viernes, octubre 21, 2016

Diario de la locura - Las historias de los calzones

En mi familia hay una obsesión, explicable, con los calzones. La primera historia que hace referencia a ello ocurrió en la década del 60. Mi abuela paterna preparaba a su hija, mí tía, para ir al colegio. Cuando ya estaban por salir a la calle la vio caminar de un modo extraño, apretaba las piernas como si tuviera urgencia de ir al baño, pero sin urgencia. Mi abuela le preguntó la razón de ese comportamiento y la respuesta fue directa “es que no tengo calzones”. Mi abuela levantó la falda de mi tía, verificó su versión y corrió para corregir la falta.

El siguiente episodio se dio en la década del 80. Ahora la que iba al colegio era yo y otra vez mi abuela era la encargada de alistar a una niña en las mañanas. El bus estaba por llegar, mi abuela y yo nos dirigíamos a la puerta de la casa cuando le pregunté “abuelita, ¿hoy no me vas a poner calzones?”, ella extrañada por la pregunta me levantó la falda de la jardinera y encontró la razón de mi comentario, o mejor, no la encontró. Me regresó a la habitación, me puso la prenda que me faltaba y me llevó corriendo a la parada de la ruta para que no me dejara.

El tercer episodio es protagonizado por ella, por mi abuela paterna. En la década del 90 tuvo que ser operada a causa del glaucoma. La cirugía era complicada así que todos en la familia estábamos preocupados. Mi tía, su hija, la acompañó durante el postoperatorio. Cuando se estaba despertando de la anestesia empezó a palpar la cama, como buscando algo, mi tía al notarlo le preguntó cómo estaba pero ella no respondía, cuando por fin habló le dijo “mija, ¿dónde están mis calzones?”. Mi abuela, que siempre se ha quejado del frío, ella que se casó para venir a vivir a Bogotá cuando la ciudad era más fría que ahora, ella que vivía en tierra caliente, se había negado a quitarse los calzones de lana calienticos que llevaba puestos  cuando le habían pedido que se desvistiera completamente para la cirugía. Luego, anestesiada, alguna enfermera enternecida la habrá desnudado por completo para cumplir ve tú a saber qué requisito higiénico.

En el cuarto episodio tenemos a mi mamá. Mi tía, mi abuela y yo le contamos estas historias y ella quiere sumar la suya. Siendo niña un hombre le pidió que le mostrara los calzones a cambio de plata. Mi mamá aceptó la propuesta pero le pidió que la acompañara a la parte posterior de la casa, ahí, en el patio, señaló con el dedo los calzones que estaban secándose en la cuerda de la ropa. Mi mamá remató la historia con un “pero se imaginan, seguro el tipo era un abusador”. Lo que no nos contó ese día es que ese peligro estaba más cerca de lo que mi tía, mi abuela y yo creíamos. Pero antes de llegar a eso necesito hablar de sueños y del baño de mi casa.

Uno de los símbolos que representa al soñador en sus viajes nocturnos es la casa. Según Jung, el famoso psicólogo suizo, la casa es una representación de la vida de una persona y cada zona hace las veces de un área de ajuste, así la sala se relaciona con la parte social, el comedor con la familia, la cocina con lo laboral o académico, la habitación con los afectos y el baño con la vida privada y la sexualidad.

Hace año y medio tuve que cambiar el calentador de mi casa. El aparato estaba completamente encerrado en un mueble de madera, por lo que necesitaba contratar a una persona que supiera de carpintería y también de plomería. Encontrarla no supuso ningún problema, el conflicto vino de mi inconsciente y de mis ancestros. Conocía al especialista que podría hacer la reparación, lo llamé para que viniera, hizo la cotización y aunque me pareció alta, porque tenía la esperanza de poder evadir esa refacción, sabía que el precio era correcto. Al final lo contraté, pagué con gusto y puedo decir que, racionalmente, tomé la decisión correcta, pero, y aquí el pero es muy importante, como tengo problemas de autoestima que me obligan a buscar desesperadamente la aprobación de mis figuras de autoridad, llamé a mi mamá para consultarle mi decisión. El resultado fue desastroso.

Mientras le comentaba la situación comenzó a quejarse del precio, de esto y de lo otro, y así hasta que me harté e hice lo que tenía que hacer, le dije que sería yo la que pagaría el arreglo y que por lo tanto no la estaba llamando para preguntarle qué hacer sino para informárselo y que si no le gustaba no era mi problema (qué tierna soy cuando me miento). El desafío la transformó de inmediato, se puso automáticamente en modo pasivo – agresivo y dijo, cómo no, que la agresiva era yo, que no se me podía decir nada porque ya estaba reaccionando como un lobo. Mi respuesta, con lágrimas de rabia fue: “pues si vas a actuar así mejor te llamo después, adiós” y colgué.

Pasaron varios días, para mi gusto muy pocos, antes de que volviéramos a hablar. Yo estaba dispuesta a completar una cuarentena al mejor estilo de Enric Corbera para sacarme su influencia de encima pero ella, con arrepentimientos y te quieros ya me estaba buscando antes de que se completaran los 40 días. En el intermedio mi mejor amigo tuvo que paliarme la rabieta y decirme “pero es que sólo a ti se te ocurre llamarla a preguntarle eso” entre risas. Y sí, él tenía razón, pero ¿por qué hicimos tanto escándalo por un simple calentador de agua? Porque el calentador era un símbolo de algo más.

El conflicto con el baño se repitió este año. Me fui de viaje un mes y mi mamá se hizo cargo de mi – su apartamento, pero en lugar de sólo recoger facturas y regar las plantas se inventó un plan de limpieza profunda de mi – su casa. Mientras estaba de viaje tuve un sueño extraño. Reparaba algo usando un tubo de silicona, al final quedaba tan untada de ese material que lo tenía hasta en el paladar. Lo siguiente que recuerdo es que un amigo, de mi misma edad y con una madre todavía más controladora que la mía, me permitía salir de su casa como si fuese una ladrona. Teniendo en cuenta que cambiaba de cama cada pocos días me limité a apuntar el sueño y a seguir con mi recorrido. Semanas después vendría a entender esas imágenes.

De vuelta en mi – su casa la sensación fue de extrañeza total. A diferencia de otras ocasiones en las que abrir la puerta de mi sucucho supuso un alivio, me saludó un olor que no era mío y un ambiente completamente ajeno. A mi mamá le brillaban los ojos como maniática cuando me contaba todo lo que había limpiado allí y acá. Yo me limitaba a decir “gracias” de un modo poco convincente. Todo estaba tan cambiado energéticamente que las primeras dos noches sentí que estaba durmiendo en cualquier lugar menos en mi cama. Varias veces tuve que medio despertarme para palpar las paredes y tratar de entender dónde dormía, y las sorpresas desagradables no habían parado.

Mi mamá, sabiendo lo delicada e íntima que es mi cama, había decidido que tenía que lavar el cobertor, las cobijas y cuanta tela se le cruzara, agregando en el lavado el puto suavizante de ropa, corrijo: la puta de mi mamá, sabiendo lo delicada e íntima que es mi cama, había decidido lavar toda la ropa de cama para marcar territorio. La quería matar, pero no la maté, está claro, ella sigue viva y yo no estoy en la cárcel. Y las razones para matarla seguirían apareciendo, esta vez y cómo no, en el baño.

El arma no tan secreta de mi mamá es la silicona. En un ataque de amor materno decidió poner tanta silicona como pudo en el lavamanos para que la humedad no se filtrara ni donde no se filtraba antes. La rabia que sentí fue descomunal. Pasé horas, literalmente horas quitando el pegote de los azulejos y ya en ese punto le mandé un mensaje diciéndole que la próxima vez que cuidara mi casa se abstuviera de hacer reparaciones y limpiezas no solicitadas. De nuevo la “mala” era yo, me dijo que en su caso le habría encantado encontrar todo limpio y arreglado después de un viaje. No me gasté intentando hacerle entender lo que no quería entender. En mi opinión las personas, como los computadores, tienen un límite para ser actualizadas. Quizás me equivoque pero muchas veces parece que elevarles el nivel de consciencia es como tratar de instalar un sistema operativo de 2006 en un computador fabricado en 1984, simplemente no funciona.

Hace unos días volví a soñar con ella. Ninguna sorpresa. Le he permitido ser una figura tan dominante en mi vida que la llevo a prácticamente todos mis sueños, aunque conscientemente no quiera. En esta ocasión estábamos en un supermercado y ella compraba dos frascos de limpiavidrios porque estaban en oferta. Creo que ni siquiera llegué a apuntar el sueño porque no me pareció significativo, pero el recuerdo se quedó ahí, acechándome, como uno de los libros que estoy leyendo, que cada vez que retomo confirma que lo que hago es lo que necesito de cada momento. La sección que leí esta vez hablaba de cómo la dejadez de un sector de tu casa indica problemas en esa área. Como llevo más de un mes sin limpiar por completo el baño me dije “hoy lo limpio” y empecé.

Lo que a mis ojos estaba más sucio era el espejo del baño. Busqué el limpiavidrios, sí, el mismo que mi mamá compró cuando estuvo acá, y empecé a limpiar las manchas de crema dental. Una vez terminé no pude soportar un hedor. Olí el papel periódico que tenía en la mano, olí el líquido y olí el vidrio. Ahí estaba, el espejo exudaba una pestilencia que sólo puedo describir como olor a sexo viejo y agrio, pero las palabras aunque fuertes no pueden traducir la repulsa que me provocó. Busqué lavaplatos para limpiar de nuevo, agregué sal marina a la mezcla porque para ese punto entendí que no era un olor químico sino energético, eso apaciguó un poco la peste pero no la paró, terminé de pulir el vidrio y llamé el poder purificador de la salvia. Encendí una flor y comencé a sahumar el baño. Poco a poco el hedor cedió.

Si fuese una persona todavía más inconsciente de lo que ya soy quizás habría hecho una llamada de emergencia a un grupo de cazafantasmas para que exorcizara mi casa, pero como desde hace casi un mes vengo explorando mi árbol familiar sabía exactamente de lo que se trataba.

Días atrás, cuando limpiaba la estufa, con tanto sentido del presente como me fue posible, entendí, al ver más silicona pegada por mi mamá, que su problema con la limpieza no es suyo ni tampoco mío. Entendí que si puede pasarse una tarde entera blanqueando un par de tenis es porque intenta purificarse, porque se siente sucia todavía, porque la mancha que dejó mi abuelo cuando la manoseaba a ella y a sus hermanas es tan honda y tan imborrable que todavía intenta quitarla.
Inventos e ilusiones

El bien y el mal son inventos del hombre. El hombre se cree bueno porque acaba una guerra con una bomba atómica que deja huellas durante décadas. El hombre se siente malo porque sus conocimientos son usados para crear armas de guerra. Soy mala porque llamo puta a mi mamá. Soy buena porque dedico horas a fabricar a mano un juguete onírico para que se conecte con su inconsciente. El bien y el mal simplemente no existen y, por tanto, tampoco existe la culpa.

Hoy he estado golpeándome a cada rato los pies con los muebles, no con fuerza pero sí con el entusiasmo suficiente para no dejar pasar por alto esos actos semiconscientes.

Nunca querré a mi madre como ella pretende que la quiera, así como ella nunca quiso a mi abuela como mi abuela quería ser amada. Y esta es una lección que entre más rápido comprendamos más rápido nos liberará del sufrimiento. Las mujeres tenemos la tendencia a sustituir padres y maridos con hijos, por eso nos ofendemos cuando hacen su vida o cuando simplemente hacen lo que se les da la gana.

Por el bien de esos hijos, que no sé si tendré, limpio mi árbol familiar con lágrimas, con sangre y hasta con orina si es necesario. Lo limpio porque si no lo hago el sufrimiento seguirá extendiéndose hasta que un día el dolor será tan insoportable que querrá matarse a sí mismo, a través de una enfermedad larga y traumática, a través de suicidios y a través de abortos.

La exploración del linaje es todo menos glamurosa, es más bien aterradora pero también es necesaria si uno quiere llamarse un ser completo antes que bueno y ese es mi objetivo. Estoy harta de mis charlas internas en las que mando al carajo a la gente porque no les gusta como me visto, como no me maquillo y en general cómo vivo. Nunca nadie me paró en la calle para criticarme, en general lo hacen a mis espaldas, así como te critican a ti y a tus hermanas, pero yo que sé que eso se siente, que todo está unido, siento esas críticas, siento esas agresiones y en mi cabeza, cuando estoy a solas en la ducha respondo a ellas “pues si no te gusta no me mires” pero el daño ya está hecho y el daño volverá a aparecer, y se lo volveré a entregar a mi doble, a mi daimon del futuro para que lo sane. Y volveré a hurgar, volveré a destapar ollas podridas, volveré a buscar trampas en cajones y armarios para comprender que muchas reacciones no son mías, que son de mis ancestros y que sólo si las expongo y las hago públicas voy a sanar y por ende vamos a sanar todos.

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