lunes, noviembre 07, 2016

Uno

La pregunta me la han hecho varias veces y sé que en el futuro me la harán otras más:

−¿Cómo te metiste en esto de los sueños?

Mi respuesta, con algunas variaciones, es la misma:

−Una vez mi abuela paterna tuvo un sueño tan, pero tan impactante que hizo que mi mamá me recogiera de la casa de la tía en la que me estaba quedando para pasar tiempo con una prima.

La reacción de mi mamá frente al sueño de mi abuela me pareció tan fuerte que despertó mi curiosidad. Antes ya había estado expuesta a la oniromancia. La modalidad, ahora vintage, de venta de libros por catálogo también había tocado la puerta de mi casa de infancia. A través de ella mi mamá había comprado un diccionario de símbolos para interpretar sueños. El libro pasaba de mano en mano entre mi mamá, mis tías y mi abuela de la casa materna. Yo también lo ojeaba pero lo que más recuerdo de ese texto era el miedo que me recorría cuando veía una reproducción del cuadro El grito de Munch y que a través de sus interpretaciones aprendí el significado de la palabra “querella”. Pero no todo fue tan estilizado ni tan intelectual.

Durante mi infancia y mi adolescencia, como buena hija de la década del 80, una de mis niñeras más leales fue la televisión. Veía todo, absolutamente todo, lo que me permitían y lo que no, que veía a escondidas, los pecados de Inés de Hinojosa, por ejemplo. De esa oleada de contenidos recuerdo especialmente dos películas relacionadas con la magia: Warlock, el hechicero y Jóvenes Brujas. Entre una y otra pasaron varios años, pero sus historias y los efectos especiales de la época fueron suficientes para plantarme dudas que décadas después no acabo de despejar.

Con Warlock, la primera que vi de las dos, se abrió para mí la puerta de la simbología, pero no la de los diccionarios de sueños comunes sino la de la semiótica y las culturas del mundo. Después de verla pedí con insistencia mi primer diccionario de símbolos, que todavía conservo. Mientras llegaba el tiempo de ver la segunda exploré conceptos budistas y los efectos de crear conjuros en una lengua extranjera, en lo que amigas de ocasión me acompañaron.

La primera fue Lays. En un momento muerto de clase y usando el anexo de un diccionario Larousse de los gordos, nos inventamos un hechizo para algo que no recuerdo, el todo era escribirlo en latín porque así sonaba más poderoso. Una dictaba y la otra escribía. Al terminar lo leímos y sí, era poderoso, inspiraba respeto. Entendimos con la práctica que la palabra es muchísimo más poderosa de lo que se quiere aceptar comúnmente. Supongo que por alguna intuición preferimos dejar de lado el documento, o quizás lo dejamos atrás para entretenernos con otro tema que nos pareció más interesante en ese momento: la hipnosis.

Un profesor de filosofía nos había encargado un ensayo en el que debíamos explicar si la hipnosis era o no efectiva. En un primer momento lo escribimos sin ninguna experiencia, consultando libros y reflexionando, pero luego, con la semilla de la curiosidad plantada, pasé a la parte práctica con otra amiga, Vanesa.

Vanesa era un poco menor que yo pero no por eso más manipulable. Le conté lo que quería hacer y ella se ofreció como conejillo de indias. Gradué la luz de mi habitación para que fuera acogedora, luego ella se tendió en mi cama y yo me senté a un costado en la silla del escritorio. Cuidadosamente seguí las instrucciones que tenía a mano. Hablé despacio y en un tono monótono para lograr el efecto que deseaba. Usé la metáfora de la escalera. Le pedí que bajara varios peldaños hasta encontrarse en un lugar subterráneo y tranquilo, luego le indiqué que se mirara la mano izquierda, que tenía a la vista y que la abriera y la cerrara. A pesar de una duda breve, siguió mis instrucciones. En ese punto la saqué lentamente del trance. No me interesaba plantarle ninguna idea rara ni ordenarle nada. Suficiente había tenido con probar que la hipnosis funcionaba, incluso cuando había alguna resistencia pues, como Vanesa después me confesó, intentó resistirse para que no pudiera ordenarle nada mientras yacía en mi cama, pero, contrariando sus deseos, fracasó.

De esa época también recuerdo el habernos resistido, con Lays, a entrar a misa porque nos declarábamos budistas. Al evocar ese episodio veo desde el exterior el aula múltiple en la que todas nuestras compañeras respondían los rezos del cura mientras un profesor, con gesto comprensivo, nos preguntaba a qué templo asistíamos para practicar nuestra fe, algo que no supimos cómo responder. No recuerdo cómo terminó el episodio sólo sé que después le pedí a mi papá que me llevara a conocer una mezquita budista, pues creía que así se llamaban los lugares de culto de esa religión. Luego intenté leer textos en inglés que hablaban del nacimiento y expansión del budismo, por eso tengo claro que el dogma de la fe funciona muy bien y sin importar la creencia. Mi comprensión de esa lengua no era muy buena, de ahí que cada vez que leía “monk” entendiera “mono” o “simio”. Ahora puedo reírme de mí misma, pero hubo una época en la que creía que los primeros encargados de transmitir la doctrina de Buda habían sido animales peludos. Con el tiempo no sólo entendí la diferencia entre las palabras “monk” y “monkey” sino que empecé a usar Internet, la herramienta que define nuestros días, para hacer más honda mi conexión con el mundo onírico.

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