domingo, octubre 23, 2016

Diario de la locura - Sensaciones fantasma

A veces están ahí y a veces no, justo como la comezón en un miembro amputado. No sabes de dónde vienen pero son tan reales que no puedes negarlas, como la seguridad que sentías cuando vivías con tus abuelos, la misma que sentiste cuando fuiste a vivir con uno de tus novios y que sólo podrías describir usando poesía.

Hace poco más de un mes salí a caminar porque sí. En el camino recordé una trilogía que terminé de leer este año: Silber de Kerstin Gier. Supongo que el cielo gris, sin amenazar lluvia, me recordó el clima de Londres, ciudad en la que se desarrolla la historia. Me dije que me gustaría vivir en una casa tudor y seguí esa línea de fantasías. Más adelante, mientras pasaba por un sitio que no había planeado en una dirección que tampoco había planeado, se me ocurrió empezar una conversación con un amigo al que había vuelto a contactar recientemente, después de hubiese pasado más de un año sin saber nada de él. No tenía expectativas. Buscarlo era como disparar un tiro al aire, pero el tiro dio en el blanco.

El encuentro que tuvimos al día siguiente se parecía mucho a una abducción extraterrestre. El tiempo se dilató mientras estábamos juntos y oí cosas que no esperaba oír en esta vida. La chica con la que había salido el Sombrero Loco había sido asesinada. Meses antes, cuando habíamos chateado, ya me había contado de su muerte, pero a pesar de que vivimos en un país con una historia tan larga de violencia, di por sentado que la causa de su fallecimiento había sido una enfermedad, no un balazo.

Me contó una historia breve con presentimientos, con odios, con disculpas y con esperanzas rotas. Al terminar supe que no podía estar con él aunque lo quisiera. Lo quería todo para mí y él estaba dividido. Al día siguiente, con dolor pero con certeza se lo dije. Él aceptó mi posición y, como de costumbre en nuestra historia larga, dejó entreabierta la puerta  que nos comunica.

Poco a poco más certezas me fueron atravesando. Dejaría de hablar con él durante un tiempo y luego lo buscaría. Vinieron noches de releer conversaciones viejas, de comprender cuánto me gusta el Sombrerero Loco y cuánto miedo me producía la intensidad de tales sentimientos. Llegó también la comprensión de que si nunca quise estar cerca de él antes, cuando estuvo en relaciones serias con otras mujeres, no fue por respeto a la moral y a las buenas costumbres ni tampoco por miedo a que si él engañaba a su pareja conmigo en el futuro me pasaría lo mismo con mi pareja del momento. La razón era más compleja y me había sido esquiva durante mucho tiempo.

Cuando tenía 14 años mi mamá, separada, me presentó a su novio nuevo. Cuando lo vi olí fuego, olí problemas, olí rabia, olí muchos sentimientos y muchas experiencias negativas, y no me equivoqué. A los 14 años mi mamá era mi proveedora y yo tenía un nivel de consciencia muy distinto del que tengo ahora, por eso me quedé a su lado. Los 10 años que siguieron, si bien tuvieron momentos muy felices, los recuerdo también como una época muy turbulenta en mi vida. Las peleas con mi mamá porque siempre había jugo de lulo en la casa para complacer al señor Jairo. La llegada del contestador automático para evadir a la mujer que buscaba a mi mamá para insultarla. Los limones cortados en cruz en todos los rincones de la casa, que luego se recogían negros y podridos. El no querer entrar al supuesto espacio seguro porque estaba él sintiéndose tan dueño y señor de un sitio que no le pertenecía. Sí, pasaron todavía más años antes de que mi madre aceptara en mi cara que se había metido en una relación ya establecida. Vinieron luego las explicaciones sin pruebas que se dan en esos casos. Que el matrimonio ya estaba acabado, que estaban los hijos de él y de la mujer, que bla y que bla y que bla. Pero yo no podía ser tan traidora ni tan puta como mi madre. Yo no quería ser tan gurupa (grupa) como las mujeres con las que se acostaba Vicente, mi tatarabuelo, ni mucho menos como las que le saciaban las ganas a Críspulo mi bisabuelo. Yo quería ser santa, así eso implicara morirme, literalmente, sin darle un beso al Sombrero Loco.

Entender todo esto, al menos a un nivel superficial, me tomó semanas, semanas alejada de él, pero cerca de mis muertos y de mi árbol genealógico. La recapitulación de mi historia y las conversaciones con familiares y amigos me fueron explicando más cosas. La dificultad, que muchas veces aflora en mí, para aceptar el amor desinteresado es una herencia que recibí de ancestros no reconocidos por sus padres y que sintieron la necesidad imperiosa de satisfacer a los demás para ganar un poquito afecto. Lentamente entendí que sí, que cuando digo que tengo una relación buena conmigo misma no me miento, por eso en algún punto, como acto de amor propio, le pedí perdón al Sombrerero Loco por todas las veces que fui dura con él por miedo a sentir demasiado. Le pedí perdón porque me hacía falta perdonarme a mí misma. La madrugada en que lo hice, porque al parecer la madrugada es el momento de las epifanías, me fui a dormir tranquila.

A la mañana siguiente pensé en alguna actividad que pudiera hacer para seguir honrando el compromiso que tengo conmigo. Revisar registros oníricos grabados en audio en mi teléfono celular me pareció buena idea. Empecé por los pocos que me quedaban de abril. Los oía, les ponía un título y los guardaba en mi disco duro externo. Todo iba bien, no sospechaba lo que estaba a punto de pasar.

En uno de los registros oníricos de mayo, que narré con naturalidad total, una palabra hacía referencia a la chica muerta con la que había salido el Sombrerero Loco. En ese momento el detalle del sueño era tan menor, tan cotidiano que no me perturbó, pero el estallido emocional ya estaba al acecho. Este es un resumen del relato que seguía sonando en mis audífonos:

Repito una palabra de una transmisión de radio que he estado escuchando. Estoy con Paloma Navarrete, una sensitiva española que respeto mucho y con otra mujer. Paloma Navarrete nos está dando una clase acerca de cómo detectar pistas de asesinatos, luego dejamos la habitación de paredes de madera en la que estamos y vamos a un salón anexo. Allí están el Sombrerero Loco y dos familiares suyos.

En ese punto solté el teléfono y corrí a llamar a mi mejor amigo. No lo encontré por lo que el garrón se lo tuvo que aguantar la novia. Yo estaba alterada, muy alterada aunque ella no dejaba de decirme que era increíble mi presencia de ánimo. La fecha no mentía. El sueño lo había tenido a menos de un mes de la muerte de la chica y dos meses antes de que el Sombrerero Loco me hablara de ello. El sueño además tenía otra particularidad. A diferencia de otros viajes nocturnos recientes, en los que me las he arreglado para disfrazarlo, su figura era tan clara que lo mencionaba con nombre y apellido.

Luego de varias horas encontré el valor necesario para oír toda la grabación y a continuación pedí ayuda del Otro Lado. La respuesta que recibí  fue “este mensaje no es sólo para ti”. Le envié el archivo sin convertir para que pudiera verificar la fecha, le pedí que dudara, porque si yo recibiera algo así también lo haría, finalmente le dije que si quería saber más me buscara. Pasadas unas horas respondió. En su mensaje me explicaba porqué aparecían sus familiares en el sueño y me daba el nombre completo de la chica. Uno de sus apellidos era la palabra que recordaba de la transmisión de radio con la que empezaba el relato.

Estaba muy alterada. Busqué ayuda. Me comuniqué con personas que siento saben más que yo de temas espirituales y que tienen un contacto cotidiano con otras dimensiones. Me tranquilizaron y me enviaron su apoyo. Por mi cuenta seguí tratando de entender todo lo que había pasado.

***

Para este punto el Sombrerero Loco me ha escrito otra vez. Dice que no quiere saber nada más de la chica muerta. Deja en mis manos la exploración de estos datos.

Lo que escribo aquí es lo que quería discutir con él. Es un ensayo de explicación, un ejercicio para tratar de entender. Esta cadena de hechos vino a comunicarme de un modo bastante contundente que muchos de los mensajes que recibo en sueños no son casualidades, no pueden ser casualidades sino información precisa y valiosa que necesito para guiar mis pasos.

En el pasado intenté alejarme de la percepción extrasensorial, darle la espalda a acontecimientos, en apariencia, inexplicables pero una y otra vez su intensidad aumentó, obligándome a verlos a los ojos y a escuchar lo que tienen para decir.

Nunca pedí recibir esta información. Cuando tuve este sueño tan inquietante ni siquiera había pensado en volver a buscar al Sombrerero Loco, pero se nota que en el Otro Lado estaban pensando en mí.





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