jueves, noviembre 03, 2016

El trabajo de tus ¿sueños?

Hace unos días me llegó un recordatorio de lo que supone uno es el trabajo de tus sueños. Hacer eso que tanto te gusta y que además te paguen bien por hacerlo. Pero ¿qué pasa cuando el trabajo soñado deja de hacerte feliz?

No tengo el recuerdo consciente de haber deseado tal o cual trabajo durante años hasta haberlo conseguido, al menos no fue así de niña o de adolescente. Recuerdo sí que me sentaba a escribir durante horas y la actividad per sé me causaba felicidad, eso era todo. No pensaba en cuánto me iban a pagar ni siquiera pensaba en si te pagaban por hacer eso, lo hacía y ya. Claro está que ayudaba mucho el ser niña y adolescente, porque en ese entonces las cuentas por pagar no eran algo que me preocupara.

Con el tiempo, la experiencia y los cambios llegaron trabajos que en su momento pensé me harían muy feliz. Quizás fueron lo más parecido que tuve a un trabajo soñado PERO pasados tres, cuatro meses todo volvió a ser como antes. La curva de aprendizaje se aplanó, el reto se perdió y yo sentía en más de una ocasión que sólo hacía plata. A muchas personas la plata les basta para seguir adelante. Siempre están pensando en eso nuevo y brillante que se van a comprar y por eso la plata los motiva, pero yo, que ya he llenado casi 5 cajas de objetos que no quiero, no me sirven, me estorban y que sé pueden hacer feliz a alguien más, no soy quien para sentirme radiante y poderosa por ganar más y más millones, muchísimo menos si a cambio de ellos debo trabajar jornadas de 12, 16 horas cada día en algo que me mata el alma. Pero que no se me malinterprete, tampoco quiero ser una hippie mugrosa y pobretona. Yo busco algún equilibrio.

El trueque es bello, hermoso, práctico pero a mí, como a ti me llega sin falta la factura de la luz y la del gas y la empresa no me recibe ilustraciones, mezclas herbales ni clases a cambio del servicio que me presta. Acepté estar en este mundo y una de las condiciones para estar aquí es transar con dinero.

Dejemos a un lado el cuento de hadas

Hace un par de años empecé a ver mi insatisfacción con el trabajo que tenía. Había aprendido mucho acerca de periodismo sin inscribirme en ninguna universidad. Tenía el privilegio de firmar artículos con mi nombre aunque ninguna autoridad oficial ha dicho que soy periodista y por un tiempo me gustó. Luego vino, como suele pasar con todas las decisiones que no están precedidas por un cambio de consciencia, la insatisfacción. Creí que ese trabajo me haría feliz durante mucho tiempo y sí, fue un medio para conseguir fines: viajes, sensación de independencia, cremas que huelen rico, etc. pero esa satisfacción fue efímera. Escribir una y otra vez de los mismos temas, así fuera cada vez más fácil porque sólo tenía que reescribir textos viejos, dejó de gustarme. Firmar como jefe de redacción se convirtió en una carga y, como un reflejo de lo que me pasaba, la empresa con la que trabajaba
entró en decadencia. La crisis no fue inesperada, el descenso estaba muy anunciado y yo me preparé tanto como pude. Seguí con este, mi proyecto personal, ahorré, viajé y me entregué.

Mirar el miedo a los ojos

Pasar de sentirte independiente, todopoderoso y cómodo a encarar la escasez y a vivir de plata prestada, mientras sigues luchando para que aquello en lo que crees persista no es fácil. Da miedo. Da muchísimo miedo.

En este punto no estoy bien y no me gusta aceptarlo, me irrita, me incomoda. Soy consciente de que esto no será eterno porque nunca lo es. Me molesta tener que malcubrir gastos fijos con entradas escasas e inestables, pero cuando considero la alternativa de buscar otra vez "un trabajo normal" o un "contrato rentable" viene a mí una sensación desagradable, amarga y pesada que lo invade todo. Así en este punto no sepa de dónde vendrá la plata que necesito para comprar jabón de tocador ni cómo cubriré la deuda que tengo de seguridad social, puedo ver a los ojos al miedo y decirle "sí, estás ahí pero así solo pueda dar un paso corto a la vez no pienso retroceder". La alternativa de estar de nuevo en un trabajo que no amo, que ni de lejos contribuye al Bien Universal y que sólo parece estar hecho para enriquecer a los ya ricos a costa del bienestar ajeno no me parece soportable.

No soy ninguna milagrera

Sentí la necesidad de escribir esto no sólo para mí sino para abrirle los ojos a algunos inocentes. Sí, ya sé que a veces soy demasiado pretenciosa por creer que la gente, en general, puede elevarse por encima de sus limitaciones, pero me cuesta ser de otro modo. A lo que voy es a que cada tanto se me acerca alguna persona pidiéndome que me sume a su proyecto, que trabaje en compañía de ella o que hagamos alguna actividad y por principio digo "sí" a todo. Me gusta descubrir hasta dónde se puede llegar con una iniciativa, a veces a feliz término, como pasó con el taller que di hace unos meses en Tunja, y otras veces no pasa de publicar un evento que luego borro porque no inspiró interés
suficiente para cubrir los gastos básicos que implica una actividad

de éstas, pero sea como fuere no dejo de percibir, quizás erróneamente, que algunas personas se acercan creyendo que tengo capacidades extraordinarias de convocatoria, que con sólo tocar el teclado atraigo la atención de los amantes de las plantas y del mundo onírico y que por eso a los eventos que organizo llegan decenas de personas y pues no, no es así.

A la charla que quise dar el jueves pasado no llegó nadie. No me da vergüenza decirlo porque estoy en la onda de ser tan transparente como puedo y porque tras revisar los pasos que dí para organizar ese evento pude concluir que por darle prioridad a otro que pretendí armar en sociedad, dejé de lado la preparación de este y lo descuidé.

Los temas que me interesan podrán tener mucho de paranormal pero no por eso la logística, la responsabilidad y la persistencia dejan de importar cuando se trata de materializar algo.

Esto que me pasa no es una exclusividad mía. Los altibajos, una oferta excesiva de cursos, talleres y, en general, de productos y servicios son una característica de nuestro tiempo. La competencia no es mala, al contrario, sirve para medir si lo que haces es de calidad o si debes mejorar lo que ofreces, pero aunque tu oferta sea la mejor de nada servirá si no trabajas con persistencia y con esmero. Puedes ser el mejor del mundo en lo que haces pero si lo haces cada año inevitablemente ese mediocre constante que se expresa todos los días te ganará la partida al cabo de un tiempo.

Yo misma he pecado por no trabajar con las ganas y con la constancia que envidio en otros. Los "problemas" que tengo ahora me los he buscado yo sola y por eso no tengo el dedo listo para buscar culpables afuera. Me acomodé, me dejé seducir por los beneficios de trabajos y contratos "estables y jugosos" que me anestesiaron y me hicieron olvidar en más de una ocasión que si quiero vivir de esto, de mis textos queridos, de mis barajas, de mis cursos no puedo pretender lograrlo sólo con esfuerzos frugales y aislados. O pongo mi lindo trasero en la silla y me pongo a trabajar como debo o me busco algo más para hacer, algo que al cabo de unos meses me dejará tan insatisfecha y tan aburrida como lo estuve en el pasado, algo, cualquier cosa que me pondrá en el punto de partida de un ciclo ya conocido pero hasta ahora no superado.

Adivina qué es lo que sigue.

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