miércoles, enero 04, 2017

¿Cómo romper las creencias limitantes?

Lo primero que tengo que decir es que no uso una pregunta para titular este texto sólo para retar al lector, lo hago porque todavía no sé la respuesta, porque escribir es en este momento un ejercicio para acercarme a ella.

Vengo pensando en las creencias limitantes desde hace mucho, pero sólo hasta hace unos meses adopté este rótulo, después de escuchar una conferencia de Enric orbera. La verdad es que mucho antes, en 2013, cuando hospedé a un alemán que puso a prueba mi tolerancia, pasaron por la radio pública una entrevista que le hicieron a Martín Caparrós, uno de mis escritores predilectos. En ella contaba avances del que sería su próximo libro, Hambres, y recordaba historias escritas en los previos, Una luna y Contra el cambio. En Contra el cambio relata una conversación que tuvo con una mujer africana. Le hizo una pregunta gastada: si viniera un ser mágico a concederte lo que quisieras, ¿qué le pedirías? Una vaca, fue la respuesta de la mujer. Caparrós indagó e indagó hasta dar con la razón de un deseo tan pobre, tan flaco. La mujer había vivido siempre en unas condiciones tan limitadas que incluso su capacidad de imaginar estaba atrofiada. Pero ¿no es lo que nos pasa a todos?, reflexionaba Caparrós al respecto durante esa entrevista, y sí, decía yo mientras ignoraba al alemán, mientras hacía como que me concentraba en lo que decían el escritor y los periodistas.

Poco tiempo después le conté la anécdota a mi mamá y cuando estaba por llegar al final apareció una tía, hermana de ella. Orgullosa después de oírme terminar el relato dijo “me imaginé que ese iba a ser, dos vacas, ante la insistencia la señora pidió dos vacas”. Yo me seguía preguntando ¿por qué no pedimos más?, ¿por qué no nos atrevemos a soñar con más? Caparrós ya había respondido la pregunta pero yo no acababa de digerir la respuesta. Deseamos poco y nos conformamos con poco porque nos han criado para eso, porque nos han formado para que nos alegremos con poquito. Nos amaestraron para que ante la pregunta de un genio de la botella respondamos “quiero ir a Europa” en lugar de “quiero conocer el universo entero”.

Los límites no están en la billetera, en la cuenta bancaria, ni siquiera en el partido que gobierna tal o cual república bananera, los límites están en la mente y nos habituamos tanto a ellos que nos parecen naturales, como ese tornillo que le insertan quirúrgicamente a alguien y que después de unos años ha asimilado como cualquiera otro de sus huesos. Pero entonces, ¿qué hacemos para librarnos de ellos? Lo primero, digo yo, es hacer la primera persona del plural a un lado. Las cosas no “nos pasan”, las cosas “me pasan”. Lo primero es asumir la responsabilidad propia, la individual en el modo en el que está mi vida. Entender que si no me he ido de vacaciones a Curazao no es porque mi jefe me odia y me niega un aumento sino porque de entrada creo que no me merezco ese viaje o porque creo que es más importante pagar el colegio de los niños que ir a dorarme en la arena. Y no, acá no estoy hablando de lo que está bien ni de lo que está mal porque gracias a la diosa Fortuna cada día me es más fácil ver que el mundo no es a blanco y negro. Si dejo de pagar el colegio de mis hijos para irme con ellos a Curazao tal vez estoy eligiendo educarlos de una manera distinta, quizás escojo mostrarles en la práctica que los límites están en mi mente y no en las circunstancias que materializo.

Ayer retomé otro libro, uno que intento terminar desde 2014, ese que me espía, que me patea, que me da cachetadas pero al que vuelvo una y otra vez porque sé que las historias que muestra y los ejercicios que plantea son lecciones que necesito para no acomodarme demasiado en el presente. Esta vez, un poco prevenida, me devolví para buscar una historia que quería releer, la del naturópata que antes de adoptar tal profesión se dio cuenta de que tenía que cultivar la constancia y por eso estuvo trabajando como informático 10 años o más en una empresa. Al final no leí la historia, como acabo de demostrarme la tenía lo suficientemente fresca como para volver a ella, por eso preferí leer otras y seguir para ver si algún día termino de leerlo, y ahí estaba otra vez, el tema de las creencias. Las frases que catapultaron mi entendimiento a otro nivel vinieron de Milagros que se cumplen de William Thomas Tucker, leyéndolo, leyendo la misma idea después de N veces por fin entendí, entendí que si mis viajes son tan cortos y tan esporádicos es porque en mi mente existe una parcela que dices “o tienes casa propia o te vas de viaje más de un mes”. El mes es una cifra ridícula, de ejemplo, bien podría ser 3 años, 3 días o 3 horas, el punto no es ese, así que no lo pierdas de vista si quieres avanzar, el punto es que por esas cárceles invisibles que nos inventamos los seres humanos somos tan fáciles de manipular, de controlar.

¿Qué importa si quienes controlan el mundo son reptilianos o illuminati?, lo que importa es que sus métodos funcionan porque no los cuestionamos, porque no los cuestiono, ahí está de nuevo la trampa del grupo, la tentación de escurrir el bulto. No he conseguido lo que anhelo no porque no sea posible sino porque creo que otras cosas son posibles. Este no es, ni me propongo que lo sea, una letanía de lo mucho que me hace falta y de lo poco que tengo. Nada de eso. Ahora veo la puerta, la observo como un animal salvaje al han tenido encerrado durante mucho tiempo y que al ver la luz natural sin el filtro de las rejas se maravilla al tiempo que teme salir. ¿Podré?, ¿seré capaz de disfrutar la libertad?, ¿tendré tan atrofiada la imaginación que fracasaré al primer movimiento? Todas preguntas que vienen del miedo, todas de miedos putos que como cepos me cortan los pasos.

Claro que es posible viajar durante años, décadas y tener una casa propia al mismo tiempo. Obvio que es posible darle agua, comida y energía gratis a todo el mundo, el problema no es si existe la tecnología, si hay financiación o si hay voluntad política, el problema es la creencia de que todo eso es imposible. La varita mágica la llevas adentro, está en tu consciencia, amplia o limitada, elevada o hundida, que te concede todos tus deseos sin cuestionarte. ¿Quieres un jefe que no te dé el salario que deseas? ¡Concedido! ¿Crees que eres feo y pobre y que por eso no podrás conquistar a ninguna mujer bonita? ¡Concedido! Mírate al espejo, encara la imagen, en ella descubrirás a tu peor enemigo, ese que va contigo incluso al fin del mundo, ese que te enjabona la espalda y corta el papel higiénico por ti. Sí, echarle la culpa al otro es fácil, es cómodo, pero también es infantil, poco realista y autolimitante. Si quieres que tus sueños se hagan realidad el primer paso que debes dar, al menos como lo veo desde aquí, es reconocer si crees o no que realmente mereces eso que deseas. ¿De veras eres tan bueno y perfecto para ganarte la lotería?, ¿de veras eres incapaz de señalar a alguien que la necesite más o que haya acumulado más méritos que tú?, ¿podrías asegurar que te mereces el mundo incluso estando borracho?, porque si lo que crees es que eres un ser humano inmundo, ruin y lamentable tu genio propio te concederá todas y cada una de las experiencias necesarias para comprobar tu creencia, verás cómo pasan muchísimas cosas buenas pero siempre a los demás.

Ahora me voy a seguir levantando la cabeza, a descubrir qué creo que merezco, quizás dentro de poco deje de ver la puerta de las creencias limitantes con ilusión y me anime a cruzarla, así no sepa bien cómo hacerlo o cuáles son las reglas del otro lado, ese territorio que durante tanto tiempo me pareció imposible pero que sólo estaba fuera de mi campo visual.

0 comentarios: