viernes, mayo 12, 2017

Interdimensional

Decir que se puede acceder a otras dimensiones a través de los sueños lúcidos es fácil, entrar en ellas no tanto y ser consciente de que muchas realidades paralelas te rodean muchísimo menos. Esto es lo que me pasa con las plantas.

¿Cómo llegaste a esto de la herbolaria?, me preguntan una y otra vez. Con cada respuesta ensayo una historia distinta. A veces respondo que todo fue porque crecí en una casa con dos patios, tres si cuento el que cubrieron para transformar en comedor. Otras digo que es por mi mamá, que siempre ha tenido gustos y manos verdes. Ahora recuerdo también que mi colegio de primaria estaba rodeado por un bosque de eucaliptos, que me enseñó a asociar los días felices y tranquilos con ese olor y con las flores blancas de los tréboles. Sin importar la respuestaa que dé nadie me pregunta cómo volví, porque uno puede entrar a un mundo para luego salir de él y nunca regresar.

Creo que fue entre mi interés por la magia natural y el tener que elegir un tema para hacer mi monografía de grado que volví, pero no definitivamente. Ni siquiera sé si esta vez va a ser una entrada definitiva. En ese momento, el año 2004, lo único que tenía claro era que había elegido el curso de grado que más me llamaba: Comportamiento Humano II, una clase de la especialización en Psicología del Consumidor que se daba en ese momento en mi universidad.

Pronto se me ocurrió que quería saber más de esa tribu a la que siento que pertenezco, a los que nos arrimamos a las plantas y a los productos naturales no por esnobismo ni para sentirnos superiores sino porque estamos convencidos de que la salud no es una moda y que la forma más sencilla de cuidarla es comiendo sano y haciendo ejercicio. Luego vinieron los muiscas.

No sé si en ese momento ya había empezado la movida "muiscol" (me tiene sin cuidado cómo se escribe) y el creer que se es más colombiano por vestir ropa étnica y cargar mochila. Recuerdo sí que me propuse encontrar a alguien de esa etnia para preguntarle cómo veía a las plantas desde su cosmovisión. La búsqueda me llevó a la ONIC (Organización Nacional de Indígenas de Colombia) y cuando digo que me llevó lo digo literalmente. Fui a la sede de esta organización en el barrio La Candelaria de Bogotá, pedí teléfonos de celulares y llamé, a pesar de que las llamadas no eran tan baratas como ahora. Poco a poco di con Carlos Mamanché, un hombre que aceptó recibirme a las afueras de Sesquilé, Cundinamarca para enseñarme cómo veía la vida su comunidad. Poco tiempo después de su invitación me fui como la estudiante universitaria que estaba a punto de dejar de ser: morral a la espalda, bolígrafos de colores y carpeta con hojas en blanco. Lo que vino no lo planeé ni lo esperé.

El señor Mamanché me recibió junto a un perro con aires de lobo siberiano, me explicó cosas que ya no recuerdo y que muy seguramente no entendí en ese momento. Hizo todo esto mientras subíamos una loma y yo me ahogaba. El perro bajaba cada tanto a ver cómo iba. Recuerdo o me parece recordar que tenía un ojo oscuro y otro claro, muy Bowie él. Don Carlos me decía que me hacía falta hacer más ejercicio y yo ni aire tenía para contradecirlo, lo que me interesaba era ver la maloca que había prometido mostrarme. Al llegar me explicó que siempre se entraba por una puerta (la oriental creo) y que siempre se salía por la otra (la occidental). Informalmente y como sólo estábamos los tres, entramos por la salida, yo detrás de él. No estoy segura de si el perro entró o no. Lo que recuerdo es lo que hizo el señor Mamanché después.

Me pidió que me sentara en una butaca y empezó a hablarme con solemnidad. Estaba muy bien, según él, que quisiera saber más de plantas. Para mis adentros pensaba "¿por qué se lo toma tan a pecho?, yo sólo quiero saber qué piensan los que las usan y nada más. No me interesa volverme experta en el tema ni nada de eso" pero ya sabemos cómo es el sentido del humor de la vida. Estaba asustada porque no sabía qué esperar ni qué iba a pasar, sin embargo en el fondo sentía que todo iba a salir bien. Lo siguiente fue un canto del señor Mamanché. En ese momento sentí lo que suelo sentir cuando hay cantos indígenas americanos: sinsabor, incomodidad. Nunca he sentido atracción genuina y espontánea por las tradiciones de este continente. Las respeto, me parecen muy valiosas, pero así como se necesita vocación para estudiar nombres en latín y diferenciar géneros y familias botánicas, yo simplemente no siento el llamado para meterme de cabeza entre los hijos del maíz y de la quena. De hecho el sonido de la quena me deprime, pero a pesar de todo esto me quedé callada respetuosamente y seguí las instrucciones de Don Carlos.

Me pidió que cerrara los ojos y que no me asustara, frase que despertó mi miedo, no sabía qué iba a pasar pero la curiosidad era más fuerte. Me sopló por la nariz lo que mucho tiempo después aprendería a llamar rapé, una fosa nasal a la vez, entonces vino la visión. Lo primero que sentí fue que no tenía senos paranasales sino que los conductos de mi nariz daban paso inmediato al contorno de mi cráneo hasta llegar a la nuca. Empecé a ver enredaderas que crecían frente a mi ojo interno y el modo en que les salían hojas y más hojas. Creo que todo el asunto no duró más de 5 minutos. Cuando Don Carlos me lo indicó abrí los ojos y le conté lo que había visto. Le pareció bien, estuvo satisfecho. Me explicó que por más que alguien quiera trabajar con plantas si su camino no se cruza con el de ellas no hay modo de torcerlo, no se puede. De nuevo intenté escuchar con respeto pero no me sentí muy identificada con lo que decía. Antes de salir de la maloca me regaló unas piedras, cristales que aún guardo. Bajamos a la vereda y le pidió a su familia que me sirvieran un almuerzo. Comí en silencio y sentí que quedaba en deuda con él y con su familia, una que todavía no sé cómo saldar o si ya lo hice.

Tiempo después quise hacer algo por él y por su comunidad pero nunca encontré un modo que satisfaciera a mis siempre demandantes expectativas. Recuerdo que compré unas semillas de algo y que se las mandé por correo. Varias veces vi su número en el directorio de mi teléfono sin saber si llamar o no pues de hacerlo no sabía qué le diría.

El año pasado en una de las ferias holísticas que se organizan en la ciudad crucé algunas palabras con un vendedor de ocasión que afirmó vivir en Sesquilé. Dijo que don Carlos había muerto y no supe cómo reaccionar. Más tarde otra persona, que fue a una de mis charlas de herbolaria, dijo lo mismo.

Poco después de la visita a Don Carlos me obsesioné con la idea de editar un libro de hierbas que había descargado de internet. En ese entonces no era la babel de ahora y encontrar información ordenada, a color y lista para imprimir era algo raro. Las pocas páginas que recopilaban varios títulos eran tesoros verdaderos. El libro, por mi pobre criterio circunstancial, terminó en manos de una amiga que ya no es amiga, pero el episodio me recuerda que a veces los elementales de las hadas raptan mi sensibilidad para que la ponga a su servicio.

Esta no es la ciudad en la que crecí

Cuando empecé a usar blogs me gustaba decir que era más rola que el ajíaco. En mis primeros viajes fuera del país prefería decir que era bogotana a decir que era colombiana. Que me asocien con cantantes pop y con jugadores de fútbol que no sería capaz de reconocer en la calle me inspira incomodidad inefable, por eso estaba muy cómoda diciendo, como si fuera un matram, que era bogotanísima por haber nacido en una clínica que llevaba el mismo nombre de la ciudad, pero fui a los viajes y dejé que me cambiaran.

Así como no supe lo que era el doble esquema de crianza, por ser hija única, tampoco supe lo que era creerse mejor por ser colombiano. Desde décadas antes de mi nacimiento en mi casa paterna el contacto con el otro lado del Atlántico era algo cotidiano. Supongo que por eso desde niña fantaseé con hablar otro idioma y con vivir en otro país. El delirio nunca se me pasó, al contrario, entre más viajo más me convenzo de que lo que debo aprender no está sólo aquí y como reconozco que todavía no he modificado las creencias que me impiden materializar mi cambio de residencia he tenido que encontrar intersticios.

Vivir en un país sin estaciones, cuando has experimentado algunas de ellas en un viaje largo, con frecuencia despertaba en mí sensaciones claustrofóbicas, por eso me propuse empezar a ver todo como si fuese extranjera. Mis primeros maestros fueron los cerezos. Una de las ideas que tuve antes de empezar a dar charlas de herbolaria fue la de editar un libro para turistas hablando de la flora local. Aunque nunca ejecuté la idea en el proceso aprendí que éstos árboles sueltan sus frutos a finales de febrero y principios de marzo, aunque el año pasado otra vez nos daban regalos en diciembre y algunos despistados siguen siendo generosos por este mayo. Los bebés de esta especie que he cuidado por varios años fueron los primeros habitantes de mis aspirantes a patios: recipientes desechables llenos de tierra robada del parque, en los que germinaron las semillas de las cerezas que endulzaron una de mis tardes. Observando sus flores entendí el parentesco que tienen con los románticos cherry blossoms que conocí en Nueva York y, como la Alicia que cruza el espejo, resulté inmersa en una dimensión que siempre está abierta para mí, una en la que la biodiversidad deja de ser discurso para transformarse en práctica.

Viajes sucesivos me han servido para entender porqué los biólogos europeos están al borde del éxtasis cuando van a la selva tropical, mientras que el dedicarme a la identificación de especies presentes en la ciudad, que no siempre son oriundas de esta geografía, me ha ayudado a vivir en el verde de la ciudad convulsa que poco o nada se parece al lugar en el que nací y crecí.

Esta es otra de las lecciones que cuidar plantas me ha enseñado. Ellas no se paran a quejarse porque a la tierra en la que viven le hace falta fósforo o potasio, ellas viven con lo que hay y florecen tanto y como pueden. Yo intento seguir ese ejemplo. Y el modo en que encaran el ser nómadas.

Agarras un pie de menta manzana y te lo llevas a tu casa para descubrir su espíritu guerrero. Crece sin límites ni preocupaciones, crece hasta el cansancio, luego la podas y vuelve a crecer sana y fresca. Sus sueños siguen intactos igual que sus propósitos, a menos que la arranques y la dejes sin agua no hay forma de detenerla. Así quiero ser yo, así a veces soy yo. Mi proyecto de irme, por una temporada más larga o del todo a enterrar mis raíces en otro país no se archiva. A veces toma pausas sabáticas en las que observa todo para reabastecerse y crear estrategias nuevas acordes con la situación del momento. Espera con paciencia el momento de florecer.

Vivo en Bogotá y no vivo en Bogotá. Las calles cubiertas de marcas cansadas, los negocios que cambian de dueños pero no de objetivos y los pocos predios con historia arquitectónica que caen para que el progreso rentable pueda construir algo soso y nuevo me interesan cada vez menos. Ahora veo brotes de falsos pimientos, araucarias, liquidámbares y variedades diferentes de sangregados con el entusiasmo del visitante. Emocionalmente ya no estoy aquí. En ese aspecto irme es sólo un trámite, uno que con frecuencia hago dormida, porque ellos, los sueños, siempre me llevan de viaje, a veces incluso con lucidez para mostrarme que también estando en otro país, ya como residente, simplemente estaría en otro escenario, en otra parte de esta dimensión que no es única ni la mejor ni la más elaborada sino una faceta, de las miles de millones que tiene este diamante, que cada quien percibe según lo que tiene en la cabeza.

Vivir conectada con los espíritus vegetales es vivir con un pie en otra dimensión, una de las muchas que es posible visitar a través de los sueños, lúcidos o no.

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