martes, septiembre 12, 2017

La voz de mi corazón



Por estar rodeada casi constantemente de diseñadores, comunicadores y publicistas, a causa del trabajo que pagará mis cuentas en unos meses (me pagan a 90 días), suelo perderme con mucha frecuencia. Olvido lo importante, lo confundo con lo urgente. Dejo mi corazón en un cajón y me dejo convencer de que sí, de que es mejor y más poderoso el hecho de cacarear todo lo que haces, sin importar si es tomar una taza de café o crear una ilustración gloriosa, que profundizar en lo que amas y te importa. Luego, junto a ese convencimiento vano, viene la insatisfacción.

Como muchas personas de esta época entré a las redes sociales por presión social. Mis amigos ya estaban ahí y mantenerme al margen, creía yo, me transformaría en una paria. En realidad entré por miedo, por miedo a estar excluida, por miedo a llevar a otro nivel mi tendencia a enclaustrarme. Ahora han pasado más de 10 años desde que di ese paso que creí inocuo, irresistible, inevitable y el balance no me cierra. Sí, he vivido algunas experiencias increíbles por las puertas que abrí con esas herramientas pero no me miento, también me he hecho mucho daño exponiéndome de forma estúpida a información que no necesito ni me interesa. Ha sido el equivalente virtual de meter la mano desnuda en una bolsa llena de cuchillas de afeitar, oxidadas si se quiere. Y estoy cansada.

La creencia impuesta por la agenda de los medios de comunicación de que tener un perfil actualizado y promocionado en la última red social es in-dis-pen-sa-ble para el éxito profesional me está jodiendo la vida, además es una creencia, todo eso y tan sólo eso. Definitivamente quiero seguir con mi proyecto de contar lo que voy aprendiendo acerca de otros planos de realidad, de otros estados de consciencia, quiero hacerlo tajantemente por mi cuenta. Siento que no sirvo para tener jefes, cumplir horarios estrictos ni para estar en oficinas y no me apetece cambiar esta parte de mí. Sí, me he tragado el verso de que para lograr todo esto las redes sociales son un requisito sine qua non pero ahora tengo indigestión. Paso más tiempo brincando de enlace en enlace, de noticia en noticia y de trivialidad en trivialidad que mezclando hierbas, dibujando historietas o leyendo libros. Gasto demasiada energía fingiendo que estoy ocupada con cosas importantes. El resultado es una sensación de vacío, de inutilidad que me arrastra. Me urge cambiar de creencia. Necesito subirle el volumen a la voz de mi corazón que dice "lo realmente indispensable es el trabajo que haces con voluntad, disciplina y amor".

Proponer dejar internet y las redes sociales del todo no es una propuesta realista, aunque el romanticismo de esta posibilidad coquetea conmigo de un modo vulgar. Poco a poco he optado por usarlas como una cuenta más de correo electrónico y como una herramienta para hacer consultas. En la medida en que mi estado de consciencia cambia intento recordar constantemente que si no las uso con propósito sus inventores e inversionistas me usarán a través de ellas para hacerse más ricos. Para ser coherente con esta postura sigo haciendo cambios. 

Desde hace muchos años tengo blogs. Los he abandonado por temporadas pero en realidad nunca me fui de ellos. Siempre estuvieron ahí desde que los conocí. Se transformaron en la versión censurada y pública de mis diarios de papel. Mis scrapbooks digitales y a ellos quiero volver. No sé cómo me va a ir con esta exploración nueva pero si no la emprendo estoy muerta otra vez. Para mí la vida es cambiar, crecer, evolucionar, mejor aún si es con mis propias reglas, con mis propios rumbos y no con los impuestos desde afuera.

Hay ideas, lugares, personas, etc. que encuentro mientras navego y que quiero compartir con quienes me leen con frecuencia, los mismos a los que estaba dejando de lado por estar "al día en las redes". Ahora siento falsa la necesidad de publicar en twitter cada pensamiento "brillante" que se me ocurre y ya me importa casi un comino el número de fanáticos que acumula la página que abrí en facebook. Este es el momento de salir del vicio. 

Sin importar cuántos perfiles te diga el sistema que te siguen sigan las personas con las que estableces un vínculo cercano, real y valioso son unas pocas. A través de todos los medios que he usado me he puesto en contacto con seres de mi tribu. La invención del niño genio de moda sólo ha sido un camino para llegar a ellos. El lazo queda, la herramienta no. Seguimos comunicándonos por quienes somos, no por la existencia del canal. A eso le apuesto. 

De ahora en adelante me propongo recopilar datos valiosos que voy recogiendo mientras paseo por internet. El scrapbook lo publicaré en alguno de mis blogs, según me dicte el capricho, y luego enviaré un resumen por correo. Así yo misma podré volver a datos que me interesan sin naufragar en el caos informático propio de las conversaciones digitales. Me gusta esta idea. Me siento más cerca de quienes me leen desde hace tiempo y de quienes me han confiado su dirección de correo electrónico, y también siento más compromiso con ustedes. No me gusta enviar mensajes vacíos o inútiles sabiendo que van a sumarse a la carga de distracciones que ya arrastramos a diario.

A ver cómo me va.

*Si alguien quiere entender mejor mi postura puede ver este video que me puso a pensar más que de costumbre: https://www.youtube.com/watch?v=3E7hkPZ-HTk

Ya que estamos otro video genial de alguien que cuenta lo que aprendió después de dejar las redes sociales durante un año: https://www.youtube.com/watch?v=kFSwDtspY5c

Un video en el que Santiago Camacho, uno de mis periodistas favoritos, cuenta hechos curiosos de uno de los sentidos menos racionales: https://www.youtube.com/watch?v=yeVC_9lCnq0

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