lunes, noviembre 07, 2016

Introducción

La memoria. Durante mucho tiempo creí que la memoria era fiel, que una vez guardabas un recuerdo permanecía siempre igual pero poco a poco, revisando registros en mis diarios viejos y leyendo artículos y libros acerca de neurociencia, aprendí que la memoria es todo menos estable. Creía yo, hace años, que cuando pensaba en un ex novio o en mi abuelo muerto les estaba dando vida a los recuerdos ligados a ellos, que los fortalecía al sacarlos a pasear por mi mente, pero luego entendí que las consecuencias de la evocación son muy distintas: cada vez que vuelves a la casa de tu infancia que vive en tu memoria la cambias, la modificas incluso sin proponértelo.

Las conexiones cerebrales son todo menos estables. La comunicación que se establece entre una neurona y otra y, por ende, entre un sector y otro, recibe la influencia de nuestra actividad mental, con lo que se logra aquello que dijo el premio Nobel Ramón y Cajal de que somos escultores de nuestro propio cerebro.

Ya he aceptado el hecho de cambiar mis recuerdos. Los adorno, los podo y los embellezco dependiendo de la actitud que tengo cada día. Si me siento invencible imagino un pasado de súper heroína y cuando no estoy en paz conmigo misma me invento miserias que nunca ocurrieron, y esto no es un privilegio sólo mío. Todos hacemos lo mismo.

El recuento que sigue es, por tanto, subjetivo hasta el infinito. Más que un relato de cómo recuerdo hechos de mi vida relacionados con el modo en que he aprendido a transitar el mundo de los sueños y a ser una de sus guardianas, es una crónica ficcionada que se transforma con cada giro, con cada remembranza y que responde al capricho del paso del espacio-tiempo, real y fantástico. El único objetivo que alcanzo a vislumbrar con esta recapitulación es acumular energía para tener sueños lúcidos más a menudo. Si además logro plantar señales en el camino de algún soñador principiante, pues que así sea.

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