lunes, octubre 17, 2016

Diario de la locura - No soy lo que parezco

Recorrer varias ciudades europeas me enseñó algo: la zona linda y turística es la que se quiere mostrar, la que está llena de historias interesantes y memorables, el sector que hace que sus habitantes se sientan orgullosos por ser hijos de ella, pero la zona turística es sólo eso, una zona de una ciudad que también tiene prostíbulos, cárceles, manicomios y basureros. Si mi vida fuera una ciudad sería igual. Pero para volver a la geografía primero necesito llevarte al armario de mi habitación de huéspedes.

Hace unas semanas comencé a sacar cosas que no quiero, no necesito, no me gustan o que simplemente me aburrí de tener. Comencé de un modo tímido y ahora la cuenta va en cinco cajas, y eso que ni siquiera he revisado todos los muebles que tienen cajones o puertas. Lo hice esperando materializar un trasteo, una mudanza y como en esos eventos tienes que deshacerte de todo lo que no vas a usar me animé a dar el paso. Algo que me atrae de estos rituales es la cantidad de emociones que suscitan. Tirar lo gastado, lo viejo, lo sucio parece fácil pero más de una vez he sacado un par de zapatos para luego devolverlo al armario, para luego sacarlo para luego volverlo a meter y así hasta entender que lo que intento tirar no es un objeto sino una emoción ligada a él, una emoción que se explica a través de una historia.

A continuación mentiré y canalizaré a partes iguales. Mentiré porque me duele tocar a mis fantasmas santos y canalizaré porque los daimones siempre me acompañan, en especial cuando más los necesito.

En el armario de la habitación de huéspedes de mi casa hay varios muñecos de felpa, entre ellos tres hermanos: dos osos y una osa, además hay un perro rosado de ojos azules, todos son símbolos de un ser humano y todos están (estamos) relacionados con mi abuelo paterno.

El oso de pelo crespo es mi papá, el oso de pelo liso es mi tío, la osita es su hermana y el perro de ojos azules soy yo. Todos tenemos gafas, o eso creemos, no las usamos sino que las tenemos. Las gafas son algo así como el distintivo de un clan, el no ver bien. Yo recibí el símbolo cuando tenía 10 años. Recibí el diagnóstico pletórica. El médico decía “tienes miopía y astigmatismo” pero yo oía “ahora sí perteneces a los tuyos y vas a mostrarlo al mundo con orgullo”. Lo que no sabía, y tardaría 26 años en descubrir, es que eso que yo creía un premio en realidad era la expresión de una vergüenza.

Hace un par de años escuchaba un podcast de una chica argentina. Ella mencionaba que todos los niños que llevan gafas lo hacen porque en algún momento de sus vidas vieron algo que no les gustó y como no son capaces de verbalizarlo dañan su cuerpo de un modo inconsciente. De inmediato me pregunté ¿qué habré visto yo? Y como la mujer fatalista que a veces me dejo ser pensé en un abuso sexual, pensé “quizás mi papá me violó y lo reprimí tanto que ya ni me acuerdo” y seguí con mi vida, porque cuando eres inconsciente lo eres bien o simplemente no lo eres. Este año el mismo mensaje acerca del no querer ver se repitió y se confirmó.

Un amigo, al que no veía hace años, me invitó a almorzar a su casa. En la sobremesa, mientras tomábamos vino, me contó que en la época de la universidad un profesor del taller de teatro al que asistía le había dicho exactamente lo mismo, que las personas que usábamos gafas –mi amigo también las usa—lo hacíamos porque no habíamos podido soportar algo que habíamos visto. No buscaba una respuesta pero igual me la estaba dando.

Meses más tarde se me ocurrió una de las mías. Tras haber revisado una parte de mi árbol familiar con mi mamá algo se hizo evidente: Críspulo, el padre de mi abuela paterna había muerto el 14 de enero de 1977, es decir 3 años exactos antes de mi nacimiento. Yo no creo en coincidencias. Ese hecho ha sido un mensaje para mí y había estado cifrado simplemente porque no había querido verlo. En ese momento dije en voz alta que era necesario rendirle un homenaje y la idea comenzó a echar raíces en mi mente.

Hace 8 días recibí un reclamo. Mi mamá, que usa facebook más que yo, me envío un mensaje de parte de esa abuela, de la paterna, diciéndome que hacía mucho que no la llamaba. Hice cuentas y sí, habían pasado casi 20 días sin buscarla. A regañadientes la llamé para saludarla y le dije que iría a visitarla al otro día. No voy a mentir aquí, no me apetecía salir de mi dulce sucucho para ir a verla, más teniendo en cuenta que para hacerlo tengo que cruzar toda la ciudad, sin embargo sabía que eso sería más efectivo que hacerle una llamada larga. Luego pensé que ya que iba podría usar la visita para mi beneficio, le preguntaría acerca de Críspulo para llevar a cabo mi homenaje. Lo que no sabía, ni planeaba, pero que fue mejor así, es que iba a destapar otra olla de mierda.

De nuevo en la sobremesa comenzó la conversación. Sabiendo que el matrimonio entre ella y mi abuelo fue todo menos ideal y romántico, le pregunté por un episodio que desde que lo conocí me causó curiosidad. ¿Quién era ese jovencito que le mandó una carta cuando supo que iba a casarse con mi abuelo?, ella, dice, devolvió la carta sin abrir porque su moral le impedía hacer algo distinto. Pero ¿tuvo arrepentimientos? Cuando le pregunté por el personaje se le iluminó la cara arrugada con una sonrisa fugaz, seguro se sintió de 20 otra vez. Me explicó que el muchacho era hijo de un amigo del padre, un hombre del que se decía le había vendido el alma al diablo para recibir plata a cambio. Esa fue la razón que me dio para haber rechazado su carta. Ella, tan católica, tan romana y tan buena, no podía permitirse casarse con el hijo de un socio del diablo. Menos cuando el cura español del pueblo donde vivía le había dicho a la Señora Teresita, que en paz descanse, madrina y protectora de mis abuelos, “hay que cuidar a las muchachas de aquí porque se están perdiendo”. Mi abuela no sabe a qué se refería el cura, sólo sabe que hizo lo que mejor le salía: hacer caso.

Ana María, es decir mi abuela, se casó con mi abuelo “porque era el menos pior”. Ella había vivido años antes en Bogotá y soñaba con volver. Victorino de Jesús, o Víctor, como lo conocimos toda la vida, vivía aquí y eso le daba una ventaja sobre los demás. Casarse en ese momento se había vuelto una urgencia para ella, no porque fuera una solterona de 20 años, sino porque Críspulo, su papá, molía a golpes a Betsabé, su mamá, cada vez que algún pretendiente la visitaba a ella o a su hermana Ema. Como lo ve Ana María, casarse era un acto de compasión con su madre, era darle una razón menos a su papá para que le pegara a su mamá.

Ana María se casó resentida. Estaba cansada de ver a su mamá dejándose pegar mansamente de su papá. Betsabé además trabajaba para mantener a su familia. En una época vendía almuerzos en la casa que tenían al lado de la carretera y en otra vendiendo jugos afuera de una plaza de mercado, pero hiciera lo que hiciese su marido le pegaba. Él era policía forestal, frecuentaba putas y era amigo de la bebida. Ana María, que muchas veces quería ser como un fantasma para no molestar a nadie, no entendía nada. En silencio prometía que si ella llegase a vivir la misma situación se defendería con toda la fuerza de la que fuera capaz. Y un día lo cumplió.

Años más tarde, cuando era un señora de casa, sintió que hacía bien dejando un palo de escoba en la cocina. Su Señor Dios la había aconsejado de ese modo y ella, que ofrece todos sus días al Espíritu Santo, le hizo caso. El diablo nuevo, es decir Víctor, apareció listo para la contienda. Se zafó el cinturón y comenzó a cascarla. Ella lo dejó ser. Tres, cuatro golpes, los ojos puestos en la madera, cinco, seis, por su madre, por su hermana, por sus hijos, siete, ocho y entonces agarró el palo. Con un golpe seco y seguro devolvió todos los golpes de Críspulo, su padre, los de Vicente, su abuelo y los de Víctor, su marido y mi abuelo. La fuerza con la que se defendió fue tal que el palo se rompió en las canillas de mi Víctor. Ana María lo cuenta casi sonriendo. Cuando Ana María llegó a esta parte del relato no sé dónde estaba María Cristina, su hija, mi tía, sólo sé que por fin pudo contarlo. Mi tía siempre la interrumpía cuando intentaba hablar de esto diciendo que no quería que le manchara el recuerdo que tenía de su padre.

No fue fácil escuchar este relato. No fue sencillo sentir el orgullo en la voz de mi abuela cuando me decía que Victor fue a darle quejas a la Señora Teresita, que con tono de dama seria y bien puesta le preguntó “Ana María, ¿por qué le hiciste eso a Víctor?” a lo que ella “y ¿qué quería?, ¿que me dejara pegar?. La Señora Teresita no supo responder, y tampoco sabía lo que pasaba en la cama.
Lo que sigue no me lo contó Ana María, al menos no todavía, pero es lo que sospecho.

Tuve miedo de preguntar acerca de la historia de mis abuelos porque Ana María sufrió un infarto hace más de 10 años. Mi tía Cristina, temiendo lo peor, me había prohibido preguntarle por qué mi papá nació 7 meses después del matrimonio de sus padres. Durante muchos años he querido hacer esa pregunta, quiero hacerla antes de que Ana María muera y cada vez estoy más cerca de ello, pero a partir de experiencias impresionantes que he tenido con personas que no son de mi familia sé que así no llegue a hacerla la información vendrá a mí.

En un primer momento  me eché una mentira bella, loable, adorable. Víctor, mi abuelo, ese santo intocable, había rescatado a mi abuela, había decidió casarse con ella después de que hubiese caído en desgracia por haberse acostado con otro hombre. En mi versión rosada del mundo el hombre que me compraba manzanas y uvas importadas, así se le fuera todo el sueldo en ello, no podía tener ni una hebra de maldad. Seguro que mi abuela había sido la díscola, la puta que se había fugado con algún pretendiente más joven y más guapo que luego la había abandonado para que sólo un alma generosa y caritativa se hiciera cargo de ella, esa alma, por supuesto, fue mi abuelo. En ese escenario mi papá es un hijo medio adoptado, rechazado en cualquier caso, alguien a quien mi abuelo le hizo el favor de darle el apellido para que no fuera un hijo natural, un apellido que yo llevo hoy pero que no es el de la sangre, un apellido que es sólo otra máscara de este ser que escribe. Pero ¿y si la historia no fuera como me la conté?

Después de la conversación que tuve con mi abuelita vi una cara de mi abuelo Víctor que nunca quise ver.

Al contar mi historia no sólo digo que mis papás se separaron cuando yo tenía 5 años, también digo que quienes me criaron fueron mis abuelos paternos porque así fue. Mi mamá odia que recuerde más las loncheras épicas que me preparaban mis abuelos y que olvide con tanta tranquilidad que ella me compraba jugo de albaricoque de marca California para llevar al colegio. Yo ahora sé que todo es cierto y no es cierto. Ahora sé que recuerdo más con mis caprichos que con mi memoria y que cada vez que tocamos un recuerdo lo manoseamos, como Efraín, mi abuelo materno manoseaba a mi mamá, a mis tías, a mí y a mis primas, dicho sea de paso. Aunque lo que me pasó a mí generación con él fue mucho menos dramático y menos sistemático que lo que le pasó a la generación anterior.
Volviendo a mi abuelo paterno, mi héroe incorruptible, tengo sospechas fuertes y fundadas. ¿Cómo sé que no violó a mi abuela una y otra vez hasta que logró engendrar a la hija tan anhelada? He tomado por cierta la historia que cuenta mi abuela, esa en la que hace una novena para que su Señor Dios le conceda el milagro de tener una niña, con la que se detendría la obligación de abrir las piernas para el hombre detestado porque su Señor Dios así se lo había ordenado.

¿De dónde viene el anhelo de Víctor de ser padre de una niña, de ser abuelo de una niña? Una de las versiones de la historia de mi vida comienza con él, llevándome en brazos “de tres días de nacida”, como le gustaba decir, para entrar a la casa en donde crecí, la casa de tres patios en el centro de Bogotá, la casa que fue un regalo de bodas y que después de ser vendida fue demolida para construir un prostíbulo. ¿Cómo?, ¿cómo creer que ese abuelo que entendía que no me gustaba la comida dulce, que buscaba los buñuelos más frescos y las empanadas más crocantes para darme gusto, que guardaba las servilletas finas para dármelas era el mismo que pegaba y violaba a mi abuela? ¿Qué pasó en su historia, en su casa, para que saliera huyendo a los 13 años? Lloro escribiendo esto pero no quiero parar, no puedo parar, no puedo hacerlo por mí ni por mis hijos ni por mis padres. Lo hago por mí, primero por mí y luego por los demás porque si no soy capaz de ayudarme a mí no soy capaz de ayudar a nadie.

Sospecho un incesto, sospecho porque Víctor fue bastante metódico al ocultar sus raíces. Uno de sus sobrinos tuvo que acecharlo y jugar al detective durante semanas antes de dar con él. No sé si ese sobrino vive pero me gustaría hablar con él. Escribo esto para poder hablar con el sobrino de Víctor sin romper en llanto mientras hago preguntas. Sospecho un incesto porque ahora me gusta un hombre y ese hombre tiene una hermana que se llama como yo, lo sospecho porque los humanos olvidamos la historia pero ella no nos olvida a nosotros.

Ahora voy a cuando tenía 9, 10 años.

Mi mamá había tenido uno o dos novios después de separarse de mi papá. Estuvo Arcadio, ese que me prometió todos los juguetes de la Barbie que quería tener si sacaba buenas notas pero que se borró sin siquiera dejar un pagaré para honrar su palabra. Luego estuvo Hernando Iván, el de la voz bonita y el que, a mis ojos de niña, era el causante de que me llevaran al psicólogo por primera vez. Nunca entendí porque sentía una atracción insana hacia él, tenía un complejo de Elektra claro, quería que fuera mi novio, que me besara, que estuviera conmigo en la cama, durmiendo. No recuerdo haber tenido fantasías sexuales con él y de nuevo, tuvieron que pasar 26 años para que comenzara a entender. Hernando Iván y Myriam habían sido novios antes de que ella conociera a Carlos, mi papá. Hernando Iván y Myriam tuvieron un aborto, así que ahora cargo con el fantasma de un niño no nato, de ese niño que marcó que me llamara como un hombre (Johanna es la feminización de Johann y la alternativa era Andrea, feminización de Andrés, el segundo nombre de mi padre, y mi papá, ¿no fue una decepción por haber sido hombre cuando Víctor esperaba que fuera mujer?). Y la historia se acuerda tanto de ti que el complejo de Elektra se cumplió, se cumplió con mi novio - marido de voz bonita que se llamaba Iván. Ay, y el comentario de mi mamá “yo también me enamoré de Hernando Iván por la voz”.

Las charlas internas

“El mejor predictor de la conducta futura de una persona es su conducta pasada” decía un profesor de la universidad donde estudié psicología. Hoy creo que es necesario corregir esa frase: “El mejor predictor de la conducta futura de una persona es lo que desconoce de la conducta de sus antepasados.” Querrás huir, lo intentarás pero si no conoces la sombra de tu linaje nunca irás muy lejos.

Y ya sabiendo esto ¿cómo no ver porque no llego a donde quiero con los hombres que he amado? El problema lo tengo con mi santo, con mi abuelo santo, con mi Victorino de Jesús.

Recuerdo una tarde en compañía de un par de primas respondiendo tests de la revista Tú. Uno de ellos iba acerca de eso justamente, de cómo eras para emparejarte. Mi resultado: exigente y cómo no. Cómo no ser exigente si tuve al marido perfecto, si fui una viuda de 18 años. Siguiendo con la hipótesis que todavía me duele, hubo un incesto en la familia de Víctor, él se enamoró de una hermana y eso sólo tendría solución cuando ella cumpliera 18 años. ¿Es casualidad entonces que mi abuelo muriera cuando yo tenía 18 años?, ¿a dónde huir en esa situación?, la muerte ahora no luce tan mal. Mi abuelo era mi príncipe azul, mi caballero de la armadura dorada, el que siempre estaba ahí cuando mi papá no estaba, el que iba a recogerme al colegio incluso cuando no tenía que hacerlo, pero mi abuelo no era bueno y tampoco era malo. Era un chofer de familia, por eso no es casualidad que viva diciendo que si me dan un carro lo quiero con chofer, pero lo digo sin consciencia. No quiero un carro ni tampoco un chofer, quiero un marido, quiero que alguien reviva a mi abuelo y que me devuelva a mi marido, pero como eso es imposible sigo midiendo a todos los hombres con la vara de mi abuelo y todos se quedan cortos. Y ya que estoy bajando a los santos de los pedestales sigo con mi madre. No quiero ser madre o, mejor, digo que no quiero ser madre porque al haber puesto a uno de sus novios por encima de mí me hizo sentir profundamente miserable, ese dolor me hizo desear tener a la madre que nunca tuve ni tendré, a la madre perfecta, por lo tanto quise ser una madre perfecta y como sé que eso también es imposible, decidí que lo mejor era no ser madre, así no corro el riesgo de equivocarme. Como dijo un amigo cuando le conté esto, al no tener hijos aseguro que gano por doble U, si no hay rival no hay modo de perder. Rival, que feo suena eso al referirse a un hijo, pero no me miento, así nos vemos, así nos tratamos. Mi mamá fue mi rival cuando quise besar a su novio, cuando lo quise para mí. Las novias de mi papá eran mis rivales y por eso las sacaba corriendo, a todas excepto a una que me gustaba, una a la que él se encargó de sacar corriendo.

0 comentarios: