jueves, diciembre 15, 2016

Un vistazo al Otro Lado

Hace mucho tiempo que dejé de ser fanática de la navidad. Siendo hija de padres separados, desde muy niña aprendí que es una época en la que los conflictos familiares emergen así quieras callarlos con plata, por eso, y porque con el tiempo navidad se convirtió en sinónimo de ciudad convulsa y de compromisos obligados, apenas pude me fui a pasar esas fechas con una amiga bruja.

Supongo que fue el mismo año en que simbólicamente renuncié a la religión católica, ese en el que le dije con orgullo a mi mamá “soy bruja y ya no me va la misa ni los sacramentos” y como entonces tenía un grupo con el que practicaba ritos y conjuros sentí la fuerza necesaria para hacer esa declaración y muchas cosas más. Sandra, la amiga que me acogió esa y otras veces más en el futuro, tuvo el privilegio de quedarse sola en la casa familiar por un motivo que ya no recuerdo. Con esta información, y después de que me invitara a refugiarme en su hogar, empaqué algo de ropa, compré un presente, para no llegar con las manos vacías, y me preparé para darle una probadita a la adultez.

La noche del 24 fue más parecida a una visita larga que a una fiesta de solteras. Vimos por la ventana a los vecinos quemar pólvora, preparamos algo de comida y nos fuimos a dormir. Del desayuno del 25 de diciembre recuerdo una textura deliciosa en unos huevos revueltos con restos de alguna carne curada que habíamos comida la noche anterior. El día lo rematamos yendo a cine en un centro comercial y haciendo planes para la semana próxima, en la que Sandra seguiría siendo reina de su dominio. Ninguna imaginaba en ese punto lo que traería nochevieja.

Durante la semana Sandra y yo empezamos a hablar de fantasmas en privado, lejos del resto del coven. Un día, mientras hablábamos por teléfono, hicimos chistes acerca de las almas de los muertos que se quedan en este plano sin poder ir a otro lugar. Sandra me dijo que había sentido algunos ruidos sin causa aparente en su casa pero como ninguna le dio mucha importancia al asunto, terminamos diciéndole al aire “si quieren irse de aquí mejor que vayan a la casa de Adalberto”. Bromeamos largo y riendo mucho.

Días después le contamos a Adalberto nuestra conversación, pero él no se tomó el tema con tanto humor. Nos regañó diciéndonos lo irresponsables que habíamos sido, que los paquetes de memoria (este término lo aprendí años después) adoraban usar el teléfono como medio de comunicación y que en ningún caso se tomaban en broma una invitación para ir a tal o cual casa. Sandra y yo nos reímos, un poco por temor pues Adalberto, en tono de orden, nos comunicó que gracias a nuestro comportamiento descuidado el 31 de diciembre lo dedicaríamos a despedir difuntos, además del año viejo. Casi sin darnos cuenta lo que esperábamos fuera una noche divertida entre amigos se transformó en el exorcismo de una casa. Ninguna de las dos entendía bien porqué Adalberto había hecho tanto escándalo. Él nos hablaba con frecuencia de su habilidad para comunicarse con los muertos y ayudar a los espíritus a pasar al otro lado, por eso ese cambio de actitud, de lo casual a lo severo nos desconcertó.

Los invitados a Nochevieja éramos Adalberto, Mauricio, un amigo del hermano de Sandra, Alexandra y yo. Quizás estuvo alguien más pero de momento son los que más recuerdo. Aunque Sandra pidió encarecidamente que todos llevásemos vino tinto la mitad de los invitados llevó la contraria con vino blanco. Entre unos y otros cada quien se bebió una botella, inicio poco recomendable para el ritual que seguiría.

La comida fue copiosa y deliciosa, reímos mucho y a cierto nivel esperábamos que las advertencias de Adalberto fueran palabras vacías. Nadie quería despedir nada que no fuera el espíritu del año que se acababa, pero él tenía otros planes y no iba a quedarse con todo armado.

El ritual empezó en la mesa, de un modo que, quizás, sólo Adalberto vio venir. Él tomó una de las últimas botellas de vino tinto para servirlo en la copa que estaba al lado. Apenas puso de nuevo la botella sobre la mesa la copa llena a medias se dio la vuelta. Alrededor de los objetos estábamos todos por lo que era difícil esconder un truco de ilusionista en tales condiciones. El ambiente se enrareció de inmediato. Nos mirábamos buscando una explicación con los ojos. No la encontramos, al menos no en ese momento. Adalberto indicó que era hora de comenzar. A pesar de la ansiedad buscamos velas, además de alcohol y sal para poner en un cuenco. Él dirigió la ceremonia, trazó el círculo y les habló en voz alta a los espíritus presentes para que dejaran el lugar.

En la sala, tomados de las manos, prestábamos atención a lo que Adalberto decía y tratábamos de mantener la calma. Alexandra era la única que lo lograba. Permanecimos con los ojos cerrados oyendo algo crepitar, al parecer proveniente del cuenco con alcohol y sal. Adalberto siguió con sus rezos. Con voz firme les pedía a los desencarnados que salieran por una ventana, yo lo oía lejos al tiempo que perdía el sentido de la orientación. Siguiendo enseñanzas previas de Adalberto, había intentado conectarme con mis guías espirituales para que me protegieran pero no lo lograba. Hacía esfuerzos desesperados para visualizar raíces negras saliendo de mis pies que crecían hasta el centro de la tierra e hilos plateados saliendo de mi cabeza para expandirse en el cosmos pero nada funcionaba. Llamaba a mis guías por sus nombres pero no dejaba de sentirme sola y perdida, metida en un torbellino lúgubre que no me permitía orientarme. Por fin, Mauricio, sentado a mi lado, me jaló con fuerza la mano derecha al tiempo que me llamó por mi nombre, pronunciado del modo en que acostumbro. Quizás si me hubiese llamado como lo hace la mayoría de la gente en América (Joana en lugar de Johanna) no habría reaccionado. Estaba llorando, asustada, aterrorizada, no entendía qué había pasado y todos me miraban como esperando una respuesta de mí. En ese momento supe que habían intentado llamarme varias veces sin ninguna respuesta de mi parte.

La calma fue llegando poco a poco. El círculo se abrió, nos soltamos las manos y empezamos a organizar la sala antes de ir a dormir.

Al día siguiente mientras estábamos en la cocina lavando trastes vimos algo inquietante. El cuenco que guardaba la sal y el alcohol desde la noche anterior parecía contener engrudo. No supimos si Adalberto agregó a la mezcla algo más, sólo nos consta lo que vimos con luz natural y ya sin alcohol en la sangre. El potaje fue derramado en el lavaplatos pero no nos olvidamos de él.

Sandra nos contó que los días que vinieron y que pasó sola en su casa fueron tranquilos. El silencio predominó y dejó de sentirse vigilada. Los demás, por las dudas, no volvimos a dirigirnos irrespetuosamente a entes invisibles. Yo, además, me he negado hasta la fecha a probar sustancias alucinógenas por miedo a visitar regiones del Otro Lado de las que no sepa cómo volver. Suficiente tuve con esta experiencia y con otra, en la que una simple meditación solitaria me llevó a acceder a lo que parecía una dimensión paralela.

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