martes, mayo 25, 2021

Clases de jardinería II

Esta serie también me sirve como una suerte de libreta de apuntes. Le dije a mi alumna, la principal porque hay otras dos diletantes, que leyéramos el libro La vida secreta de las plantas de Peter Tompkins y Christopher Bird. De allí extraigo este fragmento que me resulta interesantísimo:

"El asesor, doctor Howard Miller, citólogo de Nueva Jersey y médico de Backster, llegó a la conclusión de que todos los seres vivos debían de tener una especie de "conciencia celular".

Para comprobar esta hipótesis, Backster halló la manera de aplicar electrodos a infusiones de toda índole de células simples, como amibas, paramecio, levaduras, cultivos de moho, briznas de la boca humana, sangre y hasta esperma. Todas fueron observadas en el polígrafo con gráficas tan interesantes como las producidas por las plantas. Las células de esperma resultaron ser extraordinariamente capaces, porque parecían identificar a su dominante y reaccionar a su presencia, sin hacer caso a la de otros sujetos de sexo masculino. Estas observaciones parecen indicar que hay una especie de memoria total que llega hasta la célula y, en consecuencia, que el cerebro quizá no sea un mecanismo conmutador, no necesariamente un órgano para almacenar recuerdos."

Ahora, volviendo al curso que traía de la primera clase, en la segunda le mostré cómo reproducir una planta por esqueje, es decir a partir de un trozo de planta cortado que se pone en agua para que cree raíces. La planta que elegimos fue de una especie que se propaga muy fácilmente con o sin ayuda: yerbabuena. El ejemplar que cortamos crecía junto a un árbol. Antes de hacerlo expliqué que es importante usar una herramienta limpia para hacer el corte. 

Para modelar el procedimiento saqué unas tijeras plegables, las alisté y las limpié con un trapo humedecido con alcohol, luego hice un corte en diagonal para que la planta "madre" sanara mejor, esto porque la herida hecha así permite que la savia escurra, lo que evita infecciones, efecto que también se impide al desinfectar la herramienta de corte. 

Mi alumna luego puso este trozo en agua, luego de haberle quitado las hojas del tramo inferior, halándolas hacia abajo, así el líquido permanece medianamente limpio, sin que los microorganismos proliferen demasiado (debido a la putrefacción que podría propiciar el exceso de hojas), lo que le permite al esqueje desarrollar raíces. 

Algunos de los elementos que uso para propiciar este proceso son humus de lombriz (sacado de mi propio lombricultivo) porque contiene hormona de crecimiento, canela o un cristal de jade. Algunas personas también usan un poco de sábila (Aloe vera) pero yo no tengo experiencia con ese elemento así que mucho no puedo decir al respecto.

El procedimiento de corte fue repetido con una planta de manzanilla amarga (Tanacetum parthenium) y con otra de manzanilla dulce (Matricaria chamomilla). 


raíces de menta marroquí creciendo dentro de botella de vidrio color ámbar

Otro truco que aprendí mientras preparaba esta entrada fue que los esquejes deben dejarse en un lugar donde reciban luz indirecta. La luz directa impide el crecimiento de raíces.


Identificación

Otro de los ejercicios que hicimos durante esta sesión, ya presencial, fue ver las diferencias que hay entre el jazmín rosado (Jasminum multiflorum) y el amarillo (posiblemente Jasminum sambac) a veces usado para darle aroma al té verde (Camelia sinensis). Además del color de las flores nos fijamos en las hojas y en los olores. El objetivo de esta y de otras actividades era acentuar la sensibilidad para aprender directamente de las maestras mejores: las plantas mismas.


jasminum multiflorum leaves and flowers
Jasminum multiflorum


Posiblemente Jasminum sambac


Observamos no sólo el color de las flores sino la forma de las hojas. Las de Jasminum multiflorum terminan en punta mientras que las de Jasminum sambac lo hacen en forma redondeada. 


Hojas de Jasminum multiflorum


También fuimos a ver algunas pacas que hay en el parque de La Magdalena sobre las que han sembrado manzanilla, tomate y lechuga. En otro parque, el llamado Brasil, encontramos más pacas con plantas encima. En ese lugar y en sus alrededores tuvimos encuentros con otra parte de la naturaleza. Vimos parte del cuerpo de un ave bebé, la sección inferior, ya inerte, y una abeja que no podía volar. A mi alumna las dos imágenes la impresionaron, por eso le pregunté si le molestaría que pisara al insecto para terminar su sufrimiento porque, era obvio, no podría valerse por sí mismo. Aceptó el hecho, luego puse mi zapato encima de él. No me gusta matar abejas porque siento que deben ser tratadas como lo que son, un tesoro, pero en esos casos creo que es peor dejarlas experimentando dolor y esperando indefinidamente un desenlace. 

Después de que pasó este momento y de que habíamos dejado junto a las pacas un cajón de madera que encontramos tirado en la calle, y que nos pareció podría servir para hacer más estructuras como esas, hurgué un poco en la tierra de algunos árboles para ver su estado, esto porque he leído sobre restauración de suelos usando microorganismos locales. El sustrato estaba muy seco lo que me dio a entender que quizás no sería el mejor para este propósito, sin embargo, en ese mismo recorrido identificamos unos ejemplares de ortiga, una especie que ha llamado mucho mi atención porque sé puede usarse para preparar tortillas.




En esta clase también le mostré a mi alumna especies diferentes de Mentha, incluida la yerbabuena pero como ya me han dicho que a veces doy demasiada información, y eso puede dificultar un poco el proceso de asimilación para quien aprende, dejaré esa y otras lecciones para una entrada futura.

***

Antes de este exabrupto histórico hacía recorridos al aire libre para guiar a otros en su aprendizaje sobre el mundo de las plantas y ahora también, pero como entiendo que no todos sienten comodidad con este esquema también ofrezco clases virtuales para aprender de jardinería y jardinosofía. Para saber más de estas actividades puedes enviar un correo a johannaperezv@gmail.com


jueves, mayo 20, 2021

Tu basura es mi comida


Yo respondiendo, vía chat, cómo alimento las plantas que cuido: 

Pongo un par de pizcas de sales de epsom por medio litro de agua reposada* y las riego con eso, aunque a la que le doy permanentemente ese preparado es a la dracena que volvió a florecer (lo hago con una botella PET puesta bocabajo). Eso les ayuda a crear hojas. Como sabes eso les aporta magnesio pero la idea es aportar otros nutrientes. Ayer justamente estaba alimentando plantas para aprovechar las últimas horas de la Luna Nueva, fase ideal para hacer esto. Yo soy de hacer cocteles, les pongo un poco de composta, otro poco de humus (caca de lombriz) y alguna pastilla molida de suplementos nutricionales que tengo por ahí (la de ayer tenía zinc, calcio y magnesio) todo a ojito pero para no matar a ninguna planta con los abonos lo hago con mesura, di tú una cucharada del preparado si la maceta es pequeña, dos si es mediana, 3, 4 si es grandota.

*Dejo el agua reposando mínimo 12 horas después de sacarla de la llave para que el cloro se neutralice un poco y evite bajar la población de microorganismos que vive en el suelo.

martes, mayo 11, 2021

Ramilletes de lavanda para sahumar

cristal de amatista y ramilletes de lavanda francesa seca atados con hilo de algodón para ayudar a dormir

Tradicionalmente los ramilletes para sahumar se hacen con salvia californiana aunque con el tiempo también han empezado a ser mezclada con lavanda de variedades distintas. Esto lo entendí a través de sueños y luego la vida me llevó a los elementos físicos que lo confirmaban, sin embargo, como hago honor a mi ascendente (Tauro) me encanta resaltar el valor de lo que muchos catalogan como descartable en lugar de salir corriendo a comprar materiales, de ahí que prefiera trabajar con plantas que cuido en casa y que haya usado hasta las cuerdas que unen las bolsitas de té con las etiquetas para apretar los ramilletes.


Ahora trabajo con lavanda porque es lo que abunda en mi entorno, uno que, al menos parcialmente, he creado. En el plazo mediano espero poder usar cortes de una planta de salvia que propagué a partir de un espécimen que crece en una huerta cercana y que en la Luna Nueva en Tauro, que comienza hoy, debo abonar para reducir la población de piojos que se está alimentando de ella.


Los ramilletes terminados, como los que aparecen en la foto, pueden ser usados para limpiar la energía de objetos que no deben lavarse con agua y jabón (un mazo de tarot, por ejemplo), para limpiar el aura de alguien o para equilibrar la energía de un espacio (puede ser la de una habitación, familiar o extraña, en la que se está a punto de dormir). Junto a un cristal de amatista (puesto debajo de la almohada o sobre el chakra Anja / tercer ojo) no sólo ayudan a conciliar el sueño sino que hacen más fácil el recuerdo de las aventuras que vivimos mientras dormimos porque sí, todos soñamos, nos guste o no, lo recordemos o no.


En la celebración del Equinoccio de Primavera de este año aprendí que si el ramillete se apoya en un pedazo de papel de aluminio, plegado para que quede un poco elevado y sin estar en contacto con la superficie, sigue quemándose sin ayuda como si fuera un incienso.


En unas semanas habrá algunos ramilletes listos para sahumar (se quema un poco en cada ocasión) y todavía me quedan cristales consagrados en el Solsticio de Verano de 2020, por si alguien quiere reservar alguno. [La propuesta está disponible para quienes vivan en Colombia.]

lunes, mayo 10, 2021

Respeto por el reino vegetal

Con Sol en Tauro y la Luna menguante transitando de Aries a Tauro hice poda y selección de material vegetal para hacer ramilletes de lavanda holandesa para sahumar. Durante el proceso me pregunté ¿qué es tratar una planta con respeto?, no porque no lo supiera sino porque me esfuerzo por practicarlo tan a menudo que cuando alguien quiere saber más no sé cómo explicarlo. Esto es un ensayo de respuesta.


Podo en menguante para que las plantas crezcan con fuerza, para que alarguen su vida y para que todo eso sea posible las riego antes de cortarlas, porque las plantas se estresan cuando están por ser heridas. También limpio la herramienta antes de usarla para evitar infecciones. Ayer aprendí que cuando se poda una rama que ya está leñosa se puede poner clara de huevo en la herida para que cicatrice mejor. A veces también uso alcohol para limpiar los cortes, y como soy una humana que tiende a malcriar los ejemplares que cuida, les soplo las heridas después de aplicarlo para que les duela menos.


Cuando termino la tarea recojo todo lo que queda en el suelo, incluso las hojas secas que otros llamarían basura. Las verdes las pongo a secar para hacer inciensos, infusiones, bastones oníricos, etc. y las secas las pongo en el material que llevo a alguna huerta urbana cercana.


Entiendo el respeto como una actitud práctica, como el percibir a las plantas como lo que son: seres vivos, sensibles, inocentes que pueden conceder o no su favor a otras entidades vivientes basadas en la relación que éstas están dispuestas a establecer con su reino. Quizás lo más difícil de todo este proceso sea la paciencia constante que hay que demostrar para llegar a ese resultado, pero no me importa. El esfuerzo que pongo para que las plantas estén más sanas cada día se transforma en sensaciones sutiles y nutricias que valoro más justamente porque proviene de actos conscientes y considerados. 

jueves, abril 08, 2021

Sensaciones y recuerdos del jueves 26 de marzo de 2020

La espera


El segundo día que salí, ya con la clausura instaurada fue muy distinto del primero. Hay algo en mí que se tranquiliza cuando detecta que alrededor las personas empiezan a transitar un estado de consciencia que me es familiar. Percibo miedo, incoherencia y rabia, sensaciones que he detectado, reconocido y observado antes en mí misma, cuando, sin que nadie me lo dijera ni me lo pidiera, me aislé por cuenta propia.


Llego al primer piso y, como en la ocasión anterior la puerta de entrada está abierta, así se minimizan las superficies de contacto común. El sonido que hace el dispositivo automático que mueve el pasador no suena más. Camino unos metros y veo un letrero en una ventana de un apartamento anunciando la venta de gel antibacterial producto que desde que empezó el brote vírico no he usado ni una vez, al menos no que recuerde en este momento. Busco a mi amigo, el gato de un vecino, no está, lo que veo es otro anuncio, este ofrece tapabocas de tela y está junto al lado de un mostrario en todos los colores.


Salgo con el sino en mente. Elegí este día y no el anterior porque ya la astrología me ha dado pruebas contundentes de lo precisa que puede ser. Sé que la energía de la Luna opuesta a Plutón todavía esta en el aire pero tampoco voy a paralizar mi vida por sus designios. Espero, él, el amigo al que espero no llega. Camino un poco por el parqueadero del conjunto de edificios donde vivo. Veo los árboles, los pinos, más hermosos que de costumbre. Tengo la piel escaldada como todos los demás. Me aterra, me sorprende, me enfurece ver que la costumbre de salir a la calle en pijama sigue intacta. Un hombre joven vuelve del supermercado vecino llevando una pantaloneta y chancletas, también lleva tapabocas. No entiendo y no sé si lo hare si aceptaré en el futuro cercano o mediano que la gente siga ese ritmo lento, de negación. Calculo muy bien mis salidas a la calle, máximo una por semana, incluso he pensado en salir sólo una vez cada dos semanas, esto hace menos engorroso el procedimiento de desinfección al llegar a casa, en cambio, estos vecinos siguen como casi nada. Espero. Camino por una zona por la que rara vez lo hago. Encuentro un círculo en el suelo con un centro dentro de el. Me paro allí. Me acerco a un árbol de duraznos sin frutos, veo pasar un bus absolutamente vacío. Según he visto en un noticiero siguen rodando para transportar a los empleados que deben seguir frecuentando sus sitios de trabajo. Camino en la dirección contraria. Un hombre habla por teléfono. Me acerco otra vez a la puerta pero no la cruzo, no quiero tocar nada que no sea necesario ni mucho menos hacerlo con mi mano dominante porque quiero evitar, por todos los medios posibles, tocarme la cara. Veo que junto a la portería o mejor, junto al vestíbulo del edificio comunal transformado en portería temporal–permanente hay un dispensador de gel antibacterial. Espero. Una mujer de quizás 70 años sin tapabocas le hace gestos cariñosos a un, vamos a decir, chihuahua que le ladra nerviosamente, ella sonríe, yo temo. La mujer me recuerda un texto de un amigo peruano en el que hablaba de lo mismo, de ancianos sin tapabocas aunque se dice, son la población más vulnerable frente a este brote. Espero. Un hombre quiere entrar al conjunto pero no tiene completa la información de la persona a la que pretende visitar, el vigilante lo atiende sin abrirle la puerta. El visitante, que va en bicicleta llama a la persona a la que busca, le dice que le lleva plata, plata, el tema más común en las calles hasta que el bichito le robó el trono. Espero. No tengo dónde ver la hora porque salgo sin teléfono, sigo haciéndolo así, me resisto a tener que completar otra tarea desagradable sólo para poder ver la hora y tomar algunas fotos, prefiero entrenar mi observación y mi memoria. No quiero pensar en que también debo limpiar mi teléfono. Espero. Le pregunto al vigilante la hora. Ha pasado más de la media hora de cortesía que para mis adentros decreté. Me resigno, salgo. Antes he visto que ahora se controla la entrada al supermercado. Siento que fue acertado levantarme más temprano de lo acostumbrado para hacer compras de productos básicos. Estoy preparada para hacer una fila. Luego tendré que hacer dos pero eso no lo sé en ese momento.


La ofrenda


Los andenes están vacíos y lo disfruto. El aire se siente más limpio. Es un día cálido, la primavera eterna de esta ciudad se hace sentir. Me cruzo con una persona y mantengo mi espacio personal. En todos los eventos inesperados hay luces y hay sombras. En esta, particularmente, el dogma de mantenerte alejado de los demás me termina gustando, en realidad me gusta que se institucionalice algo con lo que he estado de acuerdo toda mi vida. Esta es otra costumbre local que nunca he entendido y ahora creo que nunca lo haré, la de tener que juntarte, restregarte, apelmazarte con la persona que está a tu lado incluso si el área a tu alrededor está absolutamente vacía. Creo que es algo que les cuesta mucho a los decididamente, confesamente y remarcadamente latinos, yo nací en este continente pero me he sentido cosmopolita prácticamente toda mi vida, incluso extraterrestre.


Llego al parque en el que quiero completar un par de tareas, darle ofrenda al elemental del nogal (Juglans neotropica) y llevarme una semilla seca. Una lavandería está abierta, lo que me previene de dejar desechos orgánicos en descomposición en el árbol más cercano a ese local, así esté al otro lado de la calle. Ser distinta, como lo he sido abiertamente desde niña te predispone, te mantiene alerta frente a las agresiones potenciales del otro que interpreta como una ofensa tu forma de ser. Sigo adelante, busco otro nogal y lo encuentro, a su lado crece en armonía un geranio de flores rojizas. Alrededor sólo hay un hombre y un perro, si cambiase la luz del escenario bien podrían ser las 10 de la noche. Me pongo en cuclillas, saco guantes de cocina viejos y un tarro con composta de mi bolsa, me calzo los guantes, agarro el tarro, lo destapo y lo desocupo. Cubro con hojas secas el abono, tapo el tarro, lo guardo, me quito los guantes y también los guardo. Ahora siento que puedo recoger la semilla porque he dado algo a cambio. Le he dado al abuelo vegetal algo que puede usar. Me acerco a uno de los árboles que están cerca, hay muchos frutos, esferas de color verde oscuro con carne negra, agarro tres aunque sé que no los necesito. Uno es suficiente. El egrégoro de la escasez, del “tengo que acaparar todo lo que pueda porque sólo me importan los míos” está suelto y cada tanto también se alimenta de mí, de mi energía. Quiero abrazar al árbol, lo hago tímidamente, disimulando el gesto, haciendo como que busco algo a su alrededor. Siento ganas de llorar pero son leves, nada difícil de contener. Pienso en las personas con las que, de forma remota, he celebrado el equinoccio de primavera el viernes pasado. Me habría gustado haberme encontrado con mi amigo pero entiendo que de ahora en adelante los acontecimientos serán con más frecuencia así, como el orden del caos los dictamina y no como yo los deseo. Observo el suelo y veo la semilla que busco, la recojo con las manos desnudas. Me gusta sentir esa suciedad en mis manos, una suciedad que se ve, que tiene sentido lavar, palpable, no abstracta y que me recuerda que sí, que mis manos están mugrientas y que por lo tanto no debo tocarme la cara. Llevo tapaboca sí pero no guantes, me resisto a hacerlo. Para mí es vital tocar, sentir por eso sigo escribiendo en papel después de tantos años, por eso me gusta tener las manos en la tierra y cortar con tijeras o con los dedos las cáscaras de los alimentos que como. Guardo la semilla y sigo camino.


Incertidumbre


Dos cuadras más adelante veo a un hombre joven en pantaloneta. Escupe, siento asco. Cuando paso por el sitio donde ha dejado sus desechos orgánicos trato de ubicarlos para no pisarlos. No los veo. Sigo adelante. En otra cuadra, dentro de un conjunto de casas, veo un gato. Me detengo un momento para saludarlo. Me encantaría que uno me adoptara pero también me preocuparía mucho con tanta incertidumbre. ¿Tendría suficiente plata para alimentarlo y cuidarlo responsablemente? ¿Sería un inconveniente en caso de que quisiera viaja de improvisto? Pero ¿a dónde?, ¿cuándo?


En otra esquina veo a dos personas que, a las claras se conocen. Un hombre y una mujer de más de 60 años. Se supone que durante la cuarentena sólo debe salir una persona por familia pero no es la primera vez que veo una escena similar. Ya he visto a 4 personas y dos perros caminando por la acera que está al frente de mi casa, y, en otra ocasión, a 6 adolescentes, en la acera del conjunto en el que vivo. Ella, la mujer, de la pareja, lleva el tapabocas bajado. 


En otra esquina (¿tendrán algo que ver con las cuadraturas astrológicas?), encuentro una planta de uchuva (Physalis peruviana) que vive dentro de otro conjunto de apartamentos. De forma excepcional tiene unos frutos que nadie ha tocado. Conozco a este ejemplar desde hace, al menos, dos años y es la primera vez que encuentro un fruto listo para ser cosechado. Por estar cerca de la entrada de un centro comercial casi siempre es maltratada y mutilada por los viandantes, algo que también les pasa a los cerezos (Prunus serotina) entre diciembre y marzo cuando entregan sus frutos. Retiro con cuidado el fruto maduro que encuentro, recojo otro que ya está empezando a pudrirse porque me interesa propagarlo en otro terreno. Intento ponerlos en la bolsa donde planeo guardar mis compras pero entiendo que si lo hago así se aplastarán por lo que opto por guardarlos en el bolsillo. Sigo mi camino hacia el supermercado.


Masa silenciosa


En la plazoleta que lleva a la entrada hay 30, 40 personas. El silencio es evidente. 4, quizás 5 hablan por teléfono. Me fijo en el letrero que informa sobre la entrada al supermercado. Evito acercarme mucho a otra persona, pregunto si esa es la línea para entrar al local y me pongo en ella. Debe haber un metro y medio entre una y otra. No me gusta madrugar pero me alegra haberlo hecho esta vez. Sé que el trámite tomará un rato y me alivia saber que alrededor de mediodía volveré a estar en un ambiente amable. Casi todas las personas usan tapabocas. Un par de mujeres con atuendos muy coloridos y de estampados diversos hablan junto a un carrito de supermercado lleno hasta el tope. Una de ellas lleva el tapabocas en el cuello. ¿Estaré exagerando?, ¿andaré paranoica? Sigo preguntándomelo, más cuando veo que la mujer que está adelante de mí en la línea no lleva tapabocas. Siento afinidad con ella, siento que trata de comportarse con sensatez en medio de tanto caos. Me fijo en uno de sus aretes, es una flor de loto. Quizás sea por eso que he desarrollado empatía repentina, porque mi mente inconsciente ha dicho flor de loto = budismo = meditación = tranquilidad, virtud que siempre busco. Ahora percibo a su pareja. Ha estado en la línea de la droguería que ahora atiende a través de una ventana, la que antes se usaba sólo para extender el horario de ese servicio. Llega otro hombre interesado en entrar al supermercado, pregunta si esa es la línea correspondiente y se ubica en su lugar, luego saca el teléfono para hacer una foto de la escena. A falta de destinos turísticos ahora documentamos la crisis. Me doy vuelta, no quiero salir en su foto, video, lo que sea. Al parecer nota mi disgusto y cambia de posición su aparato.


Hacia mi izquierda un hombre de un poco más de 30 años habla por teléfono. Dice que una mujer que se llama como yo, madre de su hijo según da a entender, está por llegar con el bebé para que alguien lo vacune en el centro médico que funciona dentro del centro comercial. No me gustaría estar en su lugar. Me aterra la idea de tener hijos en este momento, más que nunca. 


La fila avanza y yo dejo mis ilusiones a un lado. Si tengo que esperar una hora para entrar al supermercado lo haré sin quejarme. Me doy cuenta de que es un momento excelente para recitar mantrams mentalmente. Hace semanas que no lo hago, ahora, además no tengo que, simultáneamente, evitar que me empujen, me roben, me pisen como solía pasar en TransMilenio, uno de los espacios que usaba con más frecuencia para completar esta práctica. Allí me entrené incluso para recitarlos mientras los contaba con los dedos. Invoco el nombre de la persona fallecida a la que se los estoy dedicando y la intención de mi práctica. Om ami dewa sri, om ami dewa sri, om ami dewa sri y así hasta 10, hasta 20 y hasta completar una vuelta completa al mala. Empiezo otra. A veces me distraigo. Veo a personas que vienen a entregarles su ansiedad a los vigilantes que cuidan la entrada. Una mujer quiere entrar ya mismo a hacer trámites bancarios, va con su perro pug. Se supone que si vas a sacar a tu perro vas a eso y a nada más, pero ella ha llevado al can al trámite. Los hombres, pacientemente, le dicen que si quiere entrar tendrá que dejar al animal afuera. Ella desata la correa y la vuelve a atar para dejar al animal en un soporte para bicicletas. El animal ladra un poco en tono de protesta, su ama le dice que es sólo por un momento y desaparece dentro del edificio con un papel en la mano. Ver al animal hace que mi atención se dirija a la vitrina que está al lado. Me acurruco para echar un vistazo a unos marcadores que hay allí. Supongo que son de mala calidad y, al mismo tiempo, me alegro de tener en casa materiales suficientes para hacer dibujos y colorear durante una vida entera. ¿Una vida de cuántos años? Me pongo de pie otra vez. Ahora el que se acerca a los vigilantes para preguntarles algo es un hombre de aproximadamente 60 años. Satisfecho con la respuesta que recibe se va con paso enérgico.


Ya estoy en la cabeza de la fila. Le pregunto a uno de los dos vigilantes si es posible entrar a sacar plata de los cajeros. La mayoría de las cosas de mi lista quiero comprarlas en el supermercado y pagarlas con la tarjeta débito porque así no tengo que tocar tanta plata pero las frutas, las verduras prefiero comprarlas en la verdulería que conozco hace muchos años, no sólo porque venden productos frescos sino porque allí lo hacen a precios más bajos que los del supermercado. El vigilante dice que sí, que es posible y me deja entrar al centro comercial. Voy a un cajero que no conocía, que nunca antes había usado. Ahora no sólo temo a que alguien robe mis datos personales sino a que esa acción cotidiana me genere una enfermedad. Vuelvo a mi lugar en la línea. La mujer de los aretes de flor de loto y su pareja vuelven. Ahora llevan tapabocas blancos. No sé dónde los han comprado pero en países como este en donde el rebusque, la recursividad es la norma y no la excepción es fácil adivinar que cerca habrá algún vendedor ambulante dispuesto a proveer el bien preciado para que no pierdas el tiempo que has gastado poniéndote en la línea. Unos minutos después, durante los cuales me he alejado tanto como he podido de un hombre que está en otra línea junto a un muro y que olvida con frecuencia que debe mantenerse a mínimo a un metro de distancia (que me sigue pareciendo poco), cuando llevo un mala y 40 mantrams uno de los vigilantes anuncia que ya es el turno de 5 personas más para entrar, además de la mujer de los aretes de flor de loto y su pareja. Algunas personas buscan carritos de mercado, yo voy directo a la puerta. Alguien, creo que un hombre, me da a entender con un gesto que debo mostrarle las palmas de las manos para que las rocíe con alcohol, gesto que me da sensación de seguridad. Me froto el líquido para que se seque y saco de un bolsillo la lista de compras. Busco el pasillo donde están el atún y la pasta. En ese lugar una mujer le dice a otra, en tono de broma –un tono que ahora parece ser de mal gusto– “no busque pasta porque ya no hay” refiriéndose a los spaghetti. Esa sección está vacía, se ve así entre otras dos repletas de tornillos / fusilli, moños / corbatines, conchitas / caracoles y una variedad numerosa de marcas y formas. Agarro el paquete de fusilli que quiero, también echo a mi bolsa 3 latas de atún de la marca del supermercado. Echo una mirada para ver si la marca que más conozco está disponible pero no es así. Voy a buscar pan y un yogurt. Mientras llego allí pienso en qué sentirán, en cómo afrontarán sus emociones todas esas personas que evitaron, por todos los medios posibles, los cursos de crecimiento personal, de exploración espiritual, ¿qué hacen ahora que es esto o esto?, ¿qué hacen en una época en la que las fábricas de licores se dedican cada vez más a producir alcohol antiséptico y en la que los insumos para producir medicamentos están en entredicho? Veo a una mujer, tal vez impulsadora, sentada en una mesa revisando su teléfono celular, me mira con cara de sorpresa. Oigo voces. Ahora veo a algunos de los empleados ordenando mercancía. Hablan de la próxima fecha de pago. Se los ve casi alegres, casi relajados en este entorno tan vacío de clientes. Busco un cartón de huevos. Mi primer impulso es comprar los más baratos, dudo. Tengo muy claro que estamos en el punto que estamos porque nos salimos de madre, porque empezamos a preferir productos baratos sin que nos importara de dónde venían ni cómo eran producidos, esto, con el tiempo, nos llevó a desgastar nuestros propios salarios. Ahora no tenemos tantas opciones de comprar productos de mejor calidad porque no podemos pagarlos. Otro escenario de la guerra pobres contra pobres, aunque bueno, yo todavía puedo permitirme los huevos orgánicos que cuestan el doble de los regulares. Los llevo. Luego, cuando esté rompiendo el cartón que los guarda me preguntaré si el tinte violeta usado para cambiar su apariencia será biodegradable, un recuerdo más de que todas, absolutamente todas las acciones tienen consecuencias. 


Ya tengo en mi bolsa todo lo que he ido a buscar. Un par de veces he sentido la tentación de llevar más de lo que necesito pero la he resistido. Me he recordado que así, uno a uno entrando en pánico, se crea una ola de negatividad que termina con inflación económica casi incontenible y con, algo muchísimo peor, sufrimiento. Decido ir a mi zona favorita: la de los útiles escolares y artísticos, en el camino veo una isla en la que viven plantas suculentas a la venta. Me pregunto, como lo haré muchas veces más, cuáles serán comestibles y cuáles no. Las acaricio un poco y voy a ver los lápices de colores. Allí todo sigue igual. En esta época, cuando ha pasado la temporada escolar, ese pasillo ha vuelto a la normalidad del resto del año. Me dirijo a la caja. Voy a la línea establecida para pagar. Delante de mí hay una mujer con otro carrito lleno, es su turno, pasa a la registradora. Estoy lista para esperar pacientemente cuando de la caja vecina sale al pasillo otra cajera para avisarme que es mi turno. Saco todo lo que llevo en la bolsa, 8 productos en total. Sólo puedo llevar 7 de ellos porque hay una restricción que impide llevar más de 2 latas de atún por cliente. Ya había leído al respecto en un comunicado del supermercado. Decido llevar un paquete de maní japonés que alguien abandonó en la caja. De nuevo, el acto de un desconocido modifica mi comportamiento. Pago, empaco todo y me voy, creo que tardé máximo 15 minutos en hacer todo ese trámite. 


Rodeo el centro comercial rumbo a la verdulería. Esta zona nunca ha sido muy concurrida así que parece un día antes de la aparición del bicho. Paso por un conjunto de apartamentos, el mismo en el que vive mi amiga uchuva y oigo sonar música típica, es una anomalía. Incluso uno de los países más felices del mundo parece haber perdido la alegría en esta coyuntura. En la zona verde que rodea ese conjunto, tras un muro bajo de ladrillo y rejas, veo una planta de fuchsia / pendientes de la reina (Fuchsia magellanica), de inmediato llama mi atención un fruto que cuelga de ella. La pregunta preocupada se repite, ¿será comestible? Me estiro tanto como puedo para agarrarlo sin lastimar la planta. Quiero saber más de el aunque sólo llegaré a compostarlo. (Acabo de preguntarle a Dr. Google y dice que sí, que sus bayas son comestibles.)


El morral que he llevado para cargar la compra sin ayuda se siente incómodo. Cruzo la calle para acercarme a una maceta grande que uso de soporte para descargar el peso y acomodarlo. Está cerca de un CAI (Centro de Atención Inmediata de la Policía). Me siento inquieta, no quiero demorarme mucho. Acomodo todo tan bien como puedo y sigo mi camino. A pesar de la incomodidad me desvío. Quiero ver cómo está la huerta más linda de la zona, un rincón escondido junto a otro conjunto de apartamentos.

jueves, febrero 04, 2021

Una abeja, un tomate, una araña, una humana

Ich

Voy a cerrar la ventana antes de ir a la huerta a dejar residuos.


El tomate sonriente.


Ich

Ay, qué tomate más bonito pero bueno, ya, deja de lucirte con los vecinos. Voy a cerrarte la ventana.


Abeja

¡Oh no! ¡Cambio en los acontecimientos!


Ich

¡No otra vez tú! ¡Vete, vete mosca! ¿Dónde te metiste?


Abeja

¡Carajo, caí en una telaraña!


Araña

¡Yey! ¡Comida!

(Araña varias veces más chica que la abeja corriendo de un lado a otro.)

¡Es muy grande, es muy grande, es muy grande! ¡Es DEMASIADO grande!


Ich

(Observando toda la escena.)

¡Ay no! ¿Qué se hace en estos casos?


Abeja

Si pongo esta pata aquí y luego esta otra aquí puedo ir saliendo de esta telaraña.


Araña

(Vuelve a correr de un lado a otro sobre su telaraña.

¡COMIDA GIGANTE! ¡AMENAZA ENORME!


Ich

¡Ay, ay!


Abeja

Ahora esta pata acá y esta otra acá.


Ich

¡Sálvate, sálvate abeja!


Araña

(Escondida.)

Mis instintos no me prepararon para una situación como esta.


Abeja

Otro poquito y estoy fuera. ¡Listo! ¡A volar!


Ich

¡Muy bien!


Tomate muerto de risa.


Ich

(Suspiro.) Ahora sí voy a cerrar la ventana.

lunes, noviembre 09, 2020

Noticias herbales

 Sucesos botánicos y ¿fungi? que han llamado mi atención esta semana:



Esto, que creo es un hongo, apareció en uno de los recipientes que uso para preparar abonos orgánicos. No deja de maravillarme todo lo que puede pasar en la materia en descomposición. Publiqué estas fotos en un grupo de fb especializado en el tema para ver si me ayudan a confirmar mi hipótesis y a identificar la especie en caso de que esté en lo cierto.


Este es un bicho nuevo que apareció en una de las plantas de tomate que germinaron solas en una matera donde estaba preparando otro lote de abono. Como estoy trabajando la falta de fuego en mi carta natal y el tomate es rojo, decidí cuidarlos hasta que se cansen de crecer, se mueran, den frutos o algo. Es un viaje bonito que me gusta hacer. Me gustaría que fuera una araña pero como no puedo identificar bien el opistosoma y el prosoma (partes de la anatomía de los arácnidos) no estoy segura. Me pareció que tenía 8 patas y ninguna antena.


Las personas a las que no les interesan las plantas creen que todo es lo mismo, monte, pasto, yerba pero para el que ha dedicado horas a la observación incansable no son sólo de verdes plateados o cítricos sino entidades que se llevan mejor o peor con otras. En el jardín interior de la fundación en la que dicto clases de jardinería por estos días, vi estas dos especies de suculentas viviendo juntas en la misma maceta. Como tenía pendiente abonar y acomodar el Sedum silvestre (el de hojas terminadas en punta) que vive en mi cocina, aproveché para ponerlo junto a la otra especie que supe puede hacerle buena compañía. En las semanas que vienen sabré si aquí también quieren llevarse bien.

viernes, octubre 30, 2020

Clases de jardinería I

Hace 4 semanas empecé a dar clases presenciales de jardinería y pensé que podría ser buena idea contar un poco de lo que enseño para que otros, que no saben muy bien por dónde empezar a armar su huerta o a cuidar las plantitas que tienen en macetas, tengan una idea, a mí, además, me sirve para llevar un registro de las actividades que completo con mi alumna.

La primera clase, por esto del exabrupto y de la incoherencia que ya nos acompañaba desde antes, tuve que darla por videoconferencia [uso jitsi o meet porque por lo que entiendo respetan más mi privacidad que la alternativa popular]. Mi alumna me mostró la jardinera que hay en la casa donde vive y el estado de las plantas del patio que saben cómo arreglárselas sin mucha ayuda humana. La yerbabuena, como suele pasar, está tomándose el lugar, mientras que otras, aunque más delicadas, siguen sacando hojas y hasta flores. En esa ocasión le pedí que agarrara un puñado de tierra para ver un poco la textura, lo que aproveché para hablarle de algunos de mis nuevos amigos: los ácaros.

Llevo algo así como 4 años preparando abonos orgánicos. Empecé espontáneamente y sin instrucciones, porque quise. En este tiempo he conocido olores, texturas y, ahora con más atención, especies de animales que antes ni sospechaba existían. Como dije en una entrada anterior aprendí que el consejo que se da de dejar reposar el agua sacada de la llave antes de regar las plantas tiene que ver con la fauna subterránea que, según cálculos de algunos, equivale al 25% de la biodiversidad. Esta práctica apunta a dejar que el cloro se evapore, para impedir matar a los microorgansimos del suelo. Allí viven hongos, bacterias, colémbolos y artrópodos que se encargan de descomponer los residuos orgánicos en químicos menos complejos. Sí, en químicos porque aunque a más de uno le en-can-ta decir que los alimentos orgánicos están libres de químicos eso no es preciso ni cierto. Los alimentos orgánicos sí se abonan, sólo que ese procedimiento se completa con desechos de la preparación de comidas y del mantenimiento de jardines en lugar de hacerlo con productos fabricados industrialmente. Entendido esto se puede empezar a apreciar a todos esos bichitos que, aunque no siempre se ven, cumplen un papel esencial en el ciclo de vida de los ecosistemas en los que habitan las plantas que hacen el alimento de los humanos y de otros animales.

Mi alumna ya había empezado a juntar cáscaras de banano para preparar abono pero estaba preocupada porque se estaban poniendo negras, por eso me preguntó si eso sería un problema para las plantas. Le respondí que no, que en realidad lo que se busca con esos desechos es descomponerlos tanto como sea posible para que sus ingredientes nutran el suelo. Le conté que cuando los humanos cortamos, en pedacitos tan pequeñitos como podemos, los desechos que producimos lo que estamos haciendo es acelerar el proceso de descomposición, les estamos ayudando a los microorganismos a completar un ciclo y a devolver al suelo lo que vino de él. Algunas personas incluso licúan o trituran los residuos orgánicos que generan con un poco de agua reposada y luego los mezclan con tierra. Este procedimiento puede crear sustrato rico y nutritivo en un mes o menos si se cuenta con espacio suficiente para prepararlo (una matera, un jardín o un patio).

Otro método para preparar abono que he observado en las huertas que hay en la zona donde vivo, y que últimamente se ha popularizado, es el denominado pacas digestora Silva, propuesto por un técnico agroambiental para administrar responsablemente los desechos. Yo lo describo como una “lasagna” de residuos orgánicos y material seco que se arma con la ayuda de un marco de madera*. Le hablé a mi alumna de la importancia de hacerse cargo de los efectos que generan las acciones cotidianas pues, exista o no consciencia de ello, generan desperdicios, una huella que se deja en un lugar y que da espacio para proponer prácticas para impactar positivamente a los demás, justo lo que pasa cuando en lugar de enviar toneladas de “basura” a los vertederos de las ciudades se usa la materia prima para hacer fertilizantes orgánicos. Para ilustrar mejor esta técnica, aunque fuese sólo de forma inicial, le mostré las fotos que hay en un grupo de fb de personas armando pacas y usándolas en distintos sitios de Bogotá, eso la animó para seguir juntando sus residuos y la preparó para el recorrido presencial que hicimos en la clase siguiente. En ella le mencioné nombres de plantas que viven en su entorno y le enseñé técnicas sencillas de propagación.

***

Antes de este exabrupto histórico hacía recorridos al aire libre para guiar a otros en su aprendizaje sobre el mundo de las plantas y ahora también, pero como entiendo que no todos sienten comodidad con este esquema también ofrezco clases virtuales para aprender de jardinería y jardinosofía. Para saber más de estas actividades puedes enviar un correo a johannaperezv@gmail.com


*En este hilo de twitter hay una explicación sencilla de cómo se arma y se usa una paca digestora. https://twitter.com/Ciudad_diversa/status/1292248108374593539

Meet the bugs in your compost https://www.youtube.com/watch?v=vEQc7Y8nsns

Instructivo para hacer compost en una matera https://www.youtube.com/watch?v=gvL9ItbqL4g

Textos para aprender de los ácaros:

http://www.compostadores.com/descubre-el-compostaje/biodiversidad-en-mi-compostador/167-unos-vecinos-de-nuestras-lombrices-los-acaros.html

http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx/sites/ciencia/volumen2/ciencia3/060/htm/animales.htm

Introducción a los ácaros parte I http://sea-entomologia.org/PDF/BOLETIN_23/B23-002-013.pdf

Parte II http://entomologia.rediris.es/aracnet/7/10acaros/index.htm

martes, septiembre 22, 2020

Canción para volver a casa

Escribo esto para acompañarte, porque sé que este momento es duro para ti porque también es duro, difícil para mí, además porque durante años la escritura ha sido mi herramienta favorita, la que mejor sé usar, una que me ha ayudado a entender, a digerir lo que vivo, lo que me avasalla.

Hoy tenía una cita con un amigo para entregarle unas plantas, unas materas y unos esquejes que quiero que se transformen en plantas jóvenes. Así materializo mi idea de propagar botiquines florales por todo el mundo. * Me desperté antes de que sonara el despertador. Estaba ansiosa. Desde el martes pasado no salía a la calle, y con el estado de ánimo que percibía en la gente por mi lectura compulsiva de redes sociales, no tenía ganas de hacerlo sin embargo, sabía que debía. La fruta se había acabado y me parecía importante abastecerme de una vez para evitarme y evitarles a los demás riesgos innecesarios, por eso puse el despertador y me fui a dormir tarde, como a la 1 a.m. Horas después, pocas para mi gusto, me desperté. Me sentía un poco como cuando estaba por comenzar un semestre nuevo en la universidad o como el día que iba a viajar en tren por primera vez. Sabiendo que no podría dormir más me enfoqué en mis tareas preestablecidas: desayunar, podar un par de plantas de lavanda para sacar los esquejes de propagación, pulir la lista de compras que había hecho desde el día anterior y asegurarme de que llevaba todo lo necesario porque no sólo no quería que se me quedara nada sino porque tengo montado un pequeño puesto de cuarentena junto a la puerta, al que me acerco en ropa interior justo antes de salir. Mi idea es usar sólo un atuendo cada vez que salgo a la calle y dejarlo de nuevo allí apenas entro para no contaminar toda la casa.

Suspiré por enésima vez, quité los seguros de la puerta y salí, resignada, a la calle. La ventana de una de las vecinas del tercer piso estaba abierta, mentalmente me pregunté si la mujer que limpia su casa estaría trabajando mientras seguía bajando las escaleras. Una de las aseadoras estaba en uno de los patios limpiando el piso, pensé en saludarla pero estaba lejos. Fui al vestíbulo del edificio y encontré la puerta abierta. El aire fresco me animó y todavía más el hecho de saber que no tendría que tocar nada más para salir, al menos no hasta cruzar la frontera del conjunto residencial en el que vivo. En la portería resignada pedí las facturas que no había querido tocar y que he pagado por internet. Acaté la instrucción del guarda de seguridad de escribir mi nombre en una planilla y le pregunté si el problema del agua (el día anterior habían cortado el servicio) ya se había resuelto del todo. Hizo énfasis en que así era con un tono que me daba a entender que muchas, demasiadas personas, le habían preguntado lo mismo. Agradecí su respuesta y me acerqué a la puerta, otra vez a tocar cosas. Afuera un par de hombres, huérfanos de conversaciones deportivas, hablaban de lo que todo el mundo habla: a los viajeros no los dejan viajar por el virus.

Caminé hasta el punto de encuentro, primero recelosa y poco a poco más confiada. Incluso me animé a reclamar mi espacio personal cuando pasé cerca de un adulto y un niño que insistían en ocupar todo el andén mientras caminaban en dirección opuesta, el adulto finalmente se replegó hacia su derecha cuando vio que yo empezaba a disminuir la velocidad. Estoy harta de comportarme como un Piscis que pone la otra mejilla para evitar incomodar al otro incluso cuando tiene derecho a defenderse. En otra esquina vi a un hombre que, por su acento, se delató venezolano que mostraba una actitud inmejorable junto a su furgón triciclo en el que ofrecía pan. En el parque me crucé con un indigente que me dijo "doctora, buenos días". Lo saludé y me pregunté otra vez ¿por qué las personas tienden a llamarme así incluso sin conocerme? Seguí adelante. Resulta que un efecto positivo de la crisis es que tiene las calles casi desiertas y así puedo fingir de un modo más convincente para mí que estoy en Europa o en una región con una densidad poblacional que no me da vértigo.

Saludé a un par de gatos y por andar viendo uno casi dejo que me alcance el chorro de su orina o líquido para marcar que tenía dirigido hacia una planta de sábila. Llegué sin novedad al centro comercial, dando rodeos para cruzarme con la menor cantidad posible de gente. Allí esperé, no sé cuánto tiempo. Dejé adrede mi teléfono en casa para después no tener que preocuparme por cómo desinfectarlo. Afuera los taxistas que esperaban pasajeros hacían bromas sobre la situación, un muchacho se les acercó para entregarles tarjetas y ofrecerles servicios de desinfección. Una mujer le dijo a un conocido "yo no lo voy a besar ni a abrazar", luego soltó una carcajada e hizo exactamente lo opuesto. Sentí repulsión. Minutos más tarde la escena se repitió con otra mujer. Atendió una llamada, cruzó la calle y fue hasta un carro donde se encontró con una tercera mujer a la que besó en la mejilla. Yo empecé a desesperarme. Elegí una hora de la mañana creyendo que las calles estarían vacías durante un rato más largo pero teniendo en cuenta que la noche anterior habían suspendido las clases en todos los colegios, era previsible encontrarse con muchas personas en los lugares públicos. Me pregunté si habría sido clara cuando había descrito el punto de encuentro, me dirigí a la puerta opuesta pero cuando apenas había recorrido unos pasos mi intuición me hizo regresar, entré al centro comercial y me acerqué al supermercado principal para ver si mi amigo estaba allí, nada, cuando iba a salir lo vi, sentí alivio. Nos saludamos como siempre, sin contacto físico, y de inmediato salimos a la calle para tener ventilación suficiente. Cruzamos la calle y nos acomodamos cerca a un círculo de adoquines que hay en una zona verde. Le di una clase corta de jardinería, hablamos de catástrofes, de miedos, me quejé otra vez de cómo la gente se te acerca peligrosamente cuando tiene muchos metros a la redonda para moverse. Si antes tenía probabilidades de superar ese mal de esta cultura latina creo que van a morir todas durante esta pandemia. Detesto que la gente se me arrime, no es algo de ahora sino de toda mi vida, algo que 40 años en este continente no han modificado. Durante ese rato estuvimos a algo así como metro y medio de distancia, le entregué las bolsas en las que llevaba las plantas con la advertencia de que una vez las recibiera no volvería a tocarlas pero como siempre la vida tenía planes. Mi amigo se ofreció a acompañarme al supermercado, llegamos y las colas, como lo esperaba, eran larguísimas. El quería recorrer conmigo los pasillos pero de inmediato me di cuenta de que eso era una tontería, lo mejor era que él se quedara haciendo fila mientras yo iba por lo que necesitaba: panela, aceite, avena en hojuelas, atún, pan tajado, canela en polvo y proteína de soya. Lo encontré todo, fui un momento a la sección de farmacia y, como lo había visto en redes sociales y en videos de medios de comunicación grandes, el alcohol estaba agotado pero quedaba isodine, yodo... La vitamina C había desaparecido de los anaqueles pero en el mostrador seguían vendiéndola, vi el nombre del laboratorio e imaginé la felicidad de los dueños al saber que estaban haciendo su agosto pandémico. Quise preguntar por un termómetro digital pero vi tanto desorden en esa zona que preferí ir a buscar a mi amigo. La fila había avanzado pero todavía quedaba para rato, aunque se suponía que era la rápida hacían una excepción y recibían el pago de carritos de mercado repletos. Le dije a mi amigo que quería comprar el termómetro, le pareció bien, volví a la farmacia y cuando me acerqué al mostrador una mujer hacía justo lo mismo, le pregunté a ella por el precio y tomé de inmediato la decision, cuando la empleada me atendió sabía exactamente lo que quería, luego esperé pacientemente mi turno para pagar, me alejé tanto como pude de las personas que hacían una fila desordenada. Mi predecesora se comportó de un modo similar. Observé la vitrina y aprendí que de la Hedera helix, conocida como hiedra, se hace un jarabe para la tos. Pagué con mi tarjeta débito porque tocar plata también me da asco por estos días. Agarré el termómetro para guardarlo en un bolsillo y mientras lo hacía vi lo obvio, aterrador y paradójico: Hecho en China. El horror cósmico o la nueva normalidad.

Fui a buscar a mi amigo y lo encontré justo detrás de la persona que pagaba su compra en ese momento, todo fluía. Salimos y fuimos a la verdulería, de nuevo evité darle la cara a las personas con las que nos cruzábamos, por fortuna los demás tenían la misma actitud, minimizar el contacto tanto como sea posible. Vimos unos hongos blancos y pequeños creciendo a la sombra de unos sauces. Llegamos a la verdulería que estaba más llena de lo que esperaba, busqué en el mostrador de saldos las opciones que había de fruta y verdura muy madura o a punto de echarse a perder [léase volverse abono], agarré unas fresas, repasé mi lista y me dejé tentar por unas granadillas, siempre caigo con ellas, busqué la caja y de nuevo sólo tuve que esperar a que una persona pagara. Los empleados estaban estresados, se gritaban unos a otros para tratar de tener los estantes surtidos y lo lograban, todo estaba pleno de frutas y verduras. Salimos y sentí el cansancio, la tensión, el hambre. Le pedí un momento a mi amigo. Puse las bolsas en el suelo y tomé aire para aclarar mi mente. Quería comprar queso y pollo pero las bolsas estaban muy pesadas. Casi nunca hago mercado en grande por esa misma razón y porque vivo cerca de tiendas y supermercados, por eso no tengo la costumbre de comprar tanta comida al mismo tiempo porque mínimo salgo cada 3 días. Miramos la reja que cubre una de las ventanas de la verdulería, había una toalla higiénica metida en ella, se veía limpia. ¿Cómo habrá llegado eso ahi?, pensamos y nos reímos. Mi amigo se ubicó mentalmente para saber cómo volver a esa tienda que le gustó por lo bien surtida que está y me ofreció acompañarme durante un tramo, se lo agradecí. Pasamos por un parque desierto, vimos guamas, unas frutas que por dentro son como la guanábana, tiradas en la calle, también vimos un tapabocas. Llegamos a un semáforo y me detuve para tratar de entender lo que hacía y lo que gritaba una mujer con falda que estaba 20, 30 metros más adelante. "Vamos, no nos va a hacer nada" dijo mi amigo, sentía curiosidad pero en ese momento me interesaba más terminar de hacer mis compras para volver a atrincherarme que satisfacer esa pulsión. Le pregunté a mi amigo si me acompañaría hasta mi casa, dijo que sí. Cruzamos en la esquina y no supe más de la mujer. A mi amigo comenzó a salirle agua de la nariz, le di un poco de papel higiénico que llevaba en un bolsillo, ya a esa altura habíamos perdido la consciencia de la distancia social y teníamos entreverados alimentos, bolsas, miedos, gérmenes. Me esperó afuera de una tienda mientras compré pollo y queso, quería comprar el pollo en la carnicería pero no tenía ánimos para entrar a un cuarto local. Mi amigo elogió el surtido de ese lugar, yo me fijé en un letrero que anunciaba una promoción y me pregunté mentalmente si tendrían miedo de que se les pudra la comida. Pasamos por otro parque, estaba vacío pero no tanto como el anterior. Seguimos hablando de astrología y nos dimos las gracias por acompañarnos en este momento, por la terapia que nos estábamos dando mutuamente. Llegamos al conjunto donde vivo. Un vecino que salía sostuvo la puerta para que pudiéramos pasar, lo agradecimos, seguimos hasta el edifico, subimos, abrí la puerta y metí unas cosas. A mi amigo le ofrecí unos bananos. Cuando los estaba repartiendo, uno de ellos se abrió sin querer, los dos sentimos miedo. Cuidadosamente lo aparté y evite tocarlo con la mano, seguí con mi tarea. En una bolsa puse los bananos y también naranjas para dárselos como gesto de agradecimiento, trueque natural, espontáneo. Es increíble hasta dónde nos llevaron nuestros viajes nocturnos, así nos conocimos. Un día leí un relato de un sueño en un grupo de facebook y noté que mencionaba un sitio de la ciudad donde vivo, contacté al autor y poco después empezamos a reunirnos para discutir libros de temas transpersonales, luego vino el padre Saturno a hacer lo que quiso con nuestras tertulias, luego vinieron Plutón y Neptuno, y todos los demás y volvimos a vernos el mes pasado, después de un desencuentro de años. Le hablé del jabón de tierra y quiso que se lo mostrara pero no fue posible, en este momento la disciplina férrea es importantísima, la regla es no pasar del vestíbulo con ropa o productos potencialmente contaminados, nuestra radiación invisible. Hablamos de una lectura que discutiremos virtualmente la próxima semana. Metí el resto de la compra, cerré la puerta y tuve miedo, miedo de dejar la llave adentro en este momento tan complicado. Un vidrio de la entrada a mi casa todavía cuenta la historia de la última vez que cometí esa torpeza. No lo he cambiado porque siempre tengo algo que pagar que es menos aplazable. Lo acompañé hasta la frontera del conjunto, hablamos un poco más a través de la reja y nos despedimos del todo.

De vuelta al encierro.

Passenger seat - Death cab for cutie

16 de marzo de 2020

miércoles, junio 10, 2020

¡Auxilio!, mi planta matrona está enferma

Drawing of kalanchoe plant with sprouts. / Dibujo de una planta de kalanchoe con brotes en las hojas.
Mi versión de un bonsai de kalanchoe con brotes en las hojas.


Ayer recibí unas preguntas de una guardiana verde* preocupada porque su planta matrona, como ella la llama, ha empezado a enfermarse. Me buscó esperando orientación para ayudarle a recuperar su salud. En la respuesta preliminar que le di le dije que haría un instructivo sencillo y que lo publicaría aquí para que así varias personas puedan beneficiarse.


La planta en cuestión es del género Kalanchoe. No sé con certeza cuál sea la variedad pero teniendo en cuenta que desde hace años cuido varios ejemplares de ese tipo se cómo abordar la situación. Las primeras preguntas que hice fueron: ¿con qué la estas alimentando? y ¿dejas reposar el agua con la que la riegas?. Las respuestas fueron: “sí, la alimento con vitaminas de las que venden en los supermercados en la sección de jardinería” y “no, porque apenas estoy aprendiendo a cuidar plantas”. A la guardiana verde le dije que no se preocupara porque todos hemos pasado por situaciones parecidas, yo incluida, obviamente, un hecho que hace parte del proceso de aprendizaje porque, como dice el youtuber de Cosas del jardín**, si no te equivocas es porque no has intentado nada nuevo.Hice esas preguntas por dos razones:


1) Las preparaciones industriales que venden para aplicarles a las plantas son una solución práctica y sencilla para entregarles nutrientes PERO son insuficientes para equilibrar el ecosistema del sustrato, de la tierra, del suelo en el que crecen las niñas verdes. No voy a satanizar su uso. De hecho todavía tengo una buena cantidad de un producto de esos en una bolsa que compré para ayudar a florecer a la lavanda francesa con la que vivo y a las que vendía hasta el año pasado, sin embargo, con el tiempo, mi disciplina y mi paciencia, he entendido que hay opciones más apropiadas para alimentar a los seres vegetales. En el futuro espero hacer experimentos para ver si puedo aprovechar esos componentes químicos salidos de una fábrica porque, como los soles y los ascendentes en Tauro saben, detestamos tirar algo que todavía puede ser aprovechado.


2) Hasta hace un par de semanas no sabía la razón del consejo que dan algunas abuelas y tías, y hasta algún vendedor de plantas carnívoras, ese que dice “deja reposar el agua”. Con dejar reposar el agua se refieren a sacarla del grifo y esperar aproximadamente 36 horas antes de usarla para regar las plantas. Yo lo oía y no lo practicaba porque soy malísima para seguir instrucciones si no me explican la razón que hay detrás del consejo, pero resulta que esta práctica va muy de la mano con el punto anterior. Teniendo en cuenta que el suelo es un ecosistema en sí mismo, es muy, pero que muy importante hacer todo lo posible por mantenerlo equilibrado para que, a su vez, contribuya a la relación amigable y saludable que establece con los seres vivos que crecen dentro y sobre él. Dejar reposar el agua equivale a darle tiempo al cloro, agregado para hacerla potable, para que se evapore, se escape o como sea que se diluya (no soy experta en química, al menos no todavía), efecto que protege a los hongos, a las bacterias y demás especies que alimentan a los colémbolos, lombrices y “topitos”, unos bichitos redonditos y brillantes de color ocre, de algo así como un milímetro de diámetro que viven en la composta, junto a un larguísimo etcétera que apenas estoy empezando a conocer.


La guardiana verde preocupada me preguntó puntualmente ¿qué hacer con un hongo que al parecer se ha puesto a vivir sobre las hojas del kalanchoe? La respuesta que le di al respecto fue usar infusión*** de flores de caléndula para tratarlo y, de preferencia, hacerlo en luna menguante para que la infección baje. Yo sé, da mucho dolor y hasta tristeza ver enfermitas a las niñas que uno cuida pero de eso se trata todo esto, de hacerse más consciente y más sensible a través de las experiencias que vivimos con ellas. Al hacer esto, luego de aplicar la infusión de flores de caléndula a las hojas afectadas por el hongo, es importante dejar la planta a la sombra o en todo caso lejos de la luz directa para evitar que haya un “efecto lupa”, es decir que por la acción de la luz solar se quemen los tejidos. Luego cuando las hojas vuelvan a estar secas se la puede llevar de nuevo a su casita permanente.


Sea como fuere la destinataria principal de esta entrada no debe preocuparse demasiado pues como dice el vocablo chino kalan chau, que luego fue transformado en kalanchoe significa “que cae y crece” por los brotes que salen de las hojas de este pequeño dragón, que es como yo le llamo porque así la siento, una fierita que no se va a dejar morir así nomás ni mucho menos sin dar batalla.


Finalmente le propuse a esta guardiana enviarle un set, kit o como usted lector prefiera llamarlo, con unas herramientas para seguir cuidando de esta señorita: en mi imaginario actual incluye té de lombriz, un cristal para acompañar a la planta y potenciar su energía, sulfato de magnesio para fortalecer las hojas presentes y estimular la creación de más, y abono orgánico (si no se ha acabado el que están vendiendo en una de las huertas del barrio). En el futuro cercano también podré ofrecer pequeñas colonias de microorganismos a quienes se animen a producir abono en sus casas, incluso si viven en un apartamento como yo porque, como mostraré muy pronto, se pueden producir alimentos sanos junto a prácticamente cualquier ventana si se cuenta con la disposición, el amor y la paciencia necesarios para adentrarse en una de las dimensiones más mágicas que existen en este universo. Ah y también voy a poder vender lombrices a quien interese. ;-)


Licuc ha cerrado los comentarios porque siente que muchas veces los visitantes sólo vienen a lucirse, así como hacen / hacían (¿?) los asistentes a conferencias en el segmento dedicado a las preguntas. Además ella ya tiene mucho que hacer triturando residuos orgánicos, paladeando lombrices y cuidando su casa / su vida como para andar respondiendo tonterías, si aún así no se aguanta las ganas de entrar en contacto con ella puede escribirle a su correo electrónico elsuenosignificado[arroba]gmail[punto]com o a través de facebook y twitter. En ambas redes sociales la encuentra con el nombre de usuario Licuc.



*De cuando me inventé el término Guardián Verde


**El canal de Youtube al que hago referencia


***Guía de preparaciones herbales

viernes, mayo 29, 2020

¿Escasez?

LLevar un diario es todo un arte, una disciplina. Lo sé porque la practico desde hace décadas, más en estos días de confusión e incertidumbre. Es una herramienta principalmente para mí, para mi tranquilidad, para mi paz, para mi crecimiento, sin embargo, a veces, sólo a veces me lleva a cavilaciones que me gusta compartir con terceros, esta es una de ellas:

"Hace semanas se decía que sólo las personas inmunodeprimidas debían usar mascarillas, también los trabajadores sanitarios y que para que hubiese suficientes para ellos todos los demás debíamos abstenernos de usarlas. Luego vino un "experto" chino a decir que era un error que no toda la población las usara, para ese entonces en los supermercados en Bogotá ya las exigían para entrar a comprar en ellos. Más tarde prácticamente todo el comercio se inundó de ofertas de este producto, incluso en el supermercado empezaron a venderlas, entonces ¿dónde quedó la escasez?"

Viernes, 15 de mayo de 2020

miércoles, mayo 27, 2020

Esto, ¿lo puedo cultivar en mi casa?


A partir de esta imagen un amigo en Twitter me pregunta ¿cuáles son las necesidades de altitud y temperatura de estas especies? Respondo basada en mi experiencia más que en mis estudios.

  1. Cebolla larga, citronela / limoncillo, puerros, hinojo: Cebolla larga no sé. Citronela o limoncillo (Cymbopogon citratus / Andropogon citratus) dicen* se cultiva en clima tropical y subtropical húmedo, soleado y caliente en todo el mundo. Puerros, no sé, quizás actualice luego esta entrada. Hinojo (Foeniculim vulgare / Anethum foeniculum), se da en los jardines bogotanos. Según la fuente que estoy consultando es “nativa de los trópicos de Europa, crece en todos los trópicos del mundo”.
  2. Apio, repollo, lechuga romana y repollo chino (bok choy): Apio (Apium graveolens) dicen es oriundo de Eurasia, con este, como con las especies que no sé más haría el experimento de reproducirlo en las condiciones que puedo proporcionarle a ver qué pasa porque la naturaleza muchísimas veces sorprende cuando se siente querida y cuidada. Lechuga (Lactuca sativa) y lechuga romana he visto crecer en huertas urbanas en Bogotá. Repollo, no sé.
  3. Jengibre (Zingiber officinale / Amomum zingiber): “Nativa de India y China, en América se cultiva en regiones tropicales y subtropicales, de clima caliente y húmedo a pleno sol.” Aunque no sale en la lista creería que en condiciones parecidas se puede cultivar arracacha (Arracacia xanthorrhiza). En una huerta cercana están cultivando y dicen tardará 16 meses en estar lista porque el clima de Bogotá es más frío que el favorito de la especie. En climas más cálidos tarda 8 meses en dar cosecha.
  4. Cebolla (Allium cepa L.): Sé que en Boyacá siembran pero no sé exactamente qué variedad. Allá tienen, en varios municipios, un clima parecido al de Bogotá, por lo tanto creería que se puede dar en esta ciudad y en otras de clima más templado porque (ya consulté uno de mis libros) es oriunda de Asia occidental.
  5. Ajo (Allium sativum): El suelo debe ser limo-arenoso, que según entiendo viene a ser no tan fértil y más tirando hacia la arcilla. Es de clima frío o templado y doy fe de que germina solo en la nevera. Una amiga lo estaba cultivando hasta que su gato lo encontró… deliciosísimo y ahí terminó la siembra.
  6. Champiñones: He visto crecer hongos en Bogotá y me parece, así de contadas, que crece en La Sabana. Después de una búsqueda rápida en internet encuentro que hay una planta de producción de estos hongos en Tenjo, Cundinamarca que tiene un clima muy similar al de Bogotá.
  7. Papa (Solanum tuberosum) y batatas (Ipomoea batatas): La primera crece en la Sabana de Bogotá, por lo tanto debe darse en ecosistemas cercanos a los 2.600 m.s.n.m. La segunda ni siquiera la he probado.
  8. Piña (Bromelia ananas): He visto varios tutoriales que afirman se puede cultivar a partir de las hojas del fruto. Nunca lo he intentado y en mi cosmogonía siempre ha estado ligada a sitios como Hawaii por lo que dudo que llegue a dar fruto en Bogotá, a menos que el clima cambie lo suficiente para subir varios grados la temperatura promedio y aún así lo veo difícil, por las heladas que cada tanto se presentan en el clima típico de alta montaña.

Ahora seguiré alimentando colémbolos, lombrices y “topitos”, unos bichitos graciosos que encuentro en las composteras que cuido y para los que todavía no tengo un nombre mejor. En otra ocasión traeré noticias de ellos.

lunes, abril 27, 2020

Crucigrama

C O R O N A V I R U S

In English

NSA

US / Us

No

Or

Ono [Yoko]

Croun / Crovn (Misspelling)

Cina (China - Misspelling)

Sion

Sir

Sin

Crou / Crov (Misspelling)

Cri (Mispelling)

UN

Cris

Run

Rain

Navi (Misspelling)

Son

Sun

Rusia (Misspelling)

Corrs

Corr

Car

Naiv (Misspelling)

Nova

Cop [Police]

Van

En español

Cián

Sur



No

Sión

Uno

ONU

Rusia

Oro

Conos

Coros

Cornos

Rocas

Caros/as

Sino

Ron

Runa

Rivas

Río

Ruín

Rosa

Cosa

Caso

Cris

Crío

Cría

Criar

Corro

Caín

Rico/a

Sin

Con

Cavo

Váis

Vasco

Vino

Viran

Virar

Van

Vías

Viacrus [Viacrucis]

Corvas

Corvar

Corvo/a


sábado, abril 04, 2020

Lentejas con chorizo o proteína de soya

Durante el retiro espiritual obligatorio, como muchos, estoy cocinando más y he comprobado que es mejor tener menús armados con antelación para aprovechar mejor el tiempo y hacer más fáciles las compras, por todo esto voy a dejar por aquí mis recetas, pues es más sencillo para mí buscarlas con un computador, basada en los ingredientes, que hacerlo a ojo en un cuaderno.

Esta es la primera.

Ingredientes

2 puñados de lentejas
Sal
1 tomate chonto (para guiso) mediano
1/2 cebolla mediana
2 chorizos cortados en rodajas
1 pizca de comino molido (opcional)
2 cucharadas de aceite
Agua

Preparación de las lentejas

Dejo las lentejas en agua de un día para otro, luego las escurro teniendo cuidado de guardar el agua, que luego uso para regar plantas. Las reviso cuidadosamente para sacarles piedras, semillas oportunistas o cualquier elemento innecesario para la preparación.

Echo las lentejas en la olla exprés, las cubro con agua, pongo la pizca de comino y la sal. Enciendo el fuego y cuando la olla empieza a hacer ruido (pitar) marco 3 minutos en un temporizador. Cuando se completan apago el fogón y de inmediato saco el vapor de la olla, la destapo inmediatamente después para evitar que se sigan cocinando y, por lo tanto, se desbaraten. Si no se tiene olla exprés de todos modos se pueden preparar, en una olla normal. Tardará un poco más y habrá que estar pendiente de los tiempos y de la textura de la legumbre para saber en qué momento se debe retirar del fuego.

Preparación del guiso

Pico en rodajas finas la cebolla y luego en cuartos. Pico el tomate y, si quiero guardar las semillas para ponerlas a germinar, las retiro. El tomate lo dejo en dados / cubos de más o menos 1 cm. de lado.

Pongo el aceite en una olla o sartén, enciendo el fogón, agrego la cebolla, disfruto del olorcito, agrego el tomate, y el chorizo / la proteína de soya y tapo. Si la receta se va a hacer con proteína de soya en lugar de chorizo, recomiendo agregar un ajo picado en pedazos muy chiquitos en este paso para realzar el sabor. Espero más o menos 5 minutos hasta que se empieza a formar una salsa, luego agrego las lentejas. Dejo que las lentejas absorban el sabor de la salsa durante 5 minutos aproximadamente. Pruebo para saber si el sabor es el que busco, si le hace falta sal o alguna hierba de temporada que se me antoje agregarle como tomillo, orégano o albahaca. Apago el fogón y disfruto muchísimo.

Consejo extra

Si el jugo del tomate se hace escaso para formar la salsa se puede agregar agua, pero OJO, hay que calentarla antes de echarla a la olla, pues, según dice mi abuela, si se agrega fría el guiso pierde sabor. Nunca la he puesto fría, generalmente la caliento si la necesito. Tendré que hacer el experimento para ver a qué conclusión llego.

Por una alquimia metabólica que no sé explicar todavía las lentejas se llevan muy bien con el trigo, por eso van muy bien acompañadas de pan integral de sal, cuscus o tortillas.