jueves, noviembre 03, 2016

Que no te dé miedo hablar

En el tiempo que llevo indagando acerca de mi pasado he descubierto varios secretos oscuros pero, al margen de ellos, lo que más llama mi atención es la reacción de las personas a las que muestro mis trapos sucios.

Después de reconocer abusos, abortos y posibles incestos sentí que me deshacía, pero como la primera que me contó estas historias fue mi mamá poco pude hacer. En ese momento sentí la obligación ¿moral? de resistir, de aplicar lo mejor que pude el entrenamiento que recibí en la facultad de psicología para hacer como que todo eso era absolutamente normal, pero al final de cuentas ¿qué lo es?

Días más tarde, cuando estaba en mi espacio sagrado y seguro, pude meditar, llorar de un modo raro -no sabía si sentía rabia, dolor, tristeza o qué- y sentir que físicamente mi cerebro estaba cambiando. Tenía unas sensaciones extrañas en el cráneo que me avisaban que algún esquema mental viejo se estaba modificando. Pero esto no fue todo.

Aunque al principio elegí guardar silencio pronto empecé a hacer listas mentales, listas cortas, de a quién podría contarle todo lo que acababa de saber. Lo primero que me asaltó fue la culpa pues se supone que no debes decir nada "malo" de tu familia, pero como vengo trabajando desde hace un tiempo con conceptos parapsicológicos y dilemas morales que me recuerdan de modo contundente que el bien y el mal no existen, pronto dejé de sentir la obligación de ser leal a mi clan, por lo que la culpa que podría sentir al contar hechos reales y pasados se disipó.

No se trata de que esté orgullosísima de haber tenido un bisabuelo que amenazó de muerte a su esposa y a varios de sus hijos, pero tampoco es que me sienta gozosa de haber descubierto que era un músico autodidacta y profesor de esgrima, es que estoy aprendiendo a ver todo eso como hechos, como situaciones que de algún modo contribuyen a un Orden Mayor, así con mayúsculas. Aceptar esos esas realidades, así, sin juicios, me ha permitido contar a mis amigos lo que pasó en mi familia y en mí misma. Ahora con toda la información que tengo encima entiendo mejor mis propios instintos asesinos y veo de otro modo al ego, que en algún momento me impidió soltarlos para que desperdiciara ve tú a saber cuántos años en una cárcel por un crimen que no valía la pena cometer. ¿Y sabes qué es lo que más me ha sorprendido de esto? La reacción de las personas con las que hablo.

Cuando esperaba que me acusaran con sus dedos limpios e inmaculados, porque quien juzga se pone en el papel del juez santo y puro, salieron risas cómplices y confidencias no solicitadas pero que agradecí porque me hicieron sentir menos "mala", -mira que el bien y el mal son ilusiones difíciles de desvelar-. Una vez conté lo peorcito que me ha pasado y que les ha pasado a mis ancestros vinieron las confesiones del tipo "yo también siento a veces que odio a mi mamá", "mis abuelos no se quisieron" y "mi abuelo también tiene un hijo por fuera del matrimonio". Yo veo todo esto como magia. Iba esperando latigazos severos y me encontré con comprensión y hasta "envidia de la buena" por ser capaz de confrontar a mis mayores para ir tras la comprensión de mi genealogía.

Te lo concedo, explorar el pasado aterra porque es terreno desconocido, así se trate de tu familia. Muy seguramente desconoces el nombre de tus tatarabuelos y las profesiones ejercidas por tus bisabuelos, incluso guardas secretos que les cuentas a tus amigos pero que escondes de tus hermanos y como no escribo queriendo hacerme la superada diré que todo eso es "normal".

Todos gastamos demasiada energía tratando de dar una imagen que no corresponde con nuestros pensamientos ni con nuestras emociones. A muchos les da vergüenza sacar la basura porque quieren sostener la mentira de que en su casa no hay nada malo ni sucio, otros, como yo, creemos con devoción que somos súper independientes al tiempo que olvidamos convenientemente que todos los muebles que llenan nuestras casas fueron comprados por nuestros padres. Sí, contamos cuentos de hadas que creemos ciertos hasta que reflexionamos y desenmascaramos al lobo negro que vive dentro de nosotros.

Cada vez que cuento una historia que creo peor que la anterior lo hago con menos miedo que antes. Ya no espero un tablazo ni ser lapidada por los demás. Ahora sé que ese que me escucha, mirándome o no, se siente identificado con mis oscuridades, al tiempo que resiste las ganas de decir que él o que ella también ha sentido ansias asesinas, que odia a su tía o que cree que su papá le arruinó la vida. Mis historias no son mías, son las de todos y en la medida en que más las ventilo más se sana mi entorno y más me ayudo a mí misma, que es a la única que puedo ayudar.

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