martes, mayo 23, 2017

Manzanilla vino a visitarme

El año pasado traje semillas de Lavandula angustifolia de Austria. Como tengo poca experiencia con germinados, acepté la sugerencia de Don Luis, mi proveedor de lavanda francesa, de dárselas para que él hiciera la maniobra. Meses más tarde la taza de éxito fue de alrededor del 25%. El vendedor de las semillas me había advertido que conseguir plantas de lavanda desde semillas era muy difícil y lo mismo me había dicho una trabajadora de un vivero. La taza de éxito, afirmaron, era de aproximadamente 5% Sea como fuere, y aunque suene raro, esta entrada no va sobre la lavanda.

Una vez tuve en casa las plántulas las miraba como madre primeriza. Me debatía entre dejar las plantas arvenses que crecían alrededor, porque ya las habían acompañado durante semanas, o arrancarlas, por temor a que les robaran recursos. Algunas las dejé y otras las arranqué. Arranqué casi todas las que tenían hojas en forma de filamentos, pero una resistió. Se puso encima la capa de la invisibilidad de Harry Potter y se salvó de mis dedos. Meses más tarde se ve así:





Por sus frutos los conoceréis, reza una frase de la Biblia haciendo referencia a los profetas falsos, y como lo declara, lo mismo pasa con los vegetales. Nunca había tenido una planta viva de manzanilla en casa, al menos no soy consciente de ello. Usualmente las tenía cortadas, listas para preparar tisanas, y hace poco vi alguna creciendo al lado de un andén en las cercanías de la plaza de mercado Samper Mendoza. No planeé cuidar manzanilla pero la vida es así. Ellas son así.

Dicen que a tu vida llegan las plantas que necesitas y entiendo porqué esta me visita. En general se cree que la manzanilla (Anthemis nobilis o Matricaria chamomilla) se usa para inducir el sueño pero lo cierto es que sus virtudes son más complejas. Uno de las razones por las que las personas sufren de insomnio es la dificultad que tienen para concentrarse en lo que están haciendo: tratando de dormir. Justo en ese momento piensan en todo lo que no pudieron hacer o en los problemas que tienen, el resultado es una activación mental incompatible con el descanso. En estos casos la planta más indicada para tratar la situación es la manzanilla.* Esta planta tiene la propiedad de enfocar la mente, algo que me hace falta, por eso puede reemplazar el café, el té o el chocolate que se acostumbra beber en las mañanas. Aunque a algunos podría sedarlos, a la mayoría de las personas la ayuda a concentrarse, mismo motivo por el que es una alternativa ideal para antes de meditar. Desde el punto de vista de Un curso de milagros podría decirse que es una aliada para encontrar a Dios en todas las situaciones. Quienes se interesan por los chakras pueden usar su energía para equilibrar el del plexo solar, el que queda entre el corazón y el ombligo.

En las tradiciones mágicas se asocia con el sol y con la prosperidad, muy probablemente porque su color y el de las infusiones que se preparan con ella recuerda el oro.

Todavía no sé diferenciar los dos tipos de manzanilla que existen. Los ejemplares que he visto me parecen de la misma especie. Seguiré observándolas a ver si algún día noto la diferencia.

*Esta es mi opinión personal, que en ningún caso busca reemplazar la de un médico o fitoterapeuta profesional.

sábado, mayo 20, 2017

Adiós, certezas

Hace unas semanas dejé de lado mi terquedad y acepté una sugerencia que alguien me hizo de ver la serie Sense8. La historia, que relata las vivencias de 8 extraños con poderes psíquicos, tuvo todo que ver con mi respuesta positiva. Sin embargo, como es la norma en esta época tan cambiante que nos tocó vivir, las consecuencias de un acto aparentemente inocuo fueron perturbadoras.

Ellos ahora son ellas

Un día mientras buscaba una entrevista a los creadores de la serie, que me tenía haciendo maratones de 3, 4 capítulos, todo empezó a lucir extraño. Más extraño. Esperaba encontrar algo parecido a lo que descubrí detrás del guión de Inception. Creía que encontraría algo como "los hermanos Wachowski tuvieron experiencias extracorpóreas y oyeron relatos de una de sus abuelas acerca de aparecidos, experiencias que los llevaron a fantasear con la posibilidad de seres humanos, descencientes de una raza que evolucionó de forma paralela al homo sapiens, capaces de desarrollar poderes psíquicos de forma espectacular", pero nada de eso. Mi búsqueda me llevó por otros caminos y mi intuición ya me lo había advertido.

La primera vez que escuché la voz de Nomi, uno de los protagonistas algo se frunció adentro mío. Desde el comienzo quedó claro que era transexual pero sólo después de buscar información respecto a los hermanos Wachowski empecé a entender. Jamie Clayton, la actriz elegida para interpretar el papel también es transexual en la vida real. Luego de saciar mi morbo, con un par de artículos y otro más de videos, seguí buscando hasta dar con un hecho que, sin proponérselo, me sigue cuestionando.

Recordaba que Matrix, la trilogía, clásica ya, había sido escrita por The Wachowski Brothers, por eso no me sorprendió ver que uno de ellos fuera Lana Wachoski y el otro Andrew Wachowski, pero algo no cerraba. A pesar de los borbotones de información a los que me expongo a diario recordaba que ambos eran hombres. Unas visitas a wikipedia y a imdb más tarde estaba con la mandíbula descolgada y una mano sobre la boca. Lana Wachowski, antes Lawrence Wachoski, se sometió a una reasignación de género hace algunos años. En 2016 Andrew Wachowski, su hermano, ahora Lilly Wachowski, siguió sus pasos. La primera vez que vi una foto de Lana Wachowski me sorprendió ver lo femenina que luce. Busqué fotos de cuando era hombre y noté que la delicadeza de los rasgos ya estaba ahí. El resultado entonces dejó de sorprenderme, pero no de transformarme. El hecho de que una película haya sido escrita por un hombre o por una mujer es algo irrelevante, si tiene genialidad eso va más allá de su género, de nacimiento o reasignado, pero el hecho de que quien con talento y trabajo duro se ganó un lugar en tu memoria ahora tenga otra identidad es tan onírico que me resulta imposible dejarlo pasar o dejar de reflexionar al respecto.

Vas a recordar este momento el resto de tu vida


Tengo edad suficiente para recordar cómo, cuándo y qué estaba haciendo cuando supe de las muertes de Freddy "miamordivino" Mercury, de Lady Di, princesa de Gales y del atentado a las torres gemelas de Nueva York y con esta noticia, no exagero, pasa lo mismo. The Wachoski, como se hace llamar ahora el dúo creativo, tiene un perfil discreto, por eso y porque de nuevo todos los días nos exponemos a avalanchas de información apenas nos estamos enterando de un asunto irreversible. Pero ¿por qué tanto escándalo? se estará preguntando más de uno, porque el cambio de género de personas con tanta influencia en la mente
colectiva muestra la mutabilidad acelerada en la que vivimos.

Las filosofías orientales llevan milenios hablando de que lo único permanente es el cambio pero sólo hasta que Internet se nos metió en la médula lo vivimos a una velocidad de vértigo, de ahí que me cueste tanto entender a quienes tienen tan claro lo que quieren y cómo lo quieren.

Cuando era niña soñaba con viajar, escribir y dibujar, tomar fotografías o algo así. Crecí y me hice una redactora competente que ha podido vivir de este oficio, también viajé, y no dejé de hacerme preguntas. En los 80s y en los 90s decir que querías ser escritor o periodista profesional suscitaba reacciones diversas pero casi nadie se preguntaba si la profesión seguiría existiendo ni mucho menos imaginaba cuánto iba a cambiar. Mi generación creció creyendo el cuento de hadas posmoderno de estudiar, trabajar y pensionarse pero luego, cuando lo estábamos viviendo, vino el cisma.

Algunos todavía no se enteran, otros se quedaron en la etapa de negación y otros pensamos en cómo adaptarnos a un mundo que ya no es el mismo. Crecí creyendo que uno nacía mujer y se moría igual y que los escritores profesionales publicaban libros en papel pero, más tarde, tuve que considerar que esa era sólo una de las formas de expresión posibles, que ahora puedes contar tus historias de formas diversas y que cuando crees saber o entender algo las reglas vuelven a cambiar.

Me asombran profundamente quienes tienen objetivos claros y férreos en la vida. Dicen "voy a construir un edificio cuando tenga 30 años" y a los 29 ya tienen los planos de la obra, dicen "quiero irme a vivir a Japón" y, aunque el país que visitaron sea distinto de aquel en el que se establecerán siguen deseando lo mismo. ¿Cómo lo hacen?, ¿cómo hacen para acallar las dudas y subirle el volumen a la certeza?, yo sólo siento que algo poderoso me cuida y que quiere que transmita lo que voy aprendiendo o recordando pero no tengo ni idea de si tendré que desandar lo andado o de hasta dónde debo llegar.

Ser original haciendo lo mismo que hacen todos los demás

Durante demasiado tiempo he hecho las cosas que dicen hay que hacer. Fui al colegio, a la universidad y abrí una página en facebook para darle voz a mi algo, a eso que tengo para compartir pero que me resulta tan esquivo a la hora de definirlo. En este momento tengo muchísimas dudas, una cantidad igual de miedos y falta de motivación para continuar.

La semana pasada no envié el mensaje que acostumbro enviar a mi lista de correo los miércoles y esta semana tampoco. Esto lo escribo en una tarde de sábado mientras me duele el brazo izquierdo, molestia que sé es producto del estrés y del no saber cómo voy a cubrir mis gastos en los próximos siete días. Renuncié a las ayudas financieras acostumbradas: el trabajo que paga las cuentas pero que te importa un bledo si sale bien o mal, el préstamo de un familiar que te hace sentir como un adulto fracasado, etc. Acepto la idea de volver a trabajar en lo que me parece inútil para seguir explorando los mundos que sí me importan; pienso en cómo atraer más gente a mis actividades para seguir financiando mi aprendizaje cuando lo cierto es que prefiero aprender de libros que de otras personas. Me siento hipócrita. Uso facebook aunque lo odio. Las 20 cuentas o más que he abierto en varias redes sociales han sido consecuencia de la presión social. Sigo usando unas pocas por la misma razón por la que tengo una línea fija de teléfono: ilusión de cercanía. Mis amigos están repartidos por todo el mundo y esos servicios me ayudan a fingir que no están lejos. El teléfono lo tengo para hablar con mi abuela cuando siento que puedo hablar con ella, o sea cuando no siento el peso aplastante de mis problemas, que sé puedo resolver. Sea como fuere sé que ambas cosas, las redes sociales y el teléfono, son sucedáneos.

Cuando mis amigos se sienten mal o cuando yo me siento mal lo que necesitamos es encontrarnos, hablar en persona, mirarnos a los ojos y reírnos para recordar que sí, que todo estará bien, que si cuentas con alguien a quien puedes contarle tu historia, alguien que no te juzga, que no espera con ansiedad el momento oportuno para para demostrarte que sus problemas siempre son peores, más graves y más urgentes, ni espera que seas su roble, su modelo de entereza, entonces eres una persona muy afortunada.

Facebook es una mierda, whatsapp también, no solucionan nada. Te exigen más de lo que te dan a cambio. Te ayudan a sedarte, a entumecerte, a sentir menos lo gozoso y lo doloroso, a protegerte de las lágrimas de alegría y de las lágrimas de tristeza. No reemplazan el contacto físico ni están hechos para dar información completa, pero tampoco son lo peor, son sólo algo más.En este momento ya hay muchos emprendedores inventando nuevas redes, nuevos juguetes, nuevas aplicaciones que vendrán a prometer lo mismo: fama rápida, conexión y alegría sintética, más estrellitas, me gustas o lo que sea, formas nuevas de consumismo digital que producirán más dinero virtual, nuevas distracciones que nos alejarán de la búsqueda real.

Hoy esto es todo lo que tengo para ofrecer. Una entrada larga en un blog, la herramienta digital con la que 10 años después sigo sintiéndome más cómoda, lo más parecido al lápiz y al papel que tanto amo. Nunca imaginé que el cambio de sexo de los Wachowski fuera a afectarme tanto. Hoy elijo aceptar que su cambio radical me incomoda porque no me siento preparada para afrontar lo que viene.

Así no me guste reconocerlo desde hace meses improviso mi vida y lo hago sin certezas, sin saber qué o cómo vendrá. Antes imaginé las cosas que quería hacer. Algunas las concreté y otras no pero todo me sirvió para entender que nunca antes fui el ser que soy hoy y que tampoco volveré a serlo. Hoy siento que lo único útil que puedo hacer es agradecer lo que he vivido. Siento placer cuando escribo, cuando creo imágenes pero también cuando viajo sin cámara en mano para dejar que las experiencias me transformen. Sé cómo quiero vivir, qué quiero sentir pero carezco de modelos. Los que tuve antes son el resultado de las reglas del pasado, me sirven de inspiración pero no de brújula porque este espacio-tiempo cada vez se parece más al onírico en donde las reglas y las hipótesis del pasado se quedan cortas cuando se trata de pensar el futuro.

viernes, mayo 12, 2017

Interdimensional

Decir que se puede acceder a otras dimensiones a través de los sueños lúcidos es fácil, entrar en ellas no tanto y ser consciente de que muchas realidades paralelas te rodean muchísimo menos. Esto es lo que me pasa con las plantas.

¿Cómo llegaste a esto de la herbolaria?, me preguntan una y otra vez. Con cada respuesta ensayo una historia distinta. A veces respondo que todo fue porque crecí en una casa con dos patios, tres si cuento el que cubrieron para transformar en comedor. Otras digo que es por mi mamá, que siempre ha tenido gustos y manos verdes. Ahora recuerdo también que mi colegio de primaria estaba rodeado por un bosque de eucaliptos, que me enseñó a asociar los días felices y tranquilos con ese olor y con las flores blancas de los tréboles. Sin importar la respuestaa que dé nadie me pregunta cómo volví, porque uno puede entrar a un mundo para luego salir de él y nunca regresar.

Creo que fue entre mi interés por la magia natural y el tener que elegir un tema para hacer mi monografía de grado que volví, pero no definitivamente. Ni siquiera sé si esta vez va a ser una entrada definitiva. En ese momento, el año 2004, lo único que tenía claro era que había elegido el curso de grado que más me llamaba: Comportamiento Humano II, una clase de la especialización en Psicología del Consumidor que se daba en ese momento en mi universidad.

Pronto se me ocurrió que quería saber más de esa tribu a la que siento que pertenezco, a los que nos arrimamos a las plantas y a los productos naturales no por esnobismo ni para sentirnos superiores sino porque estamos convencidos de que la salud no es una moda y que la forma más sencilla de cuidarla es comiendo sano y haciendo ejercicio. Luego vinieron los muiscas.

No sé si en ese momento ya había empezado la movida "muiscol" (me tiene sin cuidado cómo se escribe) y el creer que se es más colombiano por vestir ropa étnica y cargar mochila. Recuerdo sí que me propuse encontrar a alguien de esa etnia para preguntarle cómo veía a las plantas desde su cosmovisión. La búsqueda me llevó a la ONIC (Organización Nacional de Indígenas de Colombia) y cuando digo que me llevó lo digo literalmente. Fui a la sede de esta organización en el barrio La Candelaria de Bogotá, pedí teléfonos de celulares y llamé, a pesar de que las llamadas no eran tan baratas como ahora. Poco a poco di con Carlos Mamanché, un hombre que aceptó recibirme a las afueras de Sesquilé, Cundinamarca para enseñarme cómo veía la vida su comunidad. Poco tiempo después de su invitación me fui como la estudiante universitaria que estaba a punto de dejar de ser: morral a la espalda, bolígrafos de colores y carpeta con hojas en blanco. Lo que vino no lo planeé ni lo esperé.

El señor Mamanché me recibió junto a un perro con aires de lobo siberiano, me explicó cosas que ya no recuerdo y que muy seguramente no entendí en ese momento. Hizo todo esto mientras subíamos una loma y yo me ahogaba. El perro bajaba cada tanto a ver cómo iba. Recuerdo o me parece recordar que tenía un ojo oscuro y otro claro, muy Bowie él. Don Carlos me decía que me hacía falta hacer más ejercicio y yo ni aire tenía para contradecirlo, lo que me interesaba era ver la maloca que había prometido mostrarme. Al llegar me explicó que siempre se entraba por una puerta (la oriental creo) y que siempre se salía por la otra (la occidental). Informalmente y como sólo estábamos los tres, entramos por la salida, yo detrás de él. No estoy segura de si el perro entró o no. Lo que recuerdo es lo que hizo el señor Mamanché después.

Me pidió que me sentara en una butaca y empezó a hablarme con solemnidad. Estaba muy bien, según él, que quisiera saber más de plantas. Para mis adentros pensaba "¿por qué se lo toma tan a pecho?, yo sólo quiero saber qué piensan los que las usan y nada más. No me interesa volverme experta en el tema ni nada de eso" pero ya sabemos cómo es el sentido del humor de la vida. Estaba asustada porque no sabía qué esperar ni qué iba a pasar, sin embargo en el fondo sentía que todo iba a salir bien. Lo siguiente fue un canto del señor Mamanché. En ese momento sentí lo que suelo sentir cuando hay cantos indígenas americanos: sinsabor, incomodidad. Nunca he sentido atracción genuina y espontánea por las tradiciones de este continente. Las respeto, me parecen muy valiosas, pero así como se necesita vocación para estudiar nombres en latín y diferenciar géneros y familias botánicas, yo simplemente no siento el llamado para meterme de cabeza entre los hijos del maíz y de la quena. De hecho el sonido de la quena me deprime, pero a pesar de todo esto me quedé callada respetuosamente y seguí las instrucciones de Don Carlos.

Me pidió que cerrara los ojos y que no me asustara, frase que despertó mi miedo, no sabía qué iba a pasar pero la curiosidad era más fuerte. Me sopló por la nariz lo que mucho tiempo después aprendería a llamar rapé, una fosa nasal a la vez, entonces vino la visión. Lo primero que sentí fue que no tenía senos paranasales sino que los conductos de mi nariz daban paso inmediato al contorno de mi cráneo hasta llegar a la nuca. Empecé a ver enredaderas que crecían frente a mi ojo interno y el modo en que les salían hojas y más hojas. Creo que todo el asunto no duró más de 5 minutos. Cuando Don Carlos me lo indicó abrí los ojos y le conté lo que había visto. Le pareció bien, estuvo satisfecho. Me explicó que por más que alguien quiera trabajar con plantas si su camino no se cruza con el de ellas no hay modo de torcerlo, no se puede. De nuevo intenté escuchar con respeto pero no me sentí muy identificada con lo que decía. Antes de salir de la maloca me regaló unas piedras, cristales que aún guardo. Bajamos a la vereda y le pidió a su familia que me sirvieran un almuerzo. Comí en silencio y sentí que quedaba en deuda con él y con su familia, una que todavía no sé cómo saldar o si ya lo hice.

Tiempo después quise hacer algo por él y por su comunidad pero nunca encontré un modo que satisfaciera a mis siempre demandantes expectativas. Recuerdo que compré unas semillas de algo y que se las mandé por correo. Varias veces vi su número en el directorio de mi teléfono sin saber si llamar o no pues de hacerlo no sabía qué le diría.

El año pasado en una de las ferias holísticas que se organizan en la ciudad crucé algunas palabras con un vendedor de ocasión que afirmó vivir en Sesquilé. Dijo que don Carlos había muerto y no supe cómo reaccionar. Más tarde otra persona, que fue a una de mis charlas de herbolaria, dijo lo mismo.

Poco después de la visita a Don Carlos me obsesioné con la idea de editar un libro de hierbas que había descargado de internet. En ese entonces no era la babel de ahora y encontrar información ordenada, a color y lista para imprimir era algo raro. Las pocas páginas que recopilaban varios títulos eran tesoros verdaderos. El libro, por mi pobre criterio circunstancial, terminó en manos de una amiga que ya no es amiga, pero el episodio me recuerda que a veces los elementales de las hadas raptan mi sensibilidad para que la ponga a su servicio.

Esta no es la ciudad en la que crecí

Cuando empecé a usar blogs me gustaba decir que era más rola que el ajíaco. En mis primeros viajes fuera del país prefería decir que era bogotana a decir que era colombiana. Que me asocien con cantantes pop y con jugadores de fútbol que no sería capaz de reconocer en la calle me inspira incomodidad inefable, por eso estaba muy cómoda diciendo, como si fuera un matram, que era bogotanísima por haber nacido en una clínica que llevaba el mismo nombre de la ciudad, pero fui a los viajes y dejé que me cambiaran.

Así como no supe lo que era el doble esquema de crianza, por ser hija única, tampoco supe lo que era creerse mejor por ser colombiano. Desde décadas antes de mi nacimiento en mi casa paterna el contacto con el otro lado del Atlántico era algo cotidiano. Supongo que por eso desde niña fantaseé con hablar otro idioma y con vivir en otro país. El delirio nunca se me pasó, al contrario, entre más viajo más me convenzo de que lo que debo aprender no está sólo aquí y como reconozco que todavía no he modificado las creencias que me impiden materializar mi cambio de residencia he tenido que encontrar intersticios.

Vivir en un país sin estaciones, cuando has experimentado algunas de ellas en un viaje largo, con frecuencia despertaba en mí sensaciones claustrofóbicas, por eso me propuse empezar a ver todo como si fuese extranjera. Mis primeros maestros fueron los cerezos. Una de las ideas que tuve antes de empezar a dar charlas de herbolaria fue la de editar un libro para turistas hablando de la flora local. Aunque nunca ejecuté la idea en el proceso aprendí que éstos árboles sueltan sus frutos a finales de febrero y principios de marzo, aunque el año pasado otra vez nos daban regalos en diciembre y algunos despistados siguen siendo generosos por este mayo. Los bebés de esta especie que he cuidado por varios años fueron los primeros habitantes de mis aspirantes a patios: recipientes desechables llenos de tierra robada del parque, en los que germinaron las semillas de las cerezas que endulzaron una de mis tardes. Observando sus flores entendí el parentesco que tienen con los románticos cherry blossoms que conocí en Nueva York y, como la Alicia que cruza el espejo, resulté inmersa en una dimensión que siempre está abierta para mí, una en la que la biodiversidad deja de ser discurso para transformarse en práctica.

Viajes sucesivos me han servido para entender porqué los biólogos europeos están al borde del éxtasis cuando van a la selva tropical, mientras que el dedicarme a la identificación de especies presentes en la ciudad, que no siempre son oriundas de esta geografía, me ha ayudado a vivir en el verde de la ciudad convulsa que poco o nada se parece al lugar en el que nací y crecí.

Esta es otra de las lecciones que cuidar plantas me ha enseñado. Ellas no se paran a quejarse porque a la tierra en la que viven le hace falta fósforo o potasio, ellas viven con lo que hay y florecen tanto y como pueden. Yo intento seguir ese ejemplo. Y el modo en que encaran el ser nómadas.

Agarras un pie de menta manzana y te lo llevas a tu casa para descubrir su espíritu guerrero. Crece sin límites ni preocupaciones, crece hasta el cansancio, luego la podas y vuelve a crecer sana y fresca. Sus sueños siguen intactos igual que sus propósitos, a menos que la arranques y la dejes sin agua no hay forma de detenerla. Así quiero ser yo, así a veces soy yo. Mi proyecto de irme, por una temporada más larga o del todo a enterrar mis raíces en otro país no se archiva. A veces toma pausas sabáticas en las que observa todo para reabastecerse y crear estrategias nuevas acordes con la situación del momento. Espera con paciencia el momento de florecer.

Vivo en Bogotá y no vivo en Bogotá. Las calles cubiertas de marcas cansadas, los negocios que cambian de dueños pero no de objetivos y los pocos predios con historia arquitectónica que caen para que el progreso rentable pueda construir algo soso y nuevo me interesan cada vez menos. Ahora veo brotes de falsos pimientos, araucarias, liquidámbares y variedades diferentes de sangregados con el entusiasmo del visitante. Emocionalmente ya no estoy aquí. En ese aspecto irme es sólo un trámite, uno que con frecuencia hago dormida, porque ellos, los sueños, siempre me llevan de viaje, a veces incluso con lucidez para mostrarme que también estando en otro país, ya como residente, simplemente estaría en otro escenario, en otra parte de esta dimensión que no es única ni la mejor ni la más elaborada sino una faceta, de las miles de millones que tiene este diamante, que cada quien percibe según lo que tiene en la cabeza.

Vivir conectada con los espíritus vegetales es vivir con un pie en otra dimensión, una de las muchas que es posible visitar a través de los sueños, lúcidos o no.

miércoles, mayo 03, 2017

Intuición masculina

Ella
Ni fui ni voy a ir.

Él
¿Cómo estás tan segura de eso?

Ella
Porque lo siento aquí (señalando sus tripas).

Él
Tú y tus tripas.

Ella
Sí, yo y mis tripas.

Él
¿Alguna vez te han fallado?

Ella
Pocas. Me he equivocado más por no hacerles caso que por escucharlas.

Él
Realmente no te entiendo.

Ella
Y yo te entiendo a ti.

Él
A ver, ¿cómo es eso?

Ella
Sí. Ustedes los hombres tienen una intuición tan fuerte como la de las mujeres sólo que diferente, y la siguen, le hacen caso, pero le ponen otros nombres porque no queda bien aceptar que se comportan como viejas crédulas. La voz de la razón, la voz de la experiencia, así le dicen pero es lo mismo.

Él
No, no es lo mismo.

Ella
Que sí.

Él
Cómo va a ser decidir sin pensar lo mismo que analizar, hechos, encontrar razones y luego tomar una decisión...

Ella
Es lo mismo y no es lo mismo.

Él
¿En qué quedamos entonces?

Ella
En que es lo mismo.

Él
Sigo sin entender.

Ella
Claro, porque quieres entenderlo todo con la cabeza y eso no se puede. Lo que es de la cabeza se entiende con la cabeza y lo que es del corazón se entiende con el corazón.

Él
Pero el corazón es para querer, no para pensar.

Ella
Mira, ya estás hablando como mujer.

Él
Eres tú, tu influencia, pero yo sé qué es lo que quiero decir.

Ella
¿Estás seguro?

Él
Sí.

Ella
Explícamelo entonces.

Él
Analizar datos, los hechos que tienes en frente, contrastarlos con las metas que tienes a largo plazo y luego decidir lo que vas a hacer no es lo mismo que decir me duele aquí, me pica allá y por eso lo mejor es invertir en materias primas en lugar de comprar dólares.

Ella
¿Has oído las historias que se cuentan de inversionistas que consultan tarotistas antes de hacer transacciones o que se abstienen de hacerlas si les da un ataque repentino de diarrea?

Él
Sí... pero esas son historias de gente supersticiosa.

Ella
...basadas en conjeturas, en agüeros.

Él
Exactamente.

Ella
Pero, cuando alguien toma una decisión "racional" se supone que tiene en cuenta lo que siente, lo que quiere a largo o a mediano plazo, como acabas de decirlo.

Él
Sí...

Ella
O sea que tiene muy en cuenta lo que siente.

Él
Sí, pero en términos de querer, de desear, no teniendo en cuenta sensaciones vacías, difíciles de identificar o de explicar.

Ella
Pero es que per se eso es una sensación, algo inefable, difícil, si no imposible de describir con palabras, y es lo mismo con los sentidos.

Él
¿Cómo va a ser lo mismo?

Ella
Es lo mismo.

Él
No lo es. Si yo te digo "esta comida está salada" tú la pruebas y está salada. Es algo que tú puedes comprobar, es una realidad compartida.

Ella
Mmm realidad, interesante término.

Él
No te vayas de tema. Es así.

Ella
Sí y no.

Él
...

Ella
Sí y no. Tú y yo podemos probar la misma comida que tú dices está salada pero si yo vengo de otro lugar, de otro continente donde estamos acostumbrados a comer comida salada a diario o muy picante es probable que ese plato me resulte insulso o en el nivel justo de sazón.

Él
Sí... podría ser.

Ella
En teoría tú y yo estamos expuestos a la misma realidad pero el modo en que tú la percibes es distinto del modo en que yo la percibo.

Él
Sí,ya... pero ¿a dónde vas con esto?

Ella
A que lo que tú sientes con tus sentidos siempre pasa por tu cabeza, por tu interpretación, por tus esquemas mentales y por lo tanto la intuición también tiene una parte racional. Puedo sentir una punzada en uno de los dedos de mis pies y decir "ah, una punzada" o puedo aprender a asociar esa punzada con tal o cual resultado. Puedo aprender a interpretarla y a asociarla con X hecho, así en el futuro si la punzada precede una caída en la bolsa, para seguir con tu ejemplo, es muy posible que aprenda a dejar de hacer transacciones después de tener esta sensación.

Él
¿Y si en lugar de haber pérdidas hay ganancias?

Ella
Es lo mismo. Observar esas sensaciones corporales me da un punto de partida para estudiar los resultados, lo que sigue, así aprendo a interpretar mis propias señales. La misma punzada podría ser indicio de que tendré ganancias...

Él
Como cuando la gente dice que va a recibir plata porque le pica la palma de la mano... Aunque también podría ser el síntoma temprano de una enfermedad.

Ella
Todo es posible. La señal, la sensación carece de significado, eres tú quien se lo da si la observas y la asocias con hechos puntuales, para eso sirve la cabeza, la razón, cuando se trabaja con el instinto. Incluso te sirve para ir al médico si lo consideras necesario.

Él
Ahora empiezo a entender lo que dices de la intuición masculina.

Ella
Sí, está ahí, siempre ha estado ahí pero bajo otros nombres, usando otras máscaras para que los hombres no tengan que reconocer en público que son sensibles, así lo sean.

Él
Pero ¿qué pasa luego?

Ella
¿Luego de qué?

Él
Luego de que empiezas a reconocer tu intuición.

Ella
Pasa que se fortalece, se instala como un hábito.

Él
...

Ella
¿En qué piensas?

Él
En lo que dices, en cómo se instalan los hábitos. Haces algo un día, como un acto sin sentido, vacuo, luego lo repites, vuelves a hacerlo y cuando te das cuenta eres un fumador empedernido y nunca te preguntaste "por qué".

Ella
Hasta que intentas dejarlo...

Él
Exacto.

Ella
O hasta que intentas fortalecerlo.

Él
¿Cómo?

Ella
Sí. Si el hábito que reconoces has adoptado es benéfico, o al menos esa es la lectura que le das, ¿vas a dejarlo?

Él
No, ¿por qué lo haría?

Ella
Es lo mismo con el instinto, con la intuición. Te ayuda una vez y te ayuda todas las veces, es tu brújula interna. Así te equivoques al interpretarla, te enseña a ser más sutil, a prestar atención a otras señales más delicadas y débiles que también te dan información de lo que debes hacer a continuación. Si hacerlo me resulta benéfico, ¿por qué dejaría de escuchar esa vocecita o esa punzada?

Él
Entiendo lo que quieres decir.

Ella
El primer paso es difícil de dar, por eso lo mejor es darlo en silencio, sin consultar a nadie, sin preguntarle a nadie porque cada quien responderá con su paladar.

Él
Con su cultura, con sus excesos, con sus miedos...

Ella
Eso..., con voz risueña, por eso los primeros pasos hay que darlos en soledad. Aprender a interpretarse es crucial, hacerlo con los ojos bien abiertos, con la mente muy despierta...

Él
Porque lo que ves puede no ser real...

Ella

...pero a pesar de ser una ilusión contiene mucha información para aprender, para seguir adelante y si permites que alguien te distraiga, que te saque del camino tienes que empezar de nuevo. Y el tiempo no espera a nadie, al menos no en esta realidad.

Él
Intuición masculina...

Ella
Sí, tan útil como la femenina pero diferente.