagar la tarjeta de crédito antes de que me cierren el banco.

¿En serio te vas a ir hasta allá?, si puedes hacerlo por teléfono o por internet.

Sí, necesito salir, hacer algo más antes de volver a la oficina, después me voy a encerrar mientras veo en el calendario los días que faltan para mis próximas vacaciones.

Ni me lo digas, si no vamos a terminar llorando las dos.

Te llamo después.

Vale, un beso, y guarda la maleta.

Sí, mamá.

***



Es miércoles y son las tres y media de la tarde, por lo tanto falta media hora para que comience oficialmente la hora punta, sin embargo eso le importa poco a la avenida Virrey Flórez que ya carga encima carros y buses con gente suficiente para llenar medio estadio de fútbol. Irene, viendo que le quedan menos de cuatro cuadras para llegar al banco paga el taxi y se baja para recorrer a pie el resto del camino.

En el banco hace la fila preferencial y mientras llega su turno se entretiene viendo una de las pantallas que flanquean las ventanillas. Cuando está recordando la arena suelta que hace diez días tocaba con las plantas de los pies alguien la sacude pronunciando su nombre.

¡Irene!

¿Uh?

Irene, hola ¿cómo estás? ¿bien?

¿Hola?

Bueno, estás igualita, no sé ni para qué pregunto, por eso te reconocí. El mismo pelo, pero más linda.

Jé, gracias… ¿Eliana?

Sí, ¿hace cuánto no nos vemos?

5 años, creo, desde la última reunión de egresados, o sea que van a ser…

Ay no, mejor no hagamos cuentas que estamos muy bonitas como para sentirnos viejas. ¿Y qué dolor de cabeza viniste a pagar? ¿La pensión del colegio de uno de tus hijos o la cuota de la casa?

No, no, no tengo hijos y no me he endeudado todavía, para eso no.

¿Y entonces?

Llegué hace unos días de Santa Rosa, estuve allá con Anaís, ¿te acuerdas de ella? También estudió con nosotras.

Ah, sí, sí.

Bueno, vine a pagar parte de esas vacaciones.

Ya, bueno, dichosa tú que todavía puedes darte esos gustos, nosotros, con los niños y Eduardo mi marido, queremos hacer un viaje así, aunque más familiar, tú sabes, pero tenemos que esperar hasta después de pagar la mitad del carro.

Sí, claro, la mitad del carro.

Mira, mira ya es tu turno.

Irene se acerca a la ventanilla, marca mal su clave personal la primera vez y luego repite todo el procedimiento hasta completar el trámite. Al alejarse mueve la mano con dirección a Eliana, queriendo despedirse y con la esperanza de que no se acerque de nuevo.

***



Ahora la maleta inconclusa está rodeada por los muebles de la sala. Allí hay silencio y la luz está apagada. En el cuarto de este apartaestudio se oye el ruido de un televisor escupiendo comerciales: “…inversiones provincia, tu mejor aliado a la hora de proteger el futuro de tu familia”. Irene pone encima de la mesa de noche un plato hondo y vacío, se levanta de la cama, va hasta la sala, se tropieza con la maleta y dice “ay, mañana”, agarra el mini portátil que está allí y vuelve a su habitación, busca el control remoto y aprieta el botón que trae al silencio.

Dichosa o la palabra del día. Creo que era en El tesoro del saber, ese programa que veía cuando era pequeña, donde escogían una palabra del día. Dichosa. ¿Dichosa? ¿Afortunada? ¿Debería sentirme dichosa porque estoy pagando a crédito unas vacaciones increíbles? No es que hayan sido a París o a Nueva York, nada del otro mundo, pero ni siquiera salí del país para disfrutarlas. ¿En serio será todo tan difícil después de que uno se casa y tiene hijos? Igual no me interesa averiguarlo, al menos no ahora, así como tampoco me interesa endeudarme para tener un carro, menos si voy a tener que usarlo en trancones como el de hoy, con tanto ruido y con tanta gente y con tanto humo.

Estoy extrañando mucho Santa Rosa, allá no sólo viven a otro ritmo sino que la gente hace lo que quiere, no lo que le toca, ni lo que estudió. Nada de eso. Lo que quiere y ya.

Irene cierra su computador y va al baño a lavarse los dientes. Al volver a su cuarto le da voz, otra vez, al aparato rectangular, busca el canal de videos musicales y marca quince minutos en el mecanismo que apaga automáticamente el televisor.

Antes de cerrar los ojos dice:

Un día menos de vacaciones.

Media hora más tarde seguirá despierta, en medio de la oscuridad y del silencio.





[I’m free to decide – The Cranberries]

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