miércoles, noviembre 23, 2016

Yo invento el trabajo de mis sueños

En el trabajo de mis sueños acepto la responsabilidad de mis elecciones. En él uso mis talentos sin cansarme y lo reconozco como parte del proceso que estoy siguiendo para expresar todo el potencial de mi ser. Lo que sigue es un relato de cómo llegué a esta definición.

En términos de periodismo, esa profesión que durante tanto tiempo creí sólo podías ejercer si una universidad te avalaba para hacerlo, he hecho prácticamente todo lo que he querido. Trabajé como redactora en una agencia de publicidad, escribí artículos para una revista de arquitectura, redacté contenidos de temas diversos para páginas web y llegué a ser la responsable de redactar todo el contenido de otra revista corporativa. En el proceso aprendí a hacer entrevistas desestructuradas, a editar testimonios hasta hacerlos comprensibles, sin cambiar el sentido original, y a tomar fotos aceptables para ser publicadas. Esta experiencia me sirvió para que me contrataran en una tercera revista, de circulación nacional y dependiente de un periódico prestigioso y con mucho abolengo. Lo curioso de este recorrido es que no recuerdo haber sido tan feliz con esos trabajos como lo he sido escribiendo acerca de temas que realmente me importan para proyectos que yo me inventé.

Lo que no cuentan las fotos

Tengo una foto que me tomó un ex novio en un viaje a Buenos Aires, en ella estoy al frente de una de las entradas del teatro Colón con expresión de aburrimiento. No hay satisfacción ni felicidad, pero la falta de color no puedo achacársela a la compañía. Entonces estaba en la segunda parte de una luna de miel digna de cualquier chick-flick, pero para ser capaz de señalar la causa de mi gesto tuve que esperar.

Varios años después otro hombre me tomó una foto en la terraza de un museo dedicado a la cultura celta. La expresión que tengo en esa imagen es totalmente distinta. No era sólo el saber que tenía la preciosa campiña austríaca a mis espaldas sino la sensación de haber estado expuesta a tanto conocimiento, a través de las traducciones de ese regalo vestido de amigo. Ese día fui plena, total. Ese día viví otra vez como investigadora curiosa sabiendo que me preparaba para adorar, una vez más, el sentirme poseída mientras escribo. Ese día, a diferencia de ese otro ya tan lejano, en otro continente, estaba siendo yo. La foto no fue la respuesta a un “requisito”, a un hay que hacerlo porque es lo que dictan las buenas costumbres sino un recuerdo espontáneo para el futuro de lo que realmente me hace feliz.

Antes de publicar el artículo que escribí hace unos días pensé en ilustrarlo con alguna foto, pero como pasa cuando intentas que una imagen transmita mensajes tan etéreos como espiritualidad, creatividad o encanto no logré hacerlo rápido. Busqué algunas imágenes y la única que llamó mi atención fue una diagramación bonita de una frase en inglés que podría traducirse como “el trabajo de tus sueños es el que tú creas”. Insatisfecha y apurada cerré la ventana del explorador y me ocupé de otras cosas, pero la frase quedó ahí, en el cuarto trasero de mi mente, preparándose para volver en forma de revelación.

Leer está muy bien, leer es muy fácil, pero leer también es el vicio que me hace creer que estoy haciendo algo cuando en realidad no estoy haciendo nada, porque el cambio en mi consciencia, el darme cuenta sólo ocurre cuando me cuestiono, que fue lo que pasó a continuación.

En un momento en que mi mente estaba libre de tensiones importantes vino la revelación: así como de la época escolar recuerdas más a las personas, las vivencias, lo que aprendiste a nivel emocional, y no cómo calcular el seno y el coseno en clase de trigonometría, de la vida vas atesorando los momentos que te dejaron lecciones valiosas y alegrías. Entre las páginas de mi diario no guardo una diapositiva en miniatura de esa presentación tan chula que hice para el cliente X ni la foto de un gerente leyendo el discurso que escribí para él. En mis cuadernos de campo pego el tiquete del ferry que me llevó a un lugar que parece sacado de un cuento de hadas, el recorte de la pizzería a la que fui con mi ex después de asistir a una obra de teatro que nos mató de risa y los borradores que hice de la portada de mi libro La numerología de los sueños. Los cuadernos de recortes y los diarios personales se han transformado en epitafios, en legados de los años que se fueron y que, a gusto o no, dejé atrás.

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, elige el que tenga corazón

Ya pasó mi disgusto y mi irritación. Ya no le veo sentido a criticar a los oficinistas que mansamente van todos los días a degustar exquisita agua de botellón y que esperan con ilusión el día de la paga para comprar eso que no pudieron el mes pasado. Ya he sido capaz de ver ofertas de trabajo sin hastío y reconocer varios cargos a los que se ajusta mi perfil profesional y que podría solicitar con mi hoja de vida elegante y bien planchada, y así, con ese desapego a lo negativo, he evaluado la posibilidad de volver a esos escenarios frente a la alternativa de seguir escribiendo, dibujando, recortando y pegando para crear objetos con alma. Es más, ahora me siento más cerca de la comprensión de que no se trata de esto o lo otro, sino que puede ser esto, lo otro y aquello. Ahora, así no ponga cartas sobre la mesa para saber cuál es la alternativa más conveniente desde el punto de vista del Bien Universal, entiendo mejor eso de “el camino que tiene corazón”.

Si considero ir a trabajar a otra agencia está bien y si prefiero ir a vender artesanías a una feria o una playa también. El conflicto es cada vez menor porque cuando escojo salir del presente, cuando miro al pasado o al futuro encuentro lo mismo, veo que al final del día, de la etapa o del ciclo el amor, la felicidad, la armonía han venido de adentro, de hacer lo que amo, de pagar para hacer reportería para escribir una crónica que nadie me encargó, de investigar para escribir un artículo que me importaba y que quería hacer para aprender, de curar y modificar imágenes para crear una baraja que empezó como una distracción para olvidar la tristeza de no haber vendido ningún libro de La numerología de los sueños a pesar de mis esfuerzos para darlo a conocer.

La felicidad no es esquiva, es rara. La felicidad es rara cuando no tienes consciencia, cuando no te das cuenta de que eso que compras o contratas sólo durará un rato porque viene de afuera, pero cuando te acercas a ella, la entiendes y comprendes de dónde viene, cómo viene, cómo la generas, entonces descubres el secreto de la magia. No importa en qué palabras te la cuenten, cómo esté encuadernada o cuál sea el disfraz del maestro que intenta transmitírtela, todos son medios de un fin que tú y sólo tú puedes alcanzar. Puedes alcanzarla a través de la literatura, los sueños o un libro de física cuántica pero a menos que medites, que reflexiones y que hagas tu trabajo no habrá promesa, método o clave que te la entregue lista para consumir.

A la alegría de vivir te la ganas con trabajo duro y con esfuerzo y ese es uno de los secretos reales de este asunto. Las promesas tipo encuéntrelo rápido también son promesas de piérdalo rápido, porque una vez comprendes el mecanismo sabes cómo repetirlo en el futuro, cuando haya nubes negras y noches de borrasca, ahora si sabiéndolo lo usas o no es otra historia, pero en mi opinión sólo cuando te has apropiado de veras de este conocimiento te es más difícil olvidarlo la próxima vez y es cuando puedes decir que has avanzado, así sea una micra en tu camino hacia la iluminación.




lunes, noviembre 07, 2016

Uno

La pregunta me la han hecho varias veces y sé que en el futuro me la harán otras más:

−¿Cómo te metiste en esto de los sueños?

Mi respuesta, con algunas variaciones, es la misma:

−Una vez mi abuela paterna tuvo un sueño tan, pero tan impactante que hizo que mi mamá me recogiera de la casa de la tía en la que me estaba quedando para pasar tiempo con una prima.

La reacción de mi mamá frente al sueño de mi abuela me pareció tan fuerte que despertó mi curiosidad. Antes ya había estado expuesta a la oniromancia. La modalidad, ahora vintage, de venta de libros por catálogo también había tocado la puerta de mi casa de infancia. A través de ella mi mamá había comprado un diccionario de símbolos para interpretar sueños. El libro pasaba de mano en mano entre mi mamá, mis tías y mi abuela de la casa materna. Yo también lo ojeaba pero lo que más recuerdo de ese texto era el miedo que me recorría cuando veía una reproducción del cuadro El grito de Munch y que a través de sus interpretaciones aprendí el significado de la palabra “querella”. Pero no todo fue tan estilizado ni tan intelectual.

Durante mi infancia y mi adolescencia, como buena hija de la década del 80, una de mis niñeras más leales fue la televisión. Veía todo, absolutamente todo, lo que me permitían y lo que no, que veía a escondidas, los pecados de Inés de Hinojosa, por ejemplo. De esa oleada de contenidos recuerdo especialmente dos películas relacionadas con la magia: Warlock, el hechicero y Jóvenes Brujas. Entre una y otra pasaron varios años, pero sus historias y los efectos especiales de la época fueron suficientes para plantarme dudas que décadas después no acabo de despejar.

Con Warlock, la primera que vi de las dos, se abrió para mí la puerta de la simbología, pero no la de los diccionarios de sueños comunes sino la de la semiótica y las culturas del mundo. Después de verla pedí con insistencia mi primer diccionario de símbolos, que todavía conservo. Mientras llegaba el tiempo de ver la segunda exploré conceptos budistas y los efectos de crear conjuros en una lengua extranjera, en lo que amigas de ocasión me acompañaron.

La primera fue Lays. En un momento muerto de clase y usando el anexo de un diccionario Larousse de los gordos, nos inventamos un hechizo para algo que no recuerdo, el todo era escribirlo en latín porque así sonaba más poderoso. Una dictaba y la otra escribía. Al terminar lo leímos y sí, era poderoso, inspiraba respeto. Entendimos con la práctica que la palabra es muchísimo más poderosa de lo que se quiere aceptar comúnmente. Supongo que por alguna intuición preferimos dejar de lado el documento, o quizás lo dejamos atrás para entretenernos con otro tema que nos pareció más interesante en ese momento: la hipnosis.

Un profesor de filosofía nos había encargado un ensayo en el que debíamos explicar si la hipnosis era o no efectiva. En un primer momento lo escribimos sin ninguna experiencia, consultando libros y reflexionando, pero luego, con la semilla de la curiosidad plantada, pasé a la parte práctica con otra amiga, Vanesa.

Vanesa era un poco menor que yo pero no por eso más manipulable. Le conté lo que quería hacer y ella se ofreció como conejillo de indias. Gradué la luz de mi habitación para que fuera acogedora, luego ella se tendió en mi cama y yo me senté a un costado en la silla del escritorio. Cuidadosamente seguí las instrucciones que tenía a mano. Hablé despacio y en un tono monótono para lograr el efecto que deseaba. Usé la metáfora de la escalera. Le pedí que bajara varios peldaños hasta encontrarse en un lugar subterráneo y tranquilo, luego le indiqué que se mirara la mano izquierda, que tenía a la vista y que la abriera y la cerrara. A pesar de una duda breve, siguió mis instrucciones. En ese punto la saqué lentamente del trance. No me interesaba plantarle ninguna idea rara ni ordenarle nada. Suficiente había tenido con probar que la hipnosis funcionaba, incluso cuando había alguna resistencia pues, como Vanesa después me confesó, intentó resistirse para que no pudiera ordenarle nada mientras yacía en mi cama, pero, contrariando sus deseos, fracasó.

De esa época también recuerdo el habernos resistido, con Lays, a entrar a misa porque nos declarábamos budistas. Al evocar ese episodio veo desde el exterior el aula múltiple en la que todas nuestras compañeras respondían los rezos del cura mientras un profesor, con gesto comprensivo, nos preguntaba a qué templo asistíamos para practicar nuestra fe, algo que no supimos cómo responder. No recuerdo cómo terminó el episodio sólo sé que después le pedí a mi papá que me llevara a conocer una mezquita budista, pues creía que así se llamaban los lugares de culto de esa religión. Luego intenté leer textos en inglés que hablaban del nacimiento y expansión del budismo, por eso tengo claro que el dogma de la fe funciona muy bien y sin importar la creencia. Mi comprensión de esa lengua no era muy buena, de ahí que cada vez que leía “monk” entendiera “mono” o “simio”. Ahora puedo reírme de mí misma, pero hubo una época en la que creía que los primeros encargados de transmitir la doctrina de Buda habían sido animales peludos. Con el tiempo no sólo entendí la diferencia entre las palabras “monk” y “monkey” sino que empecé a usar Internet, la herramienta que define nuestros días, para hacer más honda mi conexión con el mundo onírico.

Introducción

La memoria. Durante mucho tiempo creí que la memoria era fiel, que una vez guardabas un recuerdo permanecía siempre igual pero poco a poco, revisando registros en mis diarios viejos y leyendo artículos y libros acerca de neurociencia, aprendí que la memoria es todo menos estable. Creía yo, hace años, que cuando pensaba en un ex novio o en mi abuelo muerto les estaba dando vida a los recuerdos ligados a ellos, que los fortalecía al sacarlos a pasear por mi mente, pero luego entendí que las consecuencias de la evocación son muy distintas: cada vez que vuelves a la casa de tu infancia que vive en tu memoria la cambias, la modificas incluso sin proponértelo.

Las conexiones cerebrales son todo menos estables. La comunicación que se establece entre una neurona y otra y, por ende, entre un sector y otro, recibe la influencia de nuestra actividad mental, con lo que se logra aquello que dijo el premio Nobel Ramón y Cajal de que somos escultores de nuestro propio cerebro.

Ya he aceptado el hecho de cambiar mis recuerdos. Los adorno, los podo y los embellezco dependiendo de la actitud que tengo cada día. Si me siento invencible imagino un pasado de súper heroína y cuando no estoy en paz conmigo misma me invento miserias que nunca ocurrieron, y esto no es un privilegio sólo mío. Todos hacemos lo mismo.

El recuento que sigue es, por tanto, subjetivo hasta el infinito. Más que un relato de cómo recuerdo hechos de mi vida relacionados con el modo en que he aprendido a transitar el mundo de los sueños y a ser una de sus guardianas, es una crónica ficcionada que se transforma con cada giro, con cada remembranza y que responde al capricho del paso del espacio-tiempo, real y fantástico. El único objetivo que alcanzo a vislumbrar con esta recapitulación es acumular energía para tener sueños lúcidos más a menudo. Si además logro plantar señales en el camino de algún soñador principiante, pues que así sea.

jueves, noviembre 03, 2016

Que no te dé miedo hablar

En el tiempo que llevo indagando acerca de mi pasado he descubierto varios secretos oscuros pero, al margen de ellos, lo que más llama mi atención es la reacción de las personas a las que muestro mis trapos sucios.

Después de reconocer abusos, abortos y posibles incestos sentí que me deshacía, pero como la primera que me contó estas historias fue mi mamá poco pude hacer. En ese momento sentí la obligación ¿moral? de resistir, de aplicar lo mejor que pude el entrenamiento que recibí en la facultad de psicología para hacer como que todo eso era absolutamente normal, pero al final de cuentas ¿qué lo es?

Días más tarde, cuando estaba en mi espacio sagrado y seguro, pude meditar, llorar de un modo raro -no sabía si sentía rabia, dolor, tristeza o qué- y sentir que físicamente mi cerebro estaba cambiando. Tenía unas sensaciones extrañas en el cráneo que me avisaban que algún esquema mental viejo se estaba modificando. Pero esto no fue todo.

Aunque al principio elegí guardar silencio pronto empecé a hacer listas mentales, listas cortas, de a quién podría contarle todo lo que acababa de saber. Lo primero que me asaltó fue la culpa pues se supone que no debes decir nada "malo" de tu familia, pero como vengo trabajando desde hace un tiempo con conceptos parapsicológicos y dilemas morales que me recuerdan de modo contundente que el bien y el mal no existen, pronto dejé de sentir la obligación de ser leal a mi clan, por lo que la culpa que podría sentir al contar hechos reales y pasados se disipó.

No se trata de que esté orgullosísima de haber tenido un bisabuelo que amenazó de muerte a su esposa y a varios de sus hijos, pero tampoco es que me sienta gozosa de haber descubierto que era un músico autodidacta y profesor de esgrima, es que estoy aprendiendo a ver todo eso como hechos, como situaciones que de algún modo contribuyen a un Orden Mayor, así con mayúsculas. Aceptar esos esas realidades, así, sin juicios, me ha permitido contar a mis amigos lo que pasó en mi familia y en mí misma. Ahora con toda la información que tengo encima entiendo mejor mis propios instintos asesinos y veo de otro modo al ego, que en algún momento me impidió soltarlos para que desperdiciara ve tú a saber cuántos años en una cárcel por un crimen que no valía la pena cometer. ¿Y sabes qué es lo que más me ha sorprendido de esto? La reacción de las personas con las que hablo.

Cuando esperaba que me acusaran con sus dedos limpios e inmaculados, porque quien juzga se pone en el papel del juez santo y puro, salieron risas cómplices y confidencias no solicitadas pero que agradecí porque me hicieron sentir menos "mala", -mira que el bien y el mal son ilusiones difíciles de desvelar-. Una vez conté lo peorcito que me ha pasado y que les ha pasado a mis ancestros vinieron las confesiones del tipo "yo también siento a veces que odio a mi mamá", "mis abuelos no se quisieron" y "mi abuelo también tiene un hijo por fuera del matrimonio". Yo veo todo esto como magia. Iba esperando latigazos severos y me encontré con comprensión y hasta "envidia de la buena" por ser capaz de confrontar a mis mayores para ir tras la comprensión de mi genealogía.

Te lo concedo, explorar el pasado aterra porque es terreno desconocido, así se trate de tu familia. Muy seguramente desconoces el nombre de tus tatarabuelos y las profesiones ejercidas por tus bisabuelos, incluso guardas secretos que les cuentas a tus amigos pero que escondes de tus hermanos y como no escribo queriendo hacerme la superada diré que todo eso es "normal".

Todos gastamos demasiada energía tratando de dar una imagen que no corresponde con nuestros pensamientos ni con nuestras emociones. A muchos les da vergüenza sacar la basura porque quieren sostener la mentira de que en su casa no hay nada malo ni sucio, otros, como yo, creemos con devoción que somos súper independientes al tiempo que olvidamos convenientemente que todos los muebles que llenan nuestras casas fueron comprados por nuestros padres. Sí, contamos cuentos de hadas que creemos ciertos hasta que reflexionamos y desenmascaramos al lobo negro que vive dentro de nosotros.

Cada vez que cuento una historia que creo peor que la anterior lo hago con menos miedo que antes. Ya no espero un tablazo ni ser lapidada por los demás. Ahora sé que ese que me escucha, mirándome o no, se siente identificado con mis oscuridades, al tiempo que resiste las ganas de decir que él o que ella también ha sentido ansias asesinas, que odia a su tía o que cree que su papá le arruinó la vida. Mis historias no son mías, son las de todos y en la medida en que más las ventilo más se sana mi entorno y más me ayudo a mí misma, que es a la única que puedo ayudar.

El trabajo de tus ¿sueños?

Hace unos días me llegó un recordatorio de lo que supone uno es el trabajo de tus sueños. Hacer eso que tanto te gusta y que además te paguen bien por hacerlo. Pero ¿qué pasa cuando el trabajo soñado deja de hacerte feliz?

No tengo el recuerdo consciente de haber deseado tal o cual trabajo durante años hasta haberlo conseguido, al menos no fue así de niña o de adolescente. Recuerdo sí que me sentaba a escribir durante horas y la actividad per sé me causaba felicidad, eso era todo. No pensaba en cuánto me iban a pagar ni siquiera pensaba en si te pagaban por hacer eso, lo hacía y ya. Claro está que ayudaba mucho el ser niña y adolescente, porque en ese entonces las cuentas por pagar no eran algo que me preocupara.

Con el tiempo, la experiencia y los cambios llegaron trabajos que en su momento pensé me harían muy feliz. Quizás fueron lo más parecido que tuve a un trabajo soñado PERO pasados tres, cuatro meses todo volvió a ser como antes. La curva de aprendizaje se aplanó, el reto se perdió y yo sentía en más de una ocasión que sólo hacía plata. A muchas personas la plata les basta para seguir adelante. Siempre están pensando en eso nuevo y brillante que se van a comprar y por eso la plata los motiva, pero yo, que ya he llenado casi 5 cajas de objetos que no quiero, no me sirven, me estorban y que sé pueden hacer feliz a alguien más, no soy quien para sentirme radiante y poderosa por ganar más y más millones, muchísimo menos si a cambio de ellos debo trabajar jornadas de 12, 16 horas cada día en algo que me mata el alma. Pero que no se me malinterprete, tampoco quiero ser una hippie mugrosa y pobretona. Yo busco algún equilibrio.

El trueque es bello, hermoso, práctico pero a mí, como a ti me llega sin falta la factura de la luz y la del gas y la empresa no me recibe ilustraciones, mezclas herbales ni clases a cambio del servicio que me presta. Acepté estar en este mundo y una de las condiciones para estar aquí es transar con dinero.

Dejemos a un lado el cuento de hadas

Hace un par de años empecé a ver mi insatisfacción con el trabajo que tenía. Había aprendido mucho acerca de periodismo sin inscribirme en ninguna universidad. Tenía el privilegio de firmar artículos con mi nombre aunque ninguna autoridad oficial ha dicho que soy periodista y por un tiempo me gustó. Luego vino, como suele pasar con todas las decisiones que no están precedidas por un cambio de consciencia, la insatisfacción. Creí que ese trabajo me haría feliz durante mucho tiempo y sí, fue un medio para conseguir fines: viajes, sensación de independencia, cremas que huelen rico, etc. pero esa satisfacción fue efímera. Escribir una y otra vez de los mismos temas, así fuera cada vez más fácil porque sólo tenía que reescribir textos viejos, dejó de gustarme. Firmar como jefe de redacción se convirtió en una carga y, como un reflejo de lo que me pasaba, la empresa con la que trabajaba
entró en decadencia. La crisis no fue inesperada, el descenso estaba muy anunciado y yo me preparé tanto como pude. Seguí con este, mi proyecto personal, ahorré, viajé y me entregué.

Mirar el miedo a los ojos

Pasar de sentirte independiente, todopoderoso y cómodo a encarar la escasez y a vivir de plata prestada, mientras sigues luchando para que aquello en lo que crees persista no es fácil. Da miedo. Da muchísimo miedo.

En este punto no estoy bien y no me gusta aceptarlo, me irrita, me incomoda. Soy consciente de que esto no será eterno porque nunca lo es. Me molesta tener que malcubrir gastos fijos con entradas escasas e inestables, pero cuando considero la alternativa de buscar otra vez "un trabajo normal" o un "contrato rentable" viene a mí una sensación desagradable, amarga y pesada que lo invade todo. Así en este punto no sepa de dónde vendrá la plata que necesito para comprar jabón de tocador ni cómo cubriré la deuda que tengo de seguridad social, puedo ver a los ojos al miedo y decirle "sí, estás ahí pero así solo pueda dar un paso corto a la vez no pienso retroceder". La alternativa de estar de nuevo en un trabajo que no amo, que ni de lejos contribuye al Bien Universal y que sólo parece estar hecho para enriquecer a los ya ricos a costa del bienestar ajeno no me parece soportable.

No soy ninguna milagrera

Sentí la necesidad de escribir esto no sólo para mí sino para abrirle los ojos a algunos inocentes. Sí, ya sé que a veces soy demasiado pretenciosa por creer que la gente, en general, puede elevarse por encima de sus limitaciones, pero me cuesta ser de otro modo. A lo que voy es a que cada tanto se me acerca alguna persona pidiéndome que me sume a su proyecto, que trabaje en compañía de ella o que hagamos alguna actividad y por principio digo "sí" a todo. Me gusta descubrir hasta dónde se puede llegar con una iniciativa, a veces a feliz término, como pasó con el taller que di hace unos meses en Tunja, y otras veces no pasa de publicar un evento que luego borro porque no inspiró interés
suficiente para cubrir los gastos básicos que implica una actividad

de éstas, pero sea como fuere no dejo de percibir, quizás erróneamente, que algunas personas se acercan creyendo que tengo capacidades extraordinarias de convocatoria, que con sólo tocar el teclado atraigo la atención de los amantes de las plantas y del mundo onírico y que por eso a los eventos que organizo llegan decenas de personas y pues no, no es así.

A la charla que quise dar el jueves pasado no llegó nadie. No me da vergüenza decirlo porque estoy en la onda de ser tan transparente como puedo y porque tras revisar los pasos que dí para organizar ese evento pude concluir que por darle prioridad a otro que pretendí armar en sociedad, dejé de lado la preparación de este y lo descuidé.

Los temas que me interesan podrán tener mucho de paranormal pero no por eso la logística, la responsabilidad y la persistencia dejan de importar cuando se trata de materializar algo.

Esto que me pasa no es una exclusividad mía. Los altibajos, una oferta excesiva de cursos, talleres y, en general, de productos y servicios son una característica de nuestro tiempo. La competencia no es mala, al contrario, sirve para medir si lo que haces es de calidad o si debes mejorar lo que ofreces, pero aunque tu oferta sea la mejor de nada servirá si no trabajas con persistencia y con esmero. Puedes ser el mejor del mundo en lo que haces pero si lo haces cada año inevitablemente ese mediocre constante que se expresa todos los días te ganará la partida al cabo de un tiempo.

Yo misma he pecado por no trabajar con las ganas y con la constancia que envidio en otros. Los "problemas" que tengo ahora me los he buscado yo sola y por eso no tengo el dedo listo para buscar culpables afuera. Me acomodé, me dejé seducir por los beneficios de trabajos y contratos "estables y jugosos" que me anestesiaron y me hicieron olvidar en más de una ocasión que si quiero vivir de esto, de mis textos queridos, de mis barajas, de mis cursos no puedo pretender lograrlo sólo con esfuerzos frugales y aislados. O pongo mi lindo trasero en la silla y me pongo a trabajar como debo o me busco algo más para hacer, algo que al cabo de unos meses me dejará tan insatisfecha y tan aburrida como lo estuve en el pasado, algo, cualquier cosa que me pondrá en el punto de partida de un ciclo ya conocido pero hasta ahora no superado.

Adivina qué es lo que sigue.