sábado, agosto 03, 2019

Abrir, sangrar, cambiar, cerrar

Mi experiencia usando toallas / compresas de tela


Advertencia (en caso de que el título no le haya dado una pista): El texto que sigue no es apto para personas altamente impresionables, asquientas o con fobia a la sangre. Siga adelante, o no, usando su propio criterio.

La primera vez que oí hablar de toallas / compresas higiénicas reutilizables fue en un contexto lleno de lo que llamaba “hippies, marihuaneras, feministas trasnochadas que además no se depilaban”, pero como suele pasar con los juicios, entre más tajantes y amargos los haces más rápido te los tienes que tragar. Justo después de lanzar esas críticas la vida empezó a prepararme para que me las zampara, hasta la última palabra.

Lo siguiente que oí sobre copas menstruales y, en general, productos de higiene femenina reutilizables vino de una médica que enseñaba a  hacer a mano toallas / compresas higiénicas. Me contó que, aunque pareciera mentira, tenía más de una colega muy dispuesta a lidiar con el pus y las llagas ajenas pero que ante la sangre de su propia menstruación se desvanecía. Esta mujer me pareció relativamente sensata y vivía cerca a mí, por eso quise contactarla después pero circunstancias diversas hicieron de este propósito algo imposible. Pasaron años antes de que pudiera oír de primera mano más sobre la experiencia de usar toallas / compresas de tela.

La siguiente influencia en esta historia fue una socia efímera en mi proyecto de dar charlas sobre herbolaria onírica. Recuerdo que me habló con vehemencia de lo malo que era para el planeta usar toallas / compresas desechables. Realmente estaba furiosa cuando le planteé mis razones para seguir comportándome como lo hacía, pero como le tenía cariño intenté entender lo que trataba de decirme. Hice preguntas prosaicas sobre cómo limpiarlas y me esforcé por buscarle un lugar entre mis esquemas mentales a esa posibilidad, sin embargo, y eso no ha cambiado mucho, volví a la conclusión de que el objetivo de reducir el consumo no es “cuidar el planeta” sino cuidarnos a nosotros mismos, pues el ser enorme sobre el que vivimos ya estuvo 4.599 millones de años sin humanos (según la ciencia oficial) por lo tanto puede prescindir de nosotros cuando quiera.

Entra el siguiente personaje

Ese mismo día conocí a una representante digna de la caricatura de la feminista que no se depila y que quiere condenar a las llamas del petróleo a todos los miserables que usan productos desechables. No voy a negarlo, yo también me he comportado así un par de veces al ver a… ¿cómo decirlo?, ¿seres?, ¿inconscientes? que juran sobre la tumba de sus madres que las plantas no sienten y por eso las mutilan tranquilamente y sin ningún propósito, por aquello de que “puedo ¿y?”, pero como pronto entendí que por medio de la actitud de justiciera social no iba a llegar a ningún lado, mucho menos a la creación de consciencia, dejé de lado esa táctica. A esta otra mujer, a la feminista “peluda”, no a mi ex socia, volví a verla en otro lugar y luego de oírla hablar durante un rato me convencí de que si alguna vez usaba una toalla / compresa reutilizable no sería una de las que ella vendiera. No me interesaba comprar su ideología, que también estaba a la venta, ni su mala leche. Mientras ella hablaba en privado con una tercera mujer me di cuenta de lo obvio: era tan incoherente y tan imperfecta como todos los mortales, pero estaba tan ocupada en proyectar una imagen de sí misma acorde con su actividad económica que en cuanto sentía un reflector sobre su cara empezaba a actuar.

Pasaron otros meses en los que seguí usando toallas / compresas desechables hasta que en otra conversación, esta vez con una amiga cercana, supe que ella, que bien puede darme clases de imagen personal, relaciones profesionales exitosas y competencia laboral, me contó, sin misterio y, muy importante, sin intentar convencerme de nada que ella usaba toallas / compresas reutilizables. Me lo dijo como quien cuenta que prefiere comprar pan en el supermercado y no en la panadería. Luego repitió algo que ya había oído pero que para mí era una leyenda urbana: con las toallas / compresas reutilizables su menstruación duraba menos. Para terminar y sabiendo que soy muy buena con las labores manuales, que AMO ocuparme con ellas y que ADORO intentar cosas nuevas, me lanzó un reto, me propuso que hiciera una y la probara. La semilla estaba plantada y no en tierra yerma.

Manos a la toalla

Agarré las toallas / compresas desechables que tenía y las usé de modelo. La primera que haría, teniendo en cuenta mi fascinación por el mundo onírico, sería una nocturna. Leí varios artículos en inglés sobre la fabricación. Elegí telas de algodón de pijamas viejas y opté por el velcro, que era lo que tenía a mano, para ajustarlas a los calzones. Todo el asunto resultó siendo más atractivo y más entretenido de lo que había previsto. Estaba practicando upcycling, reduciendo mis desechos y divirtiéndome sin comprar, muchos de mis intereses juntos. Antes de hacer la toalla / compresa reutilizable nocturna hice un modelo piloto con un tamaño muchísimo más pequeño, lo que vendría a ser la versión de tela del protector diario para ropa interior. El resultado desde el punto de vista estético fue desastroso pero desde la perspectiva funcional fue tan exitoso que todavía la sigo usando, además le he tomado mucho cariño. Con el siguiente modelo, que hice cuando ya tenía un poco más de experiencia, llegué a un producto más robusto y redondo, además con él surgió algo imprevisto: la primera vez que la usé cumplió a la perfección con las funciones de un chumbe, es decir una protección energética usada durante el descanso nocturno y que tiene sus orígenes en pueblos indígenas de América. Este tema, como es profundo y extenso lo dejo para otra entrada. Sea como fuere esa noche dormí tan bien y, como le gusta tanto decir a los anunciantes de toallas / compresas higiénicas, sin derrames que la semilla inicial no sólo germinó sino que empezó a crear hojas nuevas.

Los pasos siguientes fueron más o menos rápidos y consistentes. Debido a una crisis económica personal que empezó a visitarme por la época, entendí que una de las formas mejores de encararla era reduciendo mi consumo, por eso la idea de usar toallas / compresas femeninas estaba en la lista. Mi paso de lo desechable a lo reutilizable no fue abrupto ni inmediato. Usé las toallas / compresas desechables que tenía al tiempo que iba haciendo más reutilizables y me habituaba a ellas. Durante esta etapa reviví recuerdos desagradables, como la primera vez que me manché en el colegio, uno mixto, donde tenía que usar un uniforme claro y que hizo de dominio público lo que en otras circunstancias habría sido un asunto privado. También me familiaricé con sensaciones nuevas pues el “siempre seca” y el “ajuste perfecto”, expresiones  frecuentes en la publicidad de la industria del aseo femenino, dejaron de estar presentes pero aunque esto puede sonar negativo mi percepción de esta situación es diferente. Aunque la humedad y las manchas rojas están más presentes en las toallas / compresas reutilizables que en las desechables  empecé a experimentar el fenómeno del que hablaban las “feministas marihuaneras”, y algún estudio que hizo alguna universidad al respecto, el flujo empezó a disminuir. Esas descargas, cascadas o bajones, como quiera que se les llame, se reducían mes a mes, y la “optimización de recursos sigue”.

Hace años, cuando nadie de mi círculo cercano hablaba de toallas / compresas reutilizables ni de copas menstruales, oí a alguien decir que en culturas orientales se aconsejaba a las mujeres extinguir su propia menstruación en lugar de esperar la menopausia. En ese momento fue un comentario interesante causado por un libro de ejercicios energéticos que había comprado recientemente. Un comentario y nada más. Ahora que llevo no sé cuántos meses usando sólo toallas /compresas reutilizables y que percibo el usar desechables como un retroceso esa idea de extinguir la menstruación tiene un significado distinto para mí. Ahora la interpreto de otro modo.

Green fabric cloth pad on pink background

Los polvos mágicos son azules

Este año me he propuesto seguir leyendo el libro de Autodefensa Psíquica de Gustavo Fernández y allí encontré una práctica que, como mínimo, debe tener décadas pero que por razones fáciles de explicar se desconoce masivamente. En ese texto el parapsicólogo argentino habla de cómo usar el sulfato de cobre para reducir las hemorragias. Hace meses, tras una cortadura menor y cotidiana, me animé a poner a prueba la idea planteada en el libro y puedo decir que comprobé y que sigo comprobando su efectividad. Todo lo que hay que hacer es disolver la arena gruesa del compuesto químico en agua en una medida tal que esta ya no cambia de color, se satura, para luego agregar un pedazo de tela, gasa o algodón humedecido en la sangre del herido o, para el interés de este artículo, de la mujer menstruante. Si se hace al revés, es decir que se moja el tejido en el líquido azuloso y luego se toca la herida se logrará un efecto coagulante y cicatrizante pero también de dolor inefable. Yo, repito, hice el experimento al pie de la letra, como lo explica el autor en el libro y de momento mis menstruaciones son cada vez menos abundantes y más llevaderas. Aclaro también que salvo en los años cercanos a mi menarquía, nunca sufrí de dolores fuertes ni molestias mayores algo que asocio con practicar regularmente ejercicio y con una actitud franca, clara y sin traumas frente a lo que catalogo como un proceso natural. Sea como fuere supongo que lo que aquí comunico puede ser de utilidad para otras personas.

Glass bottle with water and copper sulfate illustration

Es hora de lavarlas

Identifico en mí rasgos que me hacen proclive a la acumulación excesiva por eso, en contraparte, se me da tan bien reciclar, comprar sólo lo indispensable  y hacer composta. Simplemente siento angustia cuando pienso en un relleno sanitario o cuando veo que alguien gasta más agua de la que necesita para una tarea doméstica. Últimamente incluso me siento premiada cuando compruebo, con la factura del agua en la mano, que mi consumo se ha reducido de modo consistente, de ahí que el tema de la limpieza de las toallas / compresas reutilizables también me cuestionara. Al principio gastaba lo que para mí era demasiada agua, luego, en la medida en que mi flujo menstrual se redujo también lo hizo la cantidad de agua necesaria para lavarlas, además aprendí que para fabricar una sola toalla / compresa desechable ya se gastan muchísimos litros que, cuando se usan productos reutilizables, se ahorran. Lo ideal para algunas mujeres es, según entiendo, la copa menstrual y es posible que llegue allá.

El utilizar toallas reutilizables me ha dado la sensación de que recuperé algo que me había sido expropiado. La primera vez que dormí con una de ellas no sólo perdí el temor a mancharme por no estar usando un artículo industrial sino que sentí que hacía lo correcto conmigo y con este cuerpo físico que un día le devolveré a la tierra. Sentí que algo muy íntimo volvía a ser mío y que no estaba obligada a depender de desconocidos para cuidarme.

Me animé a escribir sobre este tema porque el cuidar plantas me ha llevado a darles voz, a entender que si se están extinguiendo tantas especies, aproximadamente el 25% de las vegetales, es porque la propaganda no es suficiente, porque cada decisión que tomamos cada día, como lo dijera el periodista Santiago Camacho en su podcast maravilloso Días Extraños, nos acerca o nos aleja de ese precipicio evitable sólo y sólo si todos los seres humanos remamos en la misma dirección, lo que implica poner en práctica muchísimas acciones simultáneamente, de lo contrario todos, tarde o temprano, sin importar el lugar que ocupemos en el planeta, en el esquema global, vamos a aprender por las muy malas lo que significa despilfarrar los recursos que alcanzan para cuidarnos perfectamente a todos pero que, por miedo y estupidez, permitimos que unos pocos acaparen. Crear consciencia está bien, pero si esa consciencia no se traduce en actos de nada sirve.

En mi investigación sobre este tema encontré otras opciones reutilizables para reemplazar las toallas / compresas desechables, por lo que si alguien quiere modificar sus hábitos pero siente que usar las de tela es inadecuado para sus circunstancias particulares puede consultarlas aquí.

Acerca de los comentarios

Como dijo un oyente del podcast arriba mencionado, la vida es muy corta para estar moderando frustraciones ajenas, por eso los comentarios están cerrados. Si luego de leer esto le quedan ganas incontenibles de decir algo puede intentar hacerlo a través de Twitter. Mi nombre de usuario allá es @licuc. Veremos si al algoritmo / receta de esa red social le apetece mostrarme su réplica.

viernes, febrero 01, 2019

El encanto de la putrefacción

En el libro Alucinaciones de Oliver Sacks leí que a los médicos antes se los entrenaba para identificar olores distintos en el aliento de los pacientes. Esto les ayudaba a diagnosticarlos, sobre todo cuando debían prestar sus servicios en lugares alejados de ciudades y, por ende, de laboratorios en los que se pudiera analizar muestras de tejidos o fluídos. Con la especialización tecnológica la desconexión de las señales que emite el cuerpo humano avanzó. A mí, sin embargo, me gusta seguir desarrollando mi olfato y la tarea de preparar abono también me ha ayudado a cumplir este propósito.

Tengo varios recipientes plásticos en los que almaceno los desechos que produzco al cocinar, pues no he llegado a almacenar los residuos que produzco con mi cuerpo, así haya oído que se puede, en parte porque siento que no tengo las condiciones de espacio físico necesarias para hacerlo y porque no he reflexionado al respecto y simplemente no me gusta hacer cosas sólo porque alguien más me siembra la idea. Preparar abono me ha enseñado a pensar más profundamente, a analizar y a cuestionar más.

Ahora entiendo mejor cuál es la función de las bacterias y, en general, de los microorganismos que descomponen los residuos, que cambian de tamaño, color y olor mientras se transforman en tierra. Entiendo que cortar los desechos en trozos pequeños acelera un proceso que, al mismo tiempo, deja escapar líquidos que antes sólo asociaba con hediondez, suciedad y enfermedad, pues sólo había oído hablar de lixiviados en el contexto de los rellenos sanitarios, entornos que, como los hemos creado, se han convertido en cunas de problemas más que de soluciones.

Cada tanto, cuando destapo uno de los recipientes para mezclar la materia en descomposición y regar algunas plantas que cuido con los líquidos que exudan, veo de cerca cómo va el proceso y me maravillo. La putrefacción tiene encanto. Los olores de cada mezcla son distintos. Aquella en la que predominan los desechos que provienen de podar y deshierbar deja escapar olor a bosque. Otra, donde la cáscara de sandía deja de serlo, empieza a oler a estiércol. Una más, que ha sido protagonista de algún ritual mágico y que por su historia tiene papel periódico / de diario, desprende aroma a betún, o como le llamen en su geografía al producto usado para lustrar zapatos. En cada contenedor hay bichos diminutos, hay vida cambiando, evolucionando, hay "animalitos" cortando, separando, despegando compuestos químicos para volverlos moléculas que a su vez alimentarán plantas y animales más grandes, que luego se transformarán en alimento que será abono otra vez, al menos si se lo permitimos. Lo digo de nuevo para recordarlo y entenderlo mejor: la basura es una interpretación, la basura es un invento del hombre, quizás uno de los más absurdos e idiotas porque consiste en inutilizar lo que es útil y eterno.

Todavía no sé qué quieren decir los olores que salen de los contenedores que ven el nacimiento de la tierra como sedimento, como sustrato pero estoy segura de que hablan, de que dicen algo porque si los llevase a un laboratorio y supiera leer los resultados de los análisis dirían que en uno predomina el potasio y que otro es rico en carbono, elementos que componen moléculas olorosas que mi nariz poco a poco aprende a diferenciar.

Esta tarea que muchos ven con asco es una maestra que, porque se lo permito, me va mostrando los secretos de la alquimia.

martes, enero 22, 2019

Dibujar para entender

Dibujo de hoja del género Zantedeschia
El miércoles pasado (16 de enero), en la reunión para estudiar Autodefensa Psíquica, hablé de cómo a veces, cuando se realiza una actividad con mucha concentración e intensidad, se sintonizan involuntariamente pensamientos ajenos. Uno de los asistentes mencionó la posibilidad de usar una vela encendida para mantener a raya la interferencia de estas entidades. Puse a prueba la hipótesis mientras hacia el dibujo de un ser humano, sin embargo, alguna forma de pensamiento se coló, luego, como no lograba involucrarme emocionalmente con la tarea, la dejé.

Días después, todavía con ganas de dibujar, tomé como modelo un ejemplar de Zantedeschia que vive en mi casa. Lo llevé al comedor y me entregué a la tarea. El resultado fue muy distinto. Concentrarme en las manchas caracteristicas de esta especie (que todavía no he identificado) me ayudó a entender de dónde viene mi fascinación con ella.

En este momento vive en la misma maceta que una sábila (Aloe vera) en donde apareció de forma espontánea, luego de que otro ejemplar de la misma especie hubiese colonizado una maceta, todavía más grande, en un jardín que cuidaba hasta hace poco. No se bien cómo llegó a ambos lugares, no la planté yo. Sólo sé que cuando noté su presencia me atrajo.

Dibujándola entendí que es una planta proyectiva, es decir que contemplar las manchas claras de sus hojas es una actividad que se asemeja a la de leer posos de té o café. Hacer este retrato también me ayudó a entender que el espíritu de la planta me protegía, por eso ningún pensamiento ajeno cruzó mi mente mientras estuve entregada a esta tarea. Al final no me quedó duda de que debo incluir este ejercicio en los talleres que organizo para que las personas se conecten con los espíritus que viven en la naturaleza. 

Escribe a elsuenosignificado@gmail.com o contactame a través de mi perfil de facebook para conocer la programación de las actividades que organizo.


sábado, diciembre 15, 2018

Las estrellas verdes de la noche


Aprender de herbolaria es un viaje con experiencias siempre novedosas, por eso me gusta tanto. La de anoche tuvo como protagonistas al sígueme (¿Mentha citrata?) a la izquierda y a la lavanda francesa (Lavandula dentata) a la derecha.

Una persona que iba a estar en la actividad que estaba ayudando a preparar tenía un dolor de cabeza digno de olimpiada y, rendida por el malestar, decidió aceptar ayuda proveniente del reino vegetal. Yo no le había ofrecido nada porque, aconsejada por la filosofía budista, no ofrezco ni respondo nada a menos que me pidan algo abiertamente y así fue, una amiga en común vino a decirme que ya no aguantaba más y que quería intentar con algo venido de ese mundo. Le conté las alternativas disponibles, me habló de sus afinidades aromáticas y, usando lo que había a mano en el patio, preparé un mejunje herbal con aceite de sacha inchi, no por elegancia sino porque era lo que estaba en la alacena más cercana.

Corte media cucharadita de sígueme y una cantidad igual de lavanda, retiré los tallos y trituré las hojas con dedos, uñas y mucho respeto a los elementales, para que los aceites esenciales salieran y se activaran, agregué el aceite y masajeé las sienes y el entrecejo del afectado. El efecto, dice él, fue "mágico" y casi inmediato. El olor lo relajó y logró la mejoría que no habían logrado la neosaldina ni la siesta.

Es bonito trabajar así, con amor a las niñas verdes y con consciencia. En este caso quien recibió el efecto del remedio casero tuvo la disposición necesaria para guiar la elección de plantas con base en su experiencia previa. Hacer equipo así, con humanos y plantas es más fácil y más saludable para todas las especies involucradas.

lunes, agosto 13, 2018

Chiste botánico

dibujo de una roca con rostro sonrojada y de musgo con rostro coqueto
Inspirado en mi experiencia reciente tratando de cubrir con musgo una roca.

martes, septiembre 12, 2017

La voz de mi corazón



Por estar rodeada casi constantemente de diseñadores, comunicadores y publicistas, a causa del trabajo que pagará mis cuentas en unos meses (me pagan a 90 días), suelo perderme con mucha frecuencia. Olvido lo importante, lo confundo con lo urgente. Dejo mi corazón en un cajón y me dejo convencer de que sí, de que es mejor y más poderoso el hecho de cacarear todo lo que haces, sin importar si es tomar una taza de café o crear una ilustración gloriosa, que profundizar en lo que amas y te importa. Luego, junto a ese convencimiento vano, viene la insatisfacción.

Como muchas personas de esta época entré a las redes sociales por presión social. Mis amigos ya estaban ahí y mantenerme al margen, creía yo, me transformaría en una paria. En realidad entré por miedo, por miedo a estar excluida, por miedo a llevar a otro nivel mi tendencia a enclaustrarme. Ahora han pasado más de 10 años desde que di ese paso que creí inocuo, irresistible, inevitable y el balance no me cierra. Sí, he vivido algunas experiencias increíbles por las puertas que abrí con esas herramientas pero no me miento, también me he hecho mucho daño exponiéndome de forma estúpida a información que no necesito ni me interesa. Ha sido el equivalente virtual de meter la mano desnuda en una bolsa llena de cuchillas de afeitar, oxidadas si se quiere. Y estoy cansada.

La creencia impuesta por la agenda de los medios de comunicación de que tener un perfil actualizado y promocionado en la última red social es in-dis-pen-sa-ble para el éxito profesional me está jodiendo la vida, además es una creencia, todo eso y tan sólo eso. Definitivamente quiero seguir con mi proyecto de contar lo que voy aprendiendo acerca de otros planos de realidad, de otros estados de consciencia, quiero hacerlo tajantemente por mi cuenta. Siento que no sirvo para tener jefes, cumplir horarios estrictos ni para estar en oficinas y no me apetece cambiar esta parte de mí. Sí, me he tragado el verso de que para lograr todo esto las redes sociales son un requisito sine qua non pero ahora tengo indigestión. Paso más tiempo brincando de enlace en enlace, de noticia en noticia y de trivialidad en trivialidad que mezclando hierbas, dibujando historietas o leyendo libros. Gasto demasiada energía fingiendo que estoy ocupada con cosas importantes. El resultado es una sensación de vacío, de inutilidad que me arrastra. Me urge cambiar de creencia. Necesito subirle el volumen a la voz de mi corazón que dice "lo realmente indispensable es el trabajo que haces con voluntad, disciplina y amor".

Proponer dejar internet y las redes sociales del todo no es una propuesta realista, aunque el romanticismo de esta posibilidad coquetea conmigo de un modo vulgar. Poco a poco he optado por usarlas como una cuenta más de correo electrónico y como una herramienta para hacer consultas. En la medida en que mi estado de consciencia cambia intento recordar constantemente que si no las uso con propósito sus inventores e inversionistas me usarán a través de ellas para hacerse más ricos. Para ser coherente con esta postura sigo haciendo cambios. 

Desde hace muchos años tengo blogs. Los he abandonado por temporadas pero en realidad nunca me fui de ellos. Siempre estuvieron ahí desde que los conocí. Se transformaron en la versión censurada y pública de mis diarios de papel. Mis scrapbooks digitales y a ellos quiero volver. No sé cómo me va a ir con esta exploración nueva pero si no la emprendo estoy muerta otra vez. Para mí la vida es cambiar, crecer, evolucionar, mejor aún si es con mis propias reglas, con mis propios rumbos y no con los impuestos desde afuera.

Hay ideas, lugares, personas, etc. que encuentro mientras navego y que quiero compartir con quienes me leen con frecuencia, los mismos a los que estaba dejando de lado por estar "al día en las redes". Ahora siento falsa la necesidad de publicar en twitter cada pensamiento "brillante" que se me ocurre y ya me importa casi un comino el número de fanáticos que acumula la página que abrí en facebook. Este es el momento de salir del vicio. 

Sin importar cuántos perfiles te diga el sistema que te siguen sigan las personas con las que estableces un vínculo cercano, real y valioso son unas pocas. A través de todos los medios que he usado me he puesto en contacto con seres de mi tribu. La invención del niño genio de moda sólo ha sido un camino para llegar a ellos. El lazo queda, la herramienta no. Seguimos comunicándonos por quienes somos, no por la existencia del canal. A eso le apuesto. 

De ahora en adelante me propongo recopilar datos valiosos que voy recogiendo mientras paseo por internet. El scrapbook lo publicaré en alguno de mis blogs, según me dicte el capricho, y luego enviaré un resumen por correo. Así yo misma podré volver a datos que me interesan sin naufragar en el caos informático propio de las conversaciones digitales. Me gusta esta idea. Me siento más cerca de quienes me leen desde hace tiempo y de quienes me han confiado su dirección de correo electrónico, y también siento más compromiso con ustedes. No me gusta enviar mensajes vacíos o inútiles sabiendo que van a sumarse a la carga de distracciones que ya arrastramos a diario.

A ver cómo me va.

*Si alguien quiere entender mejor mi postura puede ver este video que me puso a pensar más que de costumbre: https://www.youtube.com/watch?v=3E7hkPZ-HTk

Ya que estamos otro video genial de alguien que cuenta lo que aprendió después de dejar las redes sociales durante un año: https://www.youtube.com/watch?v=kFSwDtspY5c

Un video en el que Santiago Camacho, uno de mis periodistas favoritos, cuenta hechos curiosos de uno de los sentidos menos racionales: https://www.youtube.com/watch?v=yeVC_9lCnq0

martes, mayo 23, 2017

Manzanilla vino a visitarme

El año pasado traje semillas de Lavandula angustifolia de Austria. Como tengo poca experiencia con germinados, acepté la sugerencia de Don Luis, mi proveedor de lavanda francesa, de dárselas para que él hiciera la maniobra. Meses más tarde la taza de éxito fue de alrededor del 25%. El vendedor de las semillas me había advertido que conseguir plantas de lavanda desde semillas era muy difícil y lo mismo me había dicho una trabajadora de un vivero. La taza de éxito, afirmaron, era de aproximadamente 5% Sea como fuere, y aunque suene raro, esta entrada no va sobre la lavanda.

Una vez tuve en casa las plántulas las miraba como madre primeriza. Me debatía entre dejar las plantas arvenses que crecían alrededor, porque ya las habían acompañado durante semanas, o arrancarlas, por temor a que les robaran recursos. Algunas las dejé y otras las arranqué. Arranqué casi todas las que tenían hojas en forma de filamentos, pero una resistió. Se puso encima la capa de la invisibilidad de Harry Potter y se salvó de mis dedos. Meses más tarde se ve así:





Por sus frutos los conoceréis, reza una frase de la Biblia haciendo referencia a los profetas falsos, y como lo declara, lo mismo pasa con los vegetales. Nunca había tenido una planta viva de manzanilla en casa, al menos no soy consciente de ello. Usualmente las tenía cortadas, listas para preparar tisanas, y hace poco vi alguna creciendo al lado de un andén en las cercanías de la plaza de mercado Samper Mendoza. No planeé cuidar manzanilla pero la vida es así. Ellas son así.

Dicen que a tu vida llegan las plantas que necesitas y entiendo porqué esta me visita. En general se cree que la manzanilla (Anthemis nobilis o Matricaria chamomilla) se usa para inducir el sueño pero lo cierto es que sus virtudes son más complejas. Uno de las razones por las que las personas sufren de insomnio es la dificultad que tienen para concentrarse en lo que están haciendo: tratando de dormir. Justo en ese momento piensan en todo lo que no pudieron hacer o en los problemas que tienen, el resultado es una activación mental incompatible con el descanso. En estos casos la planta más indicada para tratar la situación es la manzanilla.* Esta planta tiene la propiedad de enfocar la mente, algo que me hace falta, por eso puede reemplazar el café, el té o el chocolate que se acostumbra beber en las mañanas. Aunque a algunos podría sedarlos, a la mayoría de las personas la ayuda a concentrarse, mismo motivo por el que es una alternativa ideal para antes de meditar. Desde el punto de vista de Un curso de milagros podría decirse que es una aliada para encontrar a Dios en todas las situaciones. Quienes se interesan por los chakras pueden usar su energía para equilibrar el del plexo solar, el que queda entre el corazón y el ombligo.

En las tradiciones mágicas se asocia con el sol y con la prosperidad, muy probablemente porque su color y el de las infusiones que se preparan con ella recuerda el oro.

Todavía no sé diferenciar los dos tipos de manzanilla que existen. Los ejemplares que he visto me parecen de la misma especie. Seguiré observándolas a ver si algún día noto la diferencia.

*Esta es mi opinión personal, que en ningún caso busca reemplazar la de un médico o fitoterapeuta profesional.

sábado, mayo 20, 2017

Adiós, certezas

Hace unas semanas dejé de lado mi terquedad y acepté una sugerencia que alguien me hizo de ver la serie Sense8. La historia, que relata las vivencias de 8 extraños con poderes psíquicos, tuvo todo que ver con mi respuesta positiva. Sin embargo, como es la norma en esta época tan cambiante que nos tocó vivir, las consecuencias de un acto aparentemente inocuo fueron perturbadoras.

Ellos ahora son ellas

Un día mientras buscaba una entrevista a los creadores de la serie, que me tenía haciendo maratones de 3, 4 capítulos, todo empezó a lucir extraño. Más extraño. Esperaba encontrar algo parecido a lo que descubrí detrás del guión de Inception. Creía que encontraría algo como "los hermanos Wachowski tuvieron experiencias extracorpóreas y oyeron relatos de una de sus abuelas acerca de aparecidos, experiencias que los llevaron a fantasear con la posibilidad de seres humanos, descencientes de una raza que evolucionó de forma paralela al homo sapiens, capaces de desarrollar poderes psíquicos de forma espectacular", pero nada de eso. Mi búsqueda me llevó por otros caminos y mi intuición ya me lo había advertido.

La primera vez que escuché la voz de Nomi, uno de los protagonistas algo se frunció adentro mío. Desde el comienzo quedó claro que era transexual pero sólo después de buscar información respecto a los hermanos Wachowski empecé a entender. Jamie Clayton, la actriz elegida para interpretar el papel también es transexual en la vida real. Luego de saciar mi morbo, con un par de artículos y otro más de videos, seguí buscando hasta dar con un hecho que, sin proponérselo, me sigue cuestionando.

Recordaba que Matrix, la trilogía, clásica ya, había sido escrita por The Wachowski Brothers, por eso no me sorprendió ver que uno de ellos fuera Lana Wachoski y el otro Andrew Wachowski, pero algo no cerraba. A pesar de los borbotones de información a los que me expongo a diario recordaba que ambos eran hombres. Unas visitas a wikipedia y a imdb más tarde estaba con la mandíbula descolgada y una mano sobre la boca. Lana Wachowski, antes Lawrence Wachoski, se sometió a una reasignación de género hace algunos años. En 2016 Andrew Wachowski, su hermano, ahora Lilly Wachowski, siguió sus pasos. La primera vez que vi una foto de Lana Wachowski me sorprendió ver lo femenina que luce. Busqué fotos de cuando era hombre y noté que la delicadeza de los rasgos ya estaba ahí. El resultado entonces dejó de sorprenderme, pero no de transformarme. El hecho de que una película haya sido escrita por un hombre o por una mujer es algo irrelevante, si tiene genialidad eso va más allá de su género, de nacimiento o reasignado, pero el hecho de que quien con talento y trabajo duro se ganó un lugar en tu memoria ahora tenga otra identidad es tan onírico que me resulta imposible dejarlo pasar o dejar de reflexionar al respecto.

Vas a recordar este momento el resto de tu vida


Tengo edad suficiente para recordar cómo, cuándo y qué estaba haciendo cuando supe de las muertes de Freddy "miamordivino" Mercury, de Lady Di, princesa de Gales y del atentado a las torres gemelas de Nueva York y con esta noticia, no exagero, pasa lo mismo. The Wachoski, como se hace llamar ahora el dúo creativo, tiene un perfil discreto, por eso y porque de nuevo todos los días nos exponemos a avalanchas de información apenas nos estamos enterando de un asunto irreversible. Pero ¿por qué tanto escándalo? se estará preguntando más de uno, porque el cambio de género de personas con tanta influencia en la mente
colectiva muestra la mutabilidad acelerada en la que vivimos.

Las filosofías orientales llevan milenios hablando de que lo único permanente es el cambio pero sólo hasta que Internet se nos metió en la médula lo vivimos a una velocidad de vértigo, de ahí que me cueste tanto entender a quienes tienen tan claro lo que quieren y cómo lo quieren.

Cuando era niña soñaba con viajar, escribir y dibujar, tomar fotografías o algo así. Crecí y me hice una redactora competente que ha podido vivir de este oficio, también viajé, y no dejé de hacerme preguntas. En los 80s y en los 90s decir que querías ser escritor o periodista profesional suscitaba reacciones diversas pero casi nadie se preguntaba si la profesión seguiría existiendo ni mucho menos imaginaba cuánto iba a cambiar. Mi generación creció creyendo el cuento de hadas posmoderno de estudiar, trabajar y pensionarse pero luego, cuando lo estábamos viviendo, vino el cisma.

Algunos todavía no se enteran, otros se quedaron en la etapa de negación y otros pensamos en cómo adaptarnos a un mundo que ya no es el mismo. Crecí creyendo que uno nacía mujer y se moría igual y que los escritores profesionales publicaban libros en papel pero, más tarde, tuve que considerar que esa era sólo una de las formas de expresión posibles, que ahora puedes contar tus historias de formas diversas y que cuando crees saber o entender algo las reglas vuelven a cambiar.

Me asombran profundamente quienes tienen objetivos claros y férreos en la vida. Dicen "voy a construir un edificio cuando tenga 30 años" y a los 29 ya tienen los planos de la obra, dicen "quiero irme a vivir a Japón" y, aunque el país que visitaron sea distinto de aquel en el que se establecerán siguen deseando lo mismo. ¿Cómo lo hacen?, ¿cómo hacen para acallar las dudas y subirle el volumen a la certeza?, yo sólo siento que algo poderoso me cuida y que quiere que transmita lo que voy aprendiendo o recordando pero no tengo ni idea de si tendré que desandar lo andado o de hasta dónde debo llegar.

Ser original haciendo lo mismo que hacen todos los demás

Durante demasiado tiempo he hecho las cosas que dicen hay que hacer. Fui al colegio, a la universidad y abrí una página en facebook para darle voz a mi algo, a eso que tengo para compartir pero que me resulta tan esquivo a la hora de definirlo. En este momento tengo muchísimas dudas, una cantidad igual de miedos y falta de motivación para continuar.

La semana pasada no envié el mensaje que acostumbro enviar a mi lista de correo los miércoles y esta semana tampoco. Esto lo escribo en una tarde de sábado mientras me duele el brazo izquierdo, molestia que sé es producto del estrés y del no saber cómo voy a cubrir mis gastos en los próximos siete días. Renuncié a las ayudas financieras acostumbradas: el trabajo que paga las cuentas pero que te importa un bledo si sale bien o mal, el préstamo de un familiar que te hace sentir como un adulto fracasado, etc. Acepto la idea de volver a trabajar en lo que me parece inútil para seguir explorando los mundos que sí me importan; pienso en cómo atraer más gente a mis actividades para seguir financiando mi aprendizaje cuando lo cierto es que prefiero aprender de libros que de otras personas. Me siento hipócrita. Uso facebook aunque lo odio. Las 20 cuentas o más que he abierto en varias redes sociales han sido consecuencia de la presión social. Sigo usando unas pocas por la misma razón por la que tengo una línea fija de teléfono: ilusión de cercanía. Mis amigos están repartidos por todo el mundo y esos servicios me ayudan a fingir que no están lejos. El teléfono lo tengo para hablar con mi abuela cuando siento que puedo hablar con ella, o sea cuando no siento el peso aplastante de mis problemas, que sé puedo resolver. Sea como fuere sé que ambas cosas, las redes sociales y el teléfono, son sucedáneos.

Cuando mis amigos se sienten mal o cuando yo me siento mal lo que necesitamos es encontrarnos, hablar en persona, mirarnos a los ojos y reírnos para recordar que sí, que todo estará bien, que si cuentas con alguien a quien puedes contarle tu historia, alguien que no te juzga, que no espera con ansiedad el momento oportuno para para demostrarte que sus problemas siempre son peores, más graves y más urgentes, ni espera que seas su roble, su modelo de entereza, entonces eres una persona muy afortunada.

Facebook es una mierda, whatsapp también, no solucionan nada. Te exigen más de lo que te dan a cambio. Te ayudan a sedarte, a entumecerte, a sentir menos lo gozoso y lo doloroso, a protegerte de las lágrimas de alegría y de las lágrimas de tristeza. No reemplazan el contacto físico ni están hechos para dar información completa, pero tampoco son lo peor, son sólo algo más.En este momento ya hay muchos emprendedores inventando nuevas redes, nuevos juguetes, nuevas aplicaciones que vendrán a prometer lo mismo: fama rápida, conexión y alegría sintética, más estrellitas, me gustas o lo que sea, formas nuevas de consumismo digital que producirán más dinero virtual, nuevas distracciones que nos alejarán de la búsqueda real.

Hoy esto es todo lo que tengo para ofrecer. Una entrada larga en un blog, la herramienta digital con la que 10 años después sigo sintiéndome más cómoda, lo más parecido al lápiz y al papel que tanto amo. Nunca imaginé que el cambio de sexo de los Wachowski fuera a afectarme tanto. Hoy elijo aceptar que su cambio radical me incomoda porque no me siento preparada para afrontar lo que viene.

Así no me guste reconocerlo desde hace meses improviso mi vida y lo hago sin certezas, sin saber qué o cómo vendrá. Antes imaginé las cosas que quería hacer. Algunas las concreté y otras no pero todo me sirvió para entender que nunca antes fui el ser que soy hoy y que tampoco volveré a serlo. Hoy siento que lo único útil que puedo hacer es agradecer lo que he vivido. Siento placer cuando escribo, cuando creo imágenes pero también cuando viajo sin cámara en mano para dejar que las experiencias me transformen. Sé cómo quiero vivir, qué quiero sentir pero carezco de modelos. Los que tuve antes son el resultado de las reglas del pasado, me sirven de inspiración pero no de brújula porque este espacio-tiempo cada vez se parece más al onírico en donde las reglas y las hipótesis del pasado se quedan cortas cuando se trata de pensar el futuro.

viernes, mayo 12, 2017

Interdimensional

Decir que se puede acceder a otras dimensiones a través de los sueños lúcidos es fácil, entrar en ellas no tanto y ser consciente de que muchas realidades paralelas te rodean muchísimo menos. Esto es lo que me pasa con las plantas.

¿Cómo llegaste a esto de la herbolaria?, me preguntan una y otra vez. Con cada respuesta ensayo una historia distinta. A veces respondo que todo fue porque crecí en una casa con dos patios, tres si cuento el que cubrieron para transformar en comedor. Otras digo que es por mi mamá, que siempre ha tenido gustos y manos verdes. Ahora recuerdo también que mi colegio de primaria estaba rodeado por un bosque de eucaliptos, que me enseñó a asociar los días felices y tranquilos con ese olor y con las flores blancas de los tréboles. Sin importar la respuestaa que dé nadie me pregunta cómo volví, porque uno puede entrar a un mundo para luego salir de él y nunca regresar.

Creo que fue entre mi interés por la magia natural y el tener que elegir un tema para hacer mi monografía de grado que volví, pero no definitivamente. Ni siquiera sé si esta vez va a ser una entrada definitiva. En ese momento, el año 2004, lo único que tenía claro era que había elegido el curso de grado que más me llamaba: Comportamiento Humano II, una clase de la especialización en Psicología del Consumidor que se daba en ese momento en mi universidad.

Pronto se me ocurrió que quería saber más de esa tribu a la que siento que pertenezco, a los que nos arrimamos a las plantas y a los productos naturales no por esnobismo ni para sentirnos superiores sino porque estamos convencidos de que la salud no es una moda y que la forma más sencilla de cuidarla es comiendo sano y haciendo ejercicio. Luego vinieron los muiscas.

No sé si en ese momento ya había empezado la movida "muiscol" (me tiene sin cuidado cómo se escribe) y el creer que se es más colombiano por vestir ropa étnica y cargar mochila. Recuerdo sí que me propuse encontrar a alguien de esa etnia para preguntarle cómo veía a las plantas desde su cosmovisión. La búsqueda me llevó a la ONIC (Organización Nacional de Indígenas de Colombia) y cuando digo que me llevó lo digo literalmente. Fui a la sede de esta organización en el barrio La Candelaria de Bogotá, pedí teléfonos de celulares y llamé, a pesar de que las llamadas no eran tan baratas como ahora. Poco a poco di con Carlos Mamanché, un hombre que aceptó recibirme a las afueras de Sesquilé, Cundinamarca para enseñarme cómo veía la vida su comunidad. Poco tiempo después de su invitación me fui como la estudiante universitaria que estaba a punto de dejar de ser: morral a la espalda, bolígrafos de colores y carpeta con hojas en blanco. Lo que vino no lo planeé ni lo esperé.

El señor Mamanché me recibió junto a un perro con aires de lobo siberiano, me explicó cosas que ya no recuerdo y que muy seguramente no entendí en ese momento. Hizo todo esto mientras subíamos una loma y yo me ahogaba. El perro bajaba cada tanto a ver cómo iba. Recuerdo o me parece recordar que tenía un ojo oscuro y otro claro, muy Bowie él. Don Carlos me decía que me hacía falta hacer más ejercicio y yo ni aire tenía para contradecirlo, lo que me interesaba era ver la maloca que había prometido mostrarme. Al llegar me explicó que siempre se entraba por una puerta (la oriental creo) y que siempre se salía por la otra (la occidental). Informalmente y como sólo estábamos los tres, entramos por la salida, yo detrás de él. No estoy segura de si el perro entró o no. Lo que recuerdo es lo que hizo el señor Mamanché después.

Me pidió que me sentara en una butaca y empezó a hablarme con solemnidad. Estaba muy bien, según él, que quisiera saber más de plantas. Para mis adentros pensaba "¿por qué se lo toma tan a pecho?, yo sólo quiero saber qué piensan los que las usan y nada más. No me interesa volverme experta en el tema ni nada de eso" pero ya sabemos cómo es el sentido del humor de la vida. Estaba asustada porque no sabía qué esperar ni qué iba a pasar, sin embargo en el fondo sentía que todo iba a salir bien. Lo siguiente fue un canto del señor Mamanché. En ese momento sentí lo que suelo sentir cuando hay cantos indígenas americanos: sinsabor, incomodidad. Nunca he sentido atracción genuina y espontánea por las tradiciones de este continente. Las respeto, me parecen muy valiosas, pero así como se necesita vocación para estudiar nombres en latín y diferenciar géneros y familias botánicas, yo simplemente no siento el llamado para meterme de cabeza entre los hijos del maíz y de la quena. De hecho el sonido de la quena me deprime, pero a pesar de todo esto me quedé callada respetuosamente y seguí las instrucciones de Don Carlos.

Me pidió que cerrara los ojos y que no me asustara, frase que despertó mi miedo, no sabía qué iba a pasar pero la curiosidad era más fuerte. Me sopló por la nariz lo que mucho tiempo después aprendería a llamar rapé, una fosa nasal a la vez, entonces vino la visión. Lo primero que sentí fue que no tenía senos paranasales sino que los conductos de mi nariz daban paso inmediato al contorno de mi cráneo hasta llegar a la nuca. Empecé a ver enredaderas que crecían frente a mi ojo interno y el modo en que les salían hojas y más hojas. Creo que todo el asunto no duró más de 5 minutos. Cuando Don Carlos me lo indicó abrí los ojos y le conté lo que había visto. Le pareció bien, estuvo satisfecho. Me explicó que por más que alguien quiera trabajar con plantas si su camino no se cruza con el de ellas no hay modo de torcerlo, no se puede. De nuevo intenté escuchar con respeto pero no me sentí muy identificada con lo que decía. Antes de salir de la maloca me regaló unas piedras, cristales que aún guardo. Bajamos a la vereda y le pidió a su familia que me sirvieran un almuerzo. Comí en silencio y sentí que quedaba en deuda con él y con su familia, una que todavía no sé cómo saldar o si ya lo hice.

Tiempo después quise hacer algo por él y por su comunidad pero nunca encontré un modo que satisfaciera a mis siempre demandantes expectativas. Recuerdo que compré unas semillas de algo y que se las mandé por correo. Varias veces vi su número en el directorio de mi teléfono sin saber si llamar o no pues de hacerlo no sabía qué le diría.

El año pasado en una de las ferias holísticas que se organizan en la ciudad crucé algunas palabras con un vendedor de ocasión que afirmó vivir en Sesquilé. Dijo que don Carlos había muerto y no supe cómo reaccionar. Más tarde otra persona, que fue a una de mis charlas de herbolaria, dijo lo mismo.

Poco después de la visita a Don Carlos me obsesioné con la idea de editar un libro de hierbas que había descargado de internet. En ese entonces no era la babel de ahora y encontrar información ordenada, a color y lista para imprimir era algo raro. Las pocas páginas que recopilaban varios títulos eran tesoros verdaderos. El libro, por mi pobre criterio circunstancial, terminó en manos de una amiga que ya no es amiga, pero el episodio me recuerda que a veces los elementales de las hadas raptan mi sensibilidad para que la ponga a su servicio.

Esta no es la ciudad en la que crecí

Cuando empecé a usar blogs me gustaba decir que era más rola que el ajíaco. En mis primeros viajes fuera del país prefería decir que era bogotana a decir que era colombiana. Que me asocien con cantantes pop y con jugadores de fútbol que no sería capaz de reconocer en la calle me inspira incomodidad inefable, por eso estaba muy cómoda diciendo, como si fuera un matram, que era bogotanísima por haber nacido en una clínica que llevaba el mismo nombre de la ciudad, pero fui a los viajes y dejé que me cambiaran.

Así como no supe lo que era el doble esquema de crianza, por ser hija única, tampoco supe lo que era creerse mejor por ser colombiano. Desde décadas antes de mi nacimiento en mi casa paterna el contacto con el otro lado del Atlántico era algo cotidiano. Supongo que por eso desde niña fantaseé con hablar otro idioma y con vivir en otro país. El delirio nunca se me pasó, al contrario, entre más viajo más me convenzo de que lo que debo aprender no está sólo aquí y como reconozco que todavía no he modificado las creencias que me impiden materializar mi cambio de residencia he tenido que encontrar intersticios.

Vivir en un país sin estaciones, cuando has experimentado algunas de ellas en un viaje largo, con frecuencia despertaba en mí sensaciones claustrofóbicas, por eso me propuse empezar a ver todo como si fuese extranjera. Mis primeros maestros fueron los cerezos. Una de las ideas que tuve antes de empezar a dar charlas de herbolaria fue la de editar un libro para turistas hablando de la flora local. Aunque nunca ejecuté la idea en el proceso aprendí que éstos árboles sueltan sus frutos a finales de febrero y principios de marzo, aunque el año pasado otra vez nos daban regalos en diciembre y algunos despistados siguen siendo generosos por este mayo. Los bebés de esta especie que he cuidado por varios años fueron los primeros habitantes de mis aspirantes a patios: recipientes desechables llenos de tierra robada del parque, en los que germinaron las semillas de las cerezas que endulzaron una de mis tardes. Observando sus flores entendí el parentesco que tienen con los románticos cherry blossoms que conocí en Nueva York y, como la Alicia que cruza el espejo, resulté inmersa en una dimensión que siempre está abierta para mí, una en la que la biodiversidad deja de ser discurso para transformarse en práctica.

Viajes sucesivos me han servido para entender porqué los biólogos europeos están al borde del éxtasis cuando van a la selva tropical, mientras que el dedicarme a la identificación de especies presentes en la ciudad, que no siempre son oriundas de esta geografía, me ha ayudado a vivir en el verde de la ciudad convulsa que poco o nada se parece al lugar en el que nací y crecí.

Esta es otra de las lecciones que cuidar plantas me ha enseñado. Ellas no se paran a quejarse porque a la tierra en la que viven le hace falta fósforo o potasio, ellas viven con lo que hay y florecen tanto y como pueden. Yo intento seguir ese ejemplo. Y el modo en que encaran el ser nómadas.

Agarras un pie de menta manzana y te lo llevas a tu casa para descubrir su espíritu guerrero. Crece sin límites ni preocupaciones, crece hasta el cansancio, luego la podas y vuelve a crecer sana y fresca. Sus sueños siguen intactos igual que sus propósitos, a menos que la arranques y la dejes sin agua no hay forma de detenerla. Así quiero ser yo, así a veces soy yo. Mi proyecto de irme, por una temporada más larga o del todo a enterrar mis raíces en otro país no se archiva. A veces toma pausas sabáticas en las que observa todo para reabastecerse y crear estrategias nuevas acordes con la situación del momento. Espera con paciencia el momento de florecer.

Vivo en Bogotá y no vivo en Bogotá. Las calles cubiertas de marcas cansadas, los negocios que cambian de dueños pero no de objetivos y los pocos predios con historia arquitectónica que caen para que el progreso rentable pueda construir algo soso y nuevo me interesan cada vez menos. Ahora veo brotes de falsos pimientos, araucarias, liquidámbares y variedades diferentes de sangregados con el entusiasmo del visitante. Emocionalmente ya no estoy aquí. En ese aspecto irme es sólo un trámite, uno que con frecuencia hago dormida, porque ellos, los sueños, siempre me llevan de viaje, a veces incluso con lucidez para mostrarme que también estando en otro país, ya como residente, simplemente estaría en otro escenario, en otra parte de esta dimensión que no es única ni la mejor ni la más elaborada sino una faceta, de las miles de millones que tiene este diamante, que cada quien percibe según lo que tiene en la cabeza.

Vivir conectada con los espíritus vegetales es vivir con un pie en otra dimensión, una de las muchas que es posible visitar a través de los sueños, lúcidos o no.

miércoles, mayo 03, 2017

Intuición masculina

Ella
Ni fui ni voy a ir.

Él
¿Cómo estás tan segura de eso?

Ella
Porque lo siento aquí (señalando sus tripas).

Él
Tú y tus tripas.

Ella
Sí, yo y mis tripas.

Él
¿Alguna vez te han fallado?

Ella
Pocas. Me he equivocado más por no hacerles caso que por escucharlas.

Él
Realmente no te entiendo.

Ella
Y yo te entiendo a ti.

Él
A ver, ¿cómo es eso?

Ella
Sí. Ustedes los hombres tienen una intuición tan fuerte como la de las mujeres sólo que diferente, y la siguen, le hacen caso, pero le ponen otros nombres porque no queda bien aceptar que se comportan como viejas crédulas. La voz de la razón, la voz de la experiencia, así le dicen pero es lo mismo.

Él
No, no es lo mismo.

Ella
Que sí.

Él
Cómo va a ser decidir sin pensar lo mismo que analizar, hechos, encontrar razones y luego tomar una decisión...

Ella
Es lo mismo y no es lo mismo.

Él
¿En qué quedamos entonces?

Ella
En que es lo mismo.

Él
Sigo sin entender.

Ella
Claro, porque quieres entenderlo todo con la cabeza y eso no se puede. Lo que es de la cabeza se entiende con la cabeza y lo que es del corazón se entiende con el corazón.

Él
Pero el corazón es para querer, no para pensar.

Ella
Mira, ya estás hablando como mujer.

Él
Eres tú, tu influencia, pero yo sé qué es lo que quiero decir.

Ella
¿Estás seguro?

Él
Sí.

Ella
Explícamelo entonces.

Él
Analizar datos, los hechos que tienes en frente, contrastarlos con las metas que tienes a largo plazo y luego decidir lo que vas a hacer no es lo mismo que decir me duele aquí, me pica allá y por eso lo mejor es invertir en materias primas en lugar de comprar dólares.

Ella
¿Has oído las historias que se cuentan de inversionistas que consultan tarotistas antes de hacer transacciones o que se abstienen de hacerlas si les da un ataque repentino de diarrea?

Él
Sí... pero esas son historias de gente supersticiosa.

Ella
...basadas en conjeturas, en agüeros.

Él
Exactamente.

Ella
Pero, cuando alguien toma una decisión "racional" se supone que tiene en cuenta lo que siente, lo que quiere a largo o a mediano plazo, como acabas de decirlo.

Él
Sí...

Ella
O sea que tiene muy en cuenta lo que siente.

Él
Sí, pero en términos de querer, de desear, no teniendo en cuenta sensaciones vacías, difíciles de identificar o de explicar.

Ella
Pero es que per se eso es una sensación, algo inefable, difícil, si no imposible de describir con palabras, y es lo mismo con los sentidos.

Él
¿Cómo va a ser lo mismo?

Ella
Es lo mismo.

Él
No lo es. Si yo te digo "esta comida está salada" tú la pruebas y está salada. Es algo que tú puedes comprobar, es una realidad compartida.

Ella
Mmm realidad, interesante término.

Él
No te vayas de tema. Es así.

Ella
Sí y no.

Él
...

Ella
Sí y no. Tú y yo podemos probar la misma comida que tú dices está salada pero si yo vengo de otro lugar, de otro continente donde estamos acostumbrados a comer comida salada a diario o muy picante es probable que ese plato me resulte insulso o en el nivel justo de sazón.

Él
Sí... podría ser.

Ella
En teoría tú y yo estamos expuestos a la misma realidad pero el modo en que tú la percibes es distinto del modo en que yo la percibo.

Él
Sí,ya... pero ¿a dónde vas con esto?

Ella
A que lo que tú sientes con tus sentidos siempre pasa por tu cabeza, por tu interpretación, por tus esquemas mentales y por lo tanto la intuición también tiene una parte racional. Puedo sentir una punzada en uno de los dedos de mis pies y decir "ah, una punzada" o puedo aprender a asociar esa punzada con tal o cual resultado. Puedo aprender a interpretarla y a asociarla con X hecho, así en el futuro si la punzada precede una caída en la bolsa, para seguir con tu ejemplo, es muy posible que aprenda a dejar de hacer transacciones después de tener esta sensación.

Él
¿Y si en lugar de haber pérdidas hay ganancias?

Ella
Es lo mismo. Observar esas sensaciones corporales me da un punto de partida para estudiar los resultados, lo que sigue, así aprendo a interpretar mis propias señales. La misma punzada podría ser indicio de que tendré ganancias...

Él
Como cuando la gente dice que va a recibir plata porque le pica la palma de la mano... Aunque también podría ser el síntoma temprano de una enfermedad.

Ella
Todo es posible. La señal, la sensación carece de significado, eres tú quien se lo da si la observas y la asocias con hechos puntuales, para eso sirve la cabeza, la razón, cuando se trabaja con el instinto. Incluso te sirve para ir al médico si lo consideras necesario.

Él
Ahora empiezo a entender lo que dices de la intuición masculina.

Ella
Sí, está ahí, siempre ha estado ahí pero bajo otros nombres, usando otras máscaras para que los hombres no tengan que reconocer en público que son sensibles, así lo sean.

Él
Pero ¿qué pasa luego?

Ella
¿Luego de qué?

Él
Luego de que empiezas a reconocer tu intuición.

Ella
Pasa que se fortalece, se instala como un hábito.

Él
...

Ella
¿En qué piensas?

Él
En lo que dices, en cómo se instalan los hábitos. Haces algo un día, como un acto sin sentido, vacuo, luego lo repites, vuelves a hacerlo y cuando te das cuenta eres un fumador empedernido y nunca te preguntaste "por qué".

Ella
Hasta que intentas dejarlo...

Él
Exacto.

Ella
O hasta que intentas fortalecerlo.

Él
¿Cómo?

Ella
Sí. Si el hábito que reconoces has adoptado es benéfico, o al menos esa es la lectura que le das, ¿vas a dejarlo?

Él
No, ¿por qué lo haría?

Ella
Es lo mismo con el instinto, con la intuición. Te ayuda una vez y te ayuda todas las veces, es tu brújula interna. Así te equivoques al interpretarla, te enseña a ser más sutil, a prestar atención a otras señales más delicadas y débiles que también te dan información de lo que debes hacer a continuación. Si hacerlo me resulta benéfico, ¿por qué dejaría de escuchar esa vocecita o esa punzada?

Él
Entiendo lo que quieres decir.

Ella
El primer paso es difícil de dar, por eso lo mejor es darlo en silencio, sin consultar a nadie, sin preguntarle a nadie porque cada quien responderá con su paladar.

Él
Con su cultura, con sus excesos, con sus miedos...

Ella
Eso..., con voz risueña, por eso los primeros pasos hay que darlos en soledad. Aprender a interpretarse es crucial, hacerlo con los ojos bien abiertos, con la mente muy despierta...

Él
Porque lo que ves puede no ser real...

Ella

...pero a pesar de ser una ilusión contiene mucha información para aprender, para seguir adelante y si permites que alguien te distraiga, que te saque del camino tienes que empezar de nuevo. Y el tiempo no espera a nadie, al menos no en esta realidad.

Él
Intuición masculina...

Ella
Sí, tan útil como la femenina pero diferente.